Mabel Cuesta: “La palabra sororidad para mí, más que una palabra, es una práctica diaria”

Mabel Cuesta. Fotos: Cortesía de la entrevistada.

La poeta, narradora y ensayista Mabel Cuesta (Matanzas, 1976), se desempeña como profesora de Lengua y Literatura hispano-caribeña en la Universidad de Houston. En esta ciudad reside desde hace varios años. Son numerosos los artículos y ensayos que ha escrito, así como los debates en los que ha participado sobre temas de género (tan polémicos, cuestionadores y cuestionados). Dialogar con ella, este 25 de noviembre, el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, cuando en días recientes se ha realizado una necesaria petición por un grupo de mujeres cubanas de las más diversas profesiones a la Asamblea Nacional, para que se implemente en Cuba una Ley Integral contra la Violencia de Género, es una manera de ganar claridad sobre temas que, aunque postergados durante mucho tiempo de la esfera pública cubana, en los últimos tiempos han ido ganando espacio en los medios y las redes sociales.

En la mayoría de las constituciones nacionales se reconoce explícitamente la igualdad de derechos y deberes entre mujeres y hombres, pero ¿basta con reflejarlo en la Carta Magna para que se haga efectivo en la sociedad? ¿Igualdad o equidad, dónde está la diferencia?

No, no basta con que quede establecido en la Carta Magna para que podamos comprobar la realidad de estas prácticas. Hay que pensar que aunque la pugna por la igualdad de derechos entre mujeres y hombres tiene más de doscientos años (me gusta recordar que el primer documento que refleja esta urgencia es A Vindication of the Rights of Woman de la inglesa Mary Wollstonecraft, publicado en 1792) no fue hasta 1948 que el movimiento sufragista vio sus esfuerzos reflejados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y al mencionar tanto esa declaración como la práctica concreta de muchos estados nacionales admitiendo el voto femenino como válido, estamos solo hablando de leyes, declaraciones y documentos; pero todavía dejamos fuera imaginarios enquistados en el orden sicosocial. Imaginarios que a día de hoy y en sociedades tan supuestamente avanzadas y pragmáticas como la norteamericana, impiden la elección de una presidenta. Que a una candidata presidencial se le someta a un escrutinio ridículo sobre su forma de vestir, su comunicación vía email o si llora o no en público, nos dice mucho de dónde estamos colocados aún. En muchas zonas del mundo se continúa fustigando a las mujeres solo por serlo. Las leyes del aborto las deciden los hombres. En Ecuador ya no puedes abortar si has sido violada y la lista de arbitrariedades es infinita.

Nosotras parimos, nosotras decidimos. Este slogan estremeció a España y fue bandera en la lucha por la legalización del aborto. Hoy en día, ante la baja en la natalidad que afecta a muchos países desarrollados y fenómenos como el vaciamiento demográfico que afecta a zonas concretas (Teruel en España sería un ejemplo), hay quienes se oponen al aborto, alegando este déficit demográfico y la existencia de largas listas de parejas deseando adoptar. De otro lado, muchas parejas heterosexuales en la que uno o ambos miembros presentan problemas de infertilidad, parejas formadas por hombres homosexuales, e incluso hombres solteros (en su momento Cristiano Ronaldo) acuden a la maternidad subrogada que tiene en las mujeres de Georgia y Ucrania a la principales aportadoras de estos “vientres de alquiler”. ¿Qué opinas al respecto? ¿Debe matizarse el derecho al aborto o este debe poderse ejercer en cualquier momento y circunstancia? ¿Deben reforzarse las campañas que promueven el uso de métodos anticonceptivos (como aquella española del “Póntelo, pónselo”? ¿Se debería legislar sobre la maternidad subrogada? ¿Se menoscaba a las mujeres que aceptan que en sus cuerpos se gesten estos hijos ajenos? ¿Y si no existe pago, sino puro altruismo de amigas y familiares?

Aquí hay varias preguntas de corrido, pero intentaré responderlas a través de dos ejes centrales: aborto y vientres de alquiler.

Sobre el aborto creo que ya se entrevé en mi respuesta anterior lo que pienso. Y no lo puedo negociar con la desdicha de las familias que no pueden reproducirse como desearían. “Mi cuerpo es mío” dice el estribillo de una canción del dúo de raperas cubanas Krudxs Cubensi. Y en el mismo tema siguen otras líneas que van así: “ni amo, ni estado, ni partido, ni marido”, y en esa enumeración se enuncia con meridiana claridad a casi todas las instituciones (falta la sempiterna iglesia, aunque en la canción sí está presente) que desde siempre han intentado controlar y hacer del cuerpo de la mujer y de su semicapacidad reproductiva, una pieza de cambio, un objecto transaccional. De modo que simplificando estas cosas que de simple no tienen nada: las decisiones en torno al aborto deben ser absoluta y exclusivamente concedidas a la mujer que acarreará esa nueva vida. Vida que en principio no lo es mientras se intervenga en el período en que puede ser abortada. Y si ese período ha pasado, desde luego que las razones deben ser aún más fuertes para que la madre se vea en la posición de terminar con su embarazo.

En esa conversación que suele liderar gente extremadamente hipócrita; gente que se autoproclama “pro-vida” porque esos fetitos frágiles les desvelan mientras duermen a pierna suelta y sin pensar en las hambrunas de Africa y Haití o en los niños muertos a diario en las guerras o las migraciones; pues en esa misma conversación tal parecería que no hace falta hablar del drama humano que supone abortar para todas y cada una de las mujeres que deciden hacerlo. La tremenda angustia por la que pasan. Todo aquello que va del orden sicológico al material y que tanto sopesan antes de someter su cuerpo a semejante violencia. Se les tilda de alegres asesinas sin consciencia. Una vez más se les cosifica, lo cual es la más habitual de las prácticas que padecemos las mujeres de manera transversal. Quiere esto decir, sin que importe la edad, la raza o la clase. Somos cosas a amaestrar y decir qué y cómo tenemos que pensar y actuar.

Por supuesto que los métodos anticonceptivos son siempre una buena idea. Los que pueden usar las mujeres y sin dudas los que pueden usar los hombres. La maternidad/paternidad no deseada puede ser evitada si todos nos hacemos responsables de ello.

Ahora, el tema del vientre de alquiler es efectivamente complejo y no sé si habría una manera de legislarlo con justicia. Efectivamente, hay muchas personas que deciden hacerlo por razones altruistas. Pienso en que si yo misma hubiera tenido una hermana o hermano incapaz de concebir, lo hubiera hecho sin pensarlo dos veces y sin esperar nada a cambio que no fuera la felicidad de mi familia. Asimismo, sería hipócrita después de articular como lo hecho la autoridad que debe tener una mujer sobre su cuerpo si se trata de abortar, pues privar de esa misma autoridad a quienes deseen brindarse como madres de alquiler; recibiendo o no dinero a cambio.

Sin embargo, efectivamente, las cosas se complican para las personas que sí lo hacen a cambio de un beneficio material y en el caso de que el bebé nazca enfermo termina siendo rechazado por la pareja o la persona que paga. Lo anterior deja a esas madres en una situación mucho más precaria que la que tenían en el momento en que aceptaron el contrato escrito o tácito de alquilar su vientre. La mayor parte de estos casos ha sucedido cuando la madre de alquiler vive en países de bajo desarrollo económico y los padres o personas alquilando su vientre viajan desde esas zonas que solemos llamar “el primer mundo”. Intervienen allí las mismas políticas y prácticas de colonialismo hegemónico y los delirios del consumo neoliberal que seguimos padeciendo en casi todas partes.

Quizá unos mejores pactos entre norte y sur podrían proteger a las madres que deciden alquilar sus vientres a cambio de dinero. El establecimiento de leyes internacionales ayudaría.

Recientemente, en la red social Twitter, Carla Antonelli comentaba el suicidio de una chica trans que había sido acosada en las redes sociales. En Cuba, este año en Facebook ha circulado la noticia de que se negaba la entrada de chicas trans al holguinero hotel Pernik. A día de hoy, ¿cómo valoran la situación de las mujeres trans en cuanto al reconocimiento social del género autopercibido (exista o no la operación de cambio de sexo)? ¿Qué cree de su acceso al mercado laboral? ¿Qué estrategias deberían seguirse para la visibilización de estos grupos? ¿Las mujeres trans deberían tener derecho a participar en competiciones deportivas junto a mujeres cis (existen algunos precedentes de futbolistas en España)?

La situación de las trans en el mundo entero es absolutamente precaria. Y Cuba, aunque se ha esforzado mucho por alienarse del mundo, no escapa a ese estado actual de las cosas. El reconocimiento social es altamente problemático ya que son percibidxs como objetos de consumo —especialmente en el caso de quienes transicionan de hombre a mujer y devienen en trabajadoras sexuales o del mundo del espectáculo—. Por otra parte, su acceso al mercado laboral es prácticamente inexistente, lo cual facilita, de modo muy cruel, que tengan que buscar alternativas como las recién mencionadas. En el caso de quienes transicionan de mujer a hombre, pues entonces quedan destinados a puestos que suponen un gran esfuerzo físico (manejo de vehículos de carga, estiba, etc.) como si sus capacidades intelectuales quedaran mutiladas durante el proceso de transición.

Sobre posibles estrategias creo que la más importante es, ahí sí, la de las legislaciones de protección. Que todas y cada una de las cartas magnas de los estados actuales contemplen a esta ciudadanía y se puedan tomar medidas precisas cuando dichas leyes de protección se violen. Ese sería un comienzo utópico, pero de lujo.

La pregunta sobre los derechos en los deportes, como dicen en inglés “goes without saying” y en cubano “se cae de la mata”, o sea: sí.

Mabel en la Universidad de Houston con alumnos.

Sigo con el tema de la mujer en el deporte. Son comunes los certámenes en los que los premios entregados a chicas y chicos son muy diferentes en su cuantía, incluso en determinados torneos de equipos no ha habido un trofeo para entregar a las chicas. ¿Cuáles serían las vías para lograr revertir esta situación? Por otra parte, en varios de los países islámicos se niega el acceso de la mujer, no ya a la práctica deportiva, sino incluso a los recintos donde esta se desarrolla y es conocido el caso del suicidio de la joven iraní que fue encarcelada por violar esta norma. Así mismo, las ajedrecistas que disputaron un campeonato mundial en Arabia Saudita se vieron obligadas a usar el velo islámico y, si bien es cierto que algunas boicotearon el torneo por negarse a esta imposición, la mayoría acudió y aceptó vestir esta prenda y no hubo condena expresa del movimiento a este gesto discriminatorio. Por último, señalar que hemos visto competir a chicas de algunos de estos países obligadas a vestir prendas que dificultan su movilidad y afectan su rendimiento deportivo. Todas estas situaciones se justifican al conjuro de dos palabras: religión y tradición. ¿Qué creen de estas situaciones? ¿Por qué no existen condenas gubernamentales expresas a estas actitudes discriminatorias?

La ausencia de trofeos para las chicas es una práctica discriminatoria más y debería ser absolutamente punible. Debemos organizarnos al respecto, deportistas y no deportistas. Bien hemos podido comprobar cuánto consigue la sociedad civil cuando demanda; pero deben nacer esas demandas de los propios núcleos afectados y que luego el resto de los grupos se hagan eco.

Sobre lo que sucede en los deportes y el mundo musulmán, creo que es importante que más que juzgar nos contengamos a seguir educándonos al respecto y ser muy, pero que muy cuidadosos, al intervenir desde la prepotente mirada de occidente. Francamente no veo nada de malo en ponerse un velo para ir a una competencia de ajedrez si eres tú quien está viajando a un país donde este vestuario es habitual. En occidente nos obligan a las mujeres, a diario, a ponernos sostenedores (ajustadores, brassieres) que son la más violenta forma de tortura cotidiana a la que nos pueden someter. Hay también miles de restaurantes (incluso en zonas de playas) a las que no se puede entrar en pantalones cortos o sin mangas. ¡Y nadie protesta! Porque en esos casos los dictámenes han sido establecidos desde una cultura y un ejercicio de poder que se siguen pensando y autorrepresentando como superior al resto de las prácticas que en el globo existen.

A la vez, es importante que nos dejemos de autoadjudicar el puesto de salvadores de otros y de grandes decodificadores de opresiones que muy probablemente estén generando movimientos subterráneos entre esas mujeres. Mujeres que no necesitan seguir nuestras reglas para organizarse y conseguir reivindicaciones y agencia tras sus rostros velados. Hay que leer a Fatema Mernissi y su Detrás del velo (1975) así como una muy extensa bibliografía que desconocemos sobre la vida íntima de las mujeres musulmanas antes de ponernos a diseccionarla. Por otra parte, no estoy intentando quitar peso a lo que efectivamente sucede en otras zonas del mundo y que desde luego son más que injusticias, crueldades; pero sí lanzando un cable a tierra que facilite nuestra propia educación al respecto.

La violencia contra la mujer en sus diversas manifestaciones es hoy uno de los temas más tocados cuando se habla del movimiento feminista. Comencemos por la violencia verbal y gestual que se expresa en gestos, miradas, palabras. Para muchos, son las propias mujeres las que por su forma de vestir, moverse, maquillarse, comportarse en el entorno público, provocan estas reacciones, que aún en sus expresiones más lascivas y groseras, se consideran parte de lo que llamamos piropear. ¿Qué crees al respecto? ¿Se han borrado los límites entre la frase galante y la que puede llegar a incomodar o incluso asustar a una mujer? ¿Deben endurecerse las leyes para juzgar el exhibicionismo y la exposición lasciva?

Otra vez dos apartados para responder. Sobre el vestuario femenino, gestos y maquillajes, la pregunta es: ¿quién determina la corrección o incorrección de ellos? ¿La iglesia, el estado, el patriarcado como sistema transversal que lo corrompe todo? ¿Quién es el juez que articula la validez de la mirada? Hay que responder a esas preguntas y dejar en paz las otras sobre los vestuarios, gestos y maquillajes. Y es que si solo comprendemos que vestuario, gesto y maquillaje han estado indisolublemente ligados a las libertades esenciales que el hombre y la mujer han procurado desde que enderezaron sus espaldas, miraron adelante y comenzaron a organizarse en sociedad, igual nos concentramos en lo importante: las violaciones sexuales, por ejemplo.

Ahora el piropo. Lascivo o no, supone una interrupción de ese espacio íntimo que son una mujer con su cuerpo a cuestas, cuando caminan por cualquier ciudad del mundo. Ellas van regularmente en silencio o conversando con conocidos. No necesitan saber qué piensa usted sobre sus ropas, sus piernas o sus rostros. Puede que si usted se acerca con una invitación y procura, con el esfuerzo que le tome, otro nivel de intimidad con ellas, quizá y solo quizá ellas querrán saber su opinión. Pero nunca antes de que esas condiciones se generen con su consentimiento. Y la razón es muy simple y bilateral: ¿quiere usted saber lo que piensan ellas de su ropa, sus piernas o su rostro? ¿Que se lo estampe así, en medio de la calle siendo desconocidos? ¿Ya?

Sí, por supuesto que el exhibicionismo y la exposición lasciva deberían aparecer en los códigos penales de todos los países como actos delictivos condenados con penas que ya habrían de discutirse según el grado de violencia que supongan para las víctimas. Otra vez, y porque el heteropatriarcado está completamente internalizado y es estructural, no se recogen casos de mujeres que masturben en público o en los cines llamando la atención a hombres u otras mujeres. Han sido siempre los hombres los protagonistas de estas prácticas que además parecería que la única solución que tienen es que la chica víctima de ese acoso no pase más por determinado lugar o no vaya más sola al cine o en el caso cubano y el mexicano: ¡no se monten en las guaguas o en el metro en horas pico! Esos medios de transporte público son el paraíso de los señores que te pegan su miembro en la parte baja de la espalda, so pretexto de la acumulación de cuerpos que deben en ellos desplazarse. Gritar, meter un carterazo o un codazo (gestos con los que suelen responder ahora las más jóvenes) no deberían estar solos. Saber que la ley estaría de tu lado cuando los reportaras contendría esas micro-agresiones cotidianas.

Conozco muchas mujeres a las que sus esposos constantemente recuerdan que son ellos los proveedores principales de recursos materiales en el hogar y, por ende, los decisores únicos. Al mismo tiempo, no existe reconocimiento al trabajo doméstico no remunerado y se considera a la mujer responsable del cuidado de hijos y parientes enfermos. ¿Qué se hace en el entorno en que ustedes se mueven para que esta situación cambie? ¿Responden estas actitudes a rezagos patriarcales solamente, o influyen más el nivel cultural y educativo y el estrato social al que se pertenezca? ¿Cómo empoderar a esa mujer sometida por el mayor aporte monetario de su pareja?

No se hace casi nada en los países hispanos de América Latina que conozco. En Estados Unidos (que es donde vivo) si las mujeres que están a cargo de los ancianos de la familia, no tienen otros ingresos, la seguridad social sí les paga una modesta pensión. Pero en general, las cosas siguen el rumbo que el patriarcado les dictó. Empoderar a las mujeres es tarea tanto del estado como de las familias que están criando a niñas y niños. La clave siempre ha sido una: educación.

La violencia física pocas veces es denunciada, bajo el viejo axioma de que entre marido y mujer nadie se debe meter, que confiere impunidad a los maltratadores. Muchas mujeres aceptan las golpizas por diversas razones (hijos, familia, carencia de recursos) vinculadas a un sentimiento: el miedo. Pienso en Pasión Vega y su María se bebe las calles y les pregunto ¿qué hacer para que esas mujeres, como María, pierdan el miedo y salgan a la calle a empezar de nuevo?

Hay que educar. Desde la casa educar. Desde la escuela primaria educar a niñas y niños. Y si todo el sistema falla, entonces hay que recurrir a redes de apoyo, a los medios para difundir esas redes de apoyo, a financiamientos de los estados para solventar a esas redes de apoyo, a la empatía de mujeres empoderadas que deben mirar para abajo y financiar (hay muchas maneras de hacerlo) a quienes no tienen los suficientes recursos. La mayor parte de las mujeres que permanecen en hogares donde son víctimas de violencia, es porque no tienen adónde ir. Haga hueco en su casa para ellas y luego ayúdelas a conseguir un trabajo. Eso desafía todos los estancos violentos del sistema, de arriba abajo.

Los casos de las “Manadas”han provocado la indignación más profunda en España. Primero fue la que en los San Fermines de Pamplona violó a una chica y, más recientemente, la de Manresa, cinco chicos que violan por turnos a una chica de catorce años. Los fallos judiciales en ambos casos trajeron irritación y malestar, al considerarse que los tecnicismos legales impedían una condena proporcional al impacto del delito cometido. ¿Amén de estos casos, tienen constancia de la existencia de otras “Manadas”? ¿Es suficiente que una chica diga no o tiene que demostrar físicamente su oposición al acto sexual? ¿El que una chica acepte tener uno o más compañeros sexuales implica que ha accedido a tener sexo sin importar con cuántos hombres y en qué condiciones? ¿Cómo deberían enfrentar las leyes y los penalistas la imposición de la fuerza bruta, el engaño (utilización de drogas de cualquier tipo en bebidas, o de cualquier otra forma) y la coacción para obtener sexo? ¿Cómo diferenciar agresión y abuso?

No tengo una idea exacta de si se le pueden llamar manadas, pero en los Estados Unidos sobran los ejemplos de las fiestas universitarias donde la chica termina siendo violada por un grupo de chicos, también universitarios, alcohol y drogas mediante.

Por supuesto que un “no” es suficiente. Llegar a lo físico para tener que validar ese “no” es en sí mismo un acto de violencia. La chica puede decir claramente cuándo o con quiénes desea estar. Cada situación es única. No hay que asumir cuál es su deseo ni darlo por descontado. Hacerlo, supone caer, una vez más, en las verticalidades jerárquicas del heteropatriarcado.

Las leyes y penalidades deben ser concisas y altas al respecto. El sexo bajo coacción es un crimen lo pongamos o racionalicemos como querramos. Y pregunta: ¿abuso y agresión son dos cosas separadas?

En España existe un número telefónico al que pueden llamar las mujeres en situaciones de riesgo de violencia. Este número que no deja rastros en la factura se anuncia constantemente como mensaje de bien público en emisoras de radio y televisión, y hasta puede encontrarse en baños públicos. ¿Cuánto ha contribuido a disminuir la violencia contra la mujer? ¿Crees que valdría la pena copiar esta idea en otros países?

No sé cuánto ha contribuido (quiero pensar que mucho), pero es definitivamente una excelente idea. Sí, deben copiarla todos los países que puedan permitírselo.

La migración femenina, ya sea desde otros países o interna, es una de las fuentes que engrosa el número de prostitutas. ¿Cómo crees que pueda detenerse este fenómeno? ¿Qué crees de las mujeres que dicen preferir esta vida?

Prefiero llamarlas trabajadoras sexuales porque el término “prostitutas” tiene una carga histórica, también patriarcal, bastante infeliz. Pues el único modo de detener esto es que hubiera más oportunidades de trabajo para esas migrantes. Sistemas más justos que las insertaran en las plataformas de fuerza laboral sin tener que recurrir a sus cuerpos para hacer de ellos sujetos transaccionales. Ellas tienen toda mi admiración y empatía por su enorme valentía. Por elegir la vida a pesar de toda la lógica de exterminio y violencia en la que quedan atrapadas a veces desde su mismo nacimiento.

En Cuba no existen estadísticas oficiales de feminicidios, en España, son Catalunya y Madrid las comunidades con el mayor número de casos junto a Andalucía, y sorprende, para bien, la escasa incidencia en Navarra. ¿Qué aspectos, amén de la demografía, influyen en la ocurrencia de más o menos feminicidios? ¿Cuáles son los grupos de mujeres más expuestas a estos asesinatos?

La educación es el aspecto principal. Y no solo la educación institucional, sino la sentimental. Esa que nos empeñamos en darle a niños y niñas a veces antes de que puedan hablar. Ese insistir en que las mujeres están para servir y que los matrimonios las validan como seres humanos. Ese querer vestirla como mujercitas coquetas cuando en realidad quieren salir a la calle a jugar a la pelota con sus primos y hermanos. Ese condenarlas a la silla cuando quieren correr y saltar.

Cambian las cosas, pero muy lentamente. Mientras sigan vendiendo “Barbies” en las tiendas de juguetes y a las nenas se les vista de princesas y no de guerreras o más simple aún: de lo que ellas quieran vestirse sin la mediación de la televisión o los videojuegos, estamos en problemas.

Los grupos más expuestos son siempre los pobres en zonas rurales. Digo lo anterior por mencionar un caso extremo; pero se dan feminicidios en todas las clases sociales. Sin embargo, es a los sectores empobrecidos y con menor acceso a esas plataformas de poder que son las ciudades, a quienes más impacta tanto la baja calidad de la educación formal como el poco acceso a los redes de educación no formal: talleres, grupos de apoyos, servicios comunitarios y estatales.

Hablemos de la diversidad sexual. Hoy se propone eliminar etiquetas, no clasificar a las personas. Más allá de términos como bisexual, se habla de personas que no se ajustan al binarismo genérico, que pueden “fluir” entre lo masculino y lo femenino. Incluso, existe una tendencia a neutralizar adjetivos y sustantivos, al sustituir la definición de género que otorga el a/o por e, x o el símbolo @, escribiendo ministres, alumn@s, niñes. ¿Qué piensas de estas teorías? ¿Te parece exagerado alterar las reglas de nuestro idioma?

Me parece fantástico. La palabra “puñetero” de amplio uso en Cuba y que muy ennoblecida significa algo o alguien que es malo o maldito, en su evolución desde el latín, partió de significar “hombre que se masturbaba”. Fue un proceso metonímico de la parte por el todo en donde el puño (como parte) designaba a todo el proceso de la masturbación y a su ejecutor. Entonces, todo este cuento para decir que las lenguas, como organismos vivos, tienen que estar al total servicio de los hablantes y sus realidades. Y que parte de ese servicio se conforma a través de su cambio y sometimiento. Si no soy él o ella, mejor que no me digan ninguna de las dos cosas. Yo soy gorda. Si me llamas flaca, segurísimo que me voy a molestar. Y si un día pierdo tanto peso como para ya no identificarme como gorda; pero sigo sin ser flaca, entonces mejor me invento otra voz con la que yo misma me identifique. Para eso son las lenguas.

Para concluir, dejo una palabra que poco a poco se abre paso en el léxico que usamos cotidianamente: sororidad. ¿Qué significa para ti? ¿Crees que también los hombres podamos hacerla nuestra y contribuir entre todos a ese mundo feminista que prometen ciertos partidos en sus campañas políticas?

Si quieres incluir la palabra sororidad en tu vocabulario para incorporarte a las luchas feministas, bienvenido eres; pero no te la apropies para hablar de hombres y sus luchas porque ellos han tenido desde siempre la palabra “fraternidad”. Ambas provienen del latín: “frater” significa hermano y “sor” hermana. Si bien “sor” se estableció en el castellano moderno para designar a las monjas, “frater” se extendió más allá con la voz fraternidad.

Mabel Cuesta.

La palabra sororidad para mí, más que una palabra, es una práctica diaria. Lo cual no está en pugna con otros gestos más extendidos si la persona que necesita o merece el apoyo es un hombre. Pero como sujetos más largamente olvidados, silenciados, vulnerables y en algunos casos violados, quiero seguir pensando con más frecuencia en las mujeres, al menos por ahora. Ardo en deseos de inventar otra voz que sea para enunciar apoyos y redes para todxs, sin géneros: ¿le sorfrax?

Alejandro Langape

Alejandro Langape

Ingeniero. Narrador y ensayista. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Reside en Villa Clara.
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