Claudia Muñiz: “En Cuba se esperaba algo de mí que yo no era”

Foto: Cortesía de la entrevistada

Nos encontramos en un bar universitario cerca de la estación de Moncloa. Claudia viene de un casting de publicidad y se había desorientado con el mapa. Lleva solo unos pocos meses en Madrid. El ruido del lugar es bastante fuerte y me cuesta escucharla. Habla bajo y pausado, por lo que decidimos que se acerque a la esquina opuesta al ruido.
Claudia Muñiz Pérez nació en La Habana, en 1985. Se graduó de interpretación en la Escuela Nacional de Arte (ENA) y también cursó estudios en el Instituto Superior de Arte (ISA).
Claudia es una mujer joven, mestiza, emigrante, y heredera de una disidencia inculcada en aquella casa familiar de Ayestarán, donde el arte y la cultura eran un refugio y un espacio de liberación para muchos artistas y para sus propios padres.
Ha dirigido, producido, y escrito guiones, entre los que destaca el cortometraje Con sana alegría, donde ha tocado temas como son la soledad, el sacrificio, el deseo, lo femenino y las violencias cotidianas.
Su guión La Ciudad de Las Mujeres Altas fue seleccionado en el laboratorio de escritura del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y también resultó finalista del Sundance Screenwriters Lab 2014.

¿Cuál fue tu primera relación con el arte?

El arte ya estaba ahí cuando abrí los ojos: mi padre escribía y pintaba, por el lado de su familia todos eran músicos, bailarines, y por el lado de mi madre, se dedicaron al teatro. Primero quise ser bailarina como mi tía, pero no tenía condiciones para el ballet. Luego intenté estudiar música, hice las pruebas y aprobé en la Escuela Elemental de Música Paulita Concepción, pero cuando mi mamá fue a la primera reunión yo no aparecía en la lista. Mi madre fue la que me sugirió entonces que estudiara actuación, como soy muy tímida me pareció una locura.

¿Cómo empezó la actuación a formar parte de tu vida?

Desde niña siempre iba a ver las obras del grupo de teatro Buendía donde trabajaba mi primo Carlos Celdrán (quien más adelante fundaría su propio grupo, Argos Teatro). Por ejemplo, me fascinó el estreno de La Tríada, una obra experimental donde actuaba Zulema Clares. Me gustó mucho la energía de ella, fue una inspiración. Luego, a la escuela donde estudiaba llegó una instructora de arte y comencé a participar en las obras del centro, empecé a ir a talleres en el teatro nacional y luego llegó la ENA. Para entrar hice las pruebas establecidas y quedé entre las cinco finalistas de la provincia, pero cuando llego al nivel nacional se repitió la historia, no aparecía en la lista. Entonces le dije a mi madre “vamos a ver a Carlos Díaz”, porque había “algo” que estaba turbio en todo aquello. Ellos fueron a la dirección de la escuela, y por esos días expulsaron a la directora. Luego de eso me fue muy mal en la ENA, principalmente por mi timidez. Había un profesor que me decía que me dedicara a escribir, que no actuara; yo tenía 15 años.

Foto: Cortesía de la entrevistada

Háblame de tus primeras obras. ¿Cuáles recuerdas y por qué?

El primer trabajo que tuve fue teatro para la televisión, una obra que dirigió Enrique “Kiki” Álvarez, Madre coraje y sus hijos, yo hacía de Catalina la hija muda, fue muy orgánico y se sintió natural estar en el escenario por primera vez.

En el segundo año de la escuela se hace teatro cubano, y nos tocó hacer una obra que era un homenaje al teatro bufo, ya veía venir que me iba a tocar la mulata, y no quería hacerla porque no me gusta ese tipo de teatro. La escena que yo hacía era corta y completamente bufa. Recuerdo que fui a Varadero con mi familia en esos días y no pisé la playa, no quería coger sol para no ponerme más mulata, algo imposible, al final me lo dieron. En ese momento no puedo decir que en la escuela sufrí discriminación, igual existe, pero yo no era consciente de eso en ese momento, la competitividad sí fue algo que marcó esta etapa.

¿Cómo fue tu entorno familiar?

Mi madre es cocinera, tuvo una paladar ilegal por el año 1992. Yo crecí en un restaurante, y aunque mi mamá no me enseñó a cocinar sí me enseñó a comer. Mi padre trabajó en muchos lugares relacionados con la cultura, y entre ellos está el taller de serigrafía René Portocarrero donde yo pasaba tiempo en las vacaciones. Después de la jornada mi padre venía con todos sus amigos y se reunían en mi casa, en el restaurante, era un ambiente muy bohemio. Mi mamá con unos huevos y unas verdolagas que recogía en cualquier solar yermo hacía una comida.

¿Cuándo llega la migración?

En Cuba estaba haciendo lo que me gustaba, actuaba, hacía cine, estaba realizada profesionalmente, en mis planes no estaba irme de Cuba, aunque vivía cosas que no me gustaban. Me enamoré de alguien que vivía en New York, tenía 28 años y me fui. Estar allá me hizo abrirme, entender que hay talentos que uno tiene que no explota porque generalmente en Cuba si eres artista puedes vivir de eso.

Claudia en el Playboy Club de Nueva York. Foto: David McGlynn

¿Qué trabajos has tenido que hacer fuera de la actuación?

Fui una coneja de Playboy, fue una experiencia increíble, conocí mujeres de todos los ámbitos. El Playboy Club de Nueva York es un lugar con diferentes espacios: restaurantes, pista, bar, etc. En el pasado era de hombres, pero ahora es para cualquier persona. Empecé como camarera y lo hacía muy mal, entonces me reubicaron como Brand Ambassador, es decir, representando a la marca en el lugar. Recibes a la gente, haces fotos polaroid, es como ser Mickey Mouse en Disney World, pero vestida de coneja. Estuve un año y medio, desde que abrió hasta que cerró el club. En ese momento yo cocinaba en restaurantes y hacía esto a la vez.

Llegas a Madrid después de vivir 6 años en New York, ¿qué hizo que tomaras este camino?

Vine a Madrid por primera vez a raíz de la presentación de mi corto Con sana alegría, en Clermont-Ferrand 2017, un festival de cine de cortometraje. Durante esa estadía tuve un conflicto con mi exesposo y valoré, siendo ciudadana española, quedarme en España. Aunque en ese momento al final regresé a New York, esa idea se quedó en mí.

Me separé el año pasado en medio de la pandemia y con mi padre muriendo en Cuba. Era una relación abusiva de manual, yo sabía lo que estaba pasando desde el día uno, pero al mismo tiempo estaba enamorada, las personas no son en blanco y negro. Mi error fue pensar que con el amor uno puede cambiar a las personas, pero en la mayoría de los casos no es así y es necesario buscar ayuda. Cuando las cosas no mejoraron con mi pareja me fui a vivir con una amiga, y allí volvió la posibilidad de venir a España.

¿Cuáles son tus límites con el cuerpo en tu trabajo?

Mi relación con el cuerpo es un camino que he venido recorriendo como actriz, he tenido la suerte de trabajar con equipos mínimos, en casi todas las películas que hice con escenas de desnudos o de sexo, algo que te critican mucho, sobre todo en Estados Unidos que son muy puritanos a pesar de tener una mega industria alrededor del sexo. Mi manager allá cuando ponía fotos desnudas en Instagram me pedía que las quitara. He tenido que luchar contra esto desde mi posición como actriz. Me interesa hacer porno porque me gusta explorar la diferencia que puede haber entre desnudarse emocionalmente o físicamente. Me interesa explorar esos límites como artista. Mi corto Con sana alegría pasa por ahí. El deseo, el cuerpo, las violencias cotidianas, son cosas que me obsesionan y siempre están presentes en lo que hago. Me arrepiento no haber rodado la escena con sexo explícito que quería incluir en el corto.

Los castings pueden ser a veces entornos muy agresivos para las mujeres actrices ¿has tenido alguna experiencia en este sentido?

Fui al casting de los Dioses rotos, y lo hice bien. El fotógrafo comentó al director que el perfume bueno venía en frasco pequeño. Me llamaron luego por segunda vez, el papel era para una jinetera, y recuerdo que me tuve que poner las trenzas porque querían a alguien que fuera mayor y negra, y aquí sí tuve muchos conflictos pues no entendía la imagen que tenían de la prostitución cubana. He sufrido el cliché de que si eres mulata tienes que ser exuberante. Desde Cuba se esperaba algo de mí que no era, y en New York tampoco entraba en el canon de la latina. Aquí en Madrid he hecho castings de publicidad, y tampoco entro en el prototipo.

Foto: Cortesía de la entrevistada

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Ahora mismo estoy enfocada en sacar adelante un proyecto de serie que estoy escribiendo con mi amigo Julián. Es una historia autobiográfica donde hablo de New York y del proceso de sanación en Madrid. Se llama Las del montón, y es la historia de una mujer que viene de una relación abusiva y de cómo comienza su proceso de recuperación.

Hace poco estrenamos aquí en Madrid Fuera, una obra de teatro donde los tres actores somos cubanos y el director, Manuel, es español. Nos conocimos en Cuba, en la escuela de cine, en un taller de Altos Estudios y nos hicimos amigos, incluso cuando vine en el 2014 a Madrid me quedé en casa de Manuel. La obra en cuestión surgió un día cuando nos encontramos con Manuel, Daniel, Julián y yo. Ese día le propusimos hacer una obra de Marguerite Duras, y él nos propuso hacer algo a partir de experiencias nuestras. Al principio nos dio un poco de miedo, para mí que fuera autobiográfica me ayudaba a poder sacar muchas cosas fuera que de otra manera no hubiese podido. Era como ir a terapia. Entonces, empezamos a hacer improvisaciones a partir de temas que nos ponía Manuel. Nosotros no escribimos la obra pero con nuestros cuerpos y nuestras experiencias la construimos y el resultado final es perfectible porque fue un proceso muy apurado. Siento que necesita más funciones para madurar bien, me sentí cómoda en el escenario por lo que estoy contenta con el resultado.

Ahora también estoy trabajando en un proyecto de posporno junto a Patricia Pérez y Yimit Ramírez, pero todavía está por definirse.

Hace poco empezaste a colaborar con Hypermedia, donde destacan textos muy íntimos como “Ellos no merecen nuestra angustia” que habla sobre la prisión injusta que sufrió tu papá; o “Estoy muriéndome de miedo por los niños“, donde comentas el peligro que corren los jóvenes cubanos de ser acusados de disidentes, de traidores a la patria.

Háblanos de esta experiencia literaria tan personal.

Mi papá estuvo preso cuando hicieron un operativo contra los artesanos a principios de los años 1980, que se llamó Operación Adoquín. Su madre, mi abuela, hacía sombreros para las películas del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Lo que ganaban entre los dos era tan poco que solo les alcanzaba para tomar ron en el patio de la Catedral de La Habana Vieja, por lo que terminaron entregando la licencia. Poco tiempo después, cuando vino el operativo, les tocó a ellos también caer. Mi papá era negro y además tenía amigos disidentes que se reunían en mi casa. En aquel momento mi mamá siendo secretaria del Partido Comunista de Cuba y una mujer honesta, entregó su carnet del partido. Mi papá murió el año pasado.

Lo de escribir surgió a raíz de un post que hice en Facebook contando la historia de mi padre. En ese momento me escriben de Hypermedia porque les gustó el texto. Entonces busqué las cartas de mi padre a mi madre enviadas durante su estancia en la prisión, y ese fue el primer artículo.

Por otro lado antes de venir a Madrid me consulté con un espiritista en New York, y él hizo hincapié en que tengo que escribir, y yo creo mucho en las señales.

Claudia Muñiz junto a su padre. Foto: Cortesía de la entrevistada

¿Cómo ves a Cuba desde la distancia?

La primera vez que regresé a Cuba después de estar unos meses fuera, me sentí con la libertad de protestar por lo que sentía injusto. Sentí el derecho de quejarme, y empezó en el aeropuerto donde querían que pagara un tablet que me había regalado mi suegra. Cuando me dijeron el precio en dólares era más caro que el precio original del equipo. Les dije que no iba a pagar y que no lo tenía que declarar, que llamaran a quien quisieran. Allí empezaron a preguntarme cosas y luego decidieron que era un error y que tenía que pagar en pesos cubanos. Mi perspectiva había cambiado. Ya me sentía con el derecho de decir lo que quisiera allí donde estuviese. Alejarme y ver las cosas desde otro contexto me hizo ver la realidad más clara. En mi familia siempre se habló de dictadura, pero desde el año pasado hubo un cambio en el país y ya se habla de política en Cuba más allá del hogar.

Adria Valdés Peyrellade

(La Habana, 1993). Artista y periodista. Graduada de Arquitectura por la Universidad Tecnológica de La Habana (CUJAE). Ha colaborado con los estudios de arquitectura Ad-Urbis e Infraestudio en Cuba. Ha diseñado proyectos participativos desde Oxfam América Latina y el Caribe. Colaboradora de Diario de Cuba. Vivió en Santiago de Chile donde participó en el ciclo de conferencias “¿Cómo preparar un proyecto?”, en la Universidad Católica de Chile por el arquitecto Alejandro Aravena. Reside en Madrid.

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