La poesía cubana actual escrita por mujer: rebeldía a través del etnos y la orientación sexual (1ra parte)

Dibujo abstracto de Maya Islas.
Ilustración: Maya Islas.

I. De las poéticas feministas actuales en Cuba y el enfoque de género. A modo de introducción

La crítica central del feminismo postcolonial se fundamente en que los movimientos feministas de occidente no pudieron proporcionar una guía para las mujeres en el Tercer Mundo. Esto tal vez inspiró el posterior examen de la interseccionalidad en el feminismo contemporáneo. Es sobre la base de experiencias compartidas que las feministas de diferentes tendencias políticas han argumentado y empujado por la unidad, o la búsqueda de una identidad entre las feministas a través de las diversas disciplinas académicas. Sin embargo, las mujeres en el mundo subdesarrollado experimentan el legado de la opresión sociocultural, además de las cuestiones políticas que se manejan con el proceso de descolonización. El feminismo postcolonial en Cuba no se concibe sin todo el panorama histórico-cultural del Caribe, polisemia que designa el mar, conjunto de naciones, mitos y leyendas asociadas a una historia de conquista, colonización y extrema pobreza, lleva el signo de la violencia, mientras que Antillas, como algo paradójico, es la progenitura. Somos, en fin: el nacimiento de algo que se ha gestado con violencia, que ha continuado siendo en la violencia. No es simplemente un conglomerado de culturas, etnias, signos (lingüísticos y no) porque eso lo tenemos en común con la formación de otras identidades, también en Europa. No es solo la transculturación forzosa a través de colonizaciones y mestizaje porque eso lo tenemos en común con el resto de Latinoamérica; es el tiempo, veloz, brutal en que todo ha acontecido, en que todos existimos en medio de la transitoriedad, de complejo traumatismo. Significa que es imposible hablar de lo caribeño como unicidad y todo lo que redunde en unicidad implicaría el sometimiento, la discriminación de lo otro (o los otros) en su diversidad. Se dice que la zona matriz de la región está concentrada en las islas y todo lo que hasta hoy ha sucedido en ese intercambio (sobre todo el marítimo) ha generado cierto tipo de mentalidad, una cosmología particular. Este insularismo psicológico se extiende incluso hasta las zonas continentales del Caribe, tesis que defiende, por ejemplo la anglo-mexicana Margaret Shrimpton, quien concibe el discurso periférico de la península de Yucatán, en el sureste mexicano, como una alternativa de esa isla-región aislada de la metrópoli mexicana. La percepción insular, apegada al paradigma de Lezama, de anhelo hacia el afuera y frustración de la vitalidad, ha constituido una saga meditativa que se presenta como resistencia descolonizadora, como proyecto antiutópico (negación apasionada de lo europeo) en la literatura cubana de las últimas décadas. Desde su infinito sensualismo, la visión popular parece haber superado esa crisis de lejanía, con el savoir-vivre de la afrocubanidad, summum de esencias, de bailes, ritmos, colorido, ritualidad, posibilitante de un nacimiento del ser que no atina a nombrar sus cosas y se siente comprometido aún a escoger entre los componentes primigenios, sin poder identificarse íntegramente con ninguno. Ese ser hacia dentro, infantil como sugiere Virgilio Piñera, que no ha podido o no se ha querido definir, sufre con intensidad, mientras no deja de encandilarse con su epifanía. Todo suena en Las Antillas, dijo Carpentier, todo es sonido. Pero en ese vivir hacia dentro se han gestado (se gestan) los mitos. Resemantizando la definición antigua de “explicación idealizada y fantástica de la realidad”, más que el ornamento (énfasis de CintioVitier) en la mitopoética podemos encontrar la sensibilidad denominativa. Centro de migraciones externas: económica o política o turística; migraciones internas (o vagabundeo, como se conoce sobre todo desde la tradición rural). El caribeño anhela el viaje, y no solo como traslación espacial, sino como acto de espiritualización de su ser profundamente híbrido. La búsqueda de otras historias lo libera, pues como diría la portorriqueña Iris Zavala, los insulares hemos sido tiernos y huidizos al mismo tiempo, porque siempre estamos dando vueltas alrededor del mismo terreno, no sabemos si vendrán a conquistarnos o a dialogar, conocemos al otro solo desde la historia familiar de cada uno. Por otra parte, ahí está el extremo calor de las islas que hace que la gente se meta en sus casas. En el Caribe a las seis de la mañana hay mucha luz y es difícil quedar en la cama, entonces aparece la casa, ese lugar privado en el que puede ocurrir la invención. Así la historia se reinventa constantemente desde la cultura solar íntima regida por la oralidad. Luego tenemos el mar. Tan importante ha sido para nuestras culturas el intercambio marítimo que algunos autores, como Emilio J. Rodríguez, en su Acriollamiento y discurso escrit/oral caribeño afirma, que debería hacerse una lectura, considerando el mar como enlace (y no como frontera divisoria), pues los ecosistemas (geografía física, clima, fenómenos naturales, etc.) constituyen factores integradores. A través del entramado de la cultura del área se puede visualizar lo que se ha hecho y al mismo tiempo todo lo que le falta recorrer a esa poética de la relación a la que se refería el martiniqueño Édouard Glissant. La preocupación por los procesos de integración cultural caribeña ha desvelado a múltiples intelectuales y artistas cubanos en el siglo XX. Fernando Ortiz, Lydia Cabrera, Carpentier, Virgilio Piñera, Samuel Feijóo, Wifredo Lam, entre otros, compartieron desde sus obras un mismo ideal de antillanidad fundamentado en la transculturación que se gesta a partir de nuestros variados componentes étnicos y de los procesos migratorios e intercomunicativos en esta región definida por muchos como “llave del Nuevo Mundo”. El fundamento de génesis construcción-desconstrucción de la poética caribeña es diferente de la percepción europea y colonizadora del mundo, por lo que en el principio mismo de nuestras fuentes se encuentra la base descolonizadora y de una posible autodeterminación estética. El discurso estético femenino se ha enfrentado desde la Ilustración con el reto de un presupuesto emancipatorio, paradigma que se mantiene vigente en nuestros días y lo podemos apreciar en la escritura lírica de la mujer cubana. La creación contemporánea al despojarse de todo sentido trascendente ha optado por ser inclusivo y relativizar los esquemas de representación, lo cual ha dado mayor oportunidad al empoderamiento de la voz de mujer a través de su discurso. Se ha dicho que históricamente las creadoras cubanas han rechazado en muchas ocasiones la militancia con respecto a determinadas problemáticas de género. Esta actitud anula de forma prejuiciada la validez de estos presupuestos y se suma al temor de una discriminación que según algunas consideran iría en detrimento de la condición de artistas más allá de su sexo. De ahí que con frecuencia se acuda a expresiones llanas tales como: “la creación no tiene sexo, la poesía es una sola, la que es buena”. Pero, el feminismo, bien equilibrado, es un movimiento de ideas, prácticas y valores de las mujeres, contiene no solo una visión propia de la vida, a partir de la cual repensar las problemáticas de la mujer-sujeto, sino una propuesta analítica y valorativa específica acerca de la reproducción de las relaciones psicosociales. Después de 1959 en nuestro país se fue consolidando un feminismo didactista, sobre todo en la narrativa y es en algunas de estas obras donde comienza a evidenciarse, aunque fenoménicamente un “cierto modo” de adentrarse en los problemas de lo femenino cubano actual. Al mismo tiempo se produce una resistencia masculina donde, al decir de Zaida Capote Cruz en La nación íntima, se mostró que poco o nada se ontologaba a la mujer escritora, mientras tradicionalmente la misma se había encargado de expresarse de manera prácticamente autobiográfica. Tanto Capote como la ya desaparecida Susana Montero revelaron a través de sus investigaciones cómo las mujeres prefieren hablar lateralmente, en ellas siempre hay una historia oblicua, una existencia que no se dice o que se balbucea, sus memorias escritas tratan de las formas de actuar, sentir, pensar y vivir la cotidianidad. Es como si la lucha por la autodeterminación de las mujeres se ocultara una y otra vez. Se hacía necesario recoger, seleccionar, ontologizar textos, para dar contenido a la memoria crítica del feminismo, que es ya de por sí una tarea emancipatoria, de eso se encargaron en buena medida estas estudiosas, así como otras escritoras: Mirta Yáñez, Luisa Campuzano, Marilyn Bobes, Nara Araújo, entre otras herederas a su vez de Aurelia Castillo, Camila Henríquez Ureña, Dulce María Borrero, Mirta Aguirre, Vicentina Antuña.1 La evolución del feminismo desde El segundo sexo (1949) de Simone de Beauvoir, con HéleneCixous y “La sonrisa de Medusa”, los textos de Irigaray y Julia Kristeva, para mencionar solo algunas, ha demostrado que la mujer debe escribirse, más bien, reescribirse para encontrar una identidad que esté definida por lo que ella es y no a partir de lo que el pensamiento masculino establece que ella debe ser. Por tradición la mujer no habla, es dicha en el nolugar donde no existe porque no tiene voz. Escribiendo se rompe el silencio, se rebasa la marginalidad y la represión a las que han sido sometidas en mayor o menor grado. La escritura femenina se ha convertido en el instrumento de liberación y redefinición de la relación entre ambos sexos y de la identidad de cada uno. El panorama sobre la obra de la mujer poeta en Cuba y su enfoque feminista que ofrezco en este ensayo, tiene determinados límites relacionados solo con asuntos cronológicos. Quise comenzar por aquellas poetas que nacieron después del triunfo de la revolución y dejo atrás al menos por ahora, y no sin desánimo, la sabiduría de Fina García Marruz que tanto iluminaron mis investigaciones sobre la identidad “interior”, profunda, periférica; a la emotivísima Carilda porque yo también lo soy, paradigmas como Lina de Feria, Reina María Rodríguez, las propias “fundadoras” Mirta Yáñez y Marilyn Bobes, también a la quizás prácticamente desconocida Ruth Behar, quién alumbró de manera insospechada mi camino profesional con sus clases singularísimas sobre antropología reflexiva. Pero quiero centrarme en aquellas autoras que por motivos vivenciales están más próximas a mis intereses, las que nacidas entre los 60 y 70 comienzan a desarrollar una obra más o menos a partir de los 90. Es precisamente en esa fecha cuando comienza en el “primer mundo” (Estados Unidos, sobre todo) a hablarse de una “tercera ola” feminista. El third wave feminism, post-feminism, néo-feminism, etc,2 comienza a poner en crisis los tradicionales y necesarios —los que no acaban— objetivos esenciales del feminismo, al menos en su soporte de discurso académico. Comienza, como se diría en buen cubano, el relajo de los post: postmodernismo, postestructuralismo, postcolonialismo, las teoría queer, entran en juego parámetros que los teóricos definen como: la “ética de la heterogeneidad” y una “ideología del individualismo”, esto sucede porque “nuevas voces” comienzan a imponerse: negras, lesbianas, las complicadas tercermundistas (nosotras) con su universo transculturado, mestizo, con sus inmigrantes, sus autóctonas. Es decir la realidad de las féminas de todo el mundo comienza a convertirse en verdadero “problema” para los discursos académicos iniciáticos. Esta desconstrucción trae consigo no solo la crisis terminológica y el discurso, sino que se pierda de vista el objetivo común de la lucha de la mujer victimizada por la tradicional violencia, la pobreza, el sexismo y la discriminación patrocéntrica. Pero tuvo a su favor —momento tal vez aún transitorio en la contemporaneidad— una búsqueda minuciosa e inevitable en las diferencias, la pluralidad. Aspectos como la orientación sexual, las etnias, la posición económica, la sociocultura se visibilizan. Aunque algunos pensamientos colonizados refieren nuestro “atraso para la llegada de “teorías” primermundistas”, Cuba no está exenta del proceso, al cual entra con la mayor naturalidad no solo por tener ya una tradición de feministas “criollas”, sino por su condición transcultural compleja. De modo que hoy la mayoría de las mujeres, mientras defienden paradójicamente los intereses femeniles, rechazan llamarse a sí misma “feministas”. Están conscientes de que el término “se ha vuelto tóxico” y el discurso académico no asume los retos de la realidad, pero mientras abundan argumentaciones aburridamente predecibles, el conservadurismo patriarcal no ha estado cruzado de brazos3 y el frente académico ha cedido terreno. Pero, acaso debido a determinados agotamientos teóricos ¿ha dejado de existir el machismo, la misoginia? ¿ha perdido vigencia la necesidades emancipatorias de la mujer? La historia de la defensa feminista en Cuba a través de la literatura muestran un camino apasionante, de una riqueza expresiva y una heterogeneidad de discursos; no está exento de modas, infortunios y extremismos, pero el saldo no solo es positivo, sino reconfortante.

1 Según Araújo la aparición de la crítica feminista en Cuba se retrotrae a la década del ochenta con la aparición del ensayo de Luisa Campuzano, sobre la mujer en la narrativa de la revolución y el estudio de Susana Montero, sobre la narrativa femenina cubana (1923-1958). A partir de ese momento se producen, encuentros, debates, con México, naciones caribeñas, pero solo “la participación de Cuba en la Segunda Conferencia Internacional de Escritoras Caribeñas (1990)”, se convierte en “buen augurio del incremento de su acción en ese ámbito”. “La escritura femenina y la crítica feminista en el Caribe: otro espacio de la identidad”. Apéndice a Estatuas de sal. Cuentistas cubanas contemporáneas, Ediciones Unión, 2008 (2da edición) pp. 371-382.
2 Consultar “Del feminismo (de la tercera ola) y el Postmoderno”. Denisa-Adriana Oprea. Moi. DenkenPenséeThought…, E-zine de Pensamiento Cultural Europeo, V. 1, N. 1-25, Feb. 2011-abr. 2012, selección y traducción de Desiderio Navarro, pp. 405-431.
3 “‘Yo no soy feminista, pero…’ Cómo ‘feminismo’ se convirtió en la palabra impronunciable”, ibídem, pp. 135-145.

  1. Según Araújo la aparición de la crítica feminista en Cuba se retrotrae a la década del ochenta con la aparición del ensayo de Luisa Campuzano, sobre la mujer en la narrativa de la revolución y el estudio de Susana Montero, sobre la narrativa femenina cubana (1923-1958). A partir de ese momento se producen, encuentros, debates, con México, naciones caribeñas, pero solo “la participación de Cuba en la Segunda Conferencia Internacional de Escritoras Caribeñas (1990)”, se convierte en “buen augurio del incremento de su acción en ese ámbito”. “La escritura femenina y la crítica feminista en el Caribe: otro espacio de la identidad”. Apéndice a Estatuas de sal. Cuentistas cubanas contemporáneas, Ediciones Unión, 2008 (2da edición) pp. 371-382.
  2. Consultar “Del feminismo (de la tercera ola) y el Postmoderno”. Denisa-Adriana Oprea. Moi. DenkenPenséeThought…, E-zine de Pensamiento Cultural Europeo, V. 1, N. 1-25, Feb. 2011-abr. 2012, selección y traducción de Desiderio Navarro, pp. 405-431.
  3. “‘Yo no soy feminista, pero…’ Cómo ‘feminismo’ se convirtió en la palabra impronunciable”, ibídem, pp. 135-145. ]
Silvia Padrón Jomet

Silvia Padrón Jomet

(Ranchuelo, Villa Clara, Cuba, 1968). Escritora, investigadora. Licenciada en Letras (1991). Diplomada en Antropología (2002) y Sociología (2010). Máster en Estudios Lingüístico Editoriales Hispánicos (2008). Ha publicado varios libros de ensayo, testimonio y títulos lexicográficos. Obras suyas se incluye en la compilación Pensamiento cubano ante la condición humana (2014).
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