El futuro es mujer

El daño que el patriarcado ha causado durante siglos va mucho más allá de una confrontación entre los sexos: incumbe a la totalidad de la especie humana y a todos los aspectos de la civilización.

04/05/2022
Personas en una manifestación sostienen un cartel que dice "el futuro es mujer".
“The future is female”. / Imagen: Internet.

No es raro que pocas veces nos tomemos el trabajo de averiguar y tratar de entender las razones del otro antes de encasillar sus palabras o acciones en el molde de prejuicios intelectuales y morales, lo mismo propios que aprendidos. Lo contrario puede demandar un esfuerzo capaz de poner en riesgo nuestra salud mental y emocional, y ya decía T. S. Eliot que “el ser humano no puede soportar mucha realidad”.

Por eso, cuando he dicho que las mujeres son mejores que los hombres, la respuesta más inmediata y frecuente ha sido (también por parte de gente cercana que se esperaría me conocieran mejor) calificarme de fanática feminista que repite los slogans vacíos de una ideología para escandalizar.

“…El daño que el patriarcado ha causado durante siglos va mucho más allá de una confrontación entre los sexos…”

Sin embargo creo que lo que intento decir podría parecerles hasta “peor” de lo que suponen. Pues no se trata de ninguna convicción ontológica o consideración a priori, sino de una conclusión personal basada en la evidencia de lo que me parece son hechos constatables. Lo que digo es que, efectivamente, a lo largo del tiempo, en la práctica, en la vida real…, antes incluso de cualquier reivindicación feminista, las mujeres han demostrado que SÍ son mejores que los hombres. Mejores seres humanos, podríamos decir.

El daño que el patriarcado ha causado durante siglos va mucho más allá de una confrontación entre los sexos: incumbe a la totalidad de la especie humana y a todos los aspectos de la civilización. Probablemente no existan estadísticas sobre esto y, por supuesto, no pretendo absolutizar, pero no es difícil notar que los hombres han sido, por mucho, los principales agentes de guerras y dictaduras, abusos contra la naturaleza, y también de crímenes comunes u ocasionales.

Es un hecho que el culto del poder y del éxito subyacente a tales desgracias son ideales propios de una masculinidad hegemónica que se fue conformando a través de los siglos como parte de ese sistema de valores y de relaciones que entendemos como patriarcado y en el que todos estamos inmersos, aún a nuestro pesar. La violencia, la injusticia, el sufrimiento y el error inherentes a dicho culto nos lacera y nos concierne a todos por igual, aunque no de la misma forma, claro está.

“…el patriarcado, además de injusto, es obsoleto, entorpecedor y dañino en todos los aspectos que atañen al verdadero progreso de la humanidad…”

No soy de las que piensa que todo eso es resultado de algún tipo de conspiración o de una intención consciente de adueñarse del mundo. El origen del patriarcado responde en buena medida a una necesidad de adaptación y supervivencia del ser humano prehistórico donde la separación de los roles por sexo tenía una utilidad. Separación de roles que a su vez contribuyó a generar dicho entramado de estructuras y relaciones de poder.

Pero eso no significa que no se deba (y se pueda) transformar, porque hace muchísimo rato que salimos de las cavernas y el patriarcado, además de injusto, es obsoleto, entorpecedor y dañino en todos los aspectos que atañen al verdadero progreso de la humanidad, que para mí no es otra cosa que avanzar hacia la convivencia en la equidad, el bienestar y la paz. Y aunque tenga el status intimidante de un sistema milenario que ha moldeado nuestras conductas, aspiraciones y el orden mismo de nuestra civilización, lo cierto es que lo arraigado no es sinónimo de autoridad, ni de legitimidad, ni de irrevocabilidad.

Mientras, lo civilizado de la civilización lo han puesto las mujeres. Frente a la indolencia, el egoísmo y la ambición que alimenta dicho modelo, el “sexo débil” ha contribuido históricamente con lo que se conoce como la “ética del cuidado” y con la vocación por el otro. Frente a principios abstractos que aún justifican tanta destrucción, ha ejercido la compasión haciéndose cargo de las necesidades y del sufrimiento concreto con un sentido práctico de la vida. El protagonismo femenino en el activismo cubano así lo demuestra. Yo no sé para el resto, pero en mi sistema de valores eso es mucho más difícil, hermoso e importante que todo lo demás.

“…si fuera solo la igualdad de los sexos aquello a lo que hay que aspirar, es mejor que sean los hombres quienes se igualen a la mujer…”

No se debe interpretar lo que digo como un alegato en defensa de perpetuar el tradicional rol de la mujer como cuidadora, y menos en el sentido que tiene de subordinación; sino de entenderlo en una dimensión nueva y abierta capaz de desentronizar patrones hegemónicos y de reconocerse y ejercer su potencial en absolutamente cualquier esfera de la actividad humana. Tal vez la necesidad y la utilidad de esta inversión de jerarquías sea la razón por la que un artículo que leí en El País destacaba cómo, en términos generales, “la progresiva presencia de mujeres en cargos o profesiones tradicionalmente reservadas a los hombres —incluidos los de máxima cualificación o responsabilidad— (…) ha significado una mejora en el funcionamiento de las actividades políticas, empresariales y sociales”.

El significado que casi siempre ha tenido para mí la lucha feminista (y esto es algo que la mayoría de los hombres en su infinita arrogancia no acaba de entender) es que se respete el derecho de cada una a escoger el rol que le plazca en la vida privada y en la social, y a desempeñar ese rol, sea de la naturaleza que sea, con la misma dignidad y reconocimiento. Es también que ningún hombre se crea competente para determinar qué es “ser mujer”, enarbolando abstracciones éticas, poéticas o filosóficas sobre una experiencia que no conoce porque no es la suya y convirtiéndonos en una suerte de otredad subalterna, algo así como una especificidad dentro del género humano. Pero si fuera solo la igualdad de los sexos aquello a lo que hay que aspirar, es mejor que sean los hombres quienes se igualen a la mujer.

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(Camagüey, 1987).
Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana en 2011. Profesora en Academia de Artes de Camagüey (2014 – 2019). Curadora. Autora de textos sobre arte en medios de comunicación cubanos y extranjeros.
Colaboradora en Asociación Árbol Invertido.
Integrante de los proyectos Cuba Constituyente Podcast y Grupo Ánima.