La violencia de género en Cuba, detrás de las fachadas

| Opinión | 26/11/2017
Foto: Alfonso Blanco Sierra. Cortesía de: País de Píxeles.

Maura no llega a los 25 años y está casada con un hombre que le dobla la edad, o más.  Él es botero, dueño de un viejo Chevrolet que siempre está rodando, cuando no es él, es su socio o su otro socio quien botea. El Chevrolet blanco y rojo en perfecto estado es la comidilla del barrio, por lo limpio y reluciente que Tomás lo mantiene (los acontecimientos son reales, sólo modifico los nombres).

Cuando se mudó al barrio, Maura reía y conversaba alegremente con las vecinas más cercanas, y a mi casa subió varias veces para compartir temas tan humanos como la combinación de la ropa o la preparación de determinado plato, pues veía que en la ciudad “las cosas son diferentes a allá, en el batey”. Maura es oriunda de un caserío cerca de Bolivia, al norte de la provincia de Ciego de Ávila, un poblado donde las oportunidades de trabajo se vieron cada vez más reducidas al desmantelarse el central azucarero que siempre había sido la principal fuente de empleo. Ella cuenta con los dedos de sus manos las veces que ha venido a la capital de la provincia, a pesar de que estudió hasta el 12 grado.

Desde una casa de tablas con techo de guano que alberga a tres generaciones, entre las que había una abuelita encamada, y desde la mucha pobreza del lugar, enseguida que se casó, Maura salió “pa´ la ciudad”. Ya aquí, estaba feliz en su pequeña casita de placa, o casi feliz, porque cuando nos presentamos, por encima de su aparente buen ánimo, pude notar en sus ojos un despunte de tristeza que siguió creciendo con el pasar de los días.

A través de la ventana del último cuarto de la casa que llamamos “cuarto de estudio” —donde están nuestros libros y las mesitas donde escribimos, y fotos viejas y otros regueros contra la desidia—, escuchábamos los improperios del guajiro Tomás contra la hermosa Maura, quien tempranamente quedó embarazada.

Este abuso que amenazaba siempre con transformarse en algo más que palabras fue aumentando de tono, en la misma medida en que disminuían las relaciones de ella con las vecinas. Ya él no se limitaba a recordarle lo mucho que tenía que estar agradecida por haberla sacado “del monte ese” donde había crecido, sino que todo lo que hacía estaba mal hecho, y lo que dejaba de hacer también, porque no servía para nada. “Tú no sirves ni para sacar putas a mear”, era su frase favorita.

La ofendía, le gritaba por cualquier cosa, que si la comida estaba salada y ni para los puercos, que si el agua para su baño estaba demasiado fría y “vuélvamela a calentar”, que si “tráeme las chancletas y la toalla rápido”, que si “tu mamá no te enseñó a hacer nada bien”, porque “¿no te das cuenta que yo trabajo como un mulo para que vivas como una reina?”

Cuando Maura parió, se complicó aún más. Ahora tenía que atender a la niña y al marido, él se negaba a ayudarle, ni siquiera cargar la hija, exigiéndole que se diera por satisfecha con que la mantuviera. Maura nunca pasaba más allá de decirle “son muchas cosas para mí”, recibiendo reprensiones como “no seas burra”, o “mi mamá tuvo diez hijos y jamás se quejó”. Un día escuché atónita “tú ya ni para eso me sirves”, aludiendo a los placeres sexuales, y ella se defendió con “pero, es que por la noche caigo muerta de cansancio”.

Rebasada mi paciencia, y el “no te metas en lo que no te importa” en que hemos sido educados, comenté con ella, le hice ver el círculo de violencia en que estaba viviendo. Y su respuesta con aquellos ojos que ya no tenían el mismo brillo fue: “Pero, si él jamás me ha golpeado, además a mí y a mi hija no nos falta nada. Él es un poco bruto, pero, el pobre, trabaja tanto que hay que entenderlo”. Me quedé sin palabras. Maura había naturalizado la violencia, y veía como algo normal la relación abusiva que su marido establecía con ella.

Hace poco Maura se mudó a una casa mejor. No la he vuelto a ver. Otra vecina me recordó en una ocasión el criterio que tenía sobre mí, de “entrometía” en lo que no me importaba.

Mucho me he preguntado por qué mujeres que viven en similares condiciones a las de Maura no comprenden que están en un círculo de violencia doméstica, un peligro incluso para su integridad física. Y cuando reconocen su situación, ¿qué las hace soportar humillaciones y ese estado de servilismo, sumisión y dominio, a la larga un cautiverio, como diría la feminista Marcela Lagarde, al que las somete el marido?

Sin duda, la pobreza tiene mucho que ver con esto, la falta de autonomía, algo que determina que una mujer cubana no pueda costearse un alquiler ni garantizar la crianza de sus hijos, ni aunque tenga dos trabajos. Acorraladas contra el muro de las necesidades económicas y la escasez de oportunidades reales, muchas mujeres no consiguen liberarse de una situación de violencia doméstica.

También los estereotipos culturales transmitidos por generaciones de cómo debe ser la mujer cubana, ayudan a perpetuar el patriarcado. En no pocas ocasiones he escuchado en los medios cómo se alaba a la mujer que, además de ser una excelente madre, esposa e hija, logre alcanzar un éxito determinado en el espacio público, como si estuviera saliéndose entonces de su hábitat natural para hacer una hazaña. En esos casos, el modelo que se quiere tomar por afirmativo del talento o la virtud de la mujer, como mujer orquesta, capaz de estar en todas partes y hacerlo todo bien, sigue promoviendo la imagen de la mujer cautiva del espacio doméstico.

bién los estereotipos culturales transmitidos por generaciones de cómo debe ser la mujer cubana, ayudan a perpetuar el patriarcado. En no pocas ocasiones he escuchado en los medios cómo se alaba a la mujer que, además de ser una excelente madre, esposa e hija, logre alcanzar un éxito determinado en el espacio público, como si estuviera saliéndose entonces de su hábitat natural para hacer una hazaña. En esos casos, el modelo que se quiere tomar por afirmativo del talento o la virtud de la mujer, como mujer orquesta, capaz de estar en todas partes y hacerlo todo bien, sigue promoviendo la imagen de la mujer cautiva del espacio doméstico.

El porqué de esta situación de violencia y desigualdad hoy en Cuba, en medio de una pasividad pasmosa en términos jurídicos y políticos, es bien sencillo: al patriarcado estructural y sistémico en que vivimos, que dice haber resuelto todas las discriminaciones, le conviene no eliminarlas de raíz, empezando por no permitir que resurja el activismo feminista y que este movimiento tome la calle —a diferencia de lo que ocurre en América Latina y gran parte del mundo— para mantener su dominio sobre la otra mitad de la población. No olvidemos lo que plantea Pierre Bordieu en su texto La dominación masculina: “El orden social funciona como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en que se apoya”.

Comenzar a modificar la realidad de que mujeres como Maura piensen que no viven en la violencia, una violencia que puede pasar de los insultos al bofetón, de ahí al piñazo y luego derivar en la pérdida de la vida, claro que no será tarea fácil. Habría que cambiar mentalidades, conductas, costumbres arraigadas en todas las esferas de la vida de cubanas y cubanos, y para ello haría falta dotar a las potenciales víctimas con herramientas teóricas y legales que les hagan entender su propia situación, empezando por propiciar a niñas y niños una formación sana sin tanto adoctrinamiento fatuo y con más respeto a la diversidad. Y habría que transversalizar con perspectiva de género todos los proyectos de desarrollo que se implementen en el país. Pero, no obstante, ¿cómo lograrlo sin garantizar un salario digno y la emancipación económica real de las mujeres?
 

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