Responso por un niño suicida

Escritor cubano Francis Sánchez.
Francis Sánchez.

Poema “Responso por un niño suicida” (décimas en versos alejandrinos), dedicado al suicidio de un niño, en voz del autor, de su libro Luces de la ausencia mía.

FRANCIS SÁNCHEZ nació en Ceballos, un poblado de la provincia Ciego de Ávila, Cuba, en 1970. Escritor, Editor y Poeta visual. Máster en Cultura Latinoamericana. Perteneció a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba desde 1996 hasta su renuncia el 24 de enero de 2011. Fundador de la Unión Católica de Prensa de Cuba en 1996. Dirige la revista independiente Árbol Invertido y también Ediciones Deslinde. Se exilió en Madrid en 2018. Autor, entre otros, de los libros Revelaciones atado al mástil (1996), El ángel discierne ante la futura estatua de David (2000), Música de trasfondo (2001), Luces de la ausencia mía (Premio “Miguel de Cervantes de Armilla”, España, 2001), Dulce María Loynaz: La agonía de un mito (Premio de Ensayo “Juan Marinello”, 2001), Reserva federal (cuentos, 2002), Cadena perfecta (cuentos, premio “Cirilo Villaverde”, 2004), Extraño niño que dormía sobre un lobo (poesía, 2006), Caja negra (poesía, 2006), Epitafios de nadie (poesía, 2008), Dualidad de la penumbra (ensayo, 2009) y Liturgia de lo real (ensayo, premio “Fernandina de Jagua”, 2011).

RESPONSO POR UN NIÑO SUICIDA

A la memoria de Yuri


¿Qué burbuja de sangre y silencio te eleva
a través del sol lejos, hacia un infierno dulce?
Ojalá ya un flautista a mí también me expulse
de este universo, como el que ahora te lleva.
Mis sueños en manada tras una canción nueva
hipnotizados huyan de puertos y ciudades.
Rojas, soñadas frutas: ¿qué árbol de qué verdades
ampara a los suicidas? Sentado en una rama
alta, frágil y espesa, velas cómo una llama
torcida crece a costa de nuestras propiedades.

Desde donde estés, mírame. Con tus ojos, se alfombre
la plomiza memoria de mis rabias y ruidos.
Diluías en espuma tus manchas, tus sentidos,
le quitabas a Dios letra a letra su nombre
condenando las puertas que van del hombre al hombre.
Mi alma jamás aprenda a sentirse segura.
¿Con qué temblor, con qué corpulenta blancura
ya entrabas a la vida, que hirió tus ojos tanto?
Préstame sólo un poco de ese divino espanto
para no acostumbrarme a andar en la espesura.