Las mujeres de mi vida

Fotografía: Katherine Bisquet. Serie: “No nos parecemos”.

Yo estaba en una cama, mi mamá hacía el café y recuerdo tener unos 5 años. El olor del café me despertaba, el chorro de la bebida oscura cayendo en el jarro de aluminio muy gastado, abollado por los golpes diarios. El sonido de café cayendo con una musicalidad percutida-acuosa. Los amaneceres de mi infancia siempre estuvieron acompañados de esa rutina. Mi padre trabajaba lejos, fuera de casa. Venía cada quince días, se pasaba con nosotros unos cuatro. Trabajaba en la fábrica “26 de Julio”. Venía con hambre de sexo, de atenciones, que le sirvieran, le quitaran los zapatos, le calentaran el agua y se la llevaran al baño. A veces deseé que no viniera más. Creo que mi madre tampoco quería su presencia.

Siempre ayudé en las labores domésticas. Mi madre es una mujer de pocas palabras, la acompañaba a casi todos lados. Vivíamos en un pequeño pueblo alejado de los vecinos, dentro de una finca. Una portería hecha de tablas sin lijar delimitaba la entrada a nuestro patio, a nuestra casa.

Las mujeres siempre acompañaron el crecimiento del niño que fui. Llegué a hablar muy tarde. Dicen que fue porque mi mamá no me hablaba. Ella tenía un grupo de amigas que le visitaban. Mujeres solas, viudas, divorciadas, con sus esposos trabajando lejos también, para sacar adelante la familia, sus hijos. Ellas, junto a mi madre, fueron las primeras mujeres que conocí. Eran mujeres domésticas, destinadas al cultivo de la tierra, la crianza de sus hijos, el orden y la limpieza de la casa. Se entretenían escuchando novelas radiales. En el fondo todas lo que querían era escuchar, y que les hablasen.

He pensado en la predisposición hacia las labores domésticas que por lo general tienen las mujeres: limpiar, barrer, pasar paños húmedos, recoger el polvo. Como si en su naturaleza fuera sacar el churre, apartarlo de los demás. Las veía escogiendo el arroz, sacando los granos inservibles, llevarse a las bocas los arroces machos (los granos con cáscara), me pareció gracioso saber que se comían los arroces machos. Sus dientes trituraban esos granos.

En el tiempo libre bordaban pañuelos. Por esa época empezó mi inclinación por las manualidades.

Mujeres solas, despojadas de accesorios, de una belleza jíbara, tiernas y rudas a la vez, tímidas ante la mirada masculina. Mujeres deseosas de tener sexo. Se reunían por las tardes a conversar. Se estrenaban vestidos, blusas, para entre ellas mismas elogiarse. Hablaban de los mismos temas, la cocina, algunas recetas de un dulce casi olvidado, el ajuste de una prenda, el arreglo de otras. Cómo zurcir y que casi fuera imperceptible. Cómo quitar las manchas en algún tejido. Se situaban en la casa, alrededor de la mesa familiar a pintarse las uñas. Las vi en más de una ocasión con las manos tomadas aplicándose esmalte. Ese día, todas llevaban los labios pintados. Hablaban de yerbas curativas. Una de ellas tiraba las cartas de tarot, y sabía hacer conjuros de amarres para conquistar, reconquistar a la pareja. Parecían frágiles, pero en realidad eran mujeres fuertes.

Yamila fue mi primera y gran novia. Tuve otras pero ninguna ha calado donde llegó ella. Estuvimos juntos desde los doce años hasta los 16. Pensándolo bien, nunca me llegó a gustar del todo, sus besos eran demasiado suaves, con mucha humedad. Como si se chorreara por mí. Su atrevimiento siempre me gustó, aun cuando yo no reaccionara como ella hubiera querido. Me susurraba palabras al oído, palabras introduciendo su lengua en mi oreja. Eso nunca lo voy a olvidar.

En la beca del preuniversitario tuve muchas amigas, mujeres jóvenes, osadas. Mujeres que se lanzaban a enamorar al chico que le gustaba. No esperaban por el cortejo del varón. Algunas sí mantenían la conducta antigua. Las vi lavar los paños que usaban cuando tenían la menstruación, eran los años 90, escaseaba todo en Cuba menos los deseos de vivir. Nunca supe por qué muchas de mis amigas de esa etapa estudiantil caían con la regla al unísono.

Hago un inventario de mi antiguo librero. Veo los nombres de las mujeres escritoras que me han acompañado: Sylvia Plath, Virginia Woolf, Anne Sexto, Marguerite Duras, Alejandra Pizarnik, Anna Ajmátova, Anaïs Nin.

Qué tiene la literatura escrita por mujeres. Me percato; es el cuerpo, nadie como ellas para involucrar la carnalidad, la piel, el sentido, el dolor físico, los golpes, caricias, la porosidad, las entradas, salidas, los injertos. Las manos masculinas o las manos de mujeres acariciando otro cuerpo de mujer. Mujeres de mirada pausada, y a la vez penetrante. Mujeres fuertes, precisas al hablar. A las cuales le han dicho —en más de una ocasión—, cállate, no sigas, te quedarás sola. Mujeres que en su aparente mansedumbre y obediencia llegan a chantajear a sus hijos y esposo. Mujeres que trafican con su cuerpo, su coqueteo, con su sonrisa de medio lado inclinando la cabeza hacia el suelo. Lo que más me molestaba de Yamila, mi eterna novia, era el rojo intenso de la pintura de sus labios; esa comisura, protuberancia que incitaba al deseo. Su boca siempre me manchaba la camisa, me embarraba de ese carmín demasiado pasional, demasiado hembra.

Conocí otras mujeres. Conocí a una prostituta mediante mi amigo Y.S, una preciosa negra de piernas atléticas, de piel fina, brillante, al sol de las dos de la tarde. Una mujer que sudaba, tenía que usar desodorante, su cuerpo desprendía olor. Conversando a su lado sentí el vaho de su sexo. Mujer de poco estudio, pero como nadie me enseñó La Habana. Mi amigo la conoció en su lugar de trabajo, una casa de citas. El negocio estaba en el pasillo oscuro de una antigua mansión republicana. Eran varios cuartos, todos con puertas hechas de saco de fibras plásticas y cartones. Al entrar Y.S (mi amigo, hombre corpulento de brazos venosos y velludos, de 35 cm de diámetro), la mujer al verlo le dijo: “porfa, trátame suave”. Estaba sentada en un camastro de colchón hundido.

Pero mi amigo no prosiguió con los planes que tenía concebidos, le dijo: no tendremos sexo, igual recibirás el dinero acordado. Sólo nos abrazaremos, y quiero oírte, cuéntame lo que quieras. Yo te escucharé. La mujer no paró de hablar, le contó cómo eran sus días, cuánto ganaba y en qué lo gastaba. Mi amigo no pudo saciar su deseo animal, pero conocía un mundo nuevo. No le importa besar sus labios, labios que estuvieron horas antes con 4 penes de distintos hombres. Él besó sus labios con la mayor ternura posible, introdujo su lengua y saboreó su saliva en recompensa de toda la información. Hablar con ella fue como leerse un libro de Bukowski. Por él conocí a esta nueva mujer. Nos hicimos el hábito de salir los tres los sábados por las tardes.

He conocido tantas mujeres y ningunas se parecen. Pero tienen algo que las puede emparentar, algo que también las iguala al Caribe, a las islas que están situadas en ese mar. La cultura caribeña se refuerza por añadidura, por inclusión. Y las mujeres, la feminidad es porosa, adsorbe, en ellas hay un espacio vacío, no por necesidad. Ese espacio vacío no es carencia, todo lo contrario, es abrigo, cobija, protección y refugio. Sobre todo refugio, para después del bombardeo, de algún ataque, ir a los brazos de una de ellas y sentirnos de nuevo niños, desamparados.

He conocido a varias escritoras, todas diferentes en su proyección física y en su escritura.

Una noche de bar conocí a un ser espléndido de rostro cuadrado, de piel blanca, pálida, sin maquillaje. No tenía los atributos exagerados que casi siempre se le exigen a una mujer. Caderas pronunciadas, senos redondos y abultados, grandes glúteos. No tenía voluptuosidad. Esa voluptuosidad que se le exige también al hombre joven, moderno. Porque buscamos siempre en lo fácil, en lo físico, en la materia…

Está mujer me fascinaba, sabía que en ella había algo más complejo. Nos pasamos la noche conversando, los temas triviales se mezclaban, más bien confluían, con lo profundo, lo que se ha hecho llamar alta cultura. Ninguno de los dos puso fronteras. Sabía que con ella todo es uno. Nuestros rostros se acercaban cada vez más, pero ninguno quisimos atrevernos a darnos el beso. No porque no tuvimos deseos. Sino porque, sin decirnos nada, decidimos en ese mismo instante postergar ese acto para más tarde, en la madrugada, casi al amanecer.

Recuerdo: tuve deseo una vez de ser mujer. Sólo siendo mujer podía seducir a un hombre. Yo le gustaba, pero su educación, la normalidad binaria, le limitada a traspasar las fronteras impuestas por él mismo. Un día estábamos bebiendo ron solos en un bar, lleno de hombres, y en medio de su embriaguez me dijo: ¿por qué no eres mujer? Por muchas novias, enamoradas que tenga, sé que nadie me va amar como tú. Ese día terminamos la noche en casa de unos amigos, para seguir bebiendo, escuchar música y hablar de libros.

Leer un libro es como tener sexo. Yo marco las hojas, subrayo frases, escribo en la hoja de respeto, anoto el número de página donde encuentro una frase que se identifique conmigo. El libro queda cansado, usado, penetrado, al igual que los cuerpos cuando tienen sexo. Se da y se recibe galletas, mordidas. Leer un buen libro, es también que el libro te lea a ti. Los dos quedamos cansados, satisfechos, al igual que cuando se tiene sexo. Yo con ropa de dormir, mis pies descalzos, con un libro entre mis manos, apoyado en mis muslos, oliendo cada página, imaginando, el autor, el personaje.

Esa mujer, esa criatura del bar me parece más un personaje, que una persona. Siempre he creído que las mujeres que usan aretes grandes tienen la necesidad de una constante penetración, del coito, de sentir el engarce de alambre atravesar su oreja. Los temas de conversación entre la criatura y yo no se agotaron. Los dos decidimos hacer silencio, callarnos la boca, para que hablasen nuestras miradas. Nuestras bocas humedecieron los labios dejándolos con un brillo por la saliva. Sosteníamos una copa de vino. Estábamos sentados uno frente al otro, a media luz. No supe definir. Por qué siempre hay que clasificar, tabular, poner en un casillero. Me dijo su nombre pero no lo recuerdo, era un idioma antiguo.

No contaré más, no es importante. Sé que esa criatura fue la última mujer que se me ha quedado grabada en mi cabeza.

Yanier H. Palao

Yanier H. Palao

(Cuba, 1981). Escritor y artista plástico. Director de arte de la editorial  PlumAndina. Sus manos han envejecido prematuramente por su antigua labor como restaurador. Sus manos han acariciado más la piedra de cantería, el yeso, la pintura mural, las rejas de hierro, que la piel humana. Le interesa lo escondido, recoger fragmentos, desechos, con ellos construye artesanías que después vende. Le hubiera gustado ser arqueólogo. Ha publicado, entre otros, los libros: Sombras del solo (Ed. Holguín, 2005), Peces en bolsas de nylon (Ed. Ávila, 2009), Música de fondo (Ed. La Luz, 2010), A la intemperie (Ed. Holguín, 2011), Vaciados (Ed. Aldabón, 2011), Esteros (Ed. Abril, 2013). Ha recibido numerosos premios entre los que se encuentran el “Premio Calendario” en Poesía, 2012 y la beca de creación literaria que otorga el proyecto “Torre de Letras”, 2016. En el 2018 publicó Óxido por Letras Cubanas.
 

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4 comentarios en “Las mujeres de mi vida

  1. volver a este texto , leerlo una vez más, será algo que seguiré haciendo, solo así podré sentir que puedo ser una de esas mujeres, o una referencia, quizás. Gracias Yanier por tu escritura, gracias, leerte se ha convertido en uno de mis más frecuentes ejercicios para alimentar mi alma

  2. … es fascinante…se queda uno con deseos…deseos como en coppelia. Junto a un helado…de seguir engullendo tus golosinas de palabras,historias

  3. Lo acabe de leer.
    Y viaje e imagine cada una de tus palabras.
    Como toda lectura , imposible no recrear en nuestra mente lo que dicen las palabras escritas.
    Atrapas al lector en tu relato👍

  4. Lo acabe de leer.
    Y viaje e imagine cada una de tus palabras.
    Como toda lectura , imposible no recrear en nuestra mente lo que dicen las palabras escritas.
    Atrapas al lector en tu relato👍

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