La mujer cubana ante la educación de sus hijos. Opciones y obligaciones

| Opinión | 07/03/2019
Escolares formados en Cuba. Foto: Alberto Consuegra.
Escolares formados en Cuba. Foto: Alberto Consuegra.

La educación empieza por casa, sobre eso nadie tiene dudas. En casa empieza la socialización de niños y niñas, en casa aprenden su primera lengua, los primeros modales y empiezan a conocer la cultura de su país. Luego, en la escuela se accede a un mundo de conocimientos variados y complejos que es muy probable (y natural) que en casa no se puedan garantizar. A la escuela le corresponde un rol muy importante que, si lo desempeña bien, complementa y actualiza la educación familiar recibida por cada ciudadano.

En Cuba el sistema educativo presenta muchas dificultades. En primer lugar, el éxodo de maestros hacia otros empleos mejor remunerados y, por lo tanto, el exceso de alumnos por aula; también existe carencia de materiales didácticos, y notables diferencias en cuanto a la posición social de los estudiantes. Debido a la falta de interés que provoca un trabajo docente, muchos centros educativos se han visto obligados a mantener en sus puestos a personas no idóneas, que dejan muchas lagunas en los programas de cada asignatura y que tampoco transmiten valores cívicos, lo cual, a largo plazo, retrasa el desarrollo personal y social, además de llegar a influir negativamente en el ámbito familiar. Esta relación fue resumida magistralmente por el escritor mexicano Carlos Fuentes, cuando expresó: “No hay progreso sin conocimiento y no hay conocimiento sin educación”.

Es aquí donde aparece la iniciativa privada, concretamente, el trabajo de repasador, el cual, de acuerdo con la ley: “Ejercita a los estudiantes en las materias que se imparten en el Sistema Nacional de Educación en cualquier nivel, en correspondencia con los programas escolares vigentes y los prepara para el ingreso a cursos superiores”. Asistir a los repasos de este tipo se ha vuelto necesario para lograr niveles aceptables de conocimiento entre los menores de la enseñanza primaria y para que los adolescentes aspirantes a carreras universitarias estén mejor preparados a la hora de realizar los exámenes.

En la familia cubana, la necesidad de llevar a los niños a los repasos privados añade una tarea extra, de la cual, en la mayoría de los casos se ocupa la mujer. Si llevar a los niños a la escuela, prepararles la merienda, mantener sus ropas limpias y planchadas, y luego recogerlos, constituyen verdaderos retos cotidianos, garantizar la asistencia a los repasos y obtener el dinero para pagarlos constituye una pesada carga para las madres.

Belkis, de 48 años de edad, es madre de un niño que cursa el cuarto grado. Dos veces a la semana, en la tarde, luego de salir de su centro de trabajo, ella debe llevar a su hijo a que reciba repasos que tienen la duración de hora y media. Al quedar lejos de su casa, Belkis debe esperar pacientemente a que concluya cada sesión para volver juntos a su hogar. Al preguntarle la razón de este esfuerzo añadido a la rutina de ambos, la madre contesta: “Porque han cambiado los métodos y yo no lo puedo repasar, pues aprendí con métodos que ya no se usan. También han cambiado los contenidos. Y en la escuela los pasan de grado, aunque no aprendan, porque si las maestras tienen algún suspenso les baja la evaluación, y con esto, el salario”.

Por lo general, las madres opinan que sus hijos mejoran su rendimiento gracias a los repasos, incluso, el Estado ha reconocido que los adolescentes que se acogen a estos estudios extras, tienen más posibilidades de ingresar a la universidad. Pero, no todas las familias pueden destinar dinero para los repasos, lo cual va generando diferencias que finalmente, inciden en el acceso a oportunidades profesionales.

Los adolescentes pueden asistir solos a los repasos, pero, en el caso de los niños y niñas, sus madres han tenido que sumar una tarea más, que le añade responsabilidad y le resta espacio en la apretada agenda diaria que deben cumplir. Esta, como otras tantas, es una tarea que le ha correspondido más a la mujer que al hombre, pues en Cuba se ha feminizado la preocupación por los hijos. Por ejemplo, en un centro de trabajo es más natural otorgarle un permiso a una madre para que salga más temprano o para que se ausente por algún motivo relacionado con su hijo o hija, que a un padre. Además, la alta tasa de divorcios provoca que en una familia reconstruida la madre deba asumir casi totalmente la educación de los hijos, pues es improbable que un hombre en el rol de padrastro se implique en labores que requieren tanta atención como la que nos ocupa.

La labor de los repasadores ayuda a quienes se sirven de sus servicios, en las circunstancias actuales es un trabajo que debe ser estimulado y apoyado, como también debe serlo el trabajo de maestro. Lo que sí preocupa es que, en lugar de ser una opción, la asistencia a repasos se convierta en una obligación para obtener conocimientos. Por otro lado, materias como Lengua Española y Matemática pueden ser parte de los repasos, pero la educación cívica: ¿dónde queda? Si la familia cubana está atrapada en una rutina que no le deja tiempo ni posibilidades de enseñar a los más jóvenes valores cívicos y culturales, y en la escuela esos aspectos son insuficientemente tratados: ¿habrá repasadores capaces de llenar esos vacíos? No lo creo. Y la mujer cubana: ¿cuánto le afecta asumir obligaciones que, se supone, deberían ser parte de la agenda de instituciones públicas? ¿Cuántas tareas más le faltan por asumir?

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