Reflexiones feministas: ¿Qué cuerpos son autorizados a producir conocimientos científicos?

En 10,500 resultados de una búsqueda sobre "ciencia en Cuba" en Google, el relato que cuentan estos registros arroja una imagen occidentalizada y androcéntrica.

20/04/2022
manos negras
Mujeres y otres subalternizadxs en/por la CIENCIA: reflexiones feministas.

Cada 15 de enero se celebra el Día de la Ciencia en Cuba. Pensando en esa fecha como pretexto para escribir esta columna, hice un pequeño ejercicio de búsqueda en Google para ver qué temas son los que allí tienen más destaque y visibilidad y qué imágenes acompañan a las noticias e informaciones sobre esta fecha. No en vano dicen por ahí que “una imagen vale más que mil palabras”. Las fotos que encontré me permitieron retomar algunas preguntas que ya han sido formuladas desde hace tiempo por varias feministas pero que, no obstante, siempre me acompañan. Al final, la ciencia también es sobre eso: poder interpelar al mundo que nos rodea.       

Mi búsqueda arrojó cerca de 10,500 resultados y una proporción semejante de imágenes que, mayoritariamente aluden a las Ciencias Médicas o al contexto de la salud como el escenario “por excelencia” donde se hace ciencia. Tales registros afirman con fuerza casi incontestable esa idea de que la ciencia es aquella que se produce en un espacio aséptico (laboratorios médicos), con un tipo de tecnología científica (microscopios, tubos de ensayo, etc.) y que, en última instancia, tiene como protagonistas al gran “ejército de batas blancas”. El relato que cuentan estos registros suena bastante occidentalizado y androcéntrico, a pesar de que algunas pocas fotos contemplan a algunas cientistas, presumiblemente del área de la medicina.

“…si la narrativa de lo que cuenta como ciencia sigue pareciendo tan reduccionista, es importante continuar ese trabajo de escrutinio hasta provocar suficiente ruido como para que el panorama científico se diversifique al punto de contemplar a la multitud de gente que produce conocimientos útiles a la sociedad…”

Obviamente mi lectura es desde el lugar de quien hace más de veinte años se dedica a las Ciencias Sociales; no obstante, si mi posición fuese otra, tampoco sería neutra. Es desde ese lugar específico y parcial que interpelo a esos registros. Nada de lo que yo me pregunto aquí es novedad, pues estas problematizaciones han sido exhaustivamente colocadas por feministas. Sin embargo, si la narrativa de lo que cuenta como ciencia sigue pareciendo tan reduccionista, es importante continuar ese trabajo de escrutinio hasta provocar suficiente ruido como para que el panorama científico se diversifique al punto de contemplar a la multitud de gente que produce conocimientos útiles a la sociedad.

Por eso me interesan aquí las preguntas, que parten de las siguientes premisas: si la ciencia y el modo en que ella circula es también una producción generificada, racializada, cisheterocentrada, entre otros regímenes de estratificación social, cabe preguntarnos:

*¿Qué cuerpos son autorizados a producir conocimientos científicos y, por tanto, a habitar los espacios donde (supuestamente) se hace ciencia?

Si crecemos escuchando repetidamente que el modelo de científico corresponde apenas a Carlos J Finlay o Marie Curie, eso ya de por sí excluye varios otros cuerpos. Y no se trata de desmerecer a estos cientistas ni a su legado, sino considerar las implicaciones de que determinadas figuras sean las que exclusivamente corporifiquen ese lugar.  Los estudios feministas, decoloniales han colocado en justa disputa el lugar que ocupan las mujeres, las personas racializadas, del sur global, de los movimientos sociales, en los procesos de producción del conocimiento.

** ¿Qué es lo que cuenta o es considerado “conocimiento científico”?

¿Cuántas veces, a lo largo de la historia, conocimientos que han sido producidos por pueblos originarios, comunidades indígenas, solo consiguen tener escucha y legitimidad cuando son enunciados por hombres blancos reconocidos como científicos? Esa apropiación y exterminio de saberes que se producen en los márgenes refuerza esa construcción de la ciencia como una “conquista individual” (algo absolutamente imposible), androcéntrica y blanca. Es por ello que es relevante escudriñar las historias de otros sujetos (mujeres, movimientos sociales) que han tenido un papel relevante en hallazgos que como sociedad disfrutamos.

Esa no es una cuestión de historias pasadas. Si pensamos en la comunidad de personas trans y travestis que han acumulado un saber, a partir de su propia experiencia, sobre procesos de hormonización autoadministrada —proceso en parte facilitado por la negligencia estatal que promueve la inexistencia de políticas públicas que atiendan su salud integralmente—, podríamos preguntarnos: ¿estos saberes tendrían posibilidades de escucha en un Congreso de Medicina, o solo tendrían esa posibilidad si fueran enunciados por un médico cisgénero que no tiene la menor idea de lo que es ser trans, travesti?

Entonces, vuelvo a la pregunta: ¿Qué cuerpos son autorizados a producir conocimientos científicos y, por tanto, a habitar los espacios donde (supuestamente) se hace y se discute ciencia?

Y agrego: ¿cuántos de los “conocimientos científicos” que obtienen reconocimiento público lo hacen a costas del exterminio de saberes que han sido promovidos por comunidades marginalizadas?

El libro “Testo Yonqui” de Paul B. Preciado está ahí para probar que es posible producir y sistematizar conocimientos que sirven a grupos marginalizados, fuera de los centros de poder. Pero no podemos olvidar que Paul B. Preciado es blanco, europeo, de una clase social alta que le permitió, hasta cierto punto, driblar la transfobia.  Si fuera una travesti negra, latina, empobrecida, ¿será que iba a poder publicar un libro como “Testo Yonqui”? ¿Será que alguna casa editorial iba a acoger esa posibilidad? Sabemos o podemos intuir las respuestas a estas preguntas…

*** ¿Los conocimientos científicos que son considerados válidos contribuyen con formas de vida más emancipadoras y justas o están al servicio de reproducir opresiones sociales?

Ninguna de estas cuestiones es neutra, por el contrario, ellas responden a un proyecto político. Hemos vivido lo suficiente como para haber sido testigos de discursos supuestamente científicos como el de la “cura gay”, una narrativa homofóbica que obtuvo legitimidad en determinado momento, justamente por haber sido enunciada desde lugares reconocidos socialmente, como es el caso de algunos psicólogos que han defendido este absurdo en plateas públicas. Cuando circula este tipo de discursos “en nombre de la ciencia” se inducen condiciones de precarización social, económica y política para las personas que son condenadas por esos discursos.

Si la ciencia no sirve para que las personas vivan mejor y de forma más plena, entonces: ¿ciencia para quién? Y eso vale tanto para una vacuna que salva vidas, como para los conocimientos que vienen siendo producidos en otros campos como es el caso de las ciencias sociales con perspectiva crítica. Este debate también está atravesado por la democratización del conocimiento, que cada vez más personas tengan acceso a él de forma gratuita, que cada día se derrumben con fuerza los muros de raza, clase, género y otras estratificaciones que mantienen a la ciencia como un proyecto apenas protagonizado por grupos privilegiados. Pierde la sociedad como un todo cuando no podemos tener acceso a la multiplicidad y la riqueza de saberes que se tejen en las sombras de los centros de poder pero que, no por ello, son menos relevantes.

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Psicóloga por la Universidad de Oriente, Cuba. Máster en Intervención Comunitaria (CENESEX). Doctora en Ciencias Humanas (Universidad Federal de Santa Catarina). Investigadora de Post Doctorado vinculada a la Universidad de São Paulo, Brasil. Feminista, con experiencia en varias organizaciones y movimientos sociales.