Cebada insípida

Cubierta de No quiero llanto, novela de Dolores Labarcena, Editorial Betania, 2020.

Para conga, lo que se dice conga, Los Hoyos.… “La sidra El Gaitero, alegra al mundo entero”. “Con los vinos de la Mota, su paladar se alborota”. “Después de trabajar, el momento es de Polar”, tarareó Carmelo cuando se acabó la cerveza en Sueño. ¿Y ahora qué, Carmelo?, le pregunté. Nada, expresó abriendo los huecos de la nariz y engurruñando el mentón, gestos que indicaban su total disgusto. ¿Eres ciego, Chivo? Observa, la ingenuidad siempre está cercada de su propia pompa. Se a-ca-bó. Una cebada insípida nada menos que en perga, para anular, aunque fuese transitoriamente, nuestra condición de inermes. Carmelo, dije, a dónde quieres que nos dirijamos, ¿al carnaval o a La Habana? Habla claro, chico, que a ti no hay quién te descifre. Llevamos dos horas de quiosco en quiosco. Cuando no es por la gente es por la cerveza. Ahí tienes razón, Chivo. Pero mejor calcula que desde las dos de la tarde, hasta ahora, son cuatro horas. En dicho intervalo, solo hemos consumido dos pergas por cabeza. Estamos tan lúcidos como Piłsudski cuando dijo que la auténtica victoria era ser derrotado sin rendirse. Sigamos, dijo y seguimos. De Sueño llegamos a Plaza de Marte. De Plaza de Marte bajamos por Enramada y fuimos al parque Céspedes. Del parque Céspedes al Balcón de Velázquez. De ahí a Padre Pico. De Padre Pico, al no encontrar un quiosco con menos de setenta personas, bajamos por San Basilio hasta La Alameda. Poca elección y escasa variedad. En aquel carnaval, que yo recuerde, los ornamentos festivos fueron, casi en su totalidad, asiáticos. Figuras que con un paño rojo de diez o quince metros de largo y una careta de cartón adornada con chapas de Coca Cola, avanzaban sin dirección definida animando la festividad. Cierto es que la gente se sentía incitada por el espíritu del cambio, pero aquella importación, aquel cambalache cultural, fue un tanto improvisado, atrevido. Como el único con mediana visión, y que a su vez conduce al díscolo reptil es el primer individuo, el resto, al no estar familiarizado con semejante disfraz, tropieza con todo lo que se ponga delante. Salió en el periódico: La cola de uno de los dragones de Aguilera terminó debajo de un Cadillac amarillo… En fin, de Sueño llegamos a Plaza de Marte. De Plaza de Marte bajamos por Enramada y fuimos al parque Céspedes. Del parque Céspedes al Balcón de Velázquez. De ahí a Padre Pico. De Padre Pico, al no encontrar un quiosco con menos de setenta personas, bajamos por San Basilio hasta La Alameda. No hubo, porque de eso se percató Carmelo, muñecones, zanqueros, bengalas, carrozas, faroleros, reinas de belleza, vendedoras de flores, ni algodón de azúcar, pero sí tractores con campesinos, camiones con orquestas, miles de banderas y estandartes del 26 de julio, y la novedad del año: dragones. Dragones que calificó Carmelo de sarnosos y atolondrados. ¡Vencimos!, proferí cuando de repente apareció una pipa. Creo que tu euforia acabará pronto, expresó Carmelo. ¿Por qué?, indagué sin saber a qué se refería. Fíjate bien, dijo y me fijé. En dirección de la pipa, que, dicho sea de paso, se parqueó junto a una tarima, avanzaba una comitiva presidida por Armando Hart, el ministro de agricultura de Indonesia y el ministro de asuntos exteriores de la República Árabe Unida. ¡Abran paso, abran paso!, ordenaban los militares desde ocho jeeps. Jeeps que fungían como muro de contención para la turbamulta que se arremolinaba en torno a los visitantes. Carmelo, dije, debemos pasar desapercibidos o no hacemos el cuento. Seamos anónimos. ¿Anónimos?, pero si ya lo somos, Chivo. Qué boberías dices, dijo. Cálmate. Serán unas palabras de inauguración. Quitarle la conga a esta gente es peor que quitarle la comida. Créeme. Tendrás tu cerveza, Carmelo, intenté relajarlo. Al instante sonó una sirena y se hizo un silencio ronco, desapacible. Un reflector gigante, instalado sobre un camión de bomberos iluminó la valla donde antes ponía su publicidad la firma Bacardí. ¿Y quiénes aparecieron estampados en la valla? Sukarno, Fidel y Nasser. De Armando Hart, el cual emprendió un discurso donde hablaba de los trabajadores, la campaña de alfabetización y los sindicatos, solo escuchamos la voz:

Santiagueros, pueblo heroico, cuna de Maceo y tumba de Martí, bienvenidos a esta fiesta popular donde el júbilo revolucionario se siente (APLAUSOS)… Calma, pueblo, calma… Para hacer patente el poder de la Revolución y el poder de nuestro Comandante en Jefe. Sepan bien, obreros y obreras, campesinos y campesinas, que no los abandonaremos jamás (APLAUSOS). Recuerden que la función principal del movimiento laboral es avanzar los planes de la Revolución y aumentar la productividad. Olvídense de los sindicatos (APLAUSOS). Los sindicatos… (una voz: ¡ABAJO LOS SINDICATOS!). Seamos consecuentes. Impliquémonos con ahínco en este momento histórico, pueblo aguerrido, entusiasta y alegre juventud, trabajadores y trabajadoras de todos los sectores de la provincia de Santiago de Cuba, pregunto: ¿qué hacen los sindicatos por ustedes? Y les respondo: nada (una voz: ¡Sí, NADA!). Por ustedes hace la Revolución liderada por nuestro Comandante en Jefe… (APLAUSOS). Esperen, déjenme terminar… (APLAUSOS)… por ustedes velan la administración estatal, las Fuerzas Armadas Revolucionarias… (APLAUSOS). Santiagueros, pueblo heroico, cuna de Maceo y tumba de Martí, queda inaugurada esta fiesta popular (APLAUSOS).

No me percaté de dónde, sin embargo, en el instante en que Armando Hart le echaba con el rayo a los sindicatos, empezaron a llover confetis, globos, serpentinas, ¡incluso soltaron palomas! Acto seguido, el pueblo gritó consignas una detrás de la otra: ¡Viva la Revolución! ¡Viva! ¡Viva Fidel! ¡Viva! ¡Viva Sukarno! ¡Viva! ¡Viva Nasser! ¡Viva!… Qué espectáculo, Chivo, dijo Carmelo y sacó el peine. Eso de peinarse las patillas no era un acto de acicalamiento, lo hacía cuando perdía el control. ¿No te das cuenta? Facundia fútil. ¡Canallas!… Cállate, compadre, que en menos de cuarenta y ocho horas debemos presentarnos en el DTI, le rogué. Aquello estaba minado. Y encima Carmelo, que cuando el ataque al Palacio Presidencial ofreció a Fructuoso su casa como piso franco y que lo único que recibió de la Revolución por aquella balacera, fue un puesto de taquígrafo en el Ministerio de Defensa, era un peligro cuando abría la boca. ¡Abran paso, abran paso!, volvieron a la carga los militares, y Armando Hart, el ministro de agricultura de Indonesia y el ministro de asuntos exteriores de la República Árabe Unida, se evaporaron… “Adiooós, adiooós, adioooós. Me teeenngo que maaarchaaaar. Mañaaana volvereeeé. De nueeevo a esteee lugaaarr” … ¡Vamos, avancen, avancen!, voceaban unas milicianas cuya indumentaria principal era un machete de plástico que blandían al son de la corneta china. Así fue, la conga nos engulló en lo que la pipa, sin vender ni una sola perga, se alejaba a velocidad supersónica hasta volverse un punto en el horizonte, sutil, imperceptible. Cebada insípida, así le llamaba Carmelo a la cerveza a granel… ¡Suéltenme, coño! ¡Chivo, ayúdame, quítame a estas sanguijuelas de arriba!… Gracias, compadre. ¡De la que me has librado!, expresó Carmelo cuando logré acarrearlo por un pie, cuando logré arrebatárselo a la turbamulta enfebrecida. Lo juro, entró con camisa y lo saqué con bajichupa. Qué manera de ripiarlo, escupirlo. El pobre, se apoyó sin querer en la grupa de un dragón hembra que casi llegando a Martí, ¡mira adónde fuimos a parar!, se coló en la conga a soltar las suelas de los zapatos. Perdóname, Chivo. Bajé la guardia. Lo único que quiero es un vaso de agua, y lo dijo entre dientes, adolorido, con la respiración entrecortada. Lo clama mi estómago. Olvida la perga. Agua, Chivo, ¡agua! Ah, y mis más sentidas disculpas. Me costó reconocerlo, pero tienes razón, quitarle la conga a esta gente es peor que quitarle la comida. Vámonos para La Habana. Perdóname, Chivo. Bajé la guardia… ¿Carmelo? Un personaje semejante a Marchante, con labia, buena apariencia, pero resentido, inconformista. En ese arrollar forzado, ¡menos mal que no llevaba la documentación encima!, se le extravió la cadena de oro… Siempre digo lo mismo, para conga, lo que se dice conga, Los Hoyos.

(Este fragmento pertenece a la novela No quiero llanto, de próxima aparición por Editorial Betania, Madrid, 2020).

Dolores Labarcena

Dolores Labarcena

Santiago de Cuba, 1972. Poeta y narradora. Publicó el cuaderno de poesía Las puertas dialogadas (Editora Abril, La Habana, 2004) y recientemente Tundra (Casa Vacía, Richmond, Virginia, 2018). Ha publicado además las novelas Kruschov (Editorial Verbum, Madrid, 2015), Cachemir (Aduana Vieja, Valencia, 2016) y Diario de un Tuátara (Baile del Sol, Islas Canarias, 2018). Codirige la publicación digital de literatura Potemkin ediciones. Este fragmento pertenece a la novela No quiero llanto, de próxima publicación por Editorial Betania, Madrid.

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