Cuento ⎸Nada que decir

“A través del cristal opaco, un poco empañado por el polvo y las excretas de la paloma moñuda, se me antoja un paisaje dibujado por Dalí. Faltan ventanas y partes de los edificios, y las raíces de los árboles han levantado las aceras de una forma casi simétrica.”

Imagen de una mujer canosa de pelo rizado mirando a través de una ventana una bandada de pájaros negros. Ilustra el cuento Nada que decir, de Enid Vian.
“Palabras que se escurren como aves” Imagen generada con IA por Yudarkis Veloz

El día está implacablemente soleado. Un sol de locos, como para descongelar el fósil de un mamut. Sol diabólico. Siento cómo la piel me arde y las gotas de sudor derivan mansas sobre mis ojos. La grasa me maquilla la cara con un brillo aceitoso. Todo parece hornearse a fuego lento.

Cuando tengo una indigestión y no hay nada para aliviarla a mi alcance, pienso en limones, me concentro, lo imagino y la boca se me llena de saliva. Siento líquido ácido y arrasante deslizarse por mi garganta poco a poco. De algún modo las molestias se me alivian. Magia verde o psiquis verde y ácida. Atrapo cosas no con las manos, sino con la imaginación. Es un recurso como otro cualquiera. Juego y vuelo. Así es uno de los personajes de mis cuentos. Juego y escape.

Como dije, el día es tórrido. Por eso ahora me forjo la imagen del polo norte. Longitud tal, latitud mascual. Polo polar. Blancoazul. La grasa que me cubre el rostro es de foca. Sebo para protegerme del aire helado. Miro el mapa para trasladarme al sueño, ubicada en una dirección acertada. Luego, pienso en el acuario. Palmoteo de focas. Yo misma palmoteo como una foca. Primeros planos de nieve. Close up de alguien. En el fondo de ninguén.

Me limpio el aceitoso con una piel bien masticada por mí, suave y absorbente, y salgo a tomar el frío helado de la tarde en el polo, en mi polo norte, longitud tal, latitud mascual.

Mientras me abotono el abrigo peludo, escucho el aullido de algunos perros que arrastran el trineo de un cazador. Mi cazador. Estatura tal, peso mascual. El cazador saluda a una joven en extremo delgada (el futuro personaje que les dije), y a todos nos sobrecoge una aurora boreal. Contemplo el cielo y la nevisca por unos minutos y un silencio total me funde con la nieve. Soy nieve. Nieve y paz. Nieve y paz, repito sin necesidad y regreso al bullicio de mi casa, a la zona tórrida de mi cuarto.

Enciendo el ventilador y el aire caliente se expande por toda la habitación. Oscila. Revuelve el calor y la moscas. Pongo a funcionar el televisor para ver las noticias y, al mismo tiempo, abro la pantalla de la computadora. Ya estoy lista para comenzar. De pronto, escucho el aleteo de la paloma moñuda del muchacho de la azotea contigua, y salgo a verla pasar sólo un instante. La veo siempre. Es hermosa. Hoy parece que está medio enferma y ha regado excreta por todas partes, como si hubiera puesto las heces frente al ventilador. Oscilan también.

Salta una imagen en la pantalla del televisor ―a su modo, también escatológica, sangrienta― y cuando voy a teclear, me paralizo. Catatonia aguda. Mente en blanco. Espalda rígida. Náuseas. Quiero iniciar mi trabajo pero, ya digo, estoy detenida en el tiempo y en mi infinito espacio. Desactivada. Desactivada. Desactivada. Desactivada. Repite una voz computarizada en un resquicio de mi imaginación. Me estanco, incluso para las imaginerías.

Por suerte, algún constructor cercano, como un ángel peón, posiblemente con un martillo muy real, da un golpe descatatonizante, y me descatatonizo. Vuelvo a la vida. “¡Ha muerto la realidad!”, me digo, y salto ligeramente en la silla medio ladeada por mi peso.

Miro el reloj que tengo en la muñeca, y ensayo, mentalmente, las primeras frases de mi relato. Las sopeso, las desecho, y vuelvo a mirar el papel con mis apuntes para guiarme. Garabatos ininteligibles. Hormigas quietas. Al lado del tema del relato, hay una lista infinita de pendientes. Pendo de los pendientes como si colgara de una soga.

No hago más que levantar los dedos sobre las teclas y suena el timbre de la puerta. Es una vibración aguda que me sobresalta. Intento ignorarlo, pero insisten. Insisten con una regularidad y una constancia de maquinaria engrasada. Escucho un golpeteo en la sienes. Y empieza a vibrar el timbre en mi cabeza. Electroshock. Picana.

A los golpes estremecedores en mi puerta, los vecinos se asoman a las ventanas de los edificios que me rodean con una curiosidad malsana. Palco en teatro. Los miro y los imagino aplaudiendo como ufanos espectadores, en primera fila, la primera escena del día: ¿una proposición de venta ilícita?, ¿un amante prohibido por extranjería? Una brisa en extremo cálida azota el edificio cuando de nuevo me ponen la picana o suena el timbre de la puerta.

Noto un ligero temblor en mi mano izquierda en el instante en que voy a pagarla cuenta de electricidad. Otro electroshock. Sobrevivo. Por supuesto, sigue el calor sofocante. Calor para delirio. Cuando me muestran el recibo, me distraigo a propósito, miro hacia el portal colindante, con sus pajareras de bambú, su cerdo, su perro, la cotorra, y, esta vez, me siento en una selva del trópico, rodeada de trinos y ruidos inquietantes.

Corro descalza con una espesa sábana, bajo un sol tenue. La brisa mueve las hojas de los árboles y atempera el calor en todo mi cuerpo. Escucho el ruido de breves truenos, y comienza a caer una lluvia fina, cálida. El agua despierta un olor agradable en las plantas y en la tierra rojiza.

En el cielo, una bandada de palomas moñudas se desplazan, formando una aleta quebrada que corta las nubes pegadas a un fondo azul y apacible. Un cierto resplandor, que aparece y desaparece, da la impresión de ocultar la llegada de algo mágico. Hago un giro brusco y, al girar, choco con una puerta de madera carcomida y repintada.

―Es tanto ―dice el cobrador de mi latitud real.

―Bien ―digo. Y le extiendo un billete arrugado.

Voy a mi silla de trabajo y trato de concentrarme en la primera frase de mi relato, que he decidido tenga un tono festivo; aunque quizás sea mejor empezar con una cierta melancolía, como si rememorara, o también funcionaría algo coloquial y neutro. ¿Qué hubo de un tono catastrófico? El relato tendrá onda, tendrá supón tú, no sé.

El brillante sol y el picoteo de unas gallinas en el portal, me envía de nuevo a la selva, pero esta vez me veo paseando en una canoa. Voy río abajo contemplando las plantas acuáticas, mirando a los animales escurridizos, hasta que tropiezo ―en medio del río― con una mesa ergonómica, una mesa habilitada para poner una computadora.

Me siento de nuevo frente al display y, cuando voy a configurar la página, recuerdo que debo llamar a una colega que me va a hacer el contrato para una traducción. Ocupado. Marco redial. Ocupado. Insisto y al fin me pongo de acuerdo para recoger el original en la tarde. La colega jimiquea. Le pregunto. Me cuenta que se ha caído el techo de la casa donde vive. En calle tal entre tal y tal. Y cree que su esposo se ha marchado a Canadá, sin al menos un aviso.

Balbucea que, tras la lluvia, una infinita cantidad de pájaros negros se han posado en las antenas de la azotea. Mal agüero. Luego, que ha visto a una mujer demente exhibirse desnuda calle abajo y calle arriba, diciendo obscenidades. Fatal augurio.

Yo también jimiqueo. Y me digo algunas palabras de consuelo. Mi colega sigue enumerando pequeñas catástrofes cotidianas. No respira. No parece necesitar oxígeno. Mientras habla, me abstraigo, observo el tanque de agua en los altos, lleno de rajaduras, e imagino una cascada enorme, ancha; una caída de agua incontenible, poderosa, que desciende con toda su fuerza sin freno.

La cascada cae en un surtidor e inunda las calles, las limpia, las baña, las aclara. Cuelgo el teléfono, cambio mi batón por un short y una camiseta y me pongo bajo la cascada del tanque de la vecina. Al rato, me seco, tomo una taza de té y me siento frente a la computadora, para, al fin, poner la primera palabra de lo que pretendo escribir, la del impulso, la que va a determinar el tono justo de todo lo demás; pero, sin que pueda evitarlo, me atrae lo que ocurre tras la ventana.

A través del cristal opaco, un poco empañado por el polvo y las excretas de la paloma moñuda, se me antoja un paisaje dibujado por Dalí. Faltan ventanas y partes de los edificios, y las raíces de los árboles han levantado las aceras de una forma casi simétrica. Estética surrealista. Onírica. Todo el entorno parece tomado por hermosos árboles de enormes troncos caoba, con dibujos concéntricos. En una esquina yace, artísticamente, una llanta desinflada, desmadejada.

De repente, en la calle hay como una especie de alarma.

―¡Dios los cría!

―¡Bendito sea Dios!

Y miro hacia las criaturas del Supremo. Son un hombre y una mujer fuera de lo común. Se mueven algo incómodos, con pisadas indecisas, medio torpes. El hombre, diminuto, va acompañado de una muchacha alta y gruesa. La gigante acaba de chocar con otra joven en jeans, que parece tener prisa. La pareja, como perseguida por una colmena de abejas furiosas, desaparece en el recodo; la joven de los jeans sube las escaleras del edificio de enfrente; y yo vuelvo a mi teclado.

He decidido empezar el relato con un diálogo; aunque no estoy segura aún. Quizás empiece con un diálogo introductorio sencillo. Suena el teléfono. Y al mismo tiempo, escucho al que distribuye el periódico en el portal. Dejo sonar el timbre del aparato y voy por el periódico. Cuando regreso ha dejado de sonar el teléfono. Aunque el periódico también suena. Los dos son mis alarmas. Además de los pregones y los gritos callejeros. El más efectivo es el timbre del despertador. Lo pongo para despertar, para trabajar, para medir el tiempo de un plato, para no aburrirme, para que me recuerde que existo. “Dios los inventa”.

“¡Y ya!”, me digo. “¡Ahora sí!” Me siento de nuevo frente al teclado y configuro la página. Mis ojos se van sin que pueda controlarlos. Están en Babia y en casa. Miran de nuevo a través de la ventana.

Un grupo de ancianos camina por la acera en dirección al parque de diversiones que está en la esquina ―¡Dios los mira!―, van con globos y matracas, bolsas y carteles. Uno de ellos acaricia a un perro que acompaña a una señora, la cual es la viva estampa de su perro. Ambos proyectan la misma sombra sobre la pared de la casa derruida. Sombras de homo sapiens.

Miro el reloj y me dirijo a la cocina a calentar el arroz de ayer. Un arroz gomoso que arreglo con jugo de limón y aceite. ¡Dios sabrá! Coloco en la grabadora el concierto de Brandeburgo y me detengo a mirar las perlas de limón que han quedado sobre las pequeñas colinas de arroz, mientras bebo, lentamente, una copa de vino barato con mucho, mucho hielo. Latitud cero.

Acabo mi copa de vino y, con un impulso repentino y decisivo, trato de iniciar la primera página en blanco. Antes, salgo de Word y voy al OutLook, para ver si he recibido algún correo inspirador, una noticia agradable. Leo el mail de mi amigo Joel. Él siempre me recuerda de dónde vengo, cuando encabeza su correo: Guajira escribidora, dos puntos. Reviso las infinitas invitaciones, los eventos literarios, los chismes y advertencias, las listas de publicaciones, y termino algo cansada. Decido darme un buen baño e ir a firmar mi contrato y, finalmente, sentarme a contar.

Por suerte, resuelvo lo del contrato muy rápido. Pero, llegando a la casa, de nuevo suena el teléfono. Me avisan que la señora de enfrente, la solitaria, la del portal enrejado, hace hoy siete días que no sale de la casa. Y yo viajando al polo. Me preguntan que si puedo ir con algunas autoridades a ver si le ha ocurrido algo. Latitud cero. Digo que ayudo en otra cosa, pero eso me pone los nervios hechos trizas. Lo digo y lo repito, una y otra vez, sin necesidad.

Recojo un poco el reguero que tengo en la sala y sacudo los muebles, por si luego llegan las autoridades a consultarme algo sobre la señora solitaria. La ropa que estaba sobre el sofá la echo en la lavadora. Luego la saco, la exprimo y la tiendo en el portal. Justo cuando  termino de prepararme un bocado, el médico de la localidad toca a la puerta para hacerme un interrogatorio. Hago café y conversamos por largo rato. A las ocho me visto y voy a hacer mi guardia nocturna en el trabajo. Casi a la media hora regreso a casa. Decido acostarme a dormir y dejar el cuento para mañana. En ese momento, cae un chubasco repentino y se produce un apagón. Le doy la comida al perro a ciegas y me acuesto a descansar.

No ha sonado el reloj despertador, y ya estoy tomando café hirviente. Me siento lo más cómodamente posible frente a la computadora y miro el mapa del cuento que tengo en una hoja de papel. No hago más que levantar los dedos sobre el teclado, y escucho una alarma insistente. ¿Es el timbre de la puerta? ¿Es el timbre de la puerta? ¿Es el timbre de la puerta? Repito sin necesidad.

“Nada que decir” pertenece al libro Cuentos incómodos (Ediciones Unión, 2012), de la narradora cubana Enid Vian.