Del diario de Betsabé: Soy jinetera y qué?

"Yo pude haberme largado, pero decidí quedarme, me gustan las playas de Cuba"...

| Escrituras | 25/01/2022
Bésame.

Me acosté con un hombre por primera vez a los 13 años cuando mi madre me presentó a su “amigo” de turno, mientras me recordaba que el refrigerador estaba vacío y Leonardo podía ser muy generoso si yo le abría las piernas. Qué me iba a imaginar yo que mi virginidad costaría tanto, ¡100 dólares americanos! Toda una fortuna en ese tiempo.

Leonardo llegó a las tres en punto, “a la hora que mataron a Lola”, o “la hora de las brujas” o a la hora del té en Inglaterra, qué ironía… Mi madre lo recibió en la sala —si es que a ese pequeño espacio, sin muebles, con divisiones de cartón y tablas con comején se le puede dar esa categoría—. Mi madre hablaba en voz baja, me imagino que hacía las negociaciones sobre el valor de mi vagina intacta.

El tipo entró en mi cuarto, sin mucho preámbulo se quitó la ropa y se me acercó… Todavía hay hombres que me preguntan si quiero hacer el amor con ellos, ridículos, cursis que no saben que esto se trata de desgarrar cuerpos, dejar marcas, cicatrices como para que jamás lo olvides, esto se trata de coger y punto, si tienes un orgasmo pues ya eres privilegiada.

Ya a los 15 años yo tenía un negocio propio, con cientos de clientes al año, me encantaba ese poder adquisitivo y mi madre no me preguntaba sobre mis ganancias, se conformaba con que le pasara alguna mesada de vez en cuando. La escuela se quedó en el olvido y el trabajador social que me atendía se había rendido, después de caer en mi cama varias veces.

Tenía una amiga que era también compañera de renta y la “tercera pata” cuando los mejores postores pedían un trío, ella fingía muy bien que le gustaba, podía gritar incluso y eso nos aseguraba una magnífica propina que después se derretía en las mejores piñas coladas de La Habana.

Mi catálogo comenzaba desde el sexo oral hasta cualquier fantasía exótica, incluso el sexo sado. Ya a los 18 yo conocía a todos los policías y a la lacra del Parque Central. A la policía les hacía algunos “favores”. Fingían que me pedían el carnet y, luego de complacerlos, ellos mismos entraban al Hotel Telégrafo, donde yo ya tenía muchos colaboradores que me procuraban al mejor “yuma”, al más espléndido y el que me llevaría de compras al día siguiente. Cuando la mayoría de las chicas de mi edad se despertaban sin un pan para desayunar, yo estaba comiendo jamón, huevos y frutas, más un café con leche en los mejores hoteles de La Habana. 

Aprendí inglés, italiano y portugués, tal parece que tengo un doctorado en idiomas, aunque nunca me importó la parte escrita, pues bueno no me importaba mandarles cartas a nadie. Mi ropa de moda, mi buen perfume y mi acento fueron cartas bajo la manga para colarme en Varadero, donde un viejo italiano me instaló en unas de las lujosas casas de renta que pagaba por todo un año y donde yo me revolcaba con el chico de 24 que me traía loca, además de recibir a señores de todas las latitudes. 

Muchas fueron las mujeres que llegaron a La Habana, venían de todas partes, sobre todo de las zonas rurales, buscaban extranjeros, satisfacer sus necesidades económicas y acercarse más a la posibilidad de largarse de este país al precio que fuera necesario. Andrea lo logró, se fue con aquel hombre indeseable y repugnante, que parecía un ogro en vez de humano, ese se la llevó a España, el tipo se murió a los cincos años y ella se juntó con un sabroso tío de ojos verdes y hoy vive toda regia, y su reputación sin afectaciones.

Yo pude haberme largado, pero decidí quedarme, me gustan las playas de Cuba, quizás me digas “qué carajo, si no conoces otras”. Ok , puede ser una excusa para quedarme, como sea, aquí yo soy reina todavía, “trabajo” en los mejores lugares, tengo los mejores clientes, me recomiendan hasta en la Patagonia, soy como una geisha en La Habana y me gusta. Quizás en un par de años estudie medicina, aunque sea por internet, tal vez después tenga un hijo para ver cómo es, no sé, el futuro nunca me ha importado, solo creo en el ahora… por cierto, me llamo Betsabé, más conocida como Verónica Franco.

(Un testimonio, un cuento no cuento que escuché en La Habana, apenas los nombres cambian.)