Lo femenino en la obra de Cirenaica Moreira

De la exposición “Últimas fotos de mamá desnuda” (2017)

Ha concluido la decimotercera Bienal de los artistas cubanos de la Plástica. Otra cita polémica y desfasada —iniciada en 1984 con históricos altibajos— que no se sabe bien si aún ameritaría llamarse así, atendiendo a calidades, espaciamiento y periodicidad, alteradas en conjunto por disímiles razones. Siquiera se justificaría exclusivamente como “habanera”, ante semejante novedad expansionista.

El régimen hizo catarsis previa anunciando decreto-ley reductor, con el fin de coartar cualquier (protesta o) muestra contestataria que sobresalte a los calmos patronazgos preestablecidos.

En esta nueva y retardada eclosión del muestrario —que no atiende críticas desde casi ningún margen u origen—, el consejo adjunto al Ministerio de Cultura ha asignado papel secundario a cada creador independiente que por su cuenta bregue en pos de agenciarse espacio propio o alquile lugar desoyendo recomendaciones de inquisidores investidos de arcaicas normas ideológicas. Y así volverlo punible.

La oficina habilitada a tales fines de llama Open Studios, y regula a quienes clasifican en su bolsa como exponentes autorizados. Los que no consiguieron esa categoría elitista, y se sintieron aún alentados a lanzarse a contracorriente, lo hicieron desafiando el famoso engendro 349 que coarta manifestaciones contraproducentes e invoca “adecentar” el medio circundante, pero restringe indecentemente cualquier expresión libertaria o anárquica a priori, según algunos cánones oxidados e insepultos, y muy a pesar de reiteradas/fundamentadas descalificaciones.

Pero este trabajo va de otra cosa: la celebración del arte en el justo nombre suyo.

La última exposición de Cirenaica Moreira, intitulada “Últimas fotos de Mamá Desnuda” (work-in-progress, título tomado de un libro homónimo de Ernesto Pérez Chang), tiene una protagonista assoluta, quien es, además, como su madre, actriz.

El semblante de Mariana Alom, reflejo vidriado sobre el progresivo decurso de la memoria —anexo al afecto/artefacto explícito—, trasunta lo no prioritario de ser compartido, sino como ofrecimiento al espectador: estética de un álbum de familia donde las facialidades ocupan el vacío de la mente, accidentada por el tiempo.

Los olvidos posibles, los que puedan generar huracos en esa existencialidad no explicitable, afines a cualquier ralea, en esta serie como en otra anterior (“Que tenga un carro y me lleve a Varadero o A tu lado me he vuelto un existencialista”, 2012) cobran vigencia, mientras resultan suplidos/suplantados por la magia espectral, el deslumbre de la belleza de su musa repetida, los agregados/complementarios a la tersura más maravilladora que resitúa de un flashazo al recuerdo.

Nadie queda indiferente o está exento de la conmoción mirando a estos ojos traslúcidos, gélidos…

Empero, desde mucho antes, la artista había dejado plasmada su aprehensión obsesiva por la mirada. En casi toda la obra precedente hubo de cimentarse una estructura desde/donde erigir/dirigir su discurso visual.

Y el cuerpo (¿de la nación? ¿de lo nacido? ¿de lo que está por nacer? ¿de…?) es ese territorio construido para explayarse.

Incluso posando ella, semidesnuda, musa de sí y nadie más, en evidente indagación introspectiva —interlocutora que quebranta al callado soliloquio—, se torna primigenia apropiación del soma (también el de la nación quebrada/adolorida) en: “Ojos que te vieron ir…” (1994).

De la serie “Lobotomía”, 1996.

Desde otra perspectiva

Las y los modelos de Cirenaica carecen de sexo explícito. Lo andrógino y su contraparte asexuada posan en cada pieza como a la artista parece importarle: ser seres no etéreos, ni eróticos ni virginales, sino plantados más bien en condicionamientos cuales falsas musas, las que se vuelven tangibles no obstante la presunta vacuidad del tema.

De ahí que la caja/portarretratos que los contiene suplante el sarcófago del santo o la vitrina para lujos intrascendentes ceda. Recato y destello de una vez.

Semejante apego a tan terrenal pertenencia, dice mucho de consistencias contenidas y perdurabilidades premeditadas. No hay trucos. La mirada está. La mano puede ser tendida y palparse la superficie del santuario, aunque habite espacio infinitesimal: la cajuela de cristal aísla el polvo cósmico e implacable de la Isla que oxidará/contaminará/agrietará sin remedio la foto que se desea preservar, interponiendo a ultranza la lente/mirada preguntona sobre aquel toque soberbio. Lento o detenido. Interacción suprema mediante. Lo anatómico constatable, antepuesto a la dudosa metafísica.

Hablo como profano del arte. No vienen en mi auxilio prospectos ni academia. Tampoco me asisten sino percepciones. La emoción que emana de esas obras no puede ser documentada bajo palabra dicha o escrita sin faltar a las reglas del comedimiento y la justeza técnica. Por eso apelo a lo sensorial, que es en definitiva la razón de cualquier obra de arte. Y esta lo es.

Lo enuncio entusiasmado porque también es el discurso en defensa de una disciplina atormentada, de un paradigma/teorema displicente y feminista en pos de la beldad que pugna entre fuerzas encontradas de un género largamente menospreciado/afeado sin convicción. Incluso en legua de aquellos académicos y diletantes que se abducen al hacerlo/sin quererlo, junto a los más exigentes exégetas del arte (doctos en esas ciencias imposibles).

En exposición precedente del 2015 (después de un impresionante muestreo curricular) intitulada “Estas Flores Malsanas”, Cirenaica reelige/erige su pirámide táctil en torno a esa feminidad omnisciente. Utiliza imagen de hombre (Edel González Govea, Teatro El Público) como prontuario de un ego más que alternativo, remembranza intencionada del poemario cuasi homónimo de Charles Baudelaire, con sus batallas siempre en desfavor.

Un año antes curaría Moreira expo colectiva en el Consulado de España en La Habana (“Estrictamente Personal”), donde agrupó nombres consagrados —y no tanto— como Consuelo Castañeda, Marta María Pérez, Olympia Ortiz, Sandra Ceballos, Broselianda Hernández, Glenda León, Grethell Rasúa, Susana Pilar Delahante y Mabel Poblet.

Siendo allí el cuerpo/tronco raigal de la curadora prueba extenuante para su performance en vivo “60 minutos: El Instante Perpetuo” y “Un ejercicio de Poligamia. 60 voluntarios para besar a la artista”, las ejecuciones concitaron a desa(r)mar lo inerme-estipulado, destronar preceptos machistas sobre la (falsa) fragilidad (otra).

“Sin Torres Ni Abedules” (2012) propuesta para la oncena bienal, que entonces no desbordaba márgenes capitalinos, retomó preocupaciones intelectuales muy a tono con los ámbitos de La Cabaña, sitio donde se presentaran galería y performance. La instalación y la escultura como exploración/explotación de lo ignoto y cuneiforme se hicieron presentes en una explanada tan plana. Tan poco llana.

Las palabras al catálogo escritas por María de los Ángeles Pereira, adelantaban lo que aún seguiremos viendo: “…Registros de hondas vivencias compartidas […], poéticos trasvases de esa ambivalencia pertinaz [donde] germinaron ayer las farsas, las utopías y las ilusiones [¿perdidas?] de más de una generación…”

Un austero recorrido por hondonadas y concavidades donde lo convexo pareciera no tener fin. Ni principio.

La libre apropiación de intertextualidades provenientes de la literatura más dura, es, sino excusa “flagrante” para re-patentar un añejo discurso que adolece (tras 5 siglos de extravío) en el matriarcado de La Isla (Cuba) desflorada y ausente, razón para el desasosiego.

La musa que suele hoy encarnar la autora en cualquier objeto redivivo, esencia de esa fuerza otrora endeble bajo aquel dogma inexplicablemente absurdo, me recuerda cada vez la interdependencia más alucinante en el éxtasis de la contemplación, natural de verse en las dedicaciones de Dalí a su amada Gala.

Bajo tan inquietante resumen de destrezas vertidas sobre fotografías impresas en dimensiones comparables —remarcando cierta escisión conceptual, más la crecida madurez substancial— se mezclan los más finos aires de solidez creativa.

Desde 2003, con Sueños húmedos, Cirenaica emprendió lo que considero puntual —si se quiere entender la constancia de su obra eternamente interminada—: su personal desafío al patriarcado tercamente empecinado. La fijación de la trivia mundanal en el personal colimador. Vaya, como al descuido.

Esa es su ofrenda, su religión.

(Para contactar a la artista Cirenaica Moreira: golondrinanohaceverano@gmail.com)

Pedro Manuel González Reinoso

Pedro Manuel González Reinoso

(Caibarién, Las Villas, Cuba, 1959). Actor, escritor, traductor empírico, promotor literario independiente, activista social, peluquero. Miembro del proyecto cultural y de las artes escénicas “El Mejunje” en Santa Clara desde 1994, sitio donde creció su personaje disensor “La Rusa Roxana Rojo”.
Ver todos los artículos de Pedro Manuel González Reinoso →

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.