Yo amaba a Yusa

Foto: René Peña.

La distinción que Yusa hace sobre mí, me hace especial. Ella con su bajo eléctrico, a veces con la guitarra y cantando. Esa voz.

Yo sé que canta para mí.

No importa que hayamos discutido esta mañana porque la saya que escogió para el concierto no me gusta; o que prefiera que me mire menos al espejo y que produzca más, que al menos, escriba un poema de vez en cuando para recordarle que se enamoró de mí porque soy una poeta con una lengua grande y una garganta profunda, capaz de tragar todas las palabras del mundo. Así como cuando me conoció.

Yo en la multitud. Ella en el escenario. Yo entre cientos de gente coreando el mismo tema.

No logro entender cómo me vio, cómo distinguió mi vocalización casi perfecta por encima de las demás. No se me olvida. Interrumpió el concierto, me atrajo por una mano y me sentó a su lado.

Los demás músicos quedaron atónitos. Yo pensando que podría estorbar y resulta que Yusa había encontrado al amor de su vida en mí.

Y ahora yo echándolo todo a perder.

Pasé la mañana corriéndole detrás. Que no me gustan sus amigos, que no me gusta su ropa, su pelo, sus ojos, que fue una pesadez lo que me dijo anoche cuando pensaba que íbamos a tener el mismo sexo de los primeros encuentros, que no aguanto tanta música todo el santo día, que no me gustan mis espejuelos o que de su último viaje no me trajo ni un recuerdo.

La torturo y lo que me pareció en un tiempo gracioso ya no lo es. No me río. No quiero reírme.

Mi carta de presentación había sido: “Soy poeta y necesito de mucha espiritualidad. Las mariposas se me posan solas en los hombros y me encantan las libélulas”.

Para rematar le enseñé mi tattoo de la pelvis y le leí un poema que alguna vez copié de Internet. Fui sincera.

“Este no es mío, pero lo escogí yo”.

Ella simplemente suspiró ante mi buen gusto y me apoyó.

La gente empezó a decir que yo no era su tipo, que esta sería una de sus historias más extravagantes. Yusa la domadora de locas de La Habana. Decían que estaba buscando conmigo un nuevo título en la farándula.

Todavía me acuerdo de su mano extendida por entre la multitud que hace el esfuerzo por que no nos encontremos. Ella al fin me alcanza. Yusa es fuerte. Se le ve. Es bella.

Ella sabía que yo era virgen y no quiso forzarme. Después de mucho divertirnos, me llevó a la cama. Ella sabía por dónde empezar y yo me dejaba llevar.

Me recostó a la almohada y beso a beso me fue desvistiendo.

Gemir, esa era mi única sensación real, el resto era parte de una alucinación. No podía evitarlo.

Gemía, gemía, gemía.

No podía evitarlo.

A la mañana siguiente ya quería que nos mudáramos juntas y me precisó.

“No me importa que tengas otros compromisos, que te den por desaparecida, que den parte a la policía, que te aburras de mí a los cinco minutos, que te sientas ahogada, que se te caigan los pedazos, que no puedas recoger tus cosas, que tu mamá ponga el grito en el cielo, que la gente comente, que no sepas cómo enfrentarte a todo esto, que mi trabajo se atrase, que tu cuello se parta, que…”

No supe cómo negarme. No tuve el valor de salir de su casa. Esta mañana estoy comenzando a poner las piedras sobre nuestro camino, para ver si tropieza.

Ella lo ha escrito y sabe cómo evitarlas. Yo sin un poema dentro. Ella cree que me lo debe todo. Se disculpa por si me ha descuidado. Yo quiero serle eterna.

No quiero ser el reflejo de ninguno de sus animales. He descubierto la vitrina de sus recuerdos. Hay muchos rostros conocidos.

Ella cree que todavía puedo darle más. Yo no quiero perderla, no quiero perderme. Este callejón termina en el baño.

Entro a la bañera, pongo incienso, calculo cuánto debe demorarse. Creo que me dará tiempo. Me dejo arrastrar por la marea. Quiero, para cuando regrese, estar lejos.