El acoso es una forma de violencia. 1ra parte: el Acoso Escolar

Foto: Gilberto Carlos Pérez Gómez. Cortesía de: País de Píxeles.
Foto: Gilberto Carlos Pérez Gómez. Cortesía de: País de Píxeles.

Hay una parte de la violencia —contra cualquier ser humano, pero especialmente contra mujeres y niñas— que normalmente queda de lado cuando se tocan estos temas, y es el acoso; el acoso escolar, y también, para las mujeres adultas, el acoso social.

Mientras que muchos estudios abordan la problemática de la violencia de género —en todas sus variantes: feminicidio, homofobia, transfobia, etc.—, generalmente se mira con mucho menos énfasis el sufrimiento de esas personas que han sido atacadas y acorraladas muchas veces desde la más tierna infancia por sus coetáneos, por la sociedad en general, o incluso hasta por su propia familia, simplemente por no cumplir con los estereotipos sociales, o por ser diferente, “raro” según las convenciones que la mayoría sigue acerca de lo que debe ser percibido como “normal”. Yo soy una de esas personas, de esas que han tenido que sobrevivir y sobreponerse para avanzar y realizarse en su vida, y no terminarla antes de tiempo —camino que varias han tomado— o rendirse, dejar de luchar.

Siempre fui diferente a las personas de mi edad, según mi madre, ya a los dos años los especialistas le avisaron que mi mente funcionaba como la de alguien cuatro años mayor. Eso, que, sin duda, fue motivo de orgullo y alegría, se convirtió también en una preocupación más en medio de las circunstancias de un sistema educacional que no tiene en cuenta las diferencias positivas en la inteligencia; me explico: existen en Cuba escuelas y programas diferenciados para personas con dificultades de aprendizaje, o discapacidades intelectuales, pero no para el caso contrario. De ese modo, colocar a un estudiante con tales características en el contexto de otros alumnos estándar es prácticamente condenarle al acoso.

Si es una niña, el problema puede llegar a ser peor. ¿Por qué? Sencillo, nuestra cultura patriarcal enseña a los varones, desde casi bebés aún, que tienen que ser “guapos” y saber defenderse. Eso no evita que los varones sean igualmente víctimas del acoso de sus congéneres por disímiles razones que no necesito exponer aquí, pero hace que sea más sencillo para los varones defenderse de los ataques.

A las niñas nos enseñan a portarnos bien, a andar limpias y ser ordenadas, a mostrarnos bellas y coquetas para el sexo contrario. Si una niña no cumple con uno de esos requisitos —o lo sobrecumple, que también ocurre— casi siempre viene el acoso. Uno se preguntaría, ¿por qué los seres humanos tienen esa inclinación a lastimar a los que son diferentes? La respuesta se va más allá de mis actuales capacidades de respuesta. El hecho es que ocurre, y yo fui una víctima de ello.

Según los estudiosos del tema, el acoso escolar se divide en 4 grandes tipos: acoso físico directo, acoso físico indirecto, acoso verbal y acoso social. A estos se suma en los tiempos actuales, especialmente en países con mayor desarrollo en el uso de las nuevas tecnologías, el acoso cibernético, también denominado ciberbullying. Yo fui víctima de esos cuatro grandes tipos de acoso escolar, pero especialmente del acoso verbal y el acoso social, al menos durante la enseñanza primaria. Estos dos, lamentablemente, se dan con mucha frecuencia entre las niñas y no siempre son fáciles de detectar, porque en este tipo de acoso escolar no se produce una agresión física sino que el daño es moral y psicológico, y resulta muy perjudicial para quien lo padece porque afecta directamente a su autoestima.

El aspecto físico, no estar dentro de los estándares de belleza culturalmente asumidos, es el primer motivo de burla que encuentran los acosadores. En mi caso, ser gordita, tener una genética que me hace de complexión ancha y fácil acumulación de grasa, siempre fue uno de los blancos preferidos de quienes querían hacerme sentir inferior. Así, me llamaban “gorda”. Mi conducta individual, ser introvertida y tímida, me atrajo también el hecho de ser aislada, apartada de los grupos, no solo en la escuela sino también en el barrio. Y eso agravado por el hecho de que mientras todos corrían para el patio, en el receso, a jugar, yo corría hacia la biblioteca para aprovechar mis quince minutos en leerme alguna cosa, así fuera las noticias más interesantes del día que aparecieran publicadas en los periódicos. Además, ante los ataques yo no respondía con ataques; nunca supe usar ningún tipo de violencia, así que mi reacción ante la injusticia y el abuso era llorar, por lo que también era apodada “la llorona”.

Cuando las personas hablan con nostalgia de su infancia, soñando con un imposible retorno a esa “edad de la inocencia”, a ese “paraíso” de juego y pocas responsabilidades, yo siempre digo que para mí ese tiempo fue más bien un “infierno”, puesto que me sentía torturada cada día por el hecho de tener que ir a la escuela a enfrentar a mis acosadores. En el seno familiar, el cariño maternal intentaba aplacar esos sentimientos, pero ni por todo lo enorme y sacrificado de su amor, o su deseo y lucha de hacerme ese tiempo de vida más llevadero aceptaría yo un regreso a esos oscuros momentos de mi vida. Y cuando digo oscuros, me refiero también a que por un cierto mecanismo psicológico del que he oído hablar, llamado popularmente “bloqueo” —la evitación de recordar personas, lugares, conversaciones, actividades, objetos, situaciones que despiertan recuerdos, pensamientos o sentimientos angustiosos estrechamente asociados a sucesos traumáticos—, mucho de ese tiempo se vuelve nebuloso en mi memoria, oculto para no hacerme demasiado daño, y ocasionalmente, diría yo, aparece en mis sueños y en mis poemas. Cambiarme de escuela justo al comenzar sexto grado —hacia una con mayor prestigio educativo— fue una tentativa desesperada de mi madre para que yo accediera a asistir a clases, intentar que, conviviendo con alumnos diferentes y maestros diferentes, cambiara un poco la actitud de estos hacia mí. Claro que ambas fuimos ingenuas a ese respecto, pero al menos terminar la primaria fue más soportable. Y cuando hablo de los maestros, me refiero a que normalmente los maestros se hacían de la vista gorda ante el acoso escolar, en todas sus manifestaciones, pero aún más cuando se trataba de acoso verbal o social, el más practicado entre las niñas para con otras niñas. Creo que eso también tiene que ver con el hecho de que en una idílica visión del sistema educacional cubano se hace resistencia a aceptar que el acoso escolar es un azote que afecta a nuestros niños. En los últimos años, algunos pasos se han dado para atajar un fenómeno que ya es más que evidente, pero yo diría que son insuficientes, pues el énfasis principal se ha puesto en la discriminación y el acoso por homofobia y transfobia, que sí, es la más abundante y visible en nuestras escuelas, y por ello el CENESEX se ha planteado estrategias educativas para disminuirlo —lo cual aplaudo—, pero considero se están dejando de lado otras aristas del fenómeno, tan o igualmente preocupantes. Por ejemplo, yo sufrí acoso sin ser ni homosexual ni transexual, solamente por ser un poco diferente a la mayoría; y como yo, sobreviven muchas más.

En cuanto a la ayuda profesional psicológica, en mi caso también dejó mucho que desear. Cuando mi madre, preocupada por mi rechazo a la escuela y mi aislamiento social, me llevó a consulta, el consejo de la psicóloga no me sirvió de mucho; aún recuerdo sus palabras: “Tú eres mucho más madura que ellos. No puedes esperar que ellos se pongan a tu altura, tú tienes que ponerte a la altura de ellos”. Todavía me pregunto cómo se supone que iba a hacer eso, con qué armas contaba una niña sensible, tímida y con una aversión profunda a la violencia, para hacer algo así. Por cierto, no puedo dejar de mencionar que cuando uno toca este tema en una conversación informal, normalmente la reacción de los padres es “por eso yo le dije a mi hijo(a) que al que se meta con él(ella) le dé con un palo o con una silla, pero que se defienda”. O sea, la respuesta a la violencia, para estas personas, ¿debe ser la violencia?

Al llegar a la adolescencia, el acoso social y físico continuó, y mi asma bronquial muchas veces me salvó de permanecer en los campamentos de la escuela al campo donde podían cometerse todo tipo de atrocidades contra personas como yo con mucha más impunidad. Y es que aprendes que “dar las quejas”, “echar palante” al abusador, solo te trae como consecuencia más represalias, más miedo, esa amenaza de estar esperándote en cualquier lugar fuera del recinto escolar para darte una paliza. “Te cojo a la salida”, era la frase terrorífica que la víctima de acoso no quería oír. Yo sabía que no solo sería golpeada —como lo fui varias veces— sino que un coro de morbosos se burlarían y reirían con mi desgracia. Y cuando estaba en la escuela secundaria, no bastaba tener las mejores notas en clase para aspirar al Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas —por entonces la mejor opción para un estudiante que ya tuviera claro que su aspiración era llegar a ser un profesional— sino que también era tenida en cuenta la “integralidad”, una condición que era otorgada por el colectivo del aula; justo allí pude constatar cómo, con el silencio cómplice de los demás alumnos, e incluso de los profesores, una compañera de aula consideraba que debía negárseme esa condición por ser “autosuficiente y poco sociable”; irónico, ¿verdad?

Ya en el preuniversitario, conocí más crueldad si es posible, puesto que los abusadores tienen en las escuelas de régimen interno, la única posibilidad entonces para estudiar el preuniversitario, su espacio más propicio. Allí los varones ejercían su poder físico e intimidatorio contra otros varones más débiles, o más propensos a ser acosados por cualquier característica psicológica, pero también contra las hembras, puesto que estas siempre quedaban vulnerables ante ellos. Y aunque los “juegos” que los varones armaban contra sus compañeras eran humillantes y podían llegar a ser muy peligrosos (la “violación”: un varón te tomaba por los brazos por detrás, y otro se te echaba encima mientras imitaban movimientos sexuales; el “bocadito”: colocarte entre dos colchones de literas con alguien encima del colchón de arriba para que no puedas salirte, algo especialmente peligroso para una asmática alérgica al polvo como yo; el “Aladino”: eliminar de un tirón el colchón haciéndote volar por el aire; y uno del cual no recuerdo el nombre que le pusieron, pero que consistía en tomarte entre varios varones por piernas y brazos y sacarte hacia afuera del balcón, justo enfrente de las aulas, mientras nadie intervenía, ni otros alumnos ni profesores, y servías de morbosa diversión con tus gritos de terror, especialmente si, como es mi caso, tienes fobia a los espacios vacíos—, sigo considerando más dolorosas las que las propias hembras cometían contra sus compañeras acosadas.

Por ejemplo, en el albergue: robar tus pertenencias; sacarte el colchón, la ropa y los materiales de estudio para la sala de estar o regarlos por el albergue, con riesgo de que se extraviaran, se dañaran o se destruyeran; vigilar cuando salieras seca del baño para lanzarte un cubo de agua sucia, o la variante de lanzarte un cubo de agua, sucia o limpia, mientras hacías tus necesidades fisiológicas; encerrarte en el baño hasta que ellas se cansaran de divertirse con tu tortura. Mantenerse lúcida y en una pieza en esas circunstancias, lo considero toda una hazaña; tras un año de soportarlo, en 11noy 12mo grado logré quedarme extraoficialmente en el albergue de las muchachas un año menores —gracias a mi profunda amistad con una de ellas, quien luego estudiaría la misma carrera que yo, aunque en otra universidad—, pues eso me otorgaba cierto estatus ante ellas que evitaba un poco los desmanes en mi contra. En el aula, eran otros los procedimientos, como reaccionar con un “tenía que ser” susurrado a mis espaldas si yo contestaba una pregunta que el resto desconocía, o poniéndome motes como “Leidy Homero” o “Lady Marte”. En el campo, puesto que los IPVCE tenían por régimen dedicar media jornada al trabajo agrícola, era cosa de evitar estar lejos de la vista del profesor en el camino de ida o regreso, so pena de ser hundida en un fanguero, mojada en un aspersor de riego, o sentada en un hormiguero (como le hicieron a un compañerito el día de su cumpleaños). Y en la recreación se hacía evidente el aislamiento social al que eras sometida, cuando no solo no eras popular sino que eras acosada, por tus propias compañeras. De modo que el final de esa etapa no podía ser menos que un alivio y una liberación.

Leidy Vidal

Leidy Vidal

(Ciego de Ávila, Cuba, 1976). Licenciada en Letras y Máster en Cultura Latinoamericana. Editora y correctora en Ediciones Ávila. Ha incursionado en la poesía, narrativa y ensayo. Ha publicado en Ediciones Ávila los poemarios Otra historia interminable (2005), Homo Noctis (2007), Yo soy la omega (2010) y Cristales rotos. Poemas de amor y vida (2016). Aparece en varias antologías, entre las que destacan: Voces hispanohablantes en el mundo, concurso "Roberto Fontanarrosa" (Ed. Trazo Literario, Argentina, 2010); El manto de mi virtud. Poesía cubana y uruguaya del siglo XXI (Osmán Avilés y Alfredo Coirolo. Ed. Letras Cubanas, La Habana; Ministerio de Relaciones Exteriores, Universidad del Trabajo de Uruguay, Montevideo, 2011) y Catedral sumergida. Poesía contemporánea cubana escrita por  mujeres (compilación de Ileana Àlvarez y Maylén Domínguez. Letras Cubanas, 2014). Aparece en varias selecciones de cuentos y en el género ensayo publicó Vida vs crisis. Incesto y literatura (Ed. Matanzas, 2008).
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