“Los personajes de ‘Spoon River’ somos todos nosotros”. Entrevista al director teatral Adonis Milán

Adonis Milán, director de Perséfone Teatro. Imágenes: cortesía del entrevistado.

Alumno de Berta Martínez, una de las grandes figuras del teatro cubano, autodidacta, innovador, polémico, contestatario; creador del grupo teatral Perséfone Teatro a una edad en la que pocos se atreven a tomar las riendas de un proyecto. Muchas veces presente en los medios alternativos por sus posiciones políticas, hoy buscamos explicarnos al Adonis Milán artista, renovador dentro del panorama cultural de la isla.

Tuviste una infancia y adolescencia muy complicadas. ¿Tuvieron algo que ver estas vivencias en tu interés por el teatro?

Creo que todo mi histrionismo viene de mi infancia. Tuve una historia de vida difícil, pero el teatro me brindó la posibilidad de que todo mi dolor y rabia fueran mis herramientas más valiosas para la creación. Mi teatro está muy ligado a mis necesidades y creencias, yo soy lo que ven en cada obra. Desde niño amaba la actuación y el teatro, poco a poco todo se fue quedando en el camino, quedándome sólo con la dirección teatral.

El 4 de agosto de 2018 un usuario anónimo posteó en Diario de Cuba refiriéndose a ti: “A DDC se le olvidó la entrevista que se le hizo a este patriota por aquí mismo donde dijo que su formación como Director de Teatro provenía (de) un curso de 6 meses al que había asistido”. ¿Cómo respondes a este cuestionamiento y descalificación por no haber cursado estudios académicos de Teatrología?

Primero que todo no soy patriota, y segundo, si me dedicara a contestarle todo lo que me dicen los agentes de la Seguridad del Estado en Internet perdería todo mi tiempo de vida… El trabajo de este tipo de personajes es desprestigiar a los que se manifiestan contra el gobierno. Por otra parte, te contesto que mi formación fue de años, trabajando como actor y después asistente de dirección, todo ese tiempo no estuve en un aula en el ISA, pero sí estuve en los escenarios, aprendiendo sobre la práctica escénica. Y tuve la suerte de tener grandes maestros que me enseñaron cosas maravillosas sobre el teatro y la vida.

¿Cómo valoras en tu crecimiento como hombre de teatro tu relación con Daisy Sánchez y Berta Martínez?

A Daisy le debo que me dio un camino, un propósito cuando más perdido me encontraba. Mis primeros pasos sobre el aprendizaje del trabajo del actor fueron con ella, es una muy buena actriz, yo la seguía a todos sus estrenos, creo que la veía como una figura maternal idílica.

Berta fue mi maestra, una mujer que respiraba teatro, me sentía muy identificado con su pasión y entrega por la profesión. Conocer a Berta fue conocer el teatro, saber que ese era mi lugar y que tendría que luchar muy duro por mantenerme ahí. Hice una gran empatía con ella, mi admiración y deseos de aprender la entusiasmaban y también creo que me cogió mucho cariño, como yo a ella, sólo me arrepiento de no haber estado más tiempo a su lado. Toda mi fascinación por el teatro clásico viene de las clases de Berta, quien decía el verso como nadie en Cuba. Soy quien soy, y hago lo que hago porque encontré a esas mujeres en mi vida. Sin mis maestras no haría el teatro que hago, mi escena responde a lo que aprendí con ellas, con el tiempo vas madurando y esos referentes empiezan a pasar a tus venas y ya no son tan tangibles en tu piel, pero siguen estando ahí, estoy seguro de eso.

Asistente de dirección de Antonia Fernández en Estudio Teatral Vivarta. ¿En qué consistió este trabajo y cuánto te preparó para emprender la dirección en solitario?

Antonia es una gran maestra, pero también una persona complicada y sumamente estricta con el trabajo. Creo que yo soy bastante parecido a ella, los actores son como caballos cerreros que hay que domar en ocasiones con vara de acero. Llegar a trabajar con ella fue un gran privilegio, pues fue la persona que terminó de formar mi visión sobre la escena. Nadie mueve a los actores como ella, es una verdadera experta en las acciones físicas que van creando poco a poco una puesta en escena virtuosa. Comencé en los entrenamientos físicos y las improvisaciones, pero, con el tiempo, decidí quedarme haciéndole la asistencia. Tomaba las anotaciones, le hacía trámites, la ayudaba a confeccionar parte del vestuario, buscaba todo lo que necesitaba para las obras. Ella no requería tanta asistencia en la puesta en escena porque se bastaba sola, pero yo estaba ahí siempre que me necesitaba. Fue una escuela, también un gran impulso para crear mi propio grupo y forjar una poética de trabajo.

Aunque en pequeños papeles, fuiste actor. ¿Cuán útil para un director es haber sido cocinero antes que fraile?

Poder comprender la naturaleza de los actores viene de esa experiencia, recuerdo que como actor siempre estaba muy atento a lo que hacían los otros actores, era un espectador inquieto metido en la propia obra. Los deseos de actuar fueron cediendo por decantación a la necesidad de dirigir, toda mi obsesión por el mundo de la actuación está volcada en mis puestas. Siempre establezco con mis actores un diálogo muy personal respecto a sus creencias y necesidades, trato de crear la obra en función de la persona que la va a interpretar. Mi respeto e interés por el trabajo de los actores viene del hecho de que yo actué y supe lo que se sentía al estar ahí parado.

El teatro que proponen los jóvenes dramaturgos cubanos está permeado por la experimentación. Tú, sin embargo, has dicho que “el teatro no es un espacio para experimentar”. ¿Por qué?

Cuando me refiero a experimentar con el teatro no es experimentar en el teatro, hay muchas personas que no tienen un camino definido y se sienten débiles, buscan el teatro como sensación para ser alguien, ser escuchados, mirados y amados. El teatro es un espacio de trabajo duro, no es para que nadie venga a utilizarlo como fin de subirse el ego porque se siente infeliz. El teatro es un espacio de sacrificio donde siempre tienes que estar dispuesto a dar más de lo que vas a recibir. Los diletantes son las bacterias del mundo teatral porque sólo están ahí como experimento de vida, en busca de algo vacío, por lo general no construyen nada interesante y hacen perder el tiempo a los demás que si están en función de la creación.

También has dicho “no creo en el teatro como mejora humana”. ¿Para qué serviría entonces el teatro? ¿Cuál sería su función social, si es que crees que debería tener alguna?

El teatro crea un universo de posibilidades tanto para el público como para sus ejecutantes. Tiene un fuerte carácter social y político, pero no creo que sea ese el centro, al menos no su propósito principal. Creo que la creación artística en sí, es el propósito más grande de un artista, esa posición individualista es la primordial por lo que haces arte. Yo no hago teatro para ayudar a nadie, si lo hago qué bien, pero mi principal meta es la de crear un mundo de matices que solo la obra puede tener. Hago teatro porque es mi única manera de existir. El teatro no es una herramienta para obtener un resultado, no critico quien lo vea así, pero para mí el teatro es la vida misma. La sociedad, la política y las relaciones humanas son las herramientas para llegar al teatro. Y las palabras para definir lo que destapa el teatro en la sociedad no sería ¨mejora humana¨, el teatro es la peste como diría Artaud. Libera las intensidades reprimidas del alma humana y nos llevan a una crisis mayor, sólo solucionada con la putrefacción extrema y la purificación extrema.

Cuando fundas Perséfone…, te conviertes en uno de los más jóvenes directores de un grupo en la historia del teatro cubano. ¿Nos cuentas el proceso de conformación de este proyecto?

Perséfone Teatro nació en el 2015 como experimento social y artístico, haciendo talleres con jóvenes aficionados. Perséfone… se ha mantenido a pesar de las carencias económicas, la falta de una sede, sin tener un elenco estable y, para colmo, siendo censurado por el gobierno. Todas estas dificultades han hecho que nos replanteemos una y otra vez la estrategia de creación.

Este 2020 cumplimos cinco años de trabajo, y estoy feliz porque puedo decirte que no hemos parado de trabajar. Y hablo en plural porque, a pesar de que sólo yo me he mantenido siempre en la barca, Perséfone Teatro en su génesis es el mito griego de la diosa de quien tomamos el nombre. La barca está siempre llena de los muertos, los ausentes, los que huyen, los que nos abandonan, los que nos traicionan y también está llena de todos los referentes que han construido cada obra. Trato de ser la resistencia convertida en teatro, sobreviviente en una sociedad apocalíptica. Porque es una condena ser joven en Cuba, porque naces con el infortunio de no ser confiable, ni digno de sostener nada, de manera que tu única oportunidad está en irte de la isla.

Ya en Cuba se había estrenado esta pieza con Joel Angelino como protagonista. ¿Por qué decides rescatarla? Para los que desconocen el asunto, ¿querrías contarnos todo lo ocurrido en torno a esta puesta en escena?

Ni siquiera conocía que existiese esa puesta, investigué a ver quién había creado una puesta significativa en Cuba sobre Máquina Hamlet, solo conocía el espectáculo de Mario Guerra llamada Ayer dejé de matarme gracias a ti Heiner Müller, un texto de Rogelio Orizondo basado en el Hamlet de Müller.

Yo no rescaté Máquina Hamlet, es un texto que se rescata sólo, porque trasciende a nuestro tiempo y es un paradigma para los teatristas contemporáneos de todo el mundo. También es una dura realidad para Cuba cada palabra escrita ahí, tiene un paralelismo peligroso y escalofriante con la realidad de nuestra sociedad.

La puesta fue censurada por las instituciones culturales y bajada de cartelera por órdenes de la Seguridad del Estado, por su carácter contestatario y, sobre todo, porque pone una lupa sobre la situación de los jóvenes en Cuba, quienes ruedan sin rumbo y son obligados a vestir de militares, marchar y hacer un juramento, sobre algo que ellos no entienden y con lo que no están de acuerdo. Las fuerzas gubernamentales les temen y castran su instinto de sublevación, sometiéndolos sólo por ser hombres jóvenes.

Teatro de pequeño formato, microteatro. ¿Crees que sean una opción para el teatro cubano ante la escasez de espacios donde mostrar su obra que enfrentan muchos grupos?

Hace pocos meses pude estrenar un performance llamado Luisa Recontextualiza, basado en un poema de Luisa Pérez de Zambrana, puedo decirte que todo fue montado encima de una maleta de madera que no era más que un cuadrado, donde a duras penas podía moverse la actriz. Yo he aprendido a trabajar sin nada, a crear en circunstancias muy atípicas. El espacio y la escasez no es un problema cuando la voluntad de hacer teatro es grande. Hasta este momento casi todas mis obras son de pequeño formato, se crea una atmosfera de opresión y encierro que me han ayudado a construir el discurso de cada puesta. Los actores siempre encerrados o expuestos contra un espacio muy reducido, hacen que sus mundos emocionales y las pequeñas acciones cobren protagonismo. Creo que lo que necesita el teatro cubano, más que espacios o recursos, es la inyección de jóvenes directores, la posibilidad de que esos creadores se desarrollen sin trabas gubernamentales.

¿Cuánto conservan de puesta en escena tus trabajos audiovisuales de la serie Spoon River?

El Spoon River tiene un fuerte carácter teatral, la primera temporada es más pedestre en lo audiovisual, por lo que parece más videoteatro, o, en el caso del capítulo del músico Gorki Águila, parece un videoarte. Ya la segunda tiene otro nivel, fue encargada la realización a estudiantes de cine. Los dos capítulos que hemos logrado grabar están protagonizados por los actores Mario Guerra y Pancho García, dos leyendas de la actuación en Cuba. Pero, aunque la realización cinematográfica sea más elaborada, los rasgos teatrales se mantienen, es innato en esos textos y también de mi concepción. Spoon River es, posiblemente, el trabajo que más se acerca a la esencia de Perséfone Teatro. Ese discurso existencialista de la vida y la muerte, esa manera visceral de afrontar la psicología de cada personaje, ese protagonismo de la actuación por encima de los otros recursos narrativos, poder trabajar con grandes de la escena como es el caso de Mario o Pancho, poder insertar a otros artistas dentro de la trama con precisión, como pasa con Gorki, provocan que adquiera también carácter más global, porque el Spoon habla de la humanidad por encima de cualquier nación o rasgo de identidad. Los personajes de Spoon River somos todos nosotros, es la raza humana en su estado de deconstrucción social. Es una ventana para mirarnos el alma, mirar nuestra pudrición. Vivir en la verdad dolorosa y nunca más en la mentira barata de una sociedad que se maquilla sus heridas.

Si ahora mismo pudieras volver a estrenar en cualquier salita, ¿qué obra escogerías?

Sin dudar El Zoo de Cristal de Tennessee Williams. Adoro esa obra, es un texto hermoso, lleno de sutilezas y de mucho dolor. Es el tipo de obras que siempre he aspirado a hacer. Tennessee Williams tiene una forma increíble de escribir, sus obras son geniales porque detrás de cada palabra existen cosas ocultas, cosas que los personajes no dicen por miedo, son un reflejo de la sociedad contemporánea que esconden lo que sienten, rechazando todo lo que en verdad son.

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Ale Du Marais

(Villa Clara, 1990). Filólogo. Periodista independiente.

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