El cuerpo es lo único que verdaderamente es nuestro

Elena Reynaga. Foto cortesía de la entrevistada

“Trabajé desde los 10 años en diferentes cosas: fui mucama, niñera, trabajé en fábricas, en varias cosas. Luego me casé muy jovencita, tuve mis dos hijos y empecé a trabajar de cocinera, y un buen día me cansé de ganar dos pesos con cincuenta y trabajar diez o doce horas por día, y de sentirme nada. Tenía esa cosa de que las personas que somos pobres no somos nada. Te lo dicen, te lo hacen sentir, que vos sos pobre y por ende no sos nada. Con el tiempo entendí que soy alguien desde el día que estuve en el vientre de mi madre. Un buen día, agarré y decidí empezar a trabajar de bailarina en un cabaret y después decidí trabajar en la calle, porque en el cabaret me explotaban, se quedaban con parte de mi ganancia y sin embargo en la calle, trabajando autónomamente, lo que gano es mío. Si gano bien y si no, mala suerte”, cuenta Elena Reynaga, secretaria ejecutiva de la Red de Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe (RedTraSex).

Sin embargo, para las feministas abolicionistas, esta mujer no es autónoma ni su trabajo es “digno”. Estas feministas abogan por la abolición de la prostitución, que consideran una forma de explotación y de violencia extrema contra mujeres y niñas (aunque no solo las personas del sexo femenino ejercen el trabajo sexual). La trata de personas y la prostitución son realidades indisociables, de acuerdo a las feministas abolicionistas.

No necesitamos que nadie nos represente

Elena Reynaga, que nunca se ha sentido una víctima ni culpable por ejercer el trabajo sexual, es radical al afirmar que en el tema del abolicionismo “hay mucha hipocresía”.
“Las abolicionistas tiene una cuestión moral con el tema de la sexualidad. O sea, a vos te pueden explotar tu cerebro, porque vos sos una trabajadora y pones algo de tu cuerpo. No pones la vagina, pero pones tu cerebro, pones tus riñones estando sentada muchas horas, tus oídos. Ahora, no sé si te pagan lo que tu trabajo vale. Pero en realidad, a todas y a todos los trabajadores nos explotan”, explica a Alas Tensas esta argentina nacida en 1953, en San Salvador de Jujuy.
“Pero ellas (las abolicionistas) lo que aducen es que no hay que hablar de la vagina, es sagrada. Ahí es donde te digo que el abolicionismo es terriblemente hipócrita, porque a lo mejor tiene una chica trabajando en su casa con un sueldo miserable, limpiándole su mugre, pero bueno eso no es explotación. Explotación es lo que nosotras hacemos. Y violencia para ellas es que yo me acueste con un hombre por dinero”.

“Por un lado hablan de la autonomía de los cuerpos y todo eso, que las mujeres somos dueñas de nuestros cuerpos, pero parece que nosotras del nuestro no. El desafío es que estas mujeres están en el poder real: en los gobiernos, en las legislaturas, en la Comisión Interamericana (de Derechos Humanos), en la ONU Mujer. Son asesoras de algunos gobiernos, por ejemplo, en España. Pero también acá, en Argentina, donde tenemos un gobierno súper progresista, pero la ministra de la Mujer es abolicionista; la asesora del presidente en tema Género es abolicionista. Hay gente que está en la Cámara de Diputados que puede mirar bien una Ley de Trabajo Sexual, puede querer aprobarla, pero resulta que hay un feminismo terriblemente violento, descalificante, que termina muchas veces insultando o llamándoles proxenetas a los mismos diputados”.

“Es un desafío que abran la cabeza y entiendan que nosotras no necesitamos que nadie nos represente ni hable por nosotras. Que entiendan de una vez por todas que nuestro cuerpo es nuestro; que, si nosotras decidimos comerciar con la vagina, con la boca, es nuestro. Es lo único que verdaderamente es nuestro y que absolutamente nadie tendría que decirnos que es lo que tenemos que hacer y realmente respetar la autonomía de nosotras”.

“No todas las abolicionistas piensan lo mismo. Yo hablo con algunas que una puede debatir con mucha entereza. Sin embargo, otras son terriblemente violentas, descalificantes. Eso es algo que me llama la atención y me molesta. Parece que las únicas que tienen derecho a pensar, las únicas que pueden pensar, son las académicas. La mayor parte del abolicionismo es académico. Parece ser que nosotras no tenemos derecho a pensar y a decidir, y que ellas sí tienen derecho a apadrinarnos y a hablar en nombre de nosotras. Creo que tiene mucha bronca que a partir de hace veintipico de años, nació un movimiento mundial, no solamente regional, que empieza a hablar por (nosotras) mismas. Nosotras decidimos qué hacer con nuestros cuerpos. No queremos que ningún hombre, ninguna mujer, ningún gobierno venga a decirnos qué está bien y qué está mal con lo que hacemos con nuestros cuerpos”.

“Nosotras lo que hacemos es vender un servicio sexual. Somos mujeres y hombres mayores de edad que estamos haciendo esta profesión por consentimiento propio. La ilegalidad nos sume en una profunda desigualdad, en una profunda injusticia. Gracias al no reconocimiento del trabajo sexual, hablo por lo que conozco en América Latina, los patrulleros violan a mis compañeras, la Policía les saca el dinero. Nosotras pagamos impuestos, que es lo que le pagamos a la Policía, pero ese impuesto jamás se va a traducir en una política pública”.

“Nosotras decimos sí al reconocimiento del trabajo sexual como trabajo. Queremos pagar impuestos, pero que realmente se traduzcan en políticas públicas para nosotras”.

Entrevista en video a Elena Reynaga

Los que nos habilitaban para trabajar eran los que nos llevaban a patadas a los patrulleros

En 2009, la legislatura de Buenos Aires reconoció a Elena Reynaga como Personalidad Destacada en la Lucha por los Derechos de las Mujeres. En 2014, el senado argentino reconoció su lucha y liderazgo en la lucha contra la discriminación y el estigma. En 2016, fue elegida para integrar el Consejo Asesor de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Pero el camino de esta mujer, que rechaza cualquier ápice de victimismo, no ha sido un lecho de rosas. Se vio sola con dos hijos muy joven y se inició en el trabajo sexual antes de los veinte años, durante la dictadura militar en Argentina. Pasaba un promedio de ocho meses al año en prisión, solo por pararse en una esquina. Por eso decidió irse a trabajar a España, de donde regresó en 1991.

“Después volví y en el 92 decidí no ir más, porque me costaba mucho trabajar en España con condón. Yo era la chica del condón y me había bajado mucho el trabajo. Decidí volver a Argentina; Argentina se estaba poniendo de pie en términos económicos. Pero siempre teníamos la represión policial encima”.

Mientras estaba en un calabozo, con un par de compañeras, decidió que algo tenían que hacer. “Porque las mismas personas que nos habilitaban para trabajar, a cambio de dinero, que eran de la fuerza de seguridad, eran las que nos llevaban a patadas a los patrulleros”.

Comenzaron a organizarse para que dejaran de llevárselas presas. Así nació, en 1994, la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR). En 1997, Reynaga estuvo entre las fundadoras de la Red TraSex, que incluye a trabajadoras sexuales de 14 países.

Cuba es muy machista

Elena Reynaga ha visitado Cuba y aunque considera que el país es “una excelencia en educación” y que su gran problema es “el bloqueo”, está consciente de que hay una negación del trabajo sexual y de que hay mucho machismo”.

“El negar lo único que hace es perjudicar mucho más a las trabajadoras sexuales. Yo he hablado con mucha gente allí y dicen ‘acá no está permitido’, no está concebido en la cultura de los cubanos y más que nada de los gobiernos, porque Cuba es una excelencia en Educación. Yo conocí a trabajadores sexuales psicólogas, médicas”.

“Cuba es muy machista, hay que entender que una cosa es la Revolución y otra cosa es el machismo; está en su pleno auge el machismo en Cuba. Entonces, a mí me dijeron ‘está bien que en Latinoamérica estén organizadas, porque son pobres, porque no están educadas, porque tienen necesidades’. Pero las cubanas también tienen necesidades de vivir en otras condiciones, de trabajar con libertad, de que nadie se les quede con el dinero”.

“Yo se lo dije a un compañero de la central obrera ahí en Cuba. Pero bueno, hasta que no haya compañeras que se echen la lucha encima, no puede ir una argentina a decirles lo que tienen que hacer, ni a las cubanas ni al Gobierno cubano”.

La Red TraSex en medio de la pandemia

La pandemia de Covid-19 además de cobrar millones de vidas en todo el mundo ha tenido un costo económico demoledor. Muchos trabajadores perdieron sus empleos de manera temporal o permanente. Los más afortunados pudieron cobrar parte de sus salarios durante los primeros meses, si tenían un contrato laboral que los respaldara.

A quienes ejercen el trabajo sexual, las restricciones de movimiento impuestas para contener los contagios les han impedido trabajar. El carácter ilegal de su trabajo les imposibilita pagar la seguridad y cobrar el paro cuando no pueden trabajar.

En este contexto, la Red TraSex pudo proporcionar ayuda a muchas trabajadoras sexuales de los países que integran la Red.

“Todo el dinero que nosotras solemos gastar para hacer incidencia política a nivel regional y mundial, viajar, hacer talleres presenciales en algunos países, monitorear, en fin, todo lo que hace la Red, se dividió a partes iguales y se envió a las instituciones de los catorce países que forman parte de la Red”, cuenta Elena Reynaga.

“Las compañeras hicieron dos cosas: lo primero comprar mercadería, víveres y todo eso para darles a las que podemos. No le podemos dar a todas porque hay miles de trabajadoras sexuales en cada uno de los países y económicamente era imposible. Y luego, contratar a un comunicador para que enseñara a las compañeras a usar las redes sociales”.

“¿Para qué? Pues primero para visibilizar al mundo entero que no había ningún gobierno en América Latina y el Caribe que tuviera alguna política pública que beneficiara a las compañeras y cuánto daño estaba haciendo y hace la clandestinidad en la vida de las trabajadoras sexuales, cuando el trabajo sexual no es reconocido”.

“Las compañeras usaron las redes para hacer campañas en sus países para seguir recolectando hasta el día de hoy mercadería de organizaciones, de diputadas, diputados, gente que conoce a las compañeras y sabe la lucha que llevamos, y pasan por las organizaciones, donan, y las chicas cada quince días hacen bolsas y convocan a las compañeras y les dan”.

“Y después lo que seguimos haciendo es capacitar intensamente a las líderes. Lo que hacíamos antes de manera presencial hoy lo hacemos virtualmente. No solamente capacitamos a las líderes, sino continuamos participando activamente en la OEA (Organización de Estados Americanos), la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) y en los distintos espacios en los que hacemos incidencia política, con algunas dificultades, por supuesto. Antes, me encontraba con mi canciller o los cancilleres en la OEA en los pasillos, y entonces podés ahí hablar con ellos, incidir. Ahora, de manera virtual, no fue posible eso. Ahí creo que retrocedimos, no solamente las trabajadoras sexuales, sino todos los movimientos sociales, porque no tuvimos la oportunidad de hablar más de frente con los gobiernos”.

Cuando acabe la pandemia, solo terminará una parte de los problemas de los y las trabajadoras sexuales y de los desafíos de la Red TraSex. El mayor continúa siendo conseguir la legalización del trabajo sexual, un tema sin dudas polémico y sobre el que existen diversas opiniones, muchas de ellas válidas y respetables. ¿Pero quién tiene más derecho que estas personas, adultas y en pleno uso de sus facultades mentales, a decidir sobre sus propios cuerpos?

Yusimí Rodríguez López

(La Habana, 1976). Narradora y traductora. Colaboradora también de los sitios Diario de Cuba y Havana Times. En 2015 publicó su primera colección de cuentos, The Cuban dream. Ganó el Premio Deslinde con La otra guerra de los mundos (Ed. Deslinde, Madrid, 2021). Cuentos suyos aparecen en antologías en Cuba y otros países.

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