Narrativa argentina │ Hebe Uhart: “Mi nuevo amor”

Los cuentos de Hebe Uhart arraigan en los detalles comunes de la vida, y a través de ellos nos hacen pensar en los problemas más profundos de la existencia.

| Escrituras | Narrativa | 30/11/2025
Emilia Bertolé: "Autorretrato" (1915), detalle.
Emilia Bertolé: "Autorretrato" (1915), detalle.

Tengo un amor nuevo y con él aprendí muchas cosas. Por ejemplo, los límites. Tantos años de ir a lo del psicoanalista para escucharlo repetir siempre: “Pero usted se tira a la pileta sin agua”. A mí esa frase me producía consternación, porque una pileta sin agua es de lo más triste que hay. O si no, me decía: “Hágase valer, usted tiene una imagen muy deteriorada de sí misma, usted es inteligente, es creativa”. Eso a mí me daba como un destello de valor por un momento y después me sonaba a consuelo, como cuando alguien presenta a otra persona a un tipo o una tipa impresentables y para arreglarlo dicen: “es historiador” o “viajó a Tánger”, y como yo creo que lo que siento es verdadero amor, no necesito ni ser linda ni ser creativa ni viajar a Tánger: él me quiere por lo que soy. Y no le importa si soy un poco vieja, porque es como que no registrara esas cosas: para mi asombro me quiere sin condiciones.

Con él aprendí la expresión de la mirada, que vale por mil palabras: no me asusta si en sus ojos veo una pizca de odio. Sé que no es hacia mí como yo suponía antes, o tal vez el análisis anterior haya hecho efecto a posteriori. De pronto uno puede tener una pizca de odio en los ojos por cosas que recuerda, motivos privados.

Yo sé con él cuándo debo acercarme porque no es violento para el rechazo y así —y a eso siempre lo consideré una prueba de convivencia que alabaría el analista— podemos estar cada uno en su habitación, pensando en nuestras respectivas cosas sin necesidad de perturbar preguntando “¿qué estás haciendo?” para joderse las paciencias mutuamente.

Con él me ha surgido una femineidad insospechada, porque ante su sencillez —es de hábitos regulares y desea cosas simples— he depuesto toda rivalidad o competencia. Compartimos esa cualidad neutra que posee el tiempo después de cierta edad, en que no hay días terribles ni fiestas luminosas, porque los días se enlazan en el comer, dormir, trabajar y ver un poco de televisión.

Eso sí, él televisión no mira. A la noche, para separar un día de otro, nos frotamos la frente. Los únicos problemas vendrían a ser la dieta y una sola costumbre que no me gusta, porque es muy delicado en general: sólo come carne picada y se rasca las pulgas delante de la gente.

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Hebe Uhart ha sido considerada una de las cuentistas más importantes de Argentina, junto a autoras como Silvina Ocampo y Sara Gallardo. Sus relatos se enfocan por lo general en momentos cotidianos y aparentemente intrascendentes de personas comunes. No hay en ellos grandes peripecias, solo la profundidad de una mirada que busca lo esencial y la eficiencia de un estilo narrativo que, sin efectismos vanos, nos invita a pensar en los problemas más profundos de la existencia humana desde una perspectiva casi simple, que arraiga en la vida diaria, en esos detalles del acontecer que usualmente consideramos olvidables. Uhart pertenece, se ha dicho, a esa clase de autores donde un “modo de mirar” produce un “modo de decir”, un estilo; lo que no solo destaca el papel de la observación aguda y la elección de los temas, sino que también define una poética, el carácter singular de una literatura que se centra en la meditación, en la atenta búsqueda de sentido.

Se acompaña este cuento de Hebe Uhart con una pintura de la artista argentina Emilia Bertolé. Nacida en Santa Fe, en 1896, Bertolé se especializó en el retrato con un estilo que heredaba del impresionismo pero también, en cierto grado, de las búsquedas formales de la plástica postimpresionista. En los años veinte se estableció en Buenos Aires y comenzó a relacionarse con el grupo Anaconda, fundado por Horacio Quiroga, y con otras figuras emergentes de la cultura argentina, como Alfonsina Storni y Victoria Ocampo. Bertolé fue también poeta y en 1927 publicó su libro Espejo en sombra. Tras su muerte, ocurrida en 1949, su obra fue en gran parte olvidada, pero desde fines del siglo XX ha vuelto gradualmente a reconocerse.

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