La obra de Gina Pellón obliga a revisar críticamente las categorías mediante las cuales se construyó la modernidad del arte cubano en el siglo XX.
Prudence Heward pintó con honestidad, desafiando a base de talento las normas de su época y produciendo una obra que la crítica no supo valorar justamente.
Mela Muter construyó una carrera singular en el corazón de la vanguardia artística parisina, sorteando los obstáculos del género, el exilio y la guerra.
Marcada por una búsqueda constante, la obra de Greta Freist sintetiza las inquietudes estéticas y existenciales más profundas del arte europeo del siglo XX.
Francesca Woodman hizo del cuerpo femenino y de la fugacidad los ejes de una búsqueda estética y conceptual que medio siglo después sigue siendo novedosa.
La pintura de Sita Gómez hace del cuerpo femenino un espacio de tensión entre los discursos que intentan reducirlo: la identidad, la historia y la moral.
Araceli Gilbert tardó años en recibir el reconocimiento que merecía, pero su genio y su tenacidad hicieron de ella un símbolo del arte en Latinoamérica.
Huérfana, vendida como concubina a los catorce años, superviviente en los márgenes de la sociedad y exiliada, Pan Yuliang hizo del arte una manera de vivir.
En la tensión entre forma y sistema, entre visibilidad e invisibilidad, residen la potencia y la actualidad de la obra de Loló Soldevilla.
Relegada durante años, María Blanchard fue una pintora de primer orden, pionera del cubismo y dueña de una sensibilidad única dentro de la vanguardia europea.