Clara Morera aparece en este ensayo como una de las creadoras más singulares del arte cubano contemporáneo. A través de recuerdos personales, análisis crítico y revisión historiográfica, el texto indaga en los mecanismos que apartaron su obra del relato oficial y en la necesidad de devolverle su verdadera dimensión.
Figura clave y poco conocida del arte mexicano del siglo XX, Emilia Ortiz dejó en su obra un retrato poliédrico de la sociedad y la cultura de su país.
Con un lenguaje plástico de extraordinaria sutileza, María Brito reconstruye en sus instalaciones su memoria personal y conserva una forma histórica de habitar el mundo.
Durante décadas y casi a la sombra, Amalia Nieto produjo una obra que hoy se reconoce entre las más notables hechas por una mujer artista en Latinoamérica.
La obra de Gina Pellón obliga a revisar críticamente las categorías mediante las cuales se construyó la modernidad del arte cubano en el siglo XX.
Prudence Heward pintó con honestidad, desafiando a base de talento las normas de su época y produciendo una obra que la crítica no supo valorar justamente.
Mela Muter construyó una carrera singular en el corazón de la vanguardia artística parisina, sorteando los obstáculos del género, el exilio y la guerra.
Marcada por una búsqueda constante, la obra de Greta Freist sintetiza las inquietudes estéticas y existenciales más profundas del arte europeo del siglo XX.
Francesca Woodman hizo del cuerpo femenino y de la fugacidad los ejes de una búsqueda estética y conceptual que medio siglo después sigue siendo novedosa.
La pintura de Sita Gómez hace del cuerpo femenino un espacio de tensión entre los discursos que intentan reducirlo: la identidad, la historia y la moral.