El misterio de la abuela Tula

Una anciana sentada en la penumbra de una casa junto a una ventana abierta.
Foto: Fabiana Salgado. Cortesía de: País de Píxeles.

“El viaje desde Morón hasta Ciego de Ávila me gustó muchísimo. Era noche cerrada y oscura y las luciérnagas, prendidas a los arbustos, parecían foquitos en un árbol de Navidad…”

Así inicia Loló de la Torriente (1906-1983) la narración de sus impresiones de la visita efectuada a la región trochana (actual provincia de Ciego de Ávila) en 1932, y que leemos en su obra autobiográfica Testimonio desde dentro. 1 La escritora vino en su condición de abogada y activista de la Confederación Nacional Obrera de Cuba y ya por entonces militaba en el primer Partido Comunista Cubano.

Durante su estancia en la Trocha estuvo en Ciego de Ávila, Morón y los centrales Adelaida y Cunagua. 2 Compartió con la familia del asesinado líder ferroviario Enrique Varona, en cuyo hogar se hospedó, y sostuvo contactos diversos con dirigentes y obreros de diferentes ramas.

Aunque el libro es más prolijo al contarnos las actividades desplegadas por Loló en la zona norte del territorio, sabemos, por testigos presenciales, que en Ciego se reunió con representantes de varias células del Partido, en una humilde casa de guano situada en el antiguo camino del cementerio, hoy Avenida Pedro Martínez Brito.

Nos llamaba la atención que Loló de la Torriente no mencionase nada de este encuentro, o de alguna otra gestión de este carácter, en la ciudad avileña y llegamos a la conclusión de que se debió a la experiencia vivida en su primera noche aquí, la que bautizó de “extraña aventura”.

Cuenta ella que al llegar a Ciego fue trasladada a una modesta vivienda, algo apartada, que ocupaban varios miembros de una familia, entre ellos una muchacha que ejercía como maestra rural. La atendieron lo mejor posible y la señora de la casa la condujo hacia una habitación, “el cuarto de la abuela”, que se mantenía cerrado desde la muerte de la anciana. Loló no se impresionó, pues era mucho su cansancio, pero al introducirse en el recinto sus ojos se fijaron en una vieja cama de “balaustres dorados, manchados y sin brillo”, una mesa de noche con pomos vacíos, cucharas, vasos, tazas y un reloj despertador que marcaba las 3:15, la hora del fallecimiento de la abuela.

Mientras la anfitriona arreglaba la cama mortuoria le fue relatando las virtudes de la anciana, lo que denotaba el acendrado culto que se le rendía a su memoria. Ella había abrazado la causa independentista de Cuba y la guerra provocó la ruina del patrimonio familiar. Se había negado a abandonar su tierra natal, Ciego de Ávila, y soportó la pobreza con verdadero estoicismo.

A esta altura del relato, Loló bostezó dando a entender que necesitaba descansar por lo que la señora se despidió. La escritora se dispuso, olvidada de la abuela, a acostarse cuando, confiesa, “de momento, di un salto involuntario, instintivo”. Había descubierto, en lo alto del armario, un cúmulo de coronas funerarias, que daban la impresión de un mausoleo.

La curiosidad se antepuso al cansancio y el temor, y Loló se decidió a registrar. Las coronas tenían cintas dedicadas “A Tula”, por lo que supo el nombre de la abuela. 3 Abrió, sin esfuerzo, el vetusto armario y encontró “todo aquello que en la época de opulencia había pertenecido a la abuela”: vestidos, batas, sombreros, guardapolvos, sombrillas. Loló nos dice que “todo era viejo y, sin embargo, todo conservaba intacto el recuerdo primaveral de una juventud brillante”.

Aguijoneada por el deseo de hallar un retrato de Tula, continuó la búsqueda en el interior del armario y al cabo de una hora dio con periódicos de la colonia y Cuba Libre y con el álbum familiar. Al hojearlo comenzó a penetrar en el “maravilloso mundo de Tula, de aquella abuela que, en verdad, debe de haber sido una mujer excepcional”.


Al hojearlo comenzó a penetrar en el “maravilloso mundo de Tula, de aquella abuela que, en verdad, debe de haber sido una mujer excepcional”.

Su sorpresa no tuvo límites cuando al contemplar aquellas fotos donde señoreaba una mujer de cabeza alta, bellos ojos y cabellera en bucles, comprobó que muchas estaban firmadas en París y Nueva York. Otras, dedicadas a Tula, le presentaban las imágenes de Antonio Zambrana, uno de los redactores con Agramonte de la Constitución de Guáimaro; de Enrique Piñeyro, patriota y uno de los principales críticos literarios del siglo XIX; y de Pedro Santacilia, es decir, el poeta y revolucionario cubano radicado en México que fuera yerno y secretario de Benito Juárez.

Loló de la Torriente quiso llevarse consigo aquel álbum y se preguntaba insistentemente, “¿Quién, quién era aquella abuela?”. El amanecer la topó sumida en sus interrogantes. Y finaliza: “con la cabeza en la almohada pensé en aquella cubana que había acabado allí, en su tierra arenosa y colorada, seguramente olvidada de todos, y envuelta en un ambiente romántico. Comprendí entonces cómo es cierto que el romanticismo nace del temor a afrontar la realidad”.

Estas mismas preguntas nos hicimos, al leer este fragmento de las memorias de Loló de la Torriente, los desaparecidos Arnaldo Aguilar Couso, Historiador de la Ciudad, y su entrañable Álvaro Armengol Vera, además del que esto escribe, nos propusimos entonces, años 80 del siglo pasado, investigar sobre el atrayente asunto. Nuestras pesquisas en documentos, con viejos vecinos y antiguos maestros, dada la pista que nos ofrece Loló acerca de una nieta que se desempeñaba como maestra rural, no arrojaron resultados positivos. Las Tulas que hallamos no concordaban con las características de la abuela y hubo quienes afirmaron que la historia del enigmático personaje se debía a la fantasía desbordada de la escritora.

Este último argumento lo sostuvo Martín Payán Zubelet, también ya desaparecido, quien nos envió una extensa carta donde pasaba revista a las Tulas que él conoció, avileño rellollo como él era, y avalado también porque fue cronista de la prensa local y cuñado de Alejandro Armengol Vera, hermano de Álvaro y que nos ha legado una valiosa Historia de Ciego de Ávila. Ninguna de esas Tulas se acercaban a la imagen de la Tula descubierta por Loló aquella noche de 1932. Hay que admitir que Payán conocía muy bien a las familias de la población, y sus historias, pues Ciego de Ávila apenas tenía, según el censo del año anterior, menos de 18.000 habitantes.

A pesar de ello poseemos la íntima convicción de que Tula existió y que su condición de mujer excepcional nos compromete a rescatarla del olvido. ¿Habrá entre nuestros lectores alguno que pueda contribuir al esclarecimiento de este misterio? 4

  1. La autora publicó en 1956 este libro con el título Mi casa en la tierra y luego, revisado y aumentado, esta segunda edición en 1985 por la Editorial Letras Cubanas.
  2. Adelaida, hoy Enrique Varona; Cunagua, luego Bolivia hasta su extinción.
  3. A quien se nombra Gertrudis, suele decírsele cariñosamente Tula. (Nota del editor.)
  4. Este artículo, “El misterio de la abuela Tula”, apareció originalmente en el suplemento cultural Imagen, No. 11, de octubre de 1988, en la ciudad de Ciego de Ávila, y ahora ha sido actualizado. En aquella ocasión nadie aportó datos sobre la misteriosa Tula, salvo la carta ya aludida de Payán Zubelet. (Nota del editor: la interrogante sigue en pie, ahora para los lectores de Alas Tensas, con el llamado a encontrar otras pistas sobre la vida de una mujer excepcional y olvidada.)
José Gabriel Quintas

José Gabriel Quintas

(Ciego de Ávila, Cuba, 1951). Historiador. Fundador y director de la revista católica Imago (1996-2013). Ha publicado los libros Historia anticuaria de alucinados, fantasmas y bandidos (Ed. Ávila, 1999), El que de miedo se muere (En coautoría con Manuel Toledo Alejo. Ed. Ávila, 2006), La Trocha por dentro (Ed. Ávila, 2018). Ha colaborado en otras publicaciones, como el Índice Histórico de la Provincia Ciego de Ávila (1988), la Historia local de la provincia Ciego de Ávila (1988) y, en colaboración con Manuel Toledo Alejo, las Gacetillas avileñas (1991).
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