Ana Betancourt y la Asamblea Constituyente de 1868

Ana Betancourt fue una de las camagüeyanas que apoyó, desde los primeros momentos, la gesta independentista de 1868.

| Escrituras | Mundo | 20/03/2024
Ana Betancourt
Imagen: Alas Tensas

Ana Betancourt y Agramonte de Mora (1832-1901) fue una de las camagüeyanas que apoyó, desde los primeros momentos, la gesta independentista de 1868. Lo hizo primero desde el silencio, y, más tarde, en la manigua, como tantas otras mujeres camagüeyanas. Casada con Ignacio Mora de la Pera, Ana aprendió, a instancias de su esposo, varios idiomas. Alcanzó una notable cultura humanística que le valdría, años más tarde en la emigración, para subsistir económicamente. Sus traducciones literarias aparecían con frecuencia en el periódico principeño El Fanal.

Respetada por su cultura y su personalidad tanto por criollos como por peninsulares, fue generalmente apreciada en su ciudad natal. Cuando estalló la lucha independentista y su marido, patriota decidido, se vinculó con primeros los revolucionarios y acompañó a Ignacio Agramonte en el alzamiento de las Clavellinas, ella no vaciló un minuto en incorporarse con él a la guerra. Su casa se convirtió en una importante base de operaciones en apoyo al ejército mambí. Allí acudían otras mujeres a colaborar con Ana en las diversas tareas revolucionarias. Esta labor la pudo llevar a cabo hasta el 4 de diciembre de 1868. Ese día, y gracias a la alerta de un oficial español sobre que la habían denunciado por sus actividades patrióticas, pudo escapar y encontrar refugio en la finca La Matilde, de los Simoni, familia política de su primo Ignacio.

En la manigua su esposo y ella fundaron y trabajaron en periódicos como El Cubano Libre y El Mambí. Víctimas ambos de otra delación cayeron presos. Separados por los españoles, nunca más volvieron a encontrarse. Ana pudo salir al exilio, pero Ignacio Mora de la Pera fue fusilado por el ejército español en 1875. Fue una más entre las tragedias diversas que tuvieron lugar durante la Guerra de los Diez Años. Ana Betancourt, sin embargo, vivió momentos de particular dramatismo.

En abril de 1869, a fin de dar solución a las divergencias entre los diferentes mandos, se llevó a cabo en Guáimaro el encuentro entre jefes militares y civiles para proclamar la república en armas y dotarla de una constitución. Fue un paso decisivo en lo concerniente a la consolidación de la personalidad jurídica de la Cuba insurrecta y una manera de hacer pública una decidida afirmación de que la antigua colonia quedaba constituida como nación independiente y moderna, una nueva república frente a la decadente metrópoli española. Aquellos días memorables habrían de ser evocados, años después, por José Martí en su  hermosa e idealizada crónica “10 de abril”. Fue justamente en ese texto donde el Maestro se refirió a esa patriota camagüeyana:

Al caer la noche, cuando el entusiasmo no cabe ya en las casas, en la plaza es la cita, y una mesa la tribuna: todo es amor y fuerza en la palabra; se aspira a lo mayor, y se sienten bríos para asegurarlo; la elocuencia es arenga: y en el noble tumulto una mujer de oratoria vibrante, Ana Betancourt, anuncia que el fuego de la libertad y el ansia del martirio no calientan con más viveza en el alma del hombre que el de la mujer cubana.[1]

Luego se verá que Martí se hace eco de tradiciones orales que, en verdad, no tenían nada que ver con la realidad de lo sucedido, que ha sido objeto de deformaciones diversas. La historia ha recogido de diversas maneras la presencia de Ana Betancourt en Guáimaro. Para el historiador Jorge Ibarra Cuesta, los hechos ocurrieron de la siguiente manera:

Por último, quisiéramos hacer referencia al discurso pronunciado por Ana Betancourt de Mora dos días después de la ceremonia de investidura de Céspedes y Quesada, como presidente y Jefe del Ejército respectivamente. En emocionada arenga, Ana Betancourt proclamó que con la revolución había llegado el momento de emancipar a la mujer. Desde luego, pasarían todavía muchos años antes de empezasen a tener vigencia algunos de los derechos elementales de la mujer.[2]

De aquí se deriva que, si ella habló dos días después de la investidura de Céspedes, entonces lo hizo en una ocasión en que ya la Asamblea Constituyente había concluido sus sesiones y no durante ellas. Manuel Sanguily, testigo presencial, al referirse a los oradores de aquellos días de efervescencia independentista que se vivieron en Guáimaro, en su libro Oradores de Cuba, describe la participación de Ana en una circunstancia en que no fue, con toda seguridad, la de los debates parlamentarios.

En aquel movimiento humanitario no era posible que las mujeres quedaran olvidadas. En una de aquellas noches de oratorias se celebró un meeting sobre sus derechos: el Doctor Adolfo de Varona, hombre de talento, habló con tal motivo y su oración, oportuna y profunda, fue un raudal de atinadas y graciosísimas observaciones. Una señora muy distinguida subió, ayudada naturalmente por algunos caballeros, a la tribuna, que era una mesa; pero no empleó mucho tiempo, porque se le olvidó pronto su discurso: el público estuvo sin embargo galante y aplaudió.[3]

Sanguily subraya que Ana no habló, porque la timidez se lo impidió. Este autor implica también que sus palabras habrían sido pronunciadas en una reunión colateral a los debates específicos sobre la constitución de la República en Armas. Resulta curioso que Vidal Morales y Morales, quien también participó en las deliberaciones de la Constituyente, ni siquiera menciona a la patriota camagüeyana en el capítulo que le dedica a la Asamblea de Guáimaro en su libro Hombres del 68. El caso es que por su libro no es posible saber si la omite entre los oradores o si simplemente no hubo tan alocución de Ana.

Martí, en su artículo “10 de abril”, se refiere a Ana como presente en una reunión que se celebró en la noche, es decir, fuera de las sesiones oficiales. ¿No sería “la muy distinguida” de la que deja constancia Manuel Sanguily a la que hay que ayudar a subir a la tribuna porque,  como dice también Martí es una mesa? Por otra parte, la intervención de Ana Betancourt fue el 14 de abril y no el 9 como señala Martí, para quien los hechos sucedieron de otra forma.[4]

La imagen de Ana Betancourt como oradora vibrante es, posiblemente, un detalle estilístico martiano o una idealización imaginaria popular, más que una información exacta. Nydia Sarabia, biógrafa de Ana Betancourt, por supuesto que no deja de exponer la participación de la camagüeyana en la Asamblea. La historiadora parte de citar a la propia Ana, pero sin mencionar la fuente en que se apoya:

Por la noche hablé en un meeting: pocas palabras que se perdieron entre atronador ruido de los aplausos. Creo que fueron poco más o menos Las siguientes: Ciudadanos: la mujer en el rincón oscuro y tranquilo del hogar esperaba paciente y resignada esta hora hermosa, en que una revolución nueva rompe su yugo y le desata las alas.[5]

Antes, la Sarabia había consultado los manuscritos de Ana Betancourt, los cuales citó para añadir el testimonio siguiente:

Dos días después, animada por Ignacio, Moralitos y Zambrana presenté una petición a la Cámara que sería leída por Agramonte. En ella les pedía a los legisladores cubanos que tan pronto como estuviese establecida la República nos concediese a las mujeres los derechos de los que en justicia éramos acreedoras.[6]

Este dato es históricamente mucho más verosímil. En primer lugar, considerar que hubo una mujer que participó con pleno derecho en la primera Asamblea Constituyente cubana es por sí mismo un total anacronismo, dada la discriminación contra la mujer que existía en Cuba y fuera de ella en ese momento histórico. En segundo lugar, lo que se sabe de la timidez personal de Ana Betancourt hace aún más inverosímil que se hubiese atrevido a hacer uso de la palabra en esa ocasión.

Hay constancia testimonial de que en la noche, en una reunión social, se le pidió a Ana que hiciera uso de la palabra en relación con la petición que en su nombre se había presentado: trató de hacerlo y no pudo por su conocida timidez. En cambio, el dato de que Ignacio Agramonte, uno de los líderes indiscutidos del movimiento independentista y miembro con pleno derecho de la Asamblea de Guáimaro, hubiese leído la petición de Ana Betancourt en favor de las cubanas, es de una importancia ideológica y política extraordinaria: significa nada menos que uno de los jefes de la independencia apoyaba el reconocimiento de los derechos y valentía patriótica de la mujer cubana.

Esa petición leída por Agramonte, nunca fue aprobada por la Asamblea, como evidencia el propio texto de la constitución de 1869. En la Asamblea, su petición la realizó un hombre, cuya alta estatura política y humana tampoco se atendió por la mentalidad patriarcal de quienes escribieron el primero de los más importantes jalones de la historia constitucional en Cuba. Sólo votaron, al parecer, a favor de su propuesta Agramonte, Cisneros Betancourt e Ignacio Mora. La versión de las palabras pronunciadas por la camagüeyana en aquella reunión magna no se publicó hasta 1894 por Gonzalo de Quesada y Aróstegui en su biografía sobre Ignacio Mora. Nydia Sarabia las cita en su texto sobre la patriota camagüeyana:

Ciudadanos: la mujer cubana en el rincón oscuro y tranquilo del hogar esperaba paciente y resignada esta hora sublime en que una revolución justa rompe con su yugo, le desata las alas.
Todo era esclavo en Cuba: la cuna, el color, el sexo.
Vosotros queréis destruir la esclavitud de la cuna, peleando hasta morir si fuese necesario.
La esclavitud de color no existe ya, habéis emancipado al siervo.
Cuando llegue el momento de libertad a la mujer, el cubano que ha echado abajo la libertad de la cuna y la esclavitud del color, consagrará también su alma generosa a la conquista de los derechos de la que es hoy en la guerra su hermana de caridad, abnegada, que mañana será, como fue ayer, su compañera ejemplar.[7]

No lo pronunció ella misma, pero no puede negarse que el texto en sí tiene una gallardía, una amplitud de miras y una concisa y exacta percepción de la situación de la mujer en la isla. Los años ya habían pasado entre el hecho en sí y su publicación, y es incluso bastante posible que la versión de Gonzalo de Quesada no fuera del todo exacta. La propia Ana Betancourt se refiere en su Epistolario a las palabras entonces escritas por ella, que también fueron citadas por Sarabia. Pero es necesario decir que Ana nunca las conservó, que el manuscrito se perdió posiblemente en el incendio de Guáimaro o en la precipitada fuga de la patriota y su marido. Simplemente estaba citando de memoria. Por tanto, considero que lo que ha llegado hasta nosotros es la versión de Gonzalo de Quesada. Véase lo que escribe Nydia Sarabia:

Ana Betancourt escribe otra versión del hecho a su sobrino Gonzalo de Quesada y Aróstegui, en carta fechada en Madrid, el 17 de junio de 1892 al decirle: ¡Que escriba yo! ¡Imposible! Ya no sé hacer nada. Con la perdida de Ignacio y de mi independencia individual, se ha embotado mi inteligencia. Ya no soy aquella mujer inspirada que presentaba petición a la Cámara, en Guáimaro, pidiéndoles a los legisladores cubanos, que tan pronto como dictasen las leyes, se nos otorgase a las mujeres los mismos derechos que a los demás ciudadanos, y citaba en mi apoyo aquel pensamiento de Forbonai: “La justicia bien distribuida es el primer deber de los legisladores, es el alma y la ley de la sociedad”. Ni soy aquella que en un meeting les decía: “Que la mujer cubana esperaba paciente y resignada esa hora hermosa en que una revolución nueva rompiera su yugo y le desatara las alas. Y que así como ellos para destruir la esclavitud de la cuna habían jurado pelear hasta morir debían de libertar a las mujeres.[8]

Los testimonios expuestos por Nydia Sarabia, basados en la consulta de una serie de documentos históricos que aquí se han citados, son los más fiables en cuanto al tipo de participación que tuvo Ana Betancourt en Guáimaro. No es posible considerarla plenamente como una luchadora feminista. Pero está en el umbral de un protofeminismo cubano y eso ya por sí mismo es de una enorme importancia histórica. Lo que la movió, allí radica su gran mérito, fue la necesidad de referirse, en el marco de las discusiones constitucionalistas de Guáimaro, a los derechos de las mujeres. Hoy es posible pensar que sus palabras estuvieron condicionadas por los sufrimientos, heroicidades y valía que había alcanzado la mujer cubana en tan corto, pero desgarrador tiempo de la contienda bélica.

La mujer cubana tendría que esperar hasta la Constitución de 1940, en que al fin pudieron verse representadas como sujeto social y jurídico. No obstante, aquellas que participaron en las gestas independentistas, desde el silencio, en el destierro, en la pobreza más absoluta, fueron quienes abrieron el camino de la igualdad. Pero la lucha no ha terminado.

Las mujeres que hoy están en la isla y son víctimas de la tiranía comunista y de sus numerosas secuelas concomitantes, como el hambre, la opresión, el feminicidio y otras lacras más, no tienen respaldo legal alguno. Las madres que esperan y luchan por la libertad de sus hijos y sus maridos. Alguna hay que en este momento que tiene cuatro hijos presos por el castrismo. Y están también las que han desaparecido en ese cementerio marino en que el régimen ha convertido el estrecho de la Florida. En todas ellas vive, quizás sin que lo sepan, el espíritu mambí de Ana, Amalia, Rosa “La Bayamesa” y tantas otras patriotas del silencio. 


[1] José Martí: “10 de abril”, en: Obras Completas. Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t.3, p. 387.
[2] Jorge Ibarra Cuesta: Aproximaciones a Clío, pp: 73-74.
[3] Manuel Sanguily: Oradores de Cuba. Selección y prólogo de Olivia Miranda, p. 70.
[4] Veáse el artículo “El 10 de abril”, de José Martí.
[5] Nydia Sarabia: ob. cit., p. 59.
[6] Ibíd., p. 59.
[7] Ibíd., pp. 59-60.
[8] Ibíd., p. 59.

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