El presidente con minúsculas (Notas sobre el agotamiento del poder en Cuba)
“Ahora, cuando en Cuba el deterioro alcanza niveles extremos, los mismos dirigentes que administraron ese modelo anuncian la necesidad de transformarlo.”
Durante años el poder cubano ha administrado la escasez como si fuera una virtud moral. Ha llamado resistencia, soberanía y sacrificio a la precariedad, al aislamiento y a la ruina cotidiana de millones de personas. Esa retórica ha funcionado durante décadas como un velo: una forma de nombrar la realidad para ocultarla.
La Isla atraviesa hoy una crisis que ya no puede maquillarse con consignas. La escasez de combustible paraliza el transporte, los apagones tienen en oscuridad a ciudades enteras y la vida cotidiana se organiza alrededor de la supervivencia más elemental. No se trata de una crisis futura ni de una amenaza abstracta, es el paisaje mismo del presente cubano.
En medio de ese colapso, el presidente con minúsculas habló de transformaciones urgentes, de reestructuración del sistema económico, de ajustes que permitirán encauzar la crisis. Pero el problema del presidente con minúsculas no es lo que dice. Es que siempre llega tarde.
Durante décadas el poder cubano bloqueó cualquier reforma real que pudiera alterar su estructura de control. Cerró espacios económicos, reprimió iniciativas autónomas y convirtió la política en una maquinaria de obediencia. Ahora, cuando el deterioro ha alcanzado niveles extremos, los mismos dirigentes que administraron ese modelo anuncian, con solemnidad renovada, la necesidad de transformarlo.
“El deterioro del país ha erosionado incluso la idea misma de soberanía.”
Pero no hay verdadera reforma posible cuando quienes la anuncian son exactamente los mismos que condujeron al país hasta el borde del colapso.
La escena internacional añade un matiz todavía más inquietante. Donald Trump llegó a hablar recientemente de una posible “toma amistosa” de Cuba, describiendo a la isla como un país sin dinero, sin petróleo y sin comida. La sola formulación de esa idea revela hasta qué punto el Estado cubano ha perdido algo más que recursos materiales.
Un país que durante décadas proclamó su dignidad irreductible aparece ahora retratado como un territorio exhausto cuya supervivencia parece depender de decisiones tomadas fuera de sus fronteras. La sola posibilidad de ese escenario revela hasta qué punto el deterioro del país ha erosionado incluso la idea misma de soberanía.
La incapacidad de imaginar un futuro distinto

Mientras tanto, la diplomacia oficial cubana recorre foros internacionales denunciando una “emergencia” y buscando apoyos materiales urgentes. Es una política exterior de supervivencia. El contraste es brutal. Durante años se proclamó que el modelo cubano resistía todos los embates de la historia. Hoy ese mismo modelo anda recorriendo el mundo buscando ayuda para sostenerse.
Pero incluso ahora, en medio de la emergencia, el lenguaje del poder conserva intacta su lógica: mutar el discurso para garantizar la permanencia del sistema. Antes se hablaba de resistencia; ahora de transformación. Antes se invocaba la épica revolucionaria; ahora la urgencia económica.
El problema del presidente con minúsculas no es solo su retórica, sino su incapacidad para imaginar algo verdaderamente distinto. El poder cubano puede prometer ajustes y reestructuraciones, pero no se cuestiona a sí mismo. Y sin ese cuestionamiento, toda reforma es falsa.
“No hay refundación posible desde la misma élite que convirtió la crisis en sistema y el sacrificio ajeno en método de gobierno.”
El poder insiste en consignas que alguna vez tuvieron capacidad movilizadora, pero que hoy no son más que ruido. Sacrificio, resistencia y soberanía han sido las palabras rectoras durante más de sesenta años. Bajo ellas se pidió paciencia, se justificaron carencias y se pospuso indefinidamente cualquier forma de bienestar, siempre en nombre de un futuro que nunca llegó. El resultado está a la vista: una crisis humanitaria sostenida, un país exhausto, una sociedad despojada de expectativa.
La emigración ha vaciado ciudades enteras. El miedo y el cansancio han sustituido a la esperanza. Y la vida cotidiana se ha convertido en una negociación permanente con la precariedad y la pobreza extrema.
En ese escenario, la promesa de reestructuración suena menos a proyecto y más a confesión solapada y tardía. La verdad es mucho más simple y dura: no hay refundación posible desde la misma élite que convirtió la crisis en sistema y el sacrificio ajeno en método de gobierno.
Ese es el verdadero tamaño político del presidente con minúsculas: el de un portavoz tardío que habla cuando el país ya está a oscuras.
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