Referentes │ Ellen Johnson-Sirleaf: “Una voz por la libertad”

“Las mujeres y las niñas han pagado alto el precio de los conflictos armados nacionales e internacionales. Lo hemos pagado con sangre, lágrimas y dignidad.”

Ellen Johnson-Sirleaf, Premio Nobel de la Paz 2011.
Ellen Johnson-Sirleaf, Premio Nobel de la Paz 2011.

Ellen Johnson-Sirleaf estudió Economía y Administración Pública en universidades de África y Estados Unidos, fue ministra de Hacienda en Liberia hasta que el sargento Samuel Doe dio un golpe de estado y comenzó a ejecutar a los miembros del anterior gobierno. Tras varios años exiliada, decidió regresar a su país en 1985 y unirse a la oposición. Fue condenada a diez años de cárcel y aceptó nuevamente la opción del exilio. Luego del derrocamiento de Doe y la Guerra Civil, fue electa presidenta de Liberia en 2005. En 2011 recibió el Premio Nobel de la Paz junto a su compatriota Leymah Gbowee y la activista yemení Tawakel Karman.
En su conferencia al recibir el Nobel, el 10 de diciembre de 2011, Johnson-Sirleaf llamó al mundo a mirar la terrible situación de las mujeres y las niñas en los conflictos armados: miles de ellas desplazadas, golpeadas brutalmente y violadas. Pero su llamado de atención fue más allá de las guerras para abordar la exclusión sistemática de las mujeres en sociedades donde se les niega el derecho a la educación y al liderazgo. Una de las medidas de Johnson-Sirleaf como presidenta de Liberia fue declarar el carácter gratuito y obligatorio de la educación primaria para niñas y niños.

Una voz por la libertad

Majestades, Altezas Reales, Excelencias, Miembros del Comité Noruego del Nobel, Premios Nobel, mis hermanos y hermanas:

En nombre de todas las mujeres de Liberia, las mujeres de África y las mujeres de todo el mundo que han luchado por la paz, la justicia y la igualdad, acepto con gran humildad el Premio Nobel de la Paz 2011.

Me siento particularmente honrada de ser la sucesora de varios hijos y una hija de África que han estado en este escenario: el jefe Albert John Lutuli, el arzobispo Desmond Tutu, Nelson Mandela y F. W. de Klerk, Kofi Annan, Anwar el-Sadat, Wangari Muta Maathai, Mohamed El Baradei, así como Barack Obama, Martin Luther King, Jr. y Ralph Bunche, estadounidenses de ascendencia africana.

Majestades: Comienzo con un mensaje dirigido a ustedes y, a través de ustedes, al pueblo de Noruega. Su país enfrentó una tragedia a principios de este año con el asesinato de 77 personas. Fue un ataque deliberado contra el corazón mismo de su sociedad. Sin embargo, ante tal adversidad, la respuesta en todos los niveles de la vida pública y privada noruega ha sido coherente con su histórica adhesión a los valores de transparencia, integridad y justicia. Por ello, el mundo los admira a ustedes y a todos los ciudadanos de este gran país. Les ofrezco el más sentido pésame del pueblo de Liberia por la pérdida de vidas y les expreso nuestro profundo respeto.

En su selección de este año, el Comité Nobel ha traído aquí a tres mujeres unidas por su compromiso con el cambio y por sus esfuerzos por promover el estado de derecho y la democracia en sociedades asoladas por el conflicto. El hecho de que nosotras —dos liberianas— estemos aquí hoy para compartir el escenario con una hermana yemení refleja la universalidad de nuestra lucha.

El espíritu perdurable de las grandes mujeres cuyo trabajo trascendió las fronteras de género y geografía está presente en esta sala con nosotros. Desde la baronesa Bertha Felicie Sophie von Suttner de Austria, galardonada por promover la Conferencia de Paz de La Haya de 1899, hasta Jane Addams, famosa por Hull House; desde la activista estadounidense Emily Greene Balch hasta Betty Williams y Mairead Corrigan de Irlanda del Norte; desde la Madre Teresa hasta la heroica Aung San Suu Kyi, pasando por Rigoberta Menchú, Jody Williams, Shirin Ebadi y Wangari Maathai: estas antecesoras, estas mujeres que son Premios Nobel de la Paz, nos retan a redoblar nuestros esfuerzos en la incansable búsqueda de la paz.

Quisiera dedicar un momento a honrar la memoria de la difunta Wangari Maathai, la primera mujer africana en recibir este gran honor. Sus logros nos inspirarán siempre.

Al aceptar el premio en diciembre de 2004, la profesora Maathai dijo: “Quienes hemos tenido el privilegio de recibir educación, habilidades, experiencias e incluso poder, ¡debemos ser modelos a seguir para la próxima generación de líderes!” ¡Ojalá todos nos decidamos a cumplir con ese deber!

También honro la memoria de innumerables mujeres cuyos esfuerzos y sacrificios nunca serán reconocidos, pero que, en sus luchas privadas y silenciosas, ayudaron a dar forma a nuestro mundo.

Como Leymah y Tawakkul saben, este premio pertenece al pueblo cuyas aspiraciones tenemos el privilegio de representar y cuyos derechos tenemos la obligación de defender. Somos solo un reflejo de ellos.

Tal distinción conlleva una gran responsabilidad. La historia nos juzgará no por lo que digamos en este momento, sino por lo que hagamos para mejorar la vida de nuestros compatriotas. Nos juzgará por el legado que dejemos a las generaciones venideras.

Tawakkul, eres una activista inspiradora por la paz y los derechos de las mujeres. En tu país, prevalece un régimen autocrático; pero donde no tenían voz, tú encontraste la manera de hacerte oír.

Leymah, eres una pacificadora. Tuviste el coraje de movilizar a las mujeres de Liberia para recuperar su país. Redefiniste la “primera línea” de un brutal conflicto civil: mujeres vestidas de blanco, manifestándose en las calles, una barrera que ningún caudillo se atrevió a cruzar.

El mío ha sido un largo viaje, el viaje de toda una vida hasta Oslo. Fue moldeado por los valores de mis padres y mis dos abuelas —indígenas liberianos, agricultoras y comerciantes—, quienes no sabían leer ni escribir. Me enseñaron que solo a través del servicio se alcanza la verdadera bendición en la vida.

Mi viaje fue apoyado por mis numerosos profesores y mentores, quienes me guiaron hacia un mundo abierto por la ilustración de la educación superior, y que me llevaron a la convicción de que el acceso a una educación de calidad es la cuestión de justicia social de nuestro tiempo.

Mi vida fue salvada cuando miles de personas se movilizaron alrededor del mundo para liberarme de la prisión, y mi vida fue salvada gracias a actos individuales de compasión por parte de algunos de mis captores.

Mi vida cambió para siempre cuando tuve el privilegio de servir al pueblo de Liberia, asumiendo la enorme responsabilidad de reconstruir una nación casi destruida por la guerra y el saqueo. No existía una hoja de ruta para la transformación posconflicto. Pero sabíamos que no podíamos permitir que nuestro país volviera al pasado. Entendíamos que nuestra mayor responsabilidad era mantener la paz.

La guerra y los derechos de las mujeres

Majestades, mis hermanas y mis hermanos: el Comité Nobel no puede autorizarnos a las tres laureadas a hablar en nombre de las mujeres. Pero nos ha brindado una plataforma para hablar con mujeres de todo el mundo, independientemente de su nacionalidad, color, religión o posición social.

Son ustedes, mis hermanas, y especialmente aquellas que han presenciado la devastación que puede causar la violencia despiadada, a quienes dedico mis palabras y este Premio.

No hay duda de que la locura que causó una destrucción incalculable en los últimos años en la República Democrática del Congo, en Ruanda, en Sierra Leona, en Sudán, en Somalia, en la ex Yugoslavia y en mi propia Liberia, encontró su expresión en niveles sin precedentes de crueldad dirigida contra las mujeres.

Aunque los tribunales internacionales han declarado correctamente que la violación, utilizada como arma de guerra, constituye un crimen de lesa humanidad, las violaciones en tiempos de anarquía continúan sin cesar. La cantidad de nuestras hermanas e hijas de todas las edades brutalmente violadas en las últimas dos décadas es inimaginable, y la cantidad de vidas devastadas por tal maldad desafía la comprensión.

Mediante la mutilación de nuestros cuerpos y la destrucción de nuestras ambiciones, las mujeres y las niñas han pagado muy alto el precio de los conflictos armados nacionales e internacionales. Lo hemos pagado con sangre, lágrimas y dignidad.

Sin embargo, la necesidad de defender los derechos de las mujeres no se limita al campo de batalla, y las amenazas a estos derechos no provienen únicamente de la violencia armada. La educación de las niñas, considerada con demasiada frecuencia como un lujo innecesario en lugar de la inversión clave que representa, sigue careciendo de fondos y personal suficientes. Con demasiada frecuencia, se disuade a las niñas de cursar estudios, por muy prometedoras que sean.

Al celebrar hoy, somos conscientes de los enormes desafíos que aún enfrentamos. En muchas partes del mundo, los delitos contra las mujeres aún no se denuncian y las leyes que las protegen no se aplican adecuadamente. En este siglo XXI, sin duda no hay lugar para la trata de personas, que victimiza a casi un millón de seres humanos, en su mayoría niñas y mujeres, cada año. Sin duda, no hay lugar para que las niñas y las mujeres sean golpeadas y maltratadas. Sin duda, no hay lugar para la creencia persistente de que las cualidades de liderazgo pertenecen solo a un género.

Sin embargo, hay motivos para el optimismo y la esperanza. Hay buenas señales de progreso y cambio.

Alzar la voz por la libertad

En todo el mundo, poco a poco, el derecho internacional y la conciencia de los derechos humanos están iluminando rincones oscuros: en las escuelas, en los tribunales y en el mercado. Se están abriendo las ventanas de las cámaras cerradas donde hombres y mujeres han sufrido abusos indescriptibles, y la luz está entrando. Las democracias, aunque sea tímidamente, están arraigando en tierras desacostumbradas a la libertad.

A medida que se levanta el telón y el sol ilumina los lugares oscuros, lo que antes era invisible se hace visible. La tecnología ha convertido nuestro mundo en un vecindario interconectado. Lo que sucede en un lugar se ve en cada rincón, y no ha habido mejor momento para la expansión de la paz, la democracia, la justicia social y la equidad que conllevan para todos.

Hoy, en todo el mundo, mujeres y hombres de todos los ámbitos de la vida se atreven a decir, alto y firme, en mil idiomas: “¡Basta ya!” Rechazan la violencia insensata y defienden los valores fundamentales de la democracia, la sociedad abierta, la libertad y la paz.

Así que insto a mis hermanas y hermanos a no tener miedo. No teman denunciar la injusticia, aunque los superen en número. No teman buscar la paz, aunque su voz sea débil. No teman exigir la paz.

Si pudiera hablar a las niñas y mujeres de todo el mundo, les haría esta sencilla invitación: ¡Hermanas mías, hijas mías, amigas mías, encuentren sus voces!

Cada uno tiene su propia voz, y debemos celebrar nuestras diferencias. Pero nuestros objetivos están en armonía. Son la búsqueda de la paz, la búsqueda de la justicia. Son la defensa de los derechos que corresponden a todas las personas.

Las luchas políticas que nuestros países —Liberia, Yemen y otros— han atravesado solo tendrán sentido si la nueva libertad abre oportunidades para todos. Somos conscientes de que un nuevo orden, nacido del anhelo de cambio, puede fácilmente recaer en las formas descontroladas del pasado. Necesitamos que nuestras voces se escuchen. ¡Encuentra tu voz! ¡Y alza tu voz! ¡Que la tuya sea una voz por la libertad!

Habrá fracasos en el camino, porque el mundo no cambiará de la noche a la mañana. Pero hemos visto cambios a lo largo de nuestras vidas, y el mundo seguirá cambiando de maneras que nos afectan a todos. Como está inscrito en el muro del monumento al Premio Nobel Martin Luther King, Jr.: “El arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia”.

Excelencias, hermanos y hermanas: Desde esta plataforma mundial, quiero hablar un momento de Liberia y a los liberianos.

El 8 de noviembre, celebramos nuestras segundas elecciones presidenciales y legislativas consecutivas, libres y justas, consolidando la transformación de Liberia en una nación estable y democrática. El pueblo liberiano me hizo el gran honor de reelegirme como su presidente para un nuevo mandato de seis años, lo que me permitió construir sobre las bases que comenzamos en 2006.

La batalla electoral fue reñida entre varios contendientes, lo que requirió una segunda vuelta. El proceso no estuvo exento de desafíos, y un solo y lamentable incidente empañó un logro nacional por lo demás pacífico y celebrado. Hoy, con tristeza por los heridos y las vidas perdidas, espero sinceramente que nuestra nación se fortalezca tras esta reciente experiencia.

El progreso continuo de Liberia depende de políticas y programas que inviertan en la ciudadanía y fortalezcan las instituciones democráticas, a la vez que se mantengan arraigados en el Estado de derecho. Y lo más importante, deben perdurar en el tiempo. No deben depender de ningún líder ni de ningún partido político. Debemos generar espacio y respeto para las voces de la oposición; no son las perdedoras en nuestra sociedad abierta, sino un componente esencial para fortalecer la rendición de cuentas en el gobierno.

A lo largo de nuestra campaña política, escuchamos el clamor de nuestros jóvenes: están impacientes por mejorar sus vidas. Quieren recuperar el tiempo y las oportunidades perdidas durante años de conflicto y privaciones. Quieren una mejor educación, habilidades útiles y empleos. Quieren contribuir a la reconstrucción de su país. Han encontrado su voz, y los hemos escuchado.

A medida que las naciones de todo el mundo, en particular las de África y Oriente Medio, avanzan hacia la democracia representativa, se nos recuerda que la lucha por los derechos humanos y la justicia social es un camino difícil. Requiere nuestras voces, muchas voces. Nuestros sacrificios compartidos son esenciales para lograr la justicia que buscamos.

Excelentísimos señoras y señores, hoy hace exactamente 63 años que la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de Derechos Humanos. Ese documento, legado de una generación que acababa de emerger de los horrores de una devastadora guerra mundial, sigue teniendo gran importancia para nosotros hoy.

Es una Declaración universal. Habla de los derechos que todos los seres humanos tenemos por el mero hecho de serlo. Estos derechos no nos los otorgan los gobiernos, que podrían revocarlos a su antojo.

Es una Declaración legal, no una lista de aspiraciones benévolas. Obliga a los Estados, incluso en el trato a sus propios ciudadanos, a observar y defender los derechos y libertades universales que nos pertenecen a todos.

La condecoración de hoy a tres mujeres con el máximo premio universal de la paz no debe ser un momento histórico pasajero. Debemos considerar este acontecimiento como un hito en la inexorable marcha hacia el logro de una paz genuina y duradera.

Permítanme concluir reiterando mi más profundo agradecimiento al Comité Noruego del Nobel por este gran honor, y expresar mi profundo agradecimiento a todos ustedes aquí reunidos por su trabajo al servicio de la paz y la dignidad humana.

Gracias. Y que Dios los bendiga.

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