Ida B. Wells: ser mujer, ser negra, ser imparable
Ida B. Wells demostró que una persona con la verdad de su lado y dispuesta a arriesgarlo todo, puede cambiar el curso de la historia.
El 16 de julio de 1862, en Holly Springs, Mississippi, nació una niña que aún era propiedad legal de otro ser humano. Sus padres, James y Elizabeth Wells, eran esclavos: él, carpintero; ella, cocinera. Apenas seis meses después del nacimiento de Ida, Abraham Lincoln firmó la Proclamación de Emancipación que declaraba el fin de la esclavitud en los estados confederados.
Pero la libertad en el papel no significaba ser libres en la práctica. Cuando en 1865 terminó la Guerra Civil y comenzó la Reconstrucción, los afroamericanos del sur encontraron un mundo lleno de promesas rotas. Habían ganado su libertad, los hombres negros obtuvieron el derecho al voto en 1870, pero estas victorias serían efímeras.
En 1877, cuando Ida tenía quince años, las tropas federales abandonaron el sur y la Reconstrucción terminó oficialmente. Lo que vino entonces fue una pesadilla conocida como la era de Jim Crow. Los estados del antiguo sur comenzaron a aprobar leyes que reimplantaban la supremacía blanca: segregación en las escuelas, el transporte público, los restaurantes, los teatros, los parques y hasta los cementerios. Leyes que establecían impuestos electorales, pruebas de alfabetización y cláusulas diseñadas específicamente para convertir a los ciudadanos afroamericanos en personas de segunda clase en su propia tierra.
Y cuando las leyes no bastaban, siempre estaba disponible la vía del terror. El Ku Klux Klan y otras organizaciones supremacistas blancas utilizaban la violencia, la intimidación y el linchamiento de manera sistemática para mantener a la población negra sometida. Entre 1882 y 1968 se registraron casi cinco mil linchamientos en Estados Unidos. El mensaje era claro: “Acepta tu lugar o muere”.
En ese contexto de opresión y violencia racial nació y creció Ida B. Wells. Y en ese contexto decidió que no se quedaría callada.
La tragedia como forja del carácter
Antes de convertirse en la guerrera incansable que hoy conocemos, Ida fue simplemente una niña. Pobre, pero afortunada en cierto sentido, pues su familia, liberada de la esclavitud, valoraba mucho la educación. James, el padre de Ida, se hizo miembro de la Sociedad de Ayuda para Libertos y ayudó a fundar el Rust College, una de las primeras universidades históricamente negras del país. La joven Ida asistió a esa escuela, donde su mundo intelectual comenzó a expandirse.
Luego la vida le dio el primer golpe devastador. En 1878, cuando tenía dieciséis años, una epidemia de fiebre amarilla arrasó su pueblo. En cuestión de días perdió a su padre, a su madre y a su hermano menor. De repente, aquella joven estudiante se convirtió en la única esperanza de supervivencia para sus cinco hermanos restantes.
Los masones, la organización fraternal a la que pertenecía su padre, quisieron separar a los niños y repartirlos entre distintas familias. Ida se negó con firmeza. Mintió sobre su edad, consiguió un empleo como maestra en una escuela rural y, con la ayuda de su abuela, mantuvo a la familia unida. En sus memorias dejó registro de aquellos días agotadores: “Llegaba a casa cada viernes por la tarde, montando las seis millas en el lomo de una gran mula. Pasaba el sábado y el domingo lavando, planchando y cocinando para los niños, y regresaba a mi escuela rural el domingo por la tarde”.
Esa experiencia temprana le enseñó algo fundamental: que la supervivencia no basta. Había que vivir con dignidad, y esa dignidad había que pelearla cada día, a cada momento, sin importar el costo.
El periodismo como arma para el cambio social
El 4 de mayo de 1884, con 22 años y trabajando todavía como maestra, Ida subió a un tren de la compañía Chesapeake, Ohio & South Western Railroad con su billete de primera clase en la mano. Eligió un asiento en el vagón para damas, pero el conductor le ordenó moverse al vagón para personas negras. Ella dijo que no. Tenía un billete válido para ese vagón y no pensaba ceder. Cuando el conductor intentó sacarla por la fuerza, Ida se aferró a su asiento y le mordió la mano. Finalmente, varios hombres lograron arrastrarla fuera del tren mientras las mujeres blancas aplaudían.
Ida demandó a la compañía ferroviaria y ganó el juicio: el 24 de diciembre de 1884, el juez de circuito Pierce falló a su favor y le otorgó una indemnización de quinientos dólares por daños y perjuicios. Aunque tres años después la Corte Suprema de Tennessee revertió la decisión, ese acto de resistencia se convirtió en algo más grande e Ida supo que su batalla individual era parte de una lucha colectiva.
Entonces comenzó a escribir sobre el incidente y sobre otros casos de injusticia racial. Sus artículos, firmados con el seudónimo Iola, se publicaron en periódicos negros de todo el país. Había descubierto su vocación: el periodismo como arma para el cambio social. “La correspondencia periodística que había construido”, apuntó en su autobiografía, “me dio una salida a través de la cual expresar mi verdadero yo, y disfruté mi trabajo al máximo”.
Cuando el silencio ya no era posible
En marzo de 1892, algo sucedió que cambiaría para siempre no solo el rumbo de su vida, sino el curso de la historia estadounidense. Thomas Moss, Calvin McDowell y Will Stewart, tres amigos de Ida en Memphis, fueron linchados. Moss era dueño de People's Grocery, una tienda exitosa que competía con un negocio de los hombres blancos. Lo acusaron injustamente para impedirle prosperar y, estando ya en la cárcel, bajo custodia policial, una turba lo secuestró y lo asesinó brutalmente en un descampado.
Según contó luego Ida, las últimas palabras de su amigo Thomas Moss antes de morir fueron: “Díganle a mi gente que se vaya al Oeste; aquí no hay justicia para ellos”. La ira y el dolor se transformaron para ella en una determinación férrea: comenzó a investigar. Durante meses viajó por todo el sur, visitando los lugares de los linchamientos, entrevistando a testigos y familiares de las víctimas, revisando registros de periódicos, recopilando datos. Estaba haciendo lo que hoy llamamos periodismo de investigación, aunque en aquella época ese género no existía formalmente.
Lo que Ida B. Wells descubrió echaba por tierra la narrativa dominante. La mentira que se repetía en todas partes era que los hombres negros eran linchados por violar a mujeres blancas. Pero sus investigaciones revelaron una verdad muy diferente. En su panfleto Los horrores del sur: La ley del linchamiento en todas sus fases, publicado en 1892, escribió: “Nadie en esta parte del país cree la vieja mentira de que los hombres negros violan a mujeres blancas”.
Lo que Ida descubrió fue que los linchamientos eran herramientas de terror económico y político. Se asesinaba a hombres negros exitosos que competían con negocios de blancos, a quienes se atrevían a votar, a quienes simplemente se negaban a someterse. El linchamiento no era justicia, era control. Era una forma de mantener a la población negra en un estado permanente de miedo.
Su periódico, el Memphis Free Speech, publicó un editorial devastador el 21 de mayo de 1892 exponiendo estas verdades. Ida estaba en Nueva York cuando una turba blanca destruyó las oficinas del periódico y dejó una nota amenazando de muerte a cualquiera que intentara publicarlo de nuevo. Sus amigos le enviaron telegramas suplicándole que no regresara: los blancos vigilaban los trenes y su casa, prometiendo matarla en cuanto la vieran.
“Sentí que me debía a mí misma, y que le debía a mi raza, contar toda la verdad”, escribió Wells. No podía volver a Memphis pero eso no la detuvo. Se quedó en Nueva York, aceptó un puesto en The New York Age, y continuó su lucha desde allí. Había perdido su periódico, en el que había invertido cada dólar que poseía. La habían obligado a exiliarse. Pero había ganado algo más valioso: una plataforma nacional y la determinación inquebrantable de no callar nunca.
Pionera del periodismo de investigación
El trabajo periodístico de Ida B. Wells estableció estándares que siguen hoy en pie. Sus métodos combinaban el rigor investigativo con una narrativa impresionante. Como reconoció The New York Times en su obituario de 2018, parte de la serie “Overlooked” sobre figuras históricas cuyas muertes no se cubrieron en su momento: “Ella fue pionera en técnicas de reportaje que siguen siendo principios centrales del periodismo moderno”.
Su metodología era íntegra. Viajaba a los lugares donde habían ocurrido los crímenes, muchas veces poniendo en riesgo su propia vida. Entrevistaba a testigos presenciales, hablaba con las familias de las víctimas, revisaba registros judiciales y artículos de periódicos locales. Recopilaba estadísticas, creaba bases de datos, analizaba patrones. En 1895 publicó “Un registro rojo”, que incluía análisis estadísticos detallados de linchamientos desde la Reconstrucción, con fotografías y casos específicos documentados con nombres, fechas y lugares.
Entendía el poder de los datos duros combinados con historias humanas. No se limitaba a presentar números abstractos, sino que documentaba las vidas concretas que se habían perdido, los negocios destruidos, las familias destrozadas. Como ella misma dijo: “Soy solo una portavoz para contar la historia del linchamiento y la he contado tantas veces que me la sé de memoria. No tengo que adornarla; se abre camino por sí sola”.
Pero su trabajo no se limitó al territorio estadounidense. Wells comprendió que necesitaba presión internacional para que el gobierno de Estados Unidos actuara. En 1893 y 1894 realizó giras por Inglaterra y Escocia, dando conferencias en iglesias, salones públicos y universidades. Habló ante audiencias que incluían a reformadores sociales, periodistas y políticos británicos. Su mensaje era claro: Estados Unidos, que se proclamaba tierra de libertad, permitía que sus ciudadanos negros fueran torturados y asesinados sin ningún proceso legal.
Su estrategia funcionó. La prensa británica comenzó a publicar artículos condenando los linchamientos en Estados Unidos. Los periódicos estadounidenses, avergonzados por la atención internacional negativa, empezaron a cubrir el tema con más seriedad. Wells había entendido algo que muchos activistas tardarían décadas en comprender: que la vergüenza internacional puede ser una herramienta poderosa de cambio.
A lo largo de su carrera, Ida B. Wells escribió para múltiples publicaciones: The New York Age, Chicago Daily Inter-Ocean, The Conservator y muchos otros. Sus artículos no se limitaban a informar, denunciaban, argumentaban y exigían acción.
Ser mujer, ser negra, ser imparable

Ida sabía también que la lucha por los derechos civiles y la lucha por los derechos de las mujeres no podían separarse. Como mujer negra, vivía en la intersección de ambas opresiones. Y desde ese lugar, construyó una visión revolucionaria de la justicia.
Sus vínculos con el movimiento sufragista fueron complicados. Si bien admiraba a figuras como Susan B. Anthony y trabajó junto a ella en varias ocasiones, también criticó abiertamente la disposición de las sufragistas blancas a sacrificar los derechos de las mujeres negras para ganar apoyo en el sur. Muchas líderes argumentaban entonces que primero debían conseguir el voto para las mujeres blancas, y que las mujeres negras tendrían que esperar su turno. Ida se negó a aceptar esa lógica.
El momento más emblemático llegó en marzo de 1913, cuando se organizó una marcha masiva por el sufragio femenino en Washington. Los organizadores pidieron a las delegaciones de mujeres negras que marcharan al final del desfile, separadas de las delegaciones blancas, para no ofender a las sufragistas del sur. Wells se presentó, pero no al final. Esperó entre la multitud y, cuando la delegación de Illinois pasó, se unió a ellas en primera línea. No aceptaría una emancipación a medias.
Ese mismo año, Wells fundó el Alpha Suffrage Club de Chicago, la primera organización sufragista para mujeres negras en Illinois. El club luchaba por el derecho al voto, pero también ofrecía educación cívica, registraba votantes y movilizaba a la comunidad negra. El trabajo de ese club fue fundamental para que, el 25 de junio de 1913, el sufragio femenino se aprobara en Illinois, varios años antes que la Decimonovena Enmienda.
Maternidad y activismo
En 1895, a los 33 años, Ida B. Wells se casó con Ferdinand L. Barnett, un destacado abogado de Chicago y fundador del periódico The Conservator. Su matrimonio fue inusual por muchas razones. Primero, Wells decidió mantener ambos apellidos, convirtiéndose en Ida B. Wells-Barnett, algo muy raro en una época en que las mujeres casi universalmente adoptaban solo el apellido de sus maridos. Segundo, Ferdinand no esperaba que Ida abandonara su trabajo público al casarse. Al contrario, la apoyó en su activismo.
Juntos tuvieron cuatro hijos. Pero Ida se negó a elegir entre maternidad y activismo. Con su característico ingenio, escribió en su autobiografía: “Honestamente creo que soy la única mujer en Estados Unidos que alguna vez viajó por todo el país con un bebé lactante para dar discursos políticos”. Llevaba a sus hijos pequeños con ella a manifestaciones, conferencias y reuniones políticas. Ferdinand cuidaba de ellos cuando Ida viajaba; pero cuando era posible, toda la familia la acompañaba.
Este equilibrio no era fácil. Wells sufrió las tensiones entre sus roles como madre y activista, pero se negó a sentirse culpable por querer ambas cosas. Estaba creando un nuevo modelo de lo que una mujer, una madre, podía ser.
La filosofía de una guerrera
En uno de sus escritos más citados, Wells declaró: “Uno prefiere morir luchando contra la injusticia que morir como un perro o una rata en una trampa”. Esta frase ilustra su filosofía de guerra: que una vida sin dignidad no vale la pena, y que la resistencia activa, incluso con sus riesgos, es preferible a la sumisión.
Wells también escribió: “La forma de corregir los errores es dirigir la luz de la verdad sobre ellos”. Para ella, la verdad era un arma, quizás la más poderosa. Por eso dedicó tanto esfuerzo a la investigación meticulosa, a la documentación precisa, a la recopilación de datos. Creía que si la gente conocía la verdad sobre los linchamientos, sobre la injusticia, sobre la opresión sistemática, no podrían seguir ignorándola.
Sobre su propia misión, Wells escribió con humildad pero también con claridad de propósito: “Alguien debe demostrar que la raza afroamericana es más pecada que pecadora, y parece que me ha tocado hacerlo a mí”. No se veía a sí misma como una heroína excepcional, sino como alguien que simplemente hacía lo que era necesario.
También tenía una comprensión muy aguda de lo que significaba ser una mujer negra en América. En sus textos documentó cómo las mujeres negras eran víctimas tanto del racismo como de la violencia sexual, y cómo las agresiones contra ellas raramente se tomaban en serio. “Lo que se convierte en un crimen que merece pena capital cuando las tornas cambian, es un asunto de poca importancia si la mujer negra es la parte acusadora”, escribió, señalando la hipocresía de un sistema que usaba supuestas agresiones a mujeres blancas para justificar linchamientos, pero que ignoraba las agresiones reales a mujeres negras.
Sobre la necesidad de organizarse colectivamente, Wells fue explícita: “Debe haber siempre un remedio para el error y la injusticia si solo sabemos cómo encontrarlo”. Y ese remedio era la acción organizada, la solidaridad, el negarse a aceptar el status quo.
En sus escritos posteriores, Wells expresó frustración con aquellos que preferían la comodidad a la confrontación: “La vigilancia eterna es el precio de la libertad, y me parece que a pesar de todas estas agencias y actividades sociales, no hay esa vigilancia que debería ejercerse en la preservación de nuestros derechos”. Estaba advirtiendo contra la complacencia, contra la idea de que los derechos, una vez ganados, están seguros para siempre.
El legado de Ida B. Wells

Ida B. Wells vivió una vida extraordinaria hasta sus últimos días. Fundó la Asociación Nacional de Mujeres de Color en 1896. Y ayudó a fundar la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP) en 1909, aunque más tarde se distanció de esa organización por desacuerdos estratégicos: la consideraba demasiado cautelosa, demasiado enfocada en el litigio legal y poco orientada a la acción directa y al empoderamiento de las comunidades negras trabajadoras.
En 1915, junto con otros activistas, se reunió con el presidente Woodrow Wilson para presentar preocupaciones sobre la segregación. En 1918, se postuló como delegada en la Convención Nacional Republicana. En 1930, a los 68 años, se postuló para el Senado estatal de Illinois. No ganó, pero su candidatura en sí misma fue revolucionaria.
El 25 de marzo de 1931, Ida B. Wells murió de una enfermedad renal en Chicago. Estaba trabajando en su autobiografía, Cruzada por la justicia, que sería publicada en 1970, casi cuarenta años después de su muerte. Solo entonces muchos estadounidenses descubrieron su historia.
En 2020, casi noventa años después de su muerte, se le otorgó un Premio Pulitzer especial por “su destacado y valiente reportaje sobre la horrible y viciosa violencia contra los afroamericanos durante la era de los linchamientos”.
Pero más allá de ese reconocimiento, Ida nos dejó un modelo de cómo enfrentar la injusticia. Nos mostró que una persona, con determinación, con la verdad de su lado, y con la disposición de arriesgarlo todo, es capaz de cambiar el curso de la historia. Nos enseñó que el periodismo puede ser más que reportar hechos: puede ser un acto de resistencia y transformación. Y demostró que las mujeres, especialmente las mujeres negras, no necesitan permiso para liderar, para hablar, para luchar. Ella aceptó esa responsabilidad. Y nos dejó el ejemplo y el desafío de hacer lo mismo. Porque hay vidas que se forjan en la resistencia y hay resistencias que forjan el futuro.
▶ Vuela con nosotras
Nuestro proyecto, incluyendo el Observatorio de Género de Alas Tensas (OGAT), y contenidos como este, son el resultado del esfuerzo de muchas personas. Trabajamos de manera independiente en la búsqueda de la verdad, por la igualdad y la justicia social, por la denuncia y la prevención contra toda forma de violencia de género y otras opresiones. Todos nuestros contenidos son de acceso libre y gratuito en Internet. Necesitamos apoyo para poder continuar. Ayúdanos a mantener el vuelo, colabora con una pequeña donación haciendo clic aquí.
(Para cualquier propuesta, sugerencia u otro tipo de colaboración, escríbenos a: contacto@alastensas.com)










Responder