Die, My Love: morir y quemarlo todo

La película explora la tensión entre los mandatos culturales de la maternidad y su dimensión instintiva.

Fotograma de "Die, My Love" (2025) de Lynne Ramsay.
Fotograma de "Die, My Love" (2025) de Lynne Ramsay.

Algo tiene que morir para que la vida se abra paso. Esta máxima del equilibrio espiritual se te queda en la cabeza cuando ves Die, My Love; Lynne Ramsay, 2025. Permitir a la muerte hacerle espacio a la vida, es una de las acciones que las madres comprenden como ningún otro ser humano, aunque no siempre puedan explicarlo de la forma racional que el sistema les exige. No hay mejor forma de mostrar esta búsqueda dicotómica de lo profundo y lo sencillo a través de la evolución o involución, según se mire, de la casa donde habitan Grace (Jennifer Lawrence) y Jackson (Robert Pattinson), una joven pareja que comienza su vida en una vivienda heredada por este último.

Tantas maternidades como madres hay en el mundo

Escenas donde vemos el empapelado ajado y el piso empolvado son los primeros elementos que definen el espacio de Grace y funcionan como signos iniciales de su presencia. A medida que la casa se llena de muebles y se ordena, esa presencia se va desdibujando, mientras su mente se puebla de expectativas externas: los “deberes ser” y los estados de ánimo que, según el mandato social, debería experimentar una madre primeriza..

En su poemario Manualidades (2011), la poeta cubana Nara Mansur escribía:

“Una a veces dice lo que piensa y te matan/ o te lavan toda con formol para que aséptica vuelvas/ a la hija nuevamente/ a sus brazos más lánguidos que los tuyos/ a sus brazos en forma de pregunta, de escarnio/ porque es un amor impúdico el de la niña propia/ la que engendras y heredas a un mismo tiempo./ Una madre se vuelve ajena para sí misma.”

Lo ajeno y lo propio conviven en un mapa mental que va viviendo Grace, en su rol de madre, de aspirante a escritora, intentando recuperar su posición de amante. Y cada vez que busca “mancharse” con lo sucio de la vida, de la propia maternidad, aparecen un cúmulo de situaciones que penalizan estas sensaciones.

Ramsay (We Need to Talk About Kevin; You Were Never Really Here) y el guionista Enda Walsh, pretenden desacralizar varios tópicos, y es una declaración de intención agradable de observar. La maternidad, conquista necesaria para el patriarcado, tiene tantas miradas como madres existen en este mundo. Desde los momentos iniciales en el que Grace en vez de acariciar el pasto, como lo hiciera hace un cuarto de siglo el general romano Máximo Décimo Meridio (Russel Crowe) en Gladiador (Ridley Scott; 2000), lo destruye, cuchillo en mano, sabes que no debes esperar un canto de sirenas romantizado, como tampoco una tonada lastimera a la figura de la madre.

La maternidad como hecho creativo

Fotograma del filme "Die, My Love"
La actriz Jennifer Lawrence y el actor Nick Nolte en "Die, My Love".


La maternidad como hecho creativo sigue siendo tan insondable, que aunque en pleno siglo XXI la medie y condicione la ciencia, aun así no puede escaparse de la palabra magia. Esa misma magia que las sociedades han querido convertir en naturaleza, prevalece en forma de misterio, que no es más que hechos o situaciones que no encajan con la mente racional, pero sí con la intuitiva, la cual puede entender aquellas acciones y/o personas que han sido denominadas locas.

Los seres humanos, incapaces de aceptar la sencillez de la libertad, tienden a crear dictaduras de todo o casi todo. En el filme de Ramsay asoma la dictadura de la salud mental. Ya no es suficiente con que hablemos de la misma o que hablemos de temas como la depresión postparto, debemos hacerlo de cierta manera. “Las pacientes” deben sentirse de una cierta forma y , una vez más, lo que no encaje en este molde, es lo otro, lo que está mal.

En ese sentido “encaja” Jennifer Lawrence, no solo como actriz protagónica de la cinta, sino como productora de la misma. Una intérprete alabada por su actuación, pero sin tener siempre muy claro en dónde, o en qué radica su performatividad. Una actuación siempre salida desde el interior de su cuerpo pero que nunca encuentra una contención, aunque a la vez tampoco se desborda lo suficiente para caer en lo caricaturesco. En definitiva, una performance inclasificable para un personaje que también lo es.

Porque en aras de encontrar y marcar casillas, podemos decir que Die My... habla de la maternidad y la depresión postparto, pero Ramsay decidió reinterpretar la intimidad de su protagónico, el cual una vez fuera el personaje del libro de la argentina Ariana Harwicz, de una forma instintivamente mental. Una película prisma donde cada lado abre un microtema al respecto del gran tópico que es la maternidad. Todo lo que piensa Grace no está para ser dicho en líneas de texto, está para llevarlo al cuerpo de la actriz y ponerlo en un espacio escenográfico, que luego fotografía Seamus McGarvey.


Prenderle fuego a todo

Fotograma del filme "Die, My Love" (2025)
La actriz Jennifer Lawrence en "Die, My Love".


Dibujar un lienzo entre lo construido culturalmente alrededor de la maternidad y lo instintivo que tiene el hecho en sí, es el espacio que crea la directora escocesa para que se muevan sus personajes. Así Pattinson, a quien cada vez se le nota menos el esfuerzo por ser un “actor serio”, es quien va dejando frases de lo aparentemente perdidos que podrían encontrarse los padres cisheteros en el proceso de paternar, cuya pérdida viene dada profundamente por los resquicios deconstructivos que se han producido alrededor de la figura del padre, tanto en los estudios humanísticos, en el cine, o en la propia vida.

La hipocresía masculina en la cual se sustenta la visión que se le ha dado históricamente a la locura femenina, es llevada con gran dignidad por el actor The Lighthouse (Robert Eggers; 2019), quien con su desaliñado Jack muestra el lugar de privilegio del hombre blanco. No busca el filme el enjuiciamiento o el estereotipo solo lo reconoce tal cual es. La definición de la mujer a través de la mirada masculina ha llegado a un lugar tan profundo de la psiquis femenina que a veces no logra distinción o separación de lo que se entiende como “lo normal”.

Por eso Pam (Sissy Spacek), la suegra de Grace es quien la inspira a liberarse, a escaparse una última vez de todo, de su casa recién amueblada, de su matrimonio, de su mente. Solo quien ya ha vivido una vida similar, entiende al final de esta que otras mujeres pueden hacerlo diferente.

A Grace no le queda otra opción que prenderle fuego a todo. El fuego como elemento alquímico que permite la transformación. La pureza que trae el fuego solo se compara con el espacio que abre la muerte. Y es que Die My Love nos recuerda que las fuerzas arrasadoras son las únicas capaces de llevarnos a la transformación verdadera. Volviendo a la sentencia de la poeta: “una a veces dice lo que piensan y te matan”, antes de que la maten Grace elige su forma de morir, es la única dignidad por la que ha luchado a lo largo de la trama. Pues, por mucho que intentemos ir creando o construyendo lentamente, hay momentos de la vida donde es necesario morir y quemarlo todo.

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