Aurelia Castillo de González y su labor como biógrafa
El trabajo de Aurelia Castillo como biógrafa muestra su sensibilidad artística y su agudeza para valorar a otras figuras esenciales de la cultura cubana.
Aurelia Castillo de González fue una de las figuras femeninas más destacadas del siglo XIX al XX de las letras cubanas. Nacida en Puerto Príncipe en enero de 1842 siempre llevó consigo el alma limpia de su tierra cubana. Después de su muerte fue recordada en la prensa insular y en diferentes homenajes que se le rendían en diversos lugares de la isla. En el otrora Instituto de Sagua la Grande, antigua provincia de Las Villas, se publicó un folleto como resultado de un Seminario de Redacción en el centenario de su natalicio en 1942. En él participaron no solo profesores, sino también alumnos. La introducción de este libro, escrita por la profesora de Redacción, es un acercamiento biográfico en el que valora su concepción acerca de la mujer:
Fue la de Aurelia una feminidad austera. Aborreció los “afeites y cintajos”. Clamó porque “se desterrase de todos los tocadores todas las mentiras, todo lo superfluo”. Odió lo que pareciera muñeca en la mujer —vestidos que aúpan la frivolidad y borran el recato, colores que ocultan la salud, postizos que engañan la belleza—. Pidió reformas y simplificaciones de trajes para hacerlos “más conforme con la prudencia, con la higiene y con la dignidad”. En este su afán de que la mujer rescate dignidad y decoro, en esa taladrante ansia por la libertad del oprimido, sea mujer o esclavo, reside el feminismo de Aurelia. Porque ella fue una de nuestras primeras feministas.1
Nada de esto ocurre en la contemporaneidad. La educación cubana está marcada por la política y carece de verdadera cultura y reflexión. Y eso es algo que la isla pagará por generaciones.
Hoy puede que llame poderosamente la atención que Julián del Casal la incluyera en su colección de Bustos, de 1893, donde solamente hay otra mujer, Juana Borrero, y donde, en cambio, no aparece ninguna de las otras poetisas cubanas de la época, ni siquiera la propia Luisa Pérez de Zambrana. Y digo que llama poderosamente la atención, porque nuestra crítica, que ha tratado a veces de considerar como canon lo que no es sino meras expresiones de gusto personal, como cuando Martí confiesa, en pleno uso de derecho de lector, preferir a Luisa Pérez de Zambrana, no se ha percatado de esta curiosa elección asociativa, mediante la cual el otro gran poeta modernista insular parece preferir y vincular a su Juana Borrero con Aurelia Castillo. ¿Qué podría haber sustentado semejante actitud valorativa, no en el marco de lo absoluto literario (que no existe), sino en el de la selección personal?
Los Escritos de Aurelia Castillo de González
Aurelia Castillo, como tantas otras damas principeñas de su época, conoció la aspiración libertaria, la labor silenciosa de preparación de la guerra, la prisión y el destierro, y todo esto lo asumió y lo afrontó con la misma serena dignidad que ya preanunciaba la esposa de Joaquín de Agüero en sus epístolas marcadas a la vez por el decoro y el amor.
Señorial a la manera imperturbable y característica de Puerto Príncipe, no fue nunca juguete de una atorbellinada vida de salón, limitado, por otra parte, en su ciudad natal. Alcanzó, por otra parte, una cultura universalizadora, saludablemente enraizada en lo mejor de la atmósfera de Cuba. Tuvo, por fin, un gesto suavemente irónico: editó en su vejez sus Escritos de Aurelia Castillo de González, pero en reducidísimo número... exactamente el de sus verdaderas amistades, tan corta, pues, que esa edición ha devenido una especie de mito nimbado de asociaciones fabulosas (el ejemplar que he utilizado para estas reflexiones, minuciosamente expurgado de erratas por Aurelia Castillo es el que fuera de Isabel Esperanza Betancourt, de estirpe patricia, ella misma relacionada con la cultura regional principeña).
En tales Escritos hay mucho que merecería ser de nuevo publicado, sobre todo pensando que sea leída su obra no con condescendencia, sino prestando oídos a la especial entonación del lenguaje de su tiempo, y a la cultura principeña de la que se nutría.
Hoy, en que tanto se habla de las marcas de género y de la presencia de un discurso femenino en la cultura, no puede pasarse por alto a esta mujer: ni siquiera, la polémica filosófica en torno al positivismo. Nada de lo que aconteció en su tiempo le fue ajeno. Quizás por eso vivió mucho más intensamente que ninguna otra principeña de su época y, al propio tiempo, las representa a todas en lo más entrañable.
Biografía de Ignacio Agramonte

Como tantos en su época —y en la presente—, sufrió la fascinación del retrato literario. En su caso, se proyectó, desde luego, en innumerables poemas en que procuró trazar la imagen de alguien apreciado. Pero, sobre todo, alcanzó su mayor intensidad en dos textos en prosa, sobre dos figuras que, necesariamente, habían de serle extraordinariamente apreciadas: un amigo, que, a la vez, era un héroe esencial de la patria, Ignacio Agramonte; y una gran figura literaria, Gertrudis Gómez de Avellaneda. Este hecho la convirtió en la primera biógrafa que tuvo Gertrudis Gómez de Avellaneda.
Mientras, su texto sobre Ignacio Agramonte es uno de los más hermosos acercamientos biográficos al hombre que admiró y respetó. En los fondos de Aurelia Castillo en el Museo de la ciudad de Camagüey se conserva el discurso pronunciado por Agramonte en el acto de investidura de Licenciado en Derecho Civil y Canónico. La disertación está copiada de su puño y letra por Castillo de González del archivo patriótico del coronel Francisco Arredondo y Miranda. Agramonte cierra su disertación con estas agudas y certeras palabras:
El Gobierno que con su centralización absoluta destruya el franco desarrollo de la acción individual y destruya la sociedad en su desenvolvimiento progresivo, no se funda en la justicia y en la razón, sino tan solo en las fuerzas, y el Estado que tal fundamento tenga, podrá en un momento de energía anunciarse al mundo como estable e imperecedero; pero tarde o temprano, cuando los hombres conociendo sus derechos violados, se propongan reivindicarlos, irá el estruendo del cañón a anunciarle que cesó su letal dominación.2
El 27 de enero de 1911, Aurelia Castillo concluyó de escribir una semblanza mínima, pero estremecida, que tituló simplemente Ignacio Agramonte en la vida privada. No es, claro está, un texto estrictamente encuadrado en el siglo XIX, pero su entonación, su tema mismo, y, de hecho, su proyección de la autora, lo enclavan en esa centuria.
Lo primero que llama la atención es que Castillo no se interesa peculiarmente por la semblanza prototípica del héroe epónimo. Por el contrario, se concentra en aquello de lo que ella misma puede dar fe, por haber participado directamente en el entorno narrado y por su cercanía con los personajes básicos. Se siente uno tentado a pensar que esa concentración en un círculo íntimo, en una vida no heroica del héroe, podría ser una “marca de género”: es la mujer delicada que se mantiene ajena al cuartel, a la carga de caballería, al cañonazo. Nada más alejado de la verdad, y de una autora que, esposa de militar, involucrada ella misma en conspiraciones, detenida, desterrada, ha visto bastante del mundo “masculino”.
La imagen de Ignacio Agramonte en la intimidad viene trazada por alguien bien dotado para la tarea, porque Castillo priorizó en su obra y en su vida las coordenadas éticas y estéticas; así, su intenso sentido liberal —para decirlo con un término de la época—, su interés particular por la psicología —ciencia apenas nacida a fines del siglo XIX—, su aspiración al equilibrio tanto en arte como en moral: todo ello forma un presupuesto muy concordante con la figura de Agramonte, ese de quien Martí sintetizaría el espíritu y la trayectoria diciendo que era un diamante con alma de beso.
Quizás no sea una biografía integral, en un sentido contemporáneo, ni tampoco una interpretación centelleante del héroe, pero es un opúsculo escrito con estremecida concordancia emocional e ideológica, que por momentos alcanza una tangible humanidad. Estas páginas están llenas de múltiples voces cotidianas: amigos, gentes comunes, que evocan no solo a Ignacio Agramonte, sino el tiempo de su hazaña.
Afloran otras voces de estatura histórica, como la de Ramón Roa, ayudante personal del Bayardo, para no hablar de la silueta, necesariamente magnética para la simpatía de Castillo, de la esposa del héroe, Amalia Simoni. Pudiera pensarse, tal vez, que hay exceso de florido sentimiento en la manera de aludir a la pareja si no se supiera que, posiblemente, nunca se podrá alcanzar, completa, la sustancia poética que irradió Agramonte de sí mismo en todas las acciones de su brevísima existencia.
Aurelia Castillo ha sabido captar este sentido de vida inacabada, en el fondo inasible, y trasmitirlo en el modo sereno de su prosa. Desde distintos ángulos aborda la autora a su biografiado y, sin mitificación ni exceso emocional, resalta las cualidades que no surgieron espontáneamente en la manigua, sino que ya estaban en él desde los tiempos en que su figura frecuentaba los salones de la alta sociedad principeña:
Y de que era valiente, ya empezaba a dar muestras desde la guerra. Se recuerda de él un hecho caballeresco: su llamada aparte a un militar español por haber tomado este una silla en que apoyaba un pie cierta señorita que no interesaba especialmente a Agramonte. Era una de las hermanas Quesada, que fueron después cuñadas de Carlos Manuel de Céspedes, y el hecho ocurrió en un salón de baile. El militar, cuya acción impensada acaso, hizo hasta perder el equilibrio a la joven, dio sus excusas, y pudo creerse que aquello no iba a pasar de allí. Pero otro militar que había presenciado, o que supo después, el incidente, tomó la cosa por donde quemaba y dijo a su camarada que todo el cuerpo a que ellos pertenecían —eran ambos de caballería— estaba afrentado, y que era preciso pidiese una satisfacción. Agramonte dijo que ya tenía olvidado el lance, pero que estaba a disposición de su retador. Se concertó el duelo a espadas y ambos contendientes resultaron heridos.3
La autora aspira a lograr un retrato integral, donde también halle sitio la prosoprografía, trazada con la delicadeza de quien desea lograr el escorzo y la línea perfecta unidos a una evocación de la memoria; así, junto a la precisión de la imagen lograda, hay que pensar que se asoma uno al volumen de recuerdos directos de quien conoció, y luego admiró profundamente, al héroe principeño:
Me parece verle. Era alto, delgado, muy pálido, no con palidez enfermiza, sino más bien, así podemos pensarlo ahora, con palidez de fuertes energías reconcentradas; su cabeza era apolínea; sus cabellos castaños, finos y lacios; sus pardos ojos velados como los de Washington; su boca “pequeña y llena” como la que se ve en las representaciones de Marte, y sombreadas apenas por fino bigote; su voz firme.4
Más resaltan, por su importancia, las páginas donde se aborda la imagen del estudiante a través de los fragmentos que aparecen de su tesis para obtener el título de Licenciado en Derecho, en la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana, el 8 de agosto de 1862. Porque a través de esas líneas, se devela la conciencia política del hombre poseedor de una amplia cultura, del hombre al que no le alcanzó el tiempo vital para desplegar todo su talento.
No es casual tampoco que Aurelia Castillo, conocedora del texto íntegro de la tesis, haya escogido para su reseña evocadora del héroe aquellos pasajes en que se manifiesta un pensamiento de profunda eticidad y humanismo en relación con el tratamiento que la sociedad debe dar al delito y el que delinque como se expresa en el pasaje siguiente:
Arrancad la máscara al hombre vil ante la justicia y ante la sociedad; mas no le desgarréis los vestidos para mostrarle a todos en su espantosa desnudez, no le arañéis las carnes ni mordáis en ellas para poner de manifiesto las putrefactas entrañas. Si es moda de la época, tened la independencia y la sensatez de no adoptar esa moda, poco misericordiosa respecto a los delincuentes, inicua para con sus familias, temeraria con relación al pueblo.5
Hay, asimismo, inteligencia suma en Aurelia Castillo al seleccionar ella otro momento de la tesis, en el que se evidencia el pensamiento del Bayardo en relación con los jóvenes, pasaje que mucho recuerda las ideas que el Padre Félix Varela escribiera, en torno a la impiedad, en sus Cartas a Elpidio:
—¡Oh adolescentes cubanos, que en tan peligroso centro de vida comenzáis la vuestra, en los momentos históricos precisamente en que la patria os necesita más austeros, la virilidad no consiste, como en vuestros pocos años pensáis, en hacer todo lo que otro hombre haga; la verdadera entereza estriba en no avergonzarse de ser virtuosos y morigerados. No os dejéis corromper por el ejemplo.6
La simpatía de la escritora hacia Ignacio Agramonte se basa, en el fondo, en la perfecta concordancia de su héroe, y la estética romántica que a ella la caracteriza. Lejos de detenerse en aspectos complejos de su biografiado, prefiere lo irradiante y definido, la contraposición entre el bien y el mal. Se proyecta aquí no solamente el peso que en ella conserva la poética del romanticismo —que habría de perdurar en Cuba hasta bien entrado el siglo XX—, sino también esa fuerte atracción que en ella ejerce lo moral. Lejos de ella, también, la evaluación social del conflicto en el cual interviene, protagónicamente, Agramonte: sólo concentra su atención —y en esto nuevamente está llevada por una visión romántica (sobre todo franco-romántica) de la escritura— en la espiritualidad del héroe individual, y, todo lo más, en la expresión de sus propios sentimientos como escritora y como patricia.
Lejos de ella la consideración de la sensorialidad, del lenguaje como materia proveniente de los sentidos y dirigida a impresionar los sentidos: su entusiasmo creador, su emoción indudable, se amedulan en una sola función: la comunicación de juicios de moral y de estética. Esto le envejece el estilo, de acuerdo; pero esto, al mismo tiempo, la confirma como una sensibilidad y un intelecto de su época y para sus contemporáneos, sentimiento e inteligencia que se organizan, como supo identificar Casal en su día, alrededor de valores estrictos.
Como era de esperarse, del amor de Agramonte a Amalia Simoni da cuenta Aurelia Castillo, y toda su manera personal de concebir la escritura se proyecta al recoger, con tono evocador de las sagas épicas que el romanticismo rescatara, la siguiente anécdota de campamento, transmitida oralmente —conformadora, con tanta fuerza como las cartas a Amalia, archivables y verídicas— del rostro de Agramonte en el imaginario colectivo:
Estando en un campamento vinieron a decirle que una joven recién llegada de Puerto Príncipe, deseaba hablar con él. Era una de aquellas mujeres heroicas que se vieron, por centenas quizás, en las guerras de Cuba, ángeles desarmados en medio de la pelea, que se deslizaban como podían, burlando la vigilancia española para llevar auxilios, medicinas, noticias a los idolatrados insurrectos. La joven era bonita y, después de haber entregado al Mayor lo que de auxilios portaba, díjole que llevaba otra comisión que le habían confiado, para honor de ella, las señoras camagüeyanas: la de darle un abrazo. Ignacio mantuvo caído los brazos y, rojo el semblante, se dejó abrazar; pero él ¡no la abrazó!7
Aurelia Castillo escribió su opúsculo sobre el héroe desde una actitud humana y romántica esencial, pero, desde luego, también épica. Cumplió así el mandato que le escribiera en una carta a Julián del Casal y donde definió lúcidamente la esencia del poeta al decir:
El poeta no puede ser estatua. Es un ser eminentemente eléctrico. Su mirada debe abarcarlo todo. Fíjese investigadora y meditabunda en las ruinas de lo que fue, fulgurante y atrevida en el torbellino de lo que es, beatífica y confiada en los esplendores que solo ella es dada a contemplar de lo que está por venir.8
Aurelia Castillo escribió, pues, sobre Agramonte a la manera que, en su día, ella le pidiera a Julián del Casal: eléctrica, penetrante, confiada y promisoria. Y, asimismo, están en estas páginas toda su reciedumbre —incluso, por momentos quizás, rigidez— moral, todo ese sentido de estatua y de heroína que Casal, a su vez, descubría en la amiga cercana.
Biografía de Gertrudis Gómez de Avellaneda

Ocupó Gertrudis Gómez de Avellaneda un lugar destacado en la admiración de Aurelia Castillo. Esa es la razón por la que le dedicó una biografía y un juicio crítico a su obra, con lo que ganó los Juegos Florales de 1886 en Puerto Príncipe. Analizada desde nuestra contemporaneidad, esta biografía es una de las más fuertes defensas que tuviera la Avellaneda en aquella época. La Castillo se encargó, a través de las páginas de este trabajo, de resaltar diversas facetas de su coterránea. Así, la pasión por la historia, los valores de sus piezas teatrales, la poesía, la traducción, así como, la posición de la Avellaneda respecto a Cuba, son algunos de los ángulos que la escritora principeña destaca de Gertrudis Gómez de Avellaneda.
En un aspecto es necesario destacar la percepción especial de Aurelia sobre La Peregrina. Pocas veces se ha hablado de Gertrudis Gómez de Avellaneda como traductora de grandes escritores. La traducción literaria, oficio indiscutiblemente difícil, requiere de una cultura y un sólido conocimiento de la obra del autor a quien se aspira a traducir. Importantes poetisas cubanas como Nieves Xenes o Mercedes Matamoros también se distinguieron por este trabajo; también lo hace una figura mucho menos conocida, Emilia Peyrellade, especializada en traducir textos de literatura francesa para los lectores (y, sobre todo, las lectoras) principeños.
Cabe mencionar aquí que Mercedes Matamoros realizó traducciones de la obra de Walt Whitman, como Aurelia Castillo ha corroborado en los artículos que le dedicó a esta otra escritora. La escritora camagüeyana, quien tradujo a Víctor Hugo y a otros poetas y dramaturgos de la época, puede juzgar, con conocimiento de causa, igual labor ejercida por la Avellaneda:
Las imitaciones de obras extranjeras y las traducciones que hizo la Avellaneda entonces y después, admiran acaso más que sus producciones originales; no porque cedan éstas en alteza de pensamientos a las vertidas de otros poetas, sino porque demuestran el don rarísimo de conservar todo el calor de la vida a ideas nacidas y desarrolladas en muy distintos medios.9
Aurelia Castillo también realiza, con penetrante agudeza, una valoración de la novelística de la Avellaneda. Textos como Sab y Dos mujeres son mencionados a partir de otros juicios que no pertenecen a la escritora principeña. La razón está en que Aurelia Castillo no pudo leerse esas dos novelas, al ser excluidas por la autora de sus obras completas. ¿Qué razones tuvo la Avellaneda para llevar a cabo esa exclusión? La propia Aurelia Castillo confiesa no saberlo. Lo interesante está en los juicios que sobre esas novelas escogió esta para no excluirlos de su propia valoración acerca de la obra de su coterránea. Al referirse a una novela como Sab, escoge aquellos criterios que la valoran como un texto de hondo sentido humanista y de ideas liberales. De tal suerte, la propia Aurelia Castillo llega a expresar, refiriéndose a uno de esos juicios:
Las palabras del último me hacen comprender que Sab fue el precursor de esa serie de personajes típicos, creados por Tula, que llegan en sus pasiones a los últimos extremos, alzándose, cuando la caída mortal parece inevitable, o después de caídos, a tan prodigiosa altura, que apenas puede levantarse el pensamiento, embargado por la admiración, a contemplarles en toda su grandeza.10
Mientras que de Dos mujeres, Aurelia Castillo no puede ocultar su propio entusiasmo por la reivindicación de la mujer, y permiten advertir que para Aurelia Castillo el problema de la mujer tiene aristas complejas y diversas, que van más allá de la simple relación mujer-casa-familia.
El resto de las novelas sí leídas y posteriormente comentadas por Aurelia Castillo fueron Espatolino y La Baronesa de Joux. Cada una de estas obras recibe un comentario, que, en realidad, revela a Aurelia Castillo como una persona con pocas armas críticas. En cada caso, se detiene más bien a formular una especie de sinopsis argumental, y a consignar la presencia de elementos que, como se sabe, eran ingredientes comunes de la literatura romántica: valor, pasión, sentido del deber y de la amistad, fuerza del amor, son los aspectos que más le llaman la atención de los personajes y los temas escogidos por la Avellaneda.
Se trata, simplemente, de una proyección de sus propias concepciones, tanto de estética como de ética, en cuanto a valores principales que deben regir la vida humana y, también, la vida del arte. La profunda renovación del modernismo no la ha alcanzado, al menos no en lo que a principios estilísticos de la literatura se refiere. Las letras femeninas en Cuba, por tanto, se abren y se cierran con dos voces enraizadas voluntariamente en el romanticismo: la Avellaneda y Aurelia Castillo.
También porque es un aspecto de interés central para la poética romántica, el tiempo histórico en que se mueven estos argumentos avellanedinos. Prácticamente todas estas novelas hablan de un tiempo ya ido y situado en un pasado que propició el surgir de todos estos valores. Esto, por las mismas razones antedichas, atrae la voz crítica, que escribe:
La Baronesa de Joux es un pavoroso cuadro del feudalismo en toda su barbarie; durante el siglo XII. Una de las cualidades que en más alto grado poesía la ilustre escritora, era la de trasladarse a épocas y países los más lejanos, moviéndose en ellos tan a sus anchas, como si su medio natural estuviese en todas partes.11
Enfrentada al texto de esta narración, Aurelia Castillo se percata de que, en realidad, hay poca sustancia temática dentro de él: “Aquí no hay tesis defendida”.12 Señalado esto, y dado que su postura crítica es ensalzadora, consigna que la descripción, que es lo dominante (¡en un relato como La Baronesa de Joux!), está muy bien lograda.
Aurelia Castillo y la poesía de Julián del Casal

Esta actitud, que pudiera, en principio parecer debida a una incapacidad crítica, resulta tanto más significativa cuanto, en su conocida carta a Julián del Casal, del 3 de mayo de 1892, libre de la presión de una escritura para receptores innominados, libre del compromiso de criticar una obra cuyo prestigio, por el contrario, se quiere resaltar, impulsada, en fin, por el interés específico de hacer notar a Casal sus propios criterios, Aurelia Castillo se muestra como una persona capaz de una crítica muy aguzada, a pesar de que la carta comienza diciendo “Deploro en este instante mi carencia absoluta de aptitudes para la crítica literaria”.13
Incluso, esta mujer de fina sensibilidad y, sobre todo, de personalidad con fuerte componente racional e intelectivo, consciente de que la poesía —intensamente modernista— de Casal constituye una agresión implícita a su propia idea sobre el verso, confiesa: “El libro entero ha obtenido una muy cumplida victoria sobre mi espíritu”.14 ¡Qué arranque de sinceridad, en la confesión personal al poeta!
En efecto, se siente vencida en su noción de la poesía, noción encuadrada tenazmente en los parámetros estéticos del romanticismo. Es por concordancia en la concepción poética, que pasa por alto todos los ripios retóricos de la Avellaneda; es por intensa admiración artística, que confiesa que la poesía casaliana la ha vencido, pero sin convencerla. Por esa intensa concentración en la poética, en la concepción teórica del deber ser de la poesía, su primera objeción a la poesía modernista de Casal... es Joris K. Huysmans, es decir, lo objeta por el plano de los ideologemas, no por el de la conformación orgánica de la poesía; lo rechaza, pero por el nimbo cultural diverso, novedoso, y, también, decadentista, que percibe en su poesía.
Su reacción es confesada con una deliciosa franqueza de amiga y de ser humano esencial y verdadero: “Le juro a usted que haría con su biblioteca lo que hizo con la de Don Quijote el discreto Cura, y dudo mucho que de la quema escapase algún volumen”.15 La crítica literaria cede el paso a la censora moral. Ella se da cuenta de la incongruencia, y pone en boca de Casal el cuestionamiento que, obviamente, se hace ella a sí misma:
Usted se reirá de esto (si no es que se enfada) y me dirá: “Pues si tanto le gustan mis versos, ¿cómo condena mis procedimientos? Buenas serán las aguas con que riego mi cerebro cuando produce esas flores con que triunfo en toda la línea.” Niego, niego en absoluto, y le contestaría a usted como Voltaire a los que le argüían en pro de la religión católica con los progresos realizados desde Cristo a nuestros días. Esas bellezas poéticas no las produce usted por las influencias que recibe de cierta literatura francesa, sino a pesar de ellas; porque la naturaleza le ha dotado a usted abundosamente para producirlas. Todo lo hermoso que hay en sus obras procede de usted; algún verso, alguna frase, algún período que yo tacharía con lápiz rojo, eso no es de usted; eso es el contagio, eso es lo enfermizo, eso es el extravío, el tributo a la moda, que pasará. Lo permanente, que le consagra a usted poeta y le señala lugar de etapa en nuestro parnaso, es exclusivamente suyo.16
Ahora bien, ¿cuáles son los dones poéticos fundamentales de Casal? Poco antes lo ha dicho la autora, y esta observación la revela, en el fondo, como una persona capaz de admirar poesía, pero sólo desde el marco estrecho de un canon: ella considera que lo grande en Casal es la imaginación artística y el maravilloso manejo de la rima.17 Sin ánimo de minimizar su perspectiva lírica, lo cierto es que una persona cuyo canon esencial esté dominado por esas dos características, no puede escapar de la perspectiva romántica. En otro momento de su carta a Casal, esto se confirma, pues, elogiando un pasaje de un poema casaliano, la autora se deja llevar por el entusiasmo y dice:
Así, amigo mío, así habla un poeta. ¡La frente alta, el cuerpo erguido, el ánimo pronto a la lucha! [...] El poeta no puede ser estatua. Es un ser eminentemente eléctrico. Su mirada debe abarcarlo todo. Fíjese investigadora y meditabunda en las ruinas de lo que fue, fulgurante y atrevida en el torbellino de lo que es, beatífica y confiada en los esplendores que sólo a ella es dado contemplar de lo que está por venir.18
La crítica literaria de Aurelia Castillo

Así pues, Aurelia Castillo aborda la crítica, sea sobre la Avellaneda, sea sobre Casal, desde patrones nítidamente románticos, tanto más estables, cuando más asentados ya por el paso del tiempo. Como ya se ha dicho, la poética del romanticismo tuvo una larguísima duración en Cuba, donde, por lo demás, estuvo asociada hondamente con los ideales independentistas. Por ello, Aurelia Castillo se identifica con los escenarios históricos trabajados por la Avellaneda, en los cuales la lucha por la libertad y la justicia son los ejes esenciales. Y es que le aflora, inevitablemente, una de sus propias pasiones, realizada en su vida política y no meramente en la literatura: la lucha libertaria.
Por eso, su biografía sobre la Avellaneda, se convierte en una defensa de determinados valores que Aurelia Castillo considera representados por esta mujer. La autora, por lo demás, sortea los detalles de la vida personal de la Avellaneda (en estrategia justamente contraria a la utilizada con Agramonte).
No fue la actitud de Aurelia Castillo una exaltación ciega de su coterránea; en general, acostumbraba ella a no dejarse llevar por la pasión de una amistad, ni siquiera con Julián del Casal, por mucho que lo admirase.
Por eso, cuando se refiere a los cuatro artículos que la Tula dedicó a la mujer, dice no estar de acuerdo con ellos por razones que expone de una forma meridiana. Porque para Aurelia Castillo no era atinado defender el carácter religioso y sensible de la mujer, ni tampoco consideraba que había que ver en ella un ser eminentemente apasionado; por otra parte, estimaba innecesario hablar de una superioridad de la mujer sobre el hombre como medio o mecanismo de defensa: todos sus argumentos, por su serenidad de juicio y su exigencia de una igualdad total en las esencias, presenta a Aurelia Castillo como mucho más reflexiva y atinada que su coterránea.
Por último, cuando la Avellaneda se refiere a la capacidad científica y artística de la mujer, Aurelia Castillo advierte el tono de resentimiento que destilan estas palabras y expone:
La Avellaneda estaba profundamente herida cuando escribió esos artículos, y al hacerlo olvidó que sus grandes servicios a la causa de la mujer los prestaba escribiendo el Baltasar, el Munio Alfonso, Dolores y Espatolino, porque son esas obras concluyentes pruebas contra el poco equitativo espíritu de la Real Academia de la Lengua y de la sociedad en general.19
En suma, sin hacerlo explícito, subyace en esta biografía una especie de concordancia de estilo, un afán de permanencia, tanto para la escritora y coterránea tan admirada, como para un estilo literario que Aurela Castillo sabía en fondo era el suyo propio.
Recordar a Aurelia Castillo en enero debería ser tarea imprescindible de la cultura cubana. Pero no es posible esperar nada de las instituciones actuales salvo consignas y falso patriotismo.
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1 Ana María Arisso: Aurelia Castilllo en el Centenario de su nacimiento. Instituto de Sagua la Grande, Curso 1941-1942, p. 8.
2 Discurso pronunciado por el sr. D. Ignacio Agramonte Loynaz, em el acto de recibir la investidura del grado de Licenciado en Derecho Civil y Canónico, en el claustro de la Universidad de La Habana. Copiado por Aurelia Castillo del Fondo del coronel Francisco Arredondo y Miranda. Fondo Aurelia Castillo de González. Museo de Camagüey.
3 Aurelia Castillo: “Ignacio Agramonte en la vida privada”, en Escritos. Tomo II, Imprenta del Siglo XX, 1913, p. 108-109.
4 Ibidem., p. 108.
5 Ibid., p. 104.
6 Ibid., p. 105.
7 Ibid., p. 124.
8 Aurelia Castillo: “Carta a Casal”, en: Julián del Casal: Prosas. Tomo II. Selección y prólogo de Emilio de Armas. La Habana. Editorial Letras Cubanas, 1979, p. 402.
9 Aurelia Castillo: Escritos de Aurelia Castillo de González ,vol. II, p. 15.
10 Ibid., vol. I, p. 20.
11 Ibid., vol. II, p. 23.
12 Ibid.
13 Aurelia Castillo: “Carta a Casal”, en: Julián del Casal: Prosa, ed. cit., vol. II, p. 397.
14 Ibid., vol. II, p. 399.
15 Ibid.
16 Ibid., vol. II, p. 399-400.
17 Ibid., vol. II, p. 398.
18 Ibid., vol. II, p. 72.
19 Ídem.
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