Reseña | Mireya Goñi en “De orillas, robles y madreselvas”: escribir desde la pérdida
Publicado por Betania en 2025, el nuevo poemario de Mireya Goñi explora la pérdida y el exilio desde una voz que busca ampliar su respiración.
I. La otra orilla: leer desde la intemperie
Antes de exiliarme en Madrid, hubo un tiempo en que yo vivía en Ciego de Ávila. No fue breve el tiempo. Aislada doblemente: por el totalitarismo y por la provincia. No solo se trataba del encierro político, de la asfixia de una vida vigilada, del horizonte estrecho que imponía la isla bajo el control del poder. Se trataba también de un aislamiento literario, reforzado por el hecho de habitar, más que una ciudad, un pueblo sin mucha historia, entre Camagüey y Sancti Spíritus, apretado por tradiciones más férreas, más consolidadas, o así me parecía entonces. Con la conciencia de que incluso dentro de Cuba había geografías culturales más densas, más asentadas.
De aquella experiencia me quedó, entre otras cosas, una imagen de la provincia como intemperie y carencia, como “hambre y desnudez”, con “sus trenes amargos, siempre a destiempo”, como digo en uno de mis poemas de Escribir la noche y otros abismos.
Fue gracias a Felipe Lázaro, poeta y director de la Editorial Betania, que comenzaron a llegar a mis manos algunas señales de la poesía que se escribía en el exilio. Muchos de aquellos libros llevaban el sello de Betania y, en no pocos casos, se trataba de poesía escrita por mujeres. Por esa vía fui conociendo voces que ampliaban el mapa de la nación más allá de sus fronteras geográficas: Magali Alabau, María Elena Blanco, Maya Islas, Ana Rosa Núñez, Amelia del Castillo, Carlota Caulfield, Juana Rosa Pita.
Recuerdo la contentura al llegarme, de mano amiga, de la otra orilla, la antología Indómitas al sol. Cinco poetas cubanas de Nueva York —que reúne poemas de Magali Alabau, Alina Galliano, Lourdes Gil, Maya Islas e Iraida Iturralde—. Me devolvió la conciencia de hasta qué punto la poesía escrita por mujeres en el exilio no ocupa un margen, sino una zona viva de la literatura cubana contemporánea.

Ese horizonte acompaña mi lectura de De orillas, robles y madreselvas (Betania, 2025), de Mireya Goñi: un libro que se inscribe en esa misma constelación de pérdida, desarraigo y memoria, aunque lo haga desde una voz más apegada por momentos a la herencia literaria y desde una sensibilidad que tantea otras formas de decir.
El libro, acompañado por sugerentes fotografías en blanco y negro de Sandra Rossi Brito, está organizado en cuatro partes: “Poética armónica”, “Poética del destierro”, “Poética de la angustia” y “Poética familiar”. Pero más que seguir esa arquitectura al pie de la letra, me interesa leerlo en un desplazamiento. En sus primeras páginas domina una escritura que busca amparo en la cadencia, en el ritmo, en una envoltura verbal donde todavía es posible ordenar la emoción. Después, a medida que entran el destierro, la pérdida y la realidad cubana, esa envoltura empieza a aflojarse. No se rompe, pero cambia de respiración.
“Nostalgia”, uno de los poemas iniciales, deja ver bien ese primer momento. “Y es que hoy necesito escribir un poema”, dice el arranque; más adelante aparece una expresión que podría servir de clave para buena parte del libro: “pedazos de historia, pedazos de viento”; y al final llega ese remate directo: “para que mi alma no muera de pena”. No hay aquí voluntad de deslumbramiento, sino una necesidad de sostén. El poema comparece como un modo de resistir el peso de lo vivido. También se percibe una confianza en la música, en un cauce todavía regulado, en la idea de que la armonía puede, si no contener del todo la herida, al menos darle forma.
En esa zona inicial pesa, además, la conversación con una tradición visible. No es casual la presencia de Rubén Darío, ni el gusto por un ritmo, una musicalidad que todavía se deja llevar por cierta compostura. En la entrevista que Nitsy Grau le hizo a Mireya Goñi para Alas Tensas, la autora habla de Darío como un “respiro de refinamiento, de cultura, de belleza”. La observación ilumina bastante bien el tono de esta parte del libro: la tradición funciona como resguardo, como una casa verbal a la que se vuelve cuando lo demás vacila.
II. Del resguardo al despojo

Pero el interés del poemario no se agota ahí. Ya en esos textos más sujetos a la armonía se percibe un desajuste, una presión interior que la envoltura no termina de recoger del todo. Y ese desajuste se vuelve más visible cuando el libro entra en “Poética del destierro” y “Poética de la angustia”. Ahí el verso se afloja, la respiración cambia, el tono gana aspereza. Como si ciertos asuntos —el exilio, la ruina del país, la experiencia del agravio— exigieran una forma menos ceñida.
“Patria” muestra con claridad ese movimiento. El país ya no aparece como un lugar evocado desde la nostalgia, sino como una materia dañada. “La vida no es vida”, leemos, y poco después: “Reducto de dogmas sin luz ni concierto”. El poema habla desde el desgaste, desde la decepción, desde la fatiga de una historia que ha vaciado palabras y promesas. Lo que aparece ahí no es una Cuba idealizada desde la distancia, sino una percepción amarga de su deterioro.
Algo semejante ocurre en “Lajas rotas”, dedicado “Por Luis Manuel y por los otros, / por los nuevos mártires, por todos”. El poema abre con una escena de devastación: “Las tumbas lloran. / Las flores se secaron. / El suelo se agrietó”. Más adelante dice: “Las voces están lejos” y luego: “Adentro callan, también mienten”. Aquí el libro entra de lleno en un presente cubano marcado por la fractura, la represión y la falsificación del discurso público. No hace falta forzar la lectura política: está en el propio tejido del poema, en su dedicatoria, en sus imágenes, en esa oposición entre un adentro que calla y un afuera que nombra.
La entrevista de Nitsy Grau ayuda a situar ese giro sin sobredimensionarlo. Allí Goñi dice que en este libro toman fuerza “la inquietud política y la necesidad de denunciar la crisis absoluta y la falta de libertad en Cuba”, y habla también del surgimiento de “nuevos héroes, de nuevos mártires, de nuevas narrativas”. Esa clave de lectura permite entender por qué figuras como Luis Manuel Otero Alcántara no entran aquí como mención lateral, sino como parte de una sensibilidad que ya no separa del todo lo íntimo de lo histórico.
Sin embargo, lo político no cancela la materia más personal del volumen; la atraviesa. Uno de los poemas más logrados en ese punto me parece “Biografía”. La poeta no dramatiza ni explica demasiado. Va dejando escenas que no es difícil imaginar, y que fluyen casi cinematográficamente: “Yo andaba en bicicleta / por La Habana”; “Mamá y papá vivían, / abuela cocinaba”; “Luego se murió el perro / y mi hermana más joven, / a otro mundo emigró”; “no había arroz del bueno, / las décimas callaron”. El poema trabaja con una economía que le conviene. La historia entra por la vida diaria, por la escasez, por la emigración de los cercanos, por el desgaste de una continuidad doméstica. Y en ese gesto alcanza una de las zonas más tangibles del libro.
También ahí se ve algo que atraviesa De orillas, robles y madreselvas de inicio a fin: la pérdida nunca comparece sola. Viene acompañada de la familia, de los amigos, de la patria, de la lengua, de aquello que dejamos detrás y de aquello que sigue pesando como una piedra de Sísifo después de la partida. Por eso el poemario resulta más convincente cuando deja hablar esa trama sin cargarla demasiado de solemnidad. No cuando busca afirmar una gran declaración, sino cuando se concentra en una imagen, en un instante, en un verso que deja ver la erosión de una vida y, al mismo tiempo, la de un país.
De orillas, robles y madreselvas no es un libro cerrado. Más bien, deja ver una búsqueda abierta: no solo por las resonancias que despliega en torno a la pérdida, el exilio, la memoria familiar y la herida cubana, sino también por la manera en que su decir se va moviendo. Lo que al comienzo confía más en cierta armonía, en un cauce todavía sostenido por la tradición, empieza luego a buscar otra respiración. Y qué más se puede hacer para narrar los despojos sino despojarse.
No diría que ahí ocurre una ruptura, sino un pasaje. Hay temas cuyas connotaciones, por universales y dolorosas, ya no caben del todo en una forma demasiado ceñida. Entonces el poema necesita abrirse un poco, dejar entrar otros territorios, otras inflexiones. Y es en ese movimiento donde el libro encuentra su mejor tensión: entre el resguardo y la exposición, entre la memoria íntima y la presión de la historia, entre el canto y aquello que ya no puede decirse del mismo modo. Más que una llegada, De orillas, robles y madreselvas propone un trayecto. Más que fijar una voz, busca expandir su respiración.
El libro De orillas, robles y madreselvas (Editorial Betaña, 2025), de Mireya Goñi Camejo, puede adquirirse siguiendo este enlace de Amazon.

▶ Vuela con nosotras
Nuestro proyecto, incluyendo el Observatorio de Género de Alas Tensas (OGAT), y contenidos como este, son el resultado del esfuerzo de muchas personas. Trabajamos de manera independiente en la búsqueda de la verdad, por la igualdad y la justicia social, por la denuncia y la prevención contra toda forma de violencia de género y otras opresiones. Todos nuestros contenidos son de acceso libre y gratuito en Internet. Necesitamos apoyo para poder continuar. Ayúdanos a mantener el vuelo, colabora con una pequeña donación haciendo clic aquí.
(Para cualquier propuesta, sugerencia u otro tipo de colaboración, escríbenos a: contacto@alastensas.com)




















Responder