Cuba agoniza entre la crisis económica y la ruina de su sistema de salud
La crisis cubana no es un hecho repentino, sino el resultado de un lento y continuo deterioro de la economía, el medio ambiente y el sistema de salud.
En Cuba, la precariedad ya no es una condición excepcional, sino una estructura cotidiana de la vida urbana. En muchas ciudades, especialmente en los barrios populares de La Habana y Matanzas, la fragilidad de las viviendas se percibe desde el amanecer: las paredes marcadas por la humedad suelen cubrirse con materiales improvisados, plásticos o cartones que, lejos de solucionar el problema, agravan los problemas respiratorios de quienes viven allí. El aire interior permanece pesado, saturado de moho y humedad, mientras la lluvia se filtra a través de techos deteriorados y reparaciones improvisadas incapaces de ofrecer una protección real.
En el exterior, el panorama urbano es igualmente crítico. Las aceras están marcadas por grietas y acumulaciones de suciedad. Los residuos se amontonan en las calles y entre las viviendas, muchas veces sin ser recogidos durante días o semanas debido a la falta de combustible, vehículos y personal. En numerosas zonas, la gestión de la basura se ha vuelto intermitente, y la presencia constante de desechos ha convertido el espacio público en un entorno propicio para la proliferación de insectos y roedores.
A esto se suman comportamientos arraigados en un contexto de fuerte deterioro ambiental: en algunas áreas es habitual ver personas escupiendo en el suelo, mientras el polvo levantado por el paso de los peatones se mezcla con los olores persistentes de residuos orgánicos en descomposición. En este ambiente, los niños continúan jugando cerca de montones de basura, expuestos a un riesgo sanitario constante que ya forma parte de la normalidad.
La relación entre residuos y salud pública es directa y ha sido documentada por las autoridades sanitarias. En varias provincias se han registrado alertas epidemiológicas relacionadas con enfermedades transmitidas por agua contaminada y por condiciones higiénicas precarias. Entre ellas, el dengue representa una de las principales preocupaciones, junto con otras infecciones virales y bacterianas que encuentran un terreno favorable en la combinación de calor, humedad y acumulación de basura.
Las autoridades también han informado sobre brotes de hepatitis en algunas zonas, especialmente en la provincia de Matanzas, donde el sistema de abastecimiento de agua y la recolección de residuos se encuentran gravemente deteriorados.
El panorama epidemiológico descrito por las autoridades provinciales es “complejo”, con focos activos vinculados directamente a la crisis del agua potable y la irregularidad en la gestión de residuos sólidos. En algunas zonas, cientos de miles de personas viven con un suministro de agua inestable, lo que incrementa el riesgo de infecciones gastrointestinales y enfermedades infecciosas.
Efectos de la crisis en la salud pública

Paralelamente a la crisis ambiental y sanitaria, se agrava también la crisis de los servicios esenciales. Según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas, más del 90% de los productos sanitarios incluidos en los controles económicos no están disponibles en los puntos de venta monitoreados. En la práctica, medicamentos de uso común, y aquellos destinados a enfermedades crónicas como diabetes e hipertensión, suelen ser imposibles de conseguir. Cuando aparecen, se adquieren a través de canales informales o del mercado negro, a precios inaccesibles para gran parte de la población.
Esta escasez estructural tiene consecuencias directas sobre la salud. Muchos pacientes con enfermedades crónicas no logran mantener tratamientos continuos, mientras los hospitales funcionan con recursos limitados y una disponibilidad reducida de materiales básicos. El personal sanitario trabaja bajo una fuerte presión, denunciando frecuentemente las dificultades para garantizar una atención adecuada en un sistema donde faltan instrumentos esenciales.
En algunas áreas urbanas, las consecuencias de la crisis son visibles diariamente: personas que esperan durante horas frente a las farmacias con la esperanza de encontrar medicamentos, familias que dependen de ayudas informales o religiosas para sobrevivir, y una creciente inseguridad vinculada a la escasez de recursos. Las tensiones sociales aumentan al mismo ritmo que los tiempos de espera para cualquier servicio sanitario o administrativo, muchas veces sin garantía de respuesta.
El personal médico describe un escenario epidemiológico en deterioro constante, en el que la combinación de infraestructuras deficientes, crisis hídrica y acumulación de residuos crea condiciones favorables para la propagación de enfermedades. Las infecciones gastrointestinales, las enfermedades transmitidas por vectores y las patologías relacionadas con la contaminación del agua representan un riesgo permanente, especialmente durante los meses más cálidos.
En este contexto, la salud pública aparece como un sistema sometido a una presión continua, donde la prevención se ve limitada por la escasez de recursos y la respuesta sanitaria es reactiva e insuficiente. La fragilidad de las infraestructuras urbanas, la inseguridad alimentaria y la falta de medicamentos convergen así en una condición de vulnerabilidad generalizada que atraviesa a toda la población.
En Cuba, por tanto, la crisis no se manifiesta como un acontecimiento repentino, sino como un proceso lento y continuo de deterioro, en el que medio ambiente, sanidad y economía terminan entrelazándose hasta convertir la vida cotidiana en un ejercicio constante de adaptación.
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