Niveles extremos de ansiedad, estrés y depresión en Cuba debido a los apagones

Un estudio revela que más de la mitad de los cubanos sufre graves afectaciones de su salud mental por los apagones, con altos índices de irritabilidad y desesperanza.

| Observatorio | 02/07/2026
Apagón en La Habana. Foto: Ernesto Mastrascusa / EFE
Apagón en La Habana. Foto: Ernesto Mastrascusa / EFE

La crisis energética cubana no solo se mide en horas sin electricidad, también provoca afectaciones demostrables a la salud mental de las personas: insomnio, irritabilidad, angustia y desesperanza. Así lo confirma un estudio realizado por los psicólogos Yunier Broche-Pérez, del Prisma Behavioral Center (Florida), y Zoylen Fernández-Fleites, de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas (UCLV), que analiza por primera vez con datos estadísticos la relación entre los prolongados cortes eléctricos y el daño psicológico a la población cubana.

La investigación, realizada mediante una encuesta anónima a 415 adultos residentes en Cuba, utilizó la Escala de Depresión, Ansiedad y Estrés (DASS-21), un instrumento validado internacionalmente. El resultado es inequívoco: ni un solo participante se ubicó dentro del rango “normal” en ninguna de las tres dimensiones evaluadas. En cambio, predominaron los niveles “extremadamente severos”: 55.4% en depresión, 66% en ansiedad y 65.8% en estrés.

Vivir a oscuras, vivir en alerta

Los datos del estudio muestran la magnitud del problema. El 44.3% de los encuestados dijo sufrir apagones “casi todos los días” y otro 20.2% los padece “todos los días”. Para el 42.9% de las personas, el corte más largo del último mes duró entre 12 y 24 horas; para un 17.1% se extendió entre 24 y 36 horas, y un 14.2% reportó apagones de más de 36 horas seguidas. Tres de cada cuatro personas (74%) no cuentan con fuentes alternativas de electricidad, como generadores, paneles solares o baterías. Y el 75.7% percibe que su acceso a la corriente ha empeorado respecto a meses anteriores.

Las consecuencias emocionales inmediatas también son evidentes: el 78.6% dijo sentirse irritable o con cambios de humor “casi siempre” o “siempre” durante los apagones; el 76.4% reportó dificultades para dormir con esa misma frecuencia, y el 83% afirmó sentirse desesperanzado o sin motivación. Además, el 93.3% considera que los cortes eléctricos afectan su salud mental, y el 90.1%, su salud física.

Uno de los hallazgos más reveladores del estudio tiene que ver con la causa profunda del malestar. Los investigadores construyeron dos indicadores: uno mide la severidad objetiva de los apagones (su frecuencia, su duración y el acceso a alternativas), y otro mide el impacto funcional de los cortes eléctricos, es decir, cuánto interfieren en actividades de la vida cotidiana: preparar y conservar alimentos, trabajar o estudiar, mantener el contacto social.

Los análisis estadísticos muestran que este segundo factor es el que más pesa sobre la salud mental, incluso por encima de la duración de los cortes eléctricos. El impacto funcional de los apagones explica por sí solo una porción sustancial de la varianza en estrés, ansiedad y depresión: no es solo estar sin luz lo que enferma; es sobre todo el hecho de no poder cocinar, ni dormir, ni trabajar, ni comunicarse con otras personas a causa de los apagones.

Esto coincide con la experiencia reportada por los participantes: el 77.1% tuvo dificultades para preparar o conservar alimentos, el 82.2% vio afectado su desempeño laboral o académico, y el 69.2% redujo su interacción social por los cortes eléctricos.

Los más jóvenes, los más golpeados

Cubanos en la calle con sus hijos en medio del apagón.
Cubanos en la calle con sus hijos en medio del apagón. Foto: AFP

El estudio también identificó un patrón por edades: a menor edad, mayores niveles de estrés y depresión. Los autores sugieren que las personas mayores podrían tener más experiencia y recursos para afrontar la adversidad; mientras que los adultos jóvenes, que cargan con responsabilidades económicas, laborales y educativas, muestran mayor vulnerabilidad emocional ante la afectación de su rutina diaria.

En cambio, el género y el nivel de ingresos no mostraron una asociación estadísticamente significativa, lo que indica que el sufrimiento psicológico por los apagones atraviesa de forma amplia a todos los estratos de la población, más allá de un grupo específico.

Una crisis energética y de salud pública

Los autores enmarcan sus hallazgos dentro de un cuerpo creciente de investigaciones internacionales que vinculan la llamada “inseguridad energética” con la salud mental, con antecedentes documentados en Ghana, Gaza, Líbano y Estados Unidos. Pero advierten que el caso cubano tiene características propias: desde inicios de 2024, el colapso de las termoeléctricas, el déficit de combustible y el deterioro de la red nacional han generado apagones diarios que llegan a superar las 20 horas, con zonas que reportan hasta 36 horas continuas sin servicio.

El estudio advierte que el estrés crónico sostenido se asocia en la literatura científica con mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, trastornos del sueño y deterioro cognitivo. Por ello, los investigadores plantean que la estabilidad eléctrica debe verse no solo como un problema técnico o económico, sino como un asunto de salud pública que requiere respuesta.

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