“Cara de sirvienta”, un relato de la senegalesa Fatou Diome: divertido, antirracista y aleccionador

La escritora senegalesa Fatou Diome

Con el corazón en la mano, ¿qué tanto sabemos, cuánto hemos leído de literatura africana? Desde luego parece lógico que nos hayamos asomado a esa literatura a través de los nombres del nigeriano Wole Soyinka (Premio Nobel 1986), del egipcio Naguib Mahfouz (1989) y de los sudafricanos Nadine Gordimer (1991) y John M. Coetzee (2003): un negro, un árabe y dos blancos —ambos, eso sí, enemigos declarados del apartheid—. Y es posible que también nos suene, y hasta hayamos leído algún cuento suyo en una antología, el nombre del eterno candidato al Nobel que es el gran escritor keniano Ngũgĩ wa Thiong’o. Los más viejos se acordarán además de otro de los eternos candidatos al Nobel, el senegalés Léopold Sédar Senghor, el primer africano elegido inmortal, esto es, miembro de l’Academie Française. Y pare usted de contar.

Quienes leemos portugués conocemos asimismo la obra del angolano Artur Carlos Mauricio Pestana dos Santos (a) Pepetela, Premio Camões (el Cervantes lusitano) en 1997, autor de las despiporrantes novelas protagonizadas por un personaje parodia del súper agente inglés 007 y llamado James Bunda… donde conviene añadir que “bunda” en el idioma luso significa “culo”, de manera que ya se pueden imaginar la continua diversión que es leer esas novelas. Y también conocemos y admiramos profundamente la obra de Mia Couto­­­ (Premio Camões 2013), a quien sus compatriotas negros le deniegan que sea mozambiqueño por el hecho de ser blanco. Es decir, la otra cara de la moneda del apartheid.

Por mi parte, allá por el año 2005 hice el descubrimiento de Fatou Diome, autora senegalesa de mi particular predilección, que en el 2006 estuvo en Colonia, donde vivo, y leyó en la Casa de Todos los Mundos. Yo tenía esa fecha anotada en mi agenda (desde hacía meses, desde que me enteré de que venía), para acudir a verla, oírla y, además, pedirle que me firmase y me dedicara mi ejemplar de la traducción al alemán de su novela Le ventre de l’Atlantique, pero hubo una serie de circunstancias familiares que se conjuraron en contra (me tuve que hacer cargo de dos nietos pequeños justamente ese fin de semana) y me quedé sin ver ni oír a Fatou Diome, hélas! Ahora, lo que no quiero es que ustedes se queden sin conocer a esta senegalesa de tan inmenso talento narrativo, así es que acá sigue una presentación en toda regla.

De ella, me encanta su libro de cuentos La préférence nationale, y como creo que todavía no ha sido traducido ni publicado en nuestro idioma, me provoca compartir con ustedes uno de ellos. Es un cuento largo, casi lo que los franceses llaman una nouvelle, una de las seis que incluye este libro, y su título es “Le visage de l’emploi”, que uno traduciría —no literalmente— como “Cara de sirvienta”.
Está contado en primera persona, por una chica africana que llega a Estrasburgo (no se nos dice para qué) en pleno invierno, conque la odisea comienza con el choque no sólo cultural sino también térmico. Pero por fin —¡voilá!— es ya verano… Y la chica tiene que trabajar, ganar dinero, así es que busca un empleo, y se postula como baby sitter en una familia típicamente galo–burguesa, los Dupont. Monsieur es racista, o al menos no le gustan los negros, mientras que Madame —que también trabaja— no puede atender a su hija y necesita una “muchacha para todo”, y las contrata… pero no le duran ni un mes, porque es una mujer imposible, y además celosa.

Cuando la protagonista se presenta en la casa, Madame certifica con un grito de triunfo: “Se lo descubrí por el acento, que era africana”. Y le empieza a hablar en puros infinitivos y tuteándola: “¿Tú poder comprender mí?” La protagonista asevera: “Sí, Madame”. Llega el marido, Jean–Charles, y le pregunta a su esposa qué es lo que quiere hacer con “éso”. Pero al final Madame la contrata, como baby sitter, sólo que la hace venir media hora antes, a las 8.30 a.m. y además de llevar la niña a la escuela le encarga lavar la ropa, limpiar el piso, etc., en fin, la convierte en una esclava pagada, si es que no hay contradicción en ello.

Como la chica necesita la plata, aguanta dos años, y con una gracia indecible transmite sus observaciones sobre la vida de una familia francesa de la burguesía promedio provinciana: “Madame cultivaba consecuentemente el estilo de la reina inglesa: un peinado como una lechuga y una apariencia como la de una col. Si esta mujer excita a su hombre, me dije, entonces también debe de haber hombres que encuentren sexy a la Madre Teresa de Calcuta”.

Para hacerlo corto: un viernes, la niña se empeña en ver el video de La Cenicienta y le pide a la protagonista que lo instale en la casetera. Ella se niega, porque no es muy ducha en electrónica y teme dañar el aparato. Entonces Madame salta: “¿Tú poder conectar video?” “No, Madame”. “¿Tú, cabeza para pensar?” le pregunta Madame, y añade dirigiéndose a Monsieur: “Cogitum sum, “lo había pensado”, como dijo Descartes”. Y aquí la protagonista se dice (y nos dice): “Esta vez había ido demasiado lejos, la ofensa era demasiado grande, y el legado de Descartes estaba en peligro”. E ilustra a Madame: “No, Madame, lo que dijo Descartes fue Cogito ergo sum, ‘Pienso, luego existo’, como puede leerse en su Discours de la méthode”.

Tableau!

“Madame dejó caer el video, y la galleta que Monsieur se estaba llevando a la boca en ese momento se quedó detenida en el aire. Era la primera vez que dije una frase completa en esa casa”.

Monsieur reacciona de inmediato preguntándole airado que si pretende darles lecciones. Madame, más circunspecta, le pregunta, siempre tuteándola, pero ya sin infinitivos, que si está haciendo el bachillerato. “No, Madame, hace dos meses terminé mi maestría en Literatura. Sí, Madame, los niños del cholocate Suchard también saben hoy leer y escribir”.

“Creo que se os atascan las palabras en la garganta, añadí para mis adentros, mientras Monsieur Dupont, como cuando mi primera visita, ya andaba por la mitad de la escalera. Probablemente se preguntaría, aunque ahora por otros motivos, qué se podía hacer. Madame le siguió arriba. Y la pobre niña continuaba todavía delante de la casetera, esperando a La Cenicienta. Alguna vez comprendería, como su madre, que el príncipe soñado no existe y que Cenicienta no tenía por qué hacerse daño en su pequeño pie por el camino. Me despedí de la chiquilla enfurruñada y les grité a Madame y Monsieur un sonoro “Au revoir!” antes de cerrar la puerta a mis espaldas”.

El matrimonio Dupont había desaparecido, pues, escaleras arriba, él queriéndose escabullir de la vergüenza, y ella de él en pos, pero sabiendo que necesitaba que la protagonista siguiera la casa porque ya era indispensable. Lo cual explica la siguiente escena.

La chica regresa el lunes, pero no a las 8.30, sino a las 9.00, que era la hora laboral correcta. “Bonjour, Madame!” “Bonjour. La estaba esperando, la niña tiene que ir a la escuela y si la llevo yo, llego tarde al trabajo. ¿No podría venir media hora antes, como hasta ahora? Naturalmente, se la pagaría”. Como ven, ya no hay infinitivos ni tuteo. Y el final lo traduzco sin resumir nada, porque es delicioso:

“Fue como un milagro. Madame supo de nuevo cómo debía comportarse. Ella, que desde el primer momento de conocernos me había tuteado, de pronto se esforzó en ser cortés. La primera semana transcurrió más bien fría. Pero el tiempo fue borrando la vergüenza y el encono. Un par de meses después le di algunas lecciones gratuitas de francés a Madame, que tenía que rendir unos exámenes. Hablaba completamente normal conmigo, nos tuteábamos y nos llamábamos por nuestros nombres. Hasta su esposo Jean–Charles condescendió a hacerlo. A veces comemos juntos. Las recetas senegalesas parece que les gustan, y a las personas de piel negra no las llaman más “esos” sino ‘africanos’.”

La última frase: “Sólo hay un problema. Desde que Jean-Charles sabe que he leído a Descartes, tiene la seguridad de que mis vigorosos muslos de chocolate también saben latín”.

Posdata: Además de esta frase final, lo que más me gusta de “Cara de sirvienta” es que la chica senegalesa le dé lecciones gratuitas de francés a Madame. ¡Qué grandeza del alma, la de esa ayuda al desarrollo del Primer Mundo, por parte de una ciudadana del Tercero!

Ricardo Bada

Ricardo Bada

(*Huelva/España, 1939), escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Autor de La generación del 39 (cuentos, Nueva York 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, Huelva 1994), Amos y perros (cuento, Huelva 1997), Me queda la palabra (conferencias, Huelva 1998), Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, Madrid 2000), Limeri de Bueno Saire (poesía nonsense, Río de Janeiro 2011), La bufanda de Cambridge (cuentos, Bogotá 2018) y El canto XXV (novela corta, Copenhague 2019). Su ópera breve La serenata de Altisidora (partitura de David Graham) se estrenó en  el Festival de Camagüey del año 2000.

Editor en Alemania, junto con Felipe Boso, de una antología de literatura española contemporánea, Ein Schiff aus Wasser [Un barco de agua] (Colonia 1981), y en solitario, de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela. Editor en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú (La estación de fiebre y otros amaneceres, Madrid 1991), y en Bolivia de la única antología integral en español de Heinrich Böll (Don Enrique, La Paz, 1995). 

Ha sido y en varios casos sigue siendo colaborador regular del Centro Virtual Cervantes, Revista de Libros, Revista de Occidente, Vasos Comunicantes, Pérgola, ABC y Cuadernos Hispanoamericanos (España), Nexos, La Jornada Semanal y SoHo (México), El Espectador, El Malpensante y SoHo (Colombia), El País (Uruguay), Etiqueta Negra (Perú), Aurora Boreal (Dinamarca), Amsterdam Sur (Ámsterdam), La Nación y SoHo (Costa Rica) y La Opinión (Los Ángeles/California). Mantiene, además, desde noviembre 2009 la publicación semanal de su Diario en un blog del espacio MientrasTanto de la revista Fronterad (Madrid): https://www.fronterad.com/

Republicano y agnóstico, convicto y confeso, fue nombrado paradójicamente caballero de la Orden de Isabel la Católica, y padece –no menos paradójicamente– una curiosa  dolencia llamada sacralización. Tan luego él…

 

 

 

 

 

 

 

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