Magín, sencillamente (entrevista a Sonnia Moro)

Sonnia Moro posa para la cámara en su casa.
Sonnia Moro. Foto: Ileana Álvarez.

“Soy Sonnia Moro, habanera de El Cerro, abuelita de dos nietas preciosas, una niñita y una muchacha, maginera, esa soy yo”.

Así se presenta cuando yo empiezo a grabar sus palabras. He cruzado medio país para llegar a su casa, en busca de la historia que se esconde tras esa definición misteriosa y sugerente, “maginera”, que no ha dejado de atraerme en los últimos días y que ahora, escuchándola en sus labios, suena además con la pasión de un sueño femenino que ella ha hecho parte de su cuerpo. Sonnia es autora, junto con Daisy Rubiera, del libro Magín, tiempo de contar esta historia. Vengo también a recibir un ejemplar de este libro, de sus manos, como me lo ha prometido por teléfono, porque hasta ahora me había sido imposible conseguirlo. No circula en la red de librerías, fue impreso underground en 2015, ya que las editoriales se resistían a incluirlo en sus planes, así surgió para un momento único el sello Ediciones Magín. ¿Quizás esta sea la última barrera puesta a las “magineras”, desde que empezaron a existir y casi al mismo tiempo se desautorizó su reconocimiento? Sé que estoy ante una historia de vida(s), de un grupo de mujeres que crecieron y se multiplicaron en un acto de desobediencia ante las tradiciones y las imposiciones patriarcales, entre obstáculos y frenos, donde el descubrimiento de un nuevo sentido de la vida estuvo dado precisamente por la experiencia común, compartida y edificante. Pero, antes de leerlo, o antes de que otros investigadores mañana me lo cuenten, quiero oírlo ahora en su voz. Ella es una de las protagonistas y creadoras de esta historia.

Sonnia, muchas gracias por concederme esta entrevista. Quiero saber, ¿qué fue Magín?

Magín fue un grupo de mujeres, al principio, de lo que tradicionalmente se conoce como comunicadoras, porque éramos periodistas, de la radio, la televisión… pero poco a poco nos dimos cuenta de que muchas personas pueden transmitir y multiplicar mensajes sin trabajar en los medios, entonces el espectro de lo que es un comunicador se abrió. Fue un grupo de comunicadoras en sentido amplio, compuesto por académicas, educadoras, médicas, diputadas del Poder Popular… que nos concertamos con el objetivo de cambiar la imagen de la mujer en los medios de comunicación, enfrentar el sexismo, los tabúes, los estereotipos y mensajes que contribuían a reforzar la mentalidad patriarcal. Era algo muy atrevido, por supuesto, en esa época, estoy hablando de los años 90. 

¿En qué año se funda?

La fecha de nuestra fundación fue el 15 de marzo de 1993 [aniversario de la creación de la Asociación Nacional Femenina de Prensa, por Ernestina Otero, en 1939]. Pero, lo más importante, ¿por qué se funda Magín? Poco tiempo antes había ocurrido en La Habana un Congreso de Comunicación, donde las colegas de otros países hablaron de género, de brechas de género, de sesgos, y nosotras no sabíamos a ciencia cierta de qué estaban hablando, porque para nosotras el género era el accidente gramatical, lo masculino y femenino, y no teníamos idea de que desde hacía años se había desarrollado por el pensamiento y los movimientos feministas un aparato conceptual que nos permitía entender eso que nosotras siempre habíamos sabido de manera intuitiva, que las mujeres estábamos subvaloradas, marginadas, victimizadas, que no teníamos un espacio equitativo en la sociedad con respecto a los hombres, entonces aprendimos que el género es una construcción sociocultural y que además desde que una nace te ponen en un carril: “tú eres niña, y te vistes de rosado y cierras las piernas cuando te sientas” etcétera, y el varón exactamente igual, “tú eres hombre, no debes llorar, tú eres el proveedor, el bárbaro”, y otro largo etcétera. Y eso, claro, si se construyó, también se puede desconstruir.

El objetivo de Magín estuvo bien centrado a ese cambio de la imagen de la mujer en los medios, y tuvimos la suerte de que desde el inicio nos acompañó la Unicef. Al principio nos acompañó también la Federación [Federación de Mujeres Cubanas], que luego tuvo un poco de temor, incluso se llegó a decir que nosotros pensábamos sustituirlas, algo completamente ilógico, entonces ellas se apartaron, pero tuvimos mucho acompañamiento y el apoyo de instituciones diversas. Magín iba creciendo sin nosotras proponérnoslo, las personas se iban enterando de boca a oreja que una vez semanal cada dos meses nosotras hacíamos esos talleres que, por supuesto, no se limitaban solo a género y comunicación. Empezamos a hacer talleres de autoestima, y con sexólogas que nos hablaban de cosas que vistas desde un enfoque de género adquirían una nueva connotación y nos daban instrumentos para seguir avanzando en la desconstrucción de las imágenes construidas de la mujer. Nosotras, en la Isla, estábamos decididamente atrasadas con respecto a lo que se manejaba al respecto en otras partes de Latinoamericana, tal vez un pequeño grupo de compañeras que trabajaban en la literatura, como Luisa Campuzano y Susana Montero (que fue a hacer una tesis de maestría y luego un doctorado a México), estaban informadas, pero eran casos aislados.

¿Aproximadamente cuántas “magineras” se unieron?

Porque nosotras trabajábamos de manera muy coherente, llegamos a agrupar en La Habana entre 300 o 400 personas; aunque, además, teníamos representantes en la Isla de la Juventud, en Cienfuegos, en Santiago… bueno, a medida que crecíamos creo que los resquemores y las suspicacias también crecían. Hasta que, después de tres años de implementar un plan de desarrollo bien ambicioso, nos desactivaron. Ya verás en el libro de qué hablábamos hace veinticinco años, todo hoy mantiene vigencia, parece que ahora es que está empezando ese desarrollo, algo que ya estaba en nuestra agenda. Algunas de nosotras habíamos pasado talleres de educación popular, entonces realizábamos todas esas dinámicas grupales y de motivación, hicimos talleres de género y raza, género y violencia…

¿Sólo mujeres? ¿A Magín no pertenecían hombres?

Había hombres que nos acompañaban, y nosotras decíamos que eran unos adelantados, muy superiores, porque rompían esos estereotipos. Nunca impedimos que ningún hombre se acercara, todo lo contrario. Hubo hombres que se fueron integrando, como es el caso de Julio César González Pagés, y otros compañeros. Contamos con el apoyo de la Unicef, del Sistema de Naciones Unidas, y muchos de esos compañeros que nos apoyaban eran hombres. Nosotras empezamos las actividades, nos reuníamos en pleno Período Especial y nos servíamos unas galleticas dulces y un té, así comenzábamos nuestras reuniones…

¿Dónde se reunían?

Comenzamos a realizar nuestras actividades en la ACNU (Asociación Cubana de Naciones Unidas), cuya presidenta en ese momento era Teresita Averoff, alguien muy “alante”, con gran cultura, ella nos ayudó mucho, pero lamentablemente falleció en un accidente. Luego, sufriendo más suspicacias, comenzamos a deambular, a veces íbamos a la Iglesia que está frente con frente a las oficinas de la ONU, otras veces a la Escuela Internacional de Periodismo, a la Facultad de Periodismo, pero, luego de dos años y pico de formadas, nosotras empezamos a sentir que estábamos siendo agredidas… bueno, quizás no es la palabra exacta, pero sí cuestionadas, presionadas y tratadas con mucha suspicacia.

¿Recuerdas una anécdota en particular sobre esas dificultades?

Nos trasladamos a Santiago de Cuba para hacer un documental basado en el libro Reyita, sencillamente, de Darsy Rubiera, otra maginera. Antes de viajar a Santiago habíamos hablado con varias personas que nos ayudaron, como los de la Asociación de Combatientes, que nos consiguieron albergue en la Escuela del Partido, pues Reyita era madre de un mártir de La Coubre y había sido hija de veteranos, pero, cuando se dieron cuenta de que era un documental realizado por iniciativa personal, y que ninguna institución nos había enviado allí, sino que sencillamente nosotras pensábamos que esa historia de vida era importante documentarla, tuvimos que salir de aquella escuela. Pasamos tremendo trabajo con los cuatro kilos que traíamos. Pero, en definitiva el documental se hizo y hoy es reconocido. La directora fue Marina Ochoa. Luego unas españolas hicieron otro documental sobre las tres generaciones, Reyita, la hija y la nieta, un recorrido por la familia…

Y donde el problema racial está presente.

Sí, pero no solo el de la racialidad, incluye el problema de la mujer.

También el de la pobreza…

Sí, el de la pobreza, el de los conflictos históricos. Es un contrapunteo con la historia, pues ella nació en 1902, con la República, estuvo vinculada con el Partido Independiente de Color, tenía una tía que pertenecía al movimiento feminista de la República, luego está Girón, La Coubre, la Revolución… Además, su propia historia más personal con un marido blanco que simuló una boda y nunca se casó, en fin, es una historia bien interesante. Quiero decirte que eso lo hicimos de a guapas, hasta que ya en septiembre de 1996 nos convocó el Partido para decirnos que sí, que era una idea muy bonita, pero que no era el momento y que además nos podían seducir. 

¿Las convocó… a quiénes? ¿Al Grupo completo?

Bueno, la Coordinadora General era la periodista Mirta Rodríguez Calderón, había luego un Comité Gestor, porque nosotras nos cansamos de hacer gestiones para legalizarnos, pero nada, estaba también todo aquello del Carril 2 y de la Ley Torricelli de los Estados Unidos. Entonces dijeron que podían seducirnos, y porque “nosotras, pobrecitas mujeres infelices, no teníamos suficiente inteligencia para saber qué era lo correcto”, o sea, no teníamos Magín… porque, por cierto, siempre me preguntan qué significa el nombre, y quiere decir en español clásico inteligencia, pero conforma un juego de palabras, viene de imagen, que era lo que queríamos cambiar en los medios, y de imaginación, pues éramos muy martianas y sabíamos la importancia de la imaginación en las personas.

¿Reconocía Magín algún antecedente que les sirviera de inspiración?

Nos considerábamos herederas de todo lo que hicieron las mujeres feministas antes de la Revolución, la lucha por el sufragio universal, el derecho al voto, la ley del divorcio, los Congresos feministas…

Tradición que muchas veces se invisibilizó o fue negada.

Mira qué pasó, y te lo voy a expresar desde mi profesión de historiadora. Al principio, en un estado en guerra, la política de la Revolución fue que no éramos ni hombres ni mujeres, ni blancos ni negros, todos éramos uno sola cosa en pos de defender la Revolución. Eso en una situación límite puede funcionar, pero no por siempre, por eso la cuestión racial tiene tanto por hacer, y la cuestión femenina igual. Una vez la doctora Graciela Pogolotti, en un evento llamado “Mujeres en el umbral del siglo XXI”, dijo que las mujeres habían inclinado sus banderas en aras de una situación grave que sufría el país, pero que ya había que ponerlas a flote otra vez, porque las cosas no se solucionan con leyes. Cuba disfruta una situación legal privilegiada respecto a la protección de la mujer, como son la legalidad del aborto, el divorcio, la maternidad, etc. Pero nos quedamos atrás en otras cuestiones, por ejemplo, en Cuba no existe una figura jurídica que penalice la violación dentro del matrimonio. El marido puede violar: ella no quiere tener relaciones sexuales por H o por B, y el marido la puede violar impunemente. Aquí están muy a sottovoce las violaciones dentro de la familia, y no hablo de los padrastros, hablo de los padres biológicos y los hermanos, después se dice que eso no pasó , aquí no pasó nada. En México la pareja puede decidir qué apellido ponerle a los hijos, si el de la madre o el del padre, pero aquí no hablamos de eso.

Entonces ¿qué pasó con Magín?

Pues nos llamaron del Comité Central para una reunión, dejando afuera a las que estábamos jubiladas, y no por casualidad. Convocaron a las que eran trabajadoras activas, y les llevaron el secretario del núcleo del Partido o del Buró. Ninguna estuvo de acuerdo, como entre las magineras se encontraban clandestinas, guerrilleras, académicas, historiadoras, militantes del PCC, no era fácil dejarnos fuera sin ninguna explicación. Aceptamos, pero mientras más tiempo pasa pienso que fue un gran error el que se cometió. No hay otra respuesta, aquella decisión evidenció el machismo de nuestra sociedad, un abuso de poder del patriarcado. Prometieron que la Uneac [Unión de Escritores y Artistas de Cuba] y la Upec [Unión de Periodistas de Cuba] se harían cargo, pero esto no funcionó, porque Magín tenía un objetivo bien claro y concreto, la imagen de la mujer en los medios, y la adquisición de herramientas para cambiar esa imagen. Nosotras teníamos un apoyo del exterior, no de seducción sino de militancia. Nos apoyaron escritoras y activistas como Alice Walker, Margaret Randall, Angela Davis, mujeres que se enteraban de lo que estábamos haciendo estas cubanas en el momento más duro del Período Especial.

¿Cuáles actividades recuerdas con más cariño? ¿El Grupo desapareció realmente?

Magín nos dio vida, sentido, esperanza, solidaridad entre mujeres. Hacíamos un taller sobre violencia y veíamos cómo todo el mundo tenía una experiencia de violencia, ya fuera psicológica o física. Creamos como una red de solidaridad entre mujeres, al saber que no estábamos solas, que tu problema no es solo tuyo. Por ejemplo, el caso de Georgina Herrera, una de las mejores poetas de este país, escritora de radionovelas, cuando uno le preguntaba en la ronda de presentación, decía “yo soy Georgina Herrera, escritora de radio…” Hoy su poesía se incluye en los currículos de muchas universidades, ella fue una de las tantas magineras que creció. Nosotras decimos que Magín nos dio alas, y Mirta fue una de las que más sopló esas alas, pues ella había sido combatiente de la clandestinidad, estuvo presa, incluso fue una de las pocos mujeres que hizo huelga de hambre en la cárcel, después trabajó en Naciones Unidas, en el Líbano, en fin, era una mujer lideresa, de gran visión. Creo que Magín perdura, porque, aunque nos disolvieron, o nos desactivaron (que esa fue la palabra que emplearon), cada una de nosotras en su parcelita siguió trabajando, ayudando a tesis doctorales, y yo pienso que cumplimos lo que nos tocó en ese momento, en definitiva nos multiplicamos. No pienso que Magín vaya a surgir otra vez, pero creo que con otros nombres otras mujeres más jóvenes pueden seguir haciendo cosas. Sería triste que no se nos reconozca…

Ustedes fueron unas adelantadas en ese sentido.

Sí, porque, como ya te dije, de cuestiones de género se hablaba poco, con excepción de las académicas dedicadas a la literatura. Date cuenta que contábamos con delegadas al Poder Popular, maestras, bailarinas… Y en ese momento, nos ayudó a sentirnos útiles.

Agrupación feminista con esas características dentro de la revolución, creo que Magín es la primera. No conozco otros antecedentes, al menos tan visibles.

En víspera de la “desactivación” (que ocurrió en septiembre), y adonde no me invitaron por estar jubilada, aunque lo viví en carne propia, yo te diría que a más de cuatrocientas personas de la ciudad de La Habana les habíamos enviado por correo el programa de desarrollo que iba empezar en 1997.

Se hallaban en un punto de crecimiento. ¿Llegaron a contar con una sede?

No, una sede no. Pero sí recibíamos apoyo de Teresita Averoff, y nos asistió una persona muy querida, Luis Zúñiga, representante de la Unicef en Cuba, que después de terminar su misión en Cuba murió en Burundi, cuando estaba entregando útiles escolares en una aldea y se desató una guerra entre tribus. No buscábamos protagonismo, sino que llevábamos nuestras historias, éramos mujeres con proyectos de vida que asumimos el grupo como complemento, yo diría que a partir de ahí yo di, por ejemplo, mejores clase de historia. Hicimos un evento donde se participó con un trabajo sobre las mujeres que llevaban los sacos de naranjas a las trincheras de Playa Girón, ¿dónde están las medallas de esas mujeres?, porque tú le quitas a ese evento las mujeres y no hay guerra posible, la retaguardia es imprescindible. Además, deben considerarse los valores que la madre le trasmite a los hijos, porque la madre es la principal educadoras de los hijos, quien está más tiempo con ellos. Seguimos siendo un país en el que, cuando hay un evento internacional, la representación es bien masculina. A mí me duelen esas delegaciones a las Naciones Unidas donde no hay una mujer. De Salud Pública nunca ha habido una mujer Ministra, y eso que es un sector altamente feminizado. Hemos tenido cambios, como que la Asamblea Nacional cuente con más de un cuarenta y siete por ciento de mujeres, pero, si las mujeres no saben de género, resulta que son como hombres hablando. Les tapas el nombre y ya, oyes y ves que actúan como hombres, ¿para qué sirve entonces que pidan la palabra?

¿Cómo surge el libro Magín, tiempo de contar esta historia?

Estábamos cerca de los 20 años y decidimos que había que hacer el libro, no es exhaustivo, había algunas compañeras que decían que debía incluir todos los programas, los afiches, etc. Nosotras pensamos que, dado los tiempos que corren, en que la gente no tiene tiempo para mucho, salvo los muy interesados que son un grupo bien pequeño, la gente lee mejor si es algo dinámico. Aquí las autoras no hablamos mucho, hay una pequeña introducción y después toman la palabra las magineras. Lo que hicimos en el trabajo de edición fue hacerlo más agradable, eliminamos reiteraciones, trabajamos la historia de forma coral. Las fotos no son individuales, sino grupales. Por eso, muchas personas se quedan con deseo de saber otros detalles. Pero ya vendrán nuevas generaciones y someterán a Magín a juicio en la distancia.

¿Por qué este libro no se publicó por alguna editorial instituida, como la Editorial de la Mujer? 

¿Y tú crees que alguna editorial iba a publicarlo? Nos evadieron usando los pretextos más ridículos. Entonces amigas de otras partes del mundo nos ayudaron con el financiamiento. Y nosotras, como que ya tenemos más de 70 años, ¿qué nos puede suceder?, no hay nada que perder, decidimos ponerle Editorial Magín. Se imprimió en Cuba, con muy buena calidad de impresión, muchachos jóvenes que hacen maravillas participaron en ello. Hicimos una tirada de 500 ejemplares, no se vende, lo regalamos. Hicimos una presentación en la Casa de las Américas, gracias a Luisa Campuzano que es una mujer muy valiente. Próximamente va a salir una edición en Inglés y, bueno, nada, nosotras nos seguimos reuniendo..

¿Qué recomendarías a nuevas generaciones que aún enfrentan las mismas construcciones sexistas contra las que ustedes se unieron?

Pienso que las mujeres deben prepararse, estudiar y estar informadas, adquirir herramientas para enfrentar al patriarcado.

¿Crees que la educación cubana debe poseer un enfoque de género?

Por favor, yo creo que en Cuba existen dos vacíos en la educación. Hay una resistencia a usar las ganancias de la educación popular, seguimos con el autoritarismo en la aulas, lo que dice el maestro es la verdad. En realidad el conocimiento se construye entre todos. Si hubiera educación popular verdaderamente participativa, se lograría mucho más, se escucharía a los niños, y aprenderíamos de ellos. Y el otro vacío es la ausencia de un enfoque de género. Sé que se realizan muchos estudios. El problema es que estamos acumulando conocimientos, a nivel académico, que nunca pasan a la sociedad. Y eso debe lograrse desde abajo, desde los talleres de barrio, la gente tiene que hablar, porque cuando tú oyes una persona dando testimonio, puedes solidarizarte, y así se van creando lazos.

¿Y no crees que sea contraproducente para esa socialización, el hecho de que exista una sola asociación “feminista” como la Federación de Mujeres Cubanas…?

La Federación no es feminista, lo dice donde quiera que se para, que aquí no hace falta feminismo porque el Estado vela por todo tipo de discriminación. No es feminista, se quedó, se paró, y está en funciones de otras causas, y ha perdido ese empuje que traía al principio, donde logró sin duda muchas cosas. Yo creo que sí deben existir otras agrupaciones, pero aquí se le tiene miedo a la sociedad civil. Debemos usar la sociedad civil como otros lo hacen. Nos dejamos arrebatar iniciativas. La mentalidad de mucha gente no ha cambiado, pero el mundo cambió. Hoy cualquiera compra una tarjeta Wi-Fi y dice lo que le parece y se informa. Le tenemos miedo al mismo pueblo que se educó aquí, que nació aquí y el país formó. Siempre va a haber personas de todo tipo, quienes se queden y quienes se vayan, leales o traidoras, pero además las personas que se van no se van solo por problemas políticos. No se le puede pedir a las nuevas generaciones los mismos sacrificios de antes, la situación cambió, los intereses son otros, cada vez hay más desigualdades sociales de gente talentosa, pero también de quienes adquieren bienes de manera ilegal, con corrupción. Entonces, la sociedad debe prepararse para los nuevos tiempos.

Gracias, Sonnia, escuchar tu testimonio ha sido un placer inmenso. Estoy convencida de que las “magineras” nos vamos a seguir multiplicando, como ustedes, y también gracias a sus aportes, no dejaremos de crecer.

Ileana Álvarez

Ileana Álvarez

(Ciego de Ávila, Cuba, 1966). Graduada de Filología en la Universidad Central de Las Villas (1989). Máster en Cultura Latinoamericana. Fue directora editorial de la revista cultural Videncia. Tiene publicados, entre otros, los títulos: Libro de lo inasible (1996), Oscura cicatriz (1999), El protoidioma en el horizonte nos existe (2000), Los ojos de Dios me están soñando (2001), Desprendimientos del alba (2001), Inscripciones sobre un viejo tapete deshilado (2001), Los inciertos umbrales (premio “Sed de Belleza”, 2004), Consagración de las trampas (premio “Eliseo Diego”, 2004), Trazado con cenizas (Antología personal. Ed. Unión, 2007), El tigre en las entrañas (Crítica, 2009), Escribir la noche (2011), Trama tenaz (2011) y Profanación de una intimidad (ensayo, 2012). Realizó Catedral sumergida, antología de poesía cubana escrita por mujeres (Ed. Letras Cubanas, 2014), donde por primera vez se publicó, en Cuba, un panorama tan amplio de autoras residentes dentro y fuera del país.
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