Arte │ Mary Cassatt: la mirada íntima del impresionismo
Mary Cassatt asumió el reto de ser una mujer artista y, a fuerza de talento, creó una obra que la sitúa entre los grandes pintores del impresionismo.
Mary Cassatt nació en la ciudad de Allegheny, Pensilvania, en 1844. Desde niña mostró inclinación por el arte, y a los quince años tomó la decisión que marcaría el rumbo de su vida: ingresar a la Academia de Bellas Artes de Filadelfia, una de las pocas instituciones que en aquella época admitía mujeres. Fue una elección audaz y su padre no ocultó su disgusto, pues creía que una carrera artística era incompatible con el rol que correspondía a una mujer de la burguesía estadounidense: el matrimonio y el hogar. “Preferiría verte muerta”, le dijo. Pero ella no cedió.
Pronto la formación académica le resultó insuficiente a Mary Cassatt, pues como mujer no le estaba permitido pintar modelos en vivo ni se tomaba en serio su talento. Lo más a que podía aspirar una mujer en el mundo del arte era a ser considerada una hábil aficionada, nunca una verdadera artista. Así, en 1866, con poco más de veinte años, Mary tomó otra decisión radical: marcharse a Europa. París era entonces el centro del mundo artístico y ella estaba dispuesta a conquistarlo.
Mary Cassatt y el impresionismo

Sus primeros años en Francia fueron de estudio y búsqueda de un estilo propio. Copió a los maestros en el Louvre, viajó a Italia y España para conocer la obra de Velázquez, Rubens y Correggio, a quienes admiraba, y comenzó a exhibir sus primeras pinturas en el Salón oficial de París. Sin embargo, las reglas de aquel espacio, dominado por hombres y con una estética académica muy rígida, le resultaban cada vez más estrechas.
En 1877 conoció a Edgar Degas, quien, al advertir su genio y su determinación, la invitó a unirse al grupo de pintores independientes que luego se conocerían como impresionistas. Cassatt recordaría ese momento como uno de los más importantes de su vida: “Abandoné el arte convencional y empecé a vivir”, escribió.
La afinidad entre Degas y Cassatt fue profunda: ambos compartían el interés por la vida moderna, el movimiento, la luz artificial y la influencia de la pintura japonesa. Él admiraba su rigor técnico y su inteligencia visual; ella encontró en él a un interlocutor exigente y un amigo duradero, aunque su amistad no estuvo exenta de tensiones.
Con los impresionistas, Cassatt participó en cuatro exposiciones entre 1879 y 1886, siendo la única estadounidense y una de las pocas mujeres en integrarse plenamente al movimiento, junto a Marie Bracquemond y Berthe Morisot. Pero el París del siglo XIX imponía límites concretos sobre qué lugares podía frecuentar una mujer respetable. Los cafés, los cabarés, la vida nocturna de la ciudad que inspiraron a Toulouse-Lautrec y al propio Degas no eran accesibles para ella sin comprometer su reputación.
Sin embargo, en vez de lamentarlo, Cassatt hizo de esa limitación su propia poética: pintó los jardines privados, las alcobas, los salones donde transcurría la vida de las mujeres de su tiempo y, sobre todo, la relación entre madres e hijos.
Sus lienzos más célebres no son escenas sentimentales de la feminidad, sino estudios rigurosos sobre el cuerpo, el tacto, la atención y el vínculo humano. En obras como En el palco (1878), El té de las cinco (1880) y El baño de la niña (1893), pintó a las mujeres sin ceder a los estereotipos que los artistas hombres habían construido sobre ellas. Sus figuras, absortas en sus propios pensamientos o en sus actividades, daban testimonio de cómo era la vida de las mujeres a fines del siglo XIX e inicios del XX. Y ese testimonio fue también una crítica a las costumbres y las normas que no pasó por alto ante la crítica.
Legado y relevancia de Mary Cassatt

En sus últimas décadas, Cassatt perdió progresivamente la vista y hacia 1914 tuvo que dejar de pintar. Murió en 1926, en su casa de Beaufresne, cerca de París, a los ochenta y dos años. Nunca se casó ni tuvo hijos, otra renuncia deliberada en nombre del arte, pues el matrimonio la hubiese obligado entonces a abandonar su carrera.
Mary Cassatt dejó una obra de técnica impecable y sensibilidad singular, algo que incluso en su época la situó entre los grandes del impresionismo. Como mujer, demostró que era posible integrarse a ese difícil mundo en sus propios términos, sin pedir permiso ni ofrecer disculpas. Su trabajo como pintora y su apoyo a la obra de otros creadores sirvió como un puente cultural entre Europa y América, influyendo decisivamente en el gusto de los coleccionistas estadounidenses que, gracias a sus recomendaciones, adquirieron pinturas de Degas, Monet, Pissarro y otros, piezas que hoy se exhiben en los museos más importantes de Estados Unidos.
Vea a continuación una galería con once de sus obras más relevantes.
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