Los ecos de Sojourner Truth: una guía imprescindible en las disputas por autonomía reproductiva

Los ecos de Sojourner Truth llegan hasta hoy para recordarnos que así como a ella nadie la escuchó, sigue siendo difícil que las mujeres tengan escucha, legitimidad y reconocimiento pleno de sus existencias.

mujer sostiene cartel reivindicativo
Foto: Pexels

Era 1851 cuando Sojourner Truth, una abolicionista y activista por los derechos de las mujeres y las personas negras en Estados Unidos, profería uno de los discursos que marcaría significativamente la historia del movimiento feminista negro. Sin embargo, su legado extrapoló los marcos del feminismo negro, pues Truth fue acertadísima al escudriñar el sistema de género y los efectos mortíferos de sus engranajes.

Retomo fragmentos de su histórico discurso en aquella Convención por los Derechos de las Mujeres en Ohio, Estados Unidos:

Buenos, niños, donde hay mucho jaleo algo anda desbaratado. Creo que entre los negros del sur y las mujeres del norte, si entre todos hablamos de derechos, los hombres blancos estarán en apuros muy pronto. Pero, ¿de qué va todo lo que estamos hablando?

Ese hombre de ahí dice que las mujeres necesitan ayuda para subir a las carrozas y para sortear las zanjas, y para que tengan los mejores sitios en todas partes. Nunca nadie me ha ayudado a subir a las carrozas o a saltar un charco de barro, o me ha ofrecido el mejor sitio. ¿Acaso no soy una mujer? Tuve trece hijos y vi cómo todos ellos fueron vendidos como esclavos y cuando chillé junto al dolor de mi madre, ¡nadie, excepto Jesús, me escuchó! ¿Acaso no soy una mujer?”1

El discurso de Sojourner Truth no acaba por ahí; pero me detengo en esta parte porque me permite enlazar sus palabras con algunos acontecimientos recientes que colocan en escena las maniobras políticas que intentan anular la autonomía de las mujeres y personas gestantes en el ámbito de los derechos reproductivos.

Coordenadas (geo)políticas reproductivas

Hace unas semanas supimos que la Suprema Corte de los Estados Unidos suspendió el derecho constitucional al aborto, asegurado hace 50 años y conocido como la decisión Roe vs Wade. Este derecho reproductivo corre el riesgo de perderse en al menos 13 Estados. De acuerdo con medios nacionales e internacionales casi la mitad de los estados ya han aprobado o aprobarán leyes que prohíben el aborto, mientras que otros han promulgado medidas estrictas que regulan el procedimiento.

Salimos de Estados Unidos y llegamos a Brasil donde una adolescente de 11 años, embarazada como resultado de una violación sexual, fue retenida por más de un mes en un institución brasileña para infantes, por parte de la Justicia del estado de Santa Catarina. El día 21 de junio de este año el Portal Catarinas en conjunto con Intercept denunciaron el hecho en las redes sociales. El reportaje nos puso al tanto de la atrocidad de la jueza Mirela Dutra, una mujer blanca, que presionó a la menor para mantener el embarazo, en contra de la voluntad de la madre. Esta última una persona empobrecida y racializada, así como su hija, viviendo en el Brasil horrendo que hoy gobierna Jair Bolsonaro. Vale decir que en Brasil, el marco legal de la primera infancia establece la protección de menores en casos como estos, indicando la realización del aborto que la jueza Dutra estuvo impidiendo por más de un mes.

La última parada de este recorrido es en Cuba. Corre el mes de julio de 2022, y ya no nos restan dudas de que una agenda conservadora y fundamentalista se esfuerza por negar derechos a la comunidad LGBTQIA+ cubana. No bastando eso, “voces expertas” usan la retórica de biología para colocar en causa el derecho al aborto. Ese es el caso del texto poco riguroso de la periodista Camila Acosta. Esta última no cita ni las fuentes ni fundamentos de sus informaciones, por tanto su artículo está repleto de especulaciones que abogan por el fin de este derecho reproductivo para mujeres cubanas. La principal estrategia de Camila Acosta es la creación de un pánico moral alrededor del descenso de los índices de natalidad en Cuba, cuestión que aborda de forma simplista y sin prestar atención a las dinámicas socio-estructurales que condicionan este descenso. La periodista, influencer en las redes, juega a ser investigadora social. La impunidad de este tipo de despropósito gana terreno cuando quienes de verdad trabajamos con ciencias sociales, no somos siquiera tomadas en cuenta. No ha sido por falta de aviso. Si tienen estómago, lean el texto de la mencionada periodista.

Una troika mortífera: la suprema corte de los EEUU, la jueza brasileña y la periodista cubana

Los ecos de Sojourner Truth llegan hasta hoy para recordarnos que así como a ella nadie la escuchó, sigue siendo difícil que las mujeres tengan escucha, legitimidad y reconocimiento pleno de sus existencias. ¿Cuáles son los resortes que históricamente vienen articulando esa “no escucha”? El problema no era apenas que los 13 hijos que parió Sojourner fueran vendidos como esclavos, mano de obra gratuita para el sistema colonial esclavista. El problema es que su grito no generó conmoción ni de otras mujeres (blancas), aparentemente tan madres como ella, ni mucho menos de los hombres (blancos). Como bien nos recuerda Judith Butler, para que alguien tenga derecho al luto, antes, ese alguien que enuncia su sufrimiento tiene que haber sido reconocido como humano. Si las mujeres negras están por fuera de las gramáticas que dictan quién es “mujer de verdad”, poco importa si ellas lloran por los hijos que les arrebataron; nadie las escuchará.

Así, por las manos de Truth, podemos entender el modo en que racismo y sexismo se retroalimentan, para despojar a las mujeres negras de llevar adelante proyectos reproductivos. Esa no es apenas una historia pasada. Durante años, mujeres negras e indígenas han sufrido procesos de esterilización forzada como resultado de políticas reproductivas eugenistas.

Tanto negar el derecho a ser madre como la imposición compulsoria de que todas las personas con útero lo sean, son dos caras de la misma moneda. El denominador común de todas estas maniobras es el control de los cuerpos de las mujeres, las niñas y las personas gestantes.

Pero el sistema de género no para por ahí, y para eso se sirve de otros mecanismos, entre ellos, la retórica de la biología. Es en nombre de la biología que se presume que ser madre es un “deseo natural” de toda mujer. Tanto es así que, aquellas que abdican de esa posibilidad, son continuamente fiscalizadas y, cuando no, tildadas de desnaturalizadas, desalmadas. Es por ello que cuando decimos que la retórica de la “madre biológica” debe acabar, es justamente porque ella nos enlaza, nos aprisiona a un destino impuesto por ese sistema de género que dicta que el deseo por la maternidad brota de un “reloj biológico femenino” y que abdicar de eso es ir contra-natura. Noten como nosotras mismas colaboramos con esa trampa del sistema de género de la que la mencionada periodista se hace portavoz. Si ser madre es un “deseo natural” pues entonces no importa si una adolescente de 11 años fue violada pues, “por ley natural” ella debe amar a esa criatura, por tanto parirla, aunque sea a costas del trauma de una violación sexual. Como si ser madre fuese una condición naturalmente dada como lo es respirar. Toda vez que reafirmamos que “la maternidad es biológica” estamos contribuyendo con esa política de muerte que, por medio de la negación del aborto, acaba con la vida de las mujeres, niñas y personas gestantes, sobre todo de aquellas impactadas por la pobreza estructural. Esa es la agenda que, al parecer, desea para Cuba, la mencionada periodista, una que implique la anulación de la autonomía reproductiva y que lance a las mujeres, niñas y personas gestantes a un contexto de precarización.

Tanto negar el derecho a ser madre como la imposición compulsoria de que todas las personas con útero lo sean, son dos caras de la misma moneda. El denominador común de todas estas maniobras es el control de los cuerpos de las mujeres, las niñas y las personas gestantes.

Los ecos de Sojourner Truth llegan hasta hoy para recordarnos que el camino para que construyamos autonomía, implica destruir el actual sistema de género. No basta con resignificar la “idea de mujer”, pues ninguna salida reformista nos permitirá transformar radicalmente las opresiones que nos masacran. No hay ninguna parte del sistema de género que no sea violenta: la idea de feminidad, la construcción racista de feminidad que también es clasista y cis-centrada, por tanto transfóbica; la maternidad compulsoria, entre muchas otras capas que componen ese sistema. Y obviamente tendremos que seguir disputando leyes que, como el aborto, reconozcan la condición de sujetos políticos de las mujeres. Pero ya sabemos que con eso no será suficiente; tendremos que destruir el propio sistema que creó la idea de “mujer”.