La disputa por el símbolo: pensar el futuro cuando el presente ha sido confiscado

El desafío no es volver a ser “grandes”, sino volver a ser: ser sujetos actuantes, capaces de pensar, de nombrar y de construir sentido en común.

| Opinión | 16/03/2026
Influencers cubanos llevan en sus gorras el eslogan "Make Cuba Great Again".
Influencers cubanos llevan en sus gorras el eslogan "Make Cuba Great Again".

Una gorra ha bastado para detonar una polémica. La frase “Make Cuba Great Again”, impresa sobre un diseño reconocible, ha generado lecturas enfrentadas, reacciones airadas y una nueva ronda de sospecha ideológica. No es una consigna aislada, es una disputa por el significado.

Desde la teoría del arte y la semiótica sabemos que los símbolos no son entidades fijas. Roland Barthes lo formuló con claridad: todo signo posee una capa denotativa, lo que dice literalmente, y una connotativa, lo que sugiere y evoca. Cuando esa connotación se naturaliza, el signo se convierte en mito. MAGA es uno de esos mitos contemporáneos. Se expresa en una frase el deseo de retorno a una grandeza vaga, pero emocionalmente eficaz.

La gorra “Make Cuba Great Again” llega, por tanto, cargada de una connotación muy fuerte. Aunque quien la porta intente resignificarla como deseo de prosperidad, como gesto de hartazgo, como provocación, el símbolo llega cargado. Trae consigo asociaciones, genealogías y lecturas que no pueden borrarse por completo. Aquí emerge la tensión central: la diferencia entre intención y legibilidad pública. Es muy importante comprender entonces que un símbolo no pertenece solo a quien lo usa, sino al espacio social donde circula.

Creo que la pregunta más incómoda no es si la gorra es “correcta” o “incorrecta”, sino por qué ese molde simbólico resulta atractivo para algunos jóvenes cubanos. No creo que la respuesta esté en una adhesión ideológica al trumpismo, sino en una orfandad simbólica mucho más profunda.

En la Cuba actual, el lenguaje político propio está severamente restringido. La crítica se castiga, la imaginación cívica se vigila, y cualquier intento de nombrar un futuro distinto queda atrapado entre el discurso oficial y la criminalización del disenso. Cuando un sistema clausura sus propias alternativas simbólicas, lo que queda, por ausencia, es la importación de plantillas externas.

En ese contexto, el eslogan “Make Cuba Great Again” funciona como un atajo porque es reconocible, reproducible e inmediato. Además, en medio de una severa crisis estructural y los rumores sobre las conversaciones entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, ese símbolo puede leerse como la alternativa más cercana, más imaginable, aunque no sea necesariamente la más justa o la más lúcida, pero definitivamente más inmediata y mejor que la existente.

La lucha por imaginar un país

La reacción del poder ante esta gorra confirma, paradójicamente, su potencia cuando no responde con argumentos, sino con descalificación, burla y alarma. Eso revela su pánico ante la pérdida de control sobre el relato. En Cuba, la narrativa ha sido históricamente un instrumento de poder que nombra y gobierna; quien osa resignificar, amenaza.

La controversia ha dejado al descubierto tres lecturas. Para los jóvenes que la portan y sus seguidores, la gorra expresa deseo y cansancio. Para muchos críticos, el símbolo es inseparable de su connotación ideológica, por tanto, problemático. Para el poder, cualquier resignificación autónoma es traducida como enemigo. Ninguna de estas lecturas es completamente falsa ni absoluta.

Lo urgente sería crear un nuevo lenguaje político propio, capaz de nombrar el futuro sin depender de nostalgias ajenas. De ahí la necesidad de otras propuestas simbólicas: “Pensar no es delito”, “Cuba piensa”, “Cuba por hacer”, “Sin miedo”, estos son solo posibles ejemplos como afirmaciones éticas que rechazan el miedo, el pasado mitificado y la obediencia intelectual.

La polémica en torno a la gorra “Make Cuba Great Again” no es sobre una frase importada. Es sobre la lucha por imaginar un país cuando el presente ha sido confiscado y el lenguaje reducido al silencio o a la consigna oficial. Mientras no se restituya el derecho a pensar, a disentir y a producir símbolos sin castigo, cualquier objeto mínimo seguirá cargando un peso excesivo.

El desafío no está en volver a ser “grandes”, sino en volver a ser: volver a ser sujetos actuantes, capaces de pensar, de nombrar y de construir sentido en común. Todo lo demás son síntomas visibles de la negación sistemática del pensamiento y, al mismo tiempo, del deseo legítimo de un futuro verdaderamente promisorio.

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