La policía de género no duerme nunca…

La confesión, redención, coherencia y alineamiento binario que exige el sistema de género, son parámetros del pensamiento occidental y eurocristiano.

30/04/2022
multitud de personas
Carrnaval de Brasil. / Imagen: Pixabay.

Es abril de 2022 y escribo desde São Paulo, Brasil, en el momento en que acaba de finalizar el carnaval. São Paulo es, junto a Río de Janeiro, una de las dos ciudades más grandes de Brasil, los dos focos más fervientes de lo que aquí se conoce como carnaval de rua”. Una multitud de escuelas de samba, bandas, comparsas, bloques de carnaval, ocupan las calles para ofrecer un espectáculo bellísimo a los millones de personas que habita(mos) esta ciudad o que, por alguna contingencia, se encuentran en ella en el momento en que este evento multitudinario ocurre. En esta ocasión, por causa de la pandemia de COVID-19, el carnaval que debía ocurrir en febrero, fue aplazado para abril.

Pero el carnaval de Brasil no es apenas una fiesta nacional, en el sentido estricto de la palabra. Este patrimonio inmaterial ha sido históricamente un territorio de disputa política. Diferentes bloques se convierten en espacio de combate contra opresiones como el sexismo, racismo, LGBTfobia y, al mismo tiempo, marco de enfrentamiento a la actual política de gobierno ultraderechista liderada por Jair Bolsonaro. Nadie me lo contó. Yo misma fui testigo de que el carnaval no se hace apenas con brillo y disfraces, sino que se erige como un espacio de confrontación a un orden heterocisnormativo y a un régimen neoliberal de ultraderecha.

“…El carácter policial del sistema de género radica precisamente en ese escrutinio permanente, en la necesidad constante de indagación sobre la sexualidad ajena, sobre la identidad de otres, junto con la exigencia de tener que caber en alguna de las ´cajitas´ que difieren de la cisheterosexualidad…”

Fue cuando publiqué este registro del carnaval en mis redes sociales, con la leyenda “este es el carnaval que me representa”, que la policía de género salió de su aparente quietud; y digo “aparente” porque este cuerpo policial no cede en su vigilancia ni por un segundo. Una persona de mi círculo de amistades —y que conste que no es mi intención exponerla sino tomar este indicio como una oportunidad para que reflexionemos; inclusive porque no se trata de una cuestión personal, sino de un sistema moderno colonial llamado GÉNERO, parafraseando a María Lugones que fue quien acuñó que no solo “raza” sino también el género formó parte del proyecto colonial europeo en los territorios de Abya Yala— comentó que “no había entendido el contenido latente y manifiesto de mi foto”, como si de hecho yo tuviera la intención de dejar algo en entredicho o como si la imagen junto con la leyenda causara algún ruido a pesar de lo explícito del mensaje: “me representa tanto la bandera LGBTQIA+ como la postura política anti Bolsonaro” (la traducción de la bandera es “fuera Bolsonaro”).

Foto posteada en Facebook por Yarlenis.

El carácter policial del sistema de género radica precisamente en ese escrutinio permanente, en la necesidad constante de indagación sobre la sexualidad ajena, sobre la identidad de otres, junto con la exigencia de tener que caber en alguna de las “cajitas” que difieren de la cisheterosexualidad. Me parece estar oyendo una especie de voz interior: “¿dime qué eres?, ¿eres lesbiana?, ¿no eres hetero?, pero, ¿cómo así?, ¿cuándo fue?” (como si fuera una efeméride que exige ser conocida públicamente).

A mí siempre me instiga esa ansiedad desmedida por la confirmación, que conste que no es exclusiva de quien habita en cisheterolandia. En varias ocasiones algunas compañeras del movimiento LGBTQIA+ han afirmado con convicción absoluta que todo el mundo tiene que nombrarse, “que no hacerlo es un privilegio” (ya escuché esa barbaridad), una forma de vivir dentro del armario y que es obligatorio enunciar públicamente si eres lesbiana, bisexual, pansexual, asexual, camionera, tortillera y el copón divino. Yo defiendo justamente lo contrario. Siendo una disidente de cisheterolandia yo reivindico que no necesitamos alimentar la ansiedad por la confesión pública de los guardianes de la cisheterosexualidad, que hacerlo o no entra dentro del dominio de la autodeterminación, por más que afirmarse LGBTQIA+ sea también una forma de lucha política.

Ya viví y también ya me contaron otros procedimientos de la policía de género. En una ocasión en que me relacioné con una persona trans, recuerdo que fui indagada también sobre el genital de esa persona; algo que debe interesar apenas a quienes van a tener intimidad sexual, pero no, el nivel de escrutinio llega a ese punto. Varias personas trans relatan de la fiscalización de su cuerpo de que son objeto por parte de personas cis: “¿pero tú te operaste o no?”. Imagínense indagar sobre algo tan íntimo sobre los genitales de alguien sin tener ningún contexto ni justificación para ello; algo que para mí sobrepasa los límites de lo absurda que puede llegar a ser la cisgeneridad (me incluyo en ello).

El sistema de género exige confesión, redención, coherencia, alineamiento binario; todas esos son parámetros del pensamiento occidental y eurocristiano. Pudiera poner mil ejemplos más, pero voy a citar solo uno más. Una cosa que ha comenzado a llamar mi atención últimamente es que cada vez que publico en mis redes sociales alguna foto con una ropa corta o que deja mis pechos al descubierto, casi siempre alguien comenta “estás calentando”, como sinónimo de querer despertar el interés sexual de quienes me acompañan en las redes sociales. Y ciertamente, a veces, yo tengo ese legítimo deseo, pero no es a través de Instagram o Facebook que lo comunico, porque para eso tengo Tinder y otras aplicaciones que se usan para encontrar contactos de esa índole.

“…Las bases en que cisheterolandia construye su seguridad son verdaderamente muy frágiles, sino no precisarían de un patrullaje tan tosco…”

Luego es muy sintomático, aunque no sorprendente, que la gente equipare una ropa, el largo de ella, a algún interés sexual. Y noten que esa misma premisa es la que acciona el asedio en las calles, y caemos en ella casi que en automático. “tás calentando”. Ese “tás calentando” contiene muchas más narrativas: “toma cuidado con la forma en que te vistes, con lo que puedes aparentar, puedes ser mal interpretada, no te van a respetar”. No exagero ni miento cuando digo que en más de una ocasión personas cercanas afectivamente me dijeron (o comentaron con terceras personas) que vestir mis shorts cortos era una forma de provocación a sus parejas. Delante de eso, yo solo me pregunto: ¿cómo es que el tamaño de una ropa puede ser tomado como una amenaza a un vínculo de pareja cuando una siquiera expresó interés en esa persona?

Las bases en que cisheterolandia construye su seguridad son verdaderamente muy frágiles, sino no precisarían de un patrullaje tan tosco. ¿Cómo es que el tamaño de una ropa puede ser tomado como una ofensa, una falta de respeto a terceros si, en última instancia, al vestir una ropa, yo estoy respetando mi deseo de sentirme cómoda con lo que visto?

“…Querida policía de género: déjanos vivir nuestro carnaval y vuelve a la quietud silenciosa de donde nunca debiste salir…”

Vuelvo al carnaval en São Paulo y a todo lo que viví en las últimas 24 horas: hombres besando a otros hombres, mujeres besando a otras mujeres, besos triples, amigos besándose. Y lo mejor de todo: nadie, absolutamente nadie de las personas que estaban allí al menos —sabemos que la homo/transfobia no acaba porque vivamos en Brasil; al contrario, Brasil continúa siendo el país que más mata personas trans y travestis— convirtió eso en un gran acontecimiento digno de ser noticiado. Nadie convirtió eso en una cuestión moral. Nadie hizo de eso un trabajo de proselitismo compulsorio (típico de la heterosexualidad que se esfuerza en obligar a todo el mundo a ser hetero) para que todo el mundo besara a gente de su mismo género. Nadie colocó eso en el plano de “tienes que definirte si, siendo mujer, besas a otra mujer” porque seis letras son muy pequeñas e insuficientes para que nuestros deseos e intensidades quepan en ellas. La vida es mucho más rica que seis letras, la vida es muy potente como para tener que ceder al control de la policía de género, la vida es un carnaval. Querida policía de género: déjanos vivir nuestro carnaval y vuelve a la quietud silenciosa de donde nunca debiste salir.

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Psicóloga por la Universidad de Oriente, Cuba. Máster en Intervención Comunitaria (CENESEX). Doctora en Ciencias Humanas (Universidad Federal de Santa Catarina). Investigadora de Post Doctorado vinculada a la Universidad de São Paulo, Brasil. Feminista, con experiencia en varias organizaciones y movimientos sociales.