Referentes │ Alva Myrdal: “Desarme, tecnología y aumento de la violencia”

Alva Myrdal fue una visionaria que conectó los esfuerzos de paz a nivel global con la justicia social, la educación y los derechos de las mujeres.

| Ensayo | Referentes | 25/03/2026
Alva Myrdal, Premio Nobel de la Paz 1982.
Alva Myrdal, Premio Nobel de la Paz 1982.

Alva Myrdal dirigió durante años las negociaciones en Ginebra para la reducción de los arsenales nucleares y denunció la irracionalidad de la carrera armamentística en los años de la Guerra Fría. Pero lo que hizo de ella una visionaria fue su capacidad para conectar los esfuerzos de paz a nivel global con la justicia social y las condiciones de vida de las personas comunes.
Myrdal fue además una lúcida defensora de los derechos de las mujeres. Con sus propuestas fundamentadas y realistas transformó la estructura social de su país e introdujo reformas que permitieron la independencia económica femenina y la conciliación entre trabajo y vida familiar. Sus ideas sobre la educación fueron también revolucionarias, defendiendo la idea de que la dinámica de las aulas y el trabajo de los maestros eran la base para construir una ciudadanía democrática y un estado de bienestar sólido.
Su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz, pronunciado el 11 de diciembre de 1982, conserva hoy, más de cuarenta años después, una actualidad sorprendente.

Desarme, tecnología y aumento de la violencia

Señor Presidente, distinguidos invitados:

En primer lugar, es mi deber obvio y a la vez muy grato expresar mi gratitud por el honor que me ha sido concedido con el Premio Nobel de la Paz de 1982.

Permítanme mencionar que no solo abordaré el tema general del desarme, sino que también me centraré en la relación entre los problemas del armamento, el vertiginoso avance tecnológico y el aumento de la violencia. No debemos olvidar jamás el atropello a la dignidad y los derechos humanos, el incremento de los actos de violencia y el uso de la tortura. Todo ello evidencia una increíble persistencia en el desprecio por el sufrimiento de las personas.

Pero también quisiera expresar mi más sincero agradecimiento al Comité Nobel por haber tenido la brillante idea de dividir el premio entre el Dr. García Robles y yo. Esto demuestra que no hemos recibido el premio únicamente como un reconocimiento personal, sino que se ha dado un gran impulso a todo el movimiento que busca promover la paz y reducir el uso de la violencia. Así lo destacó también el presidente del Comité Nobel Noruego, Egil Aarvik. Todo el movimiento popular de protesta, que actualmente se dirige y debe dirigirse principalmente contra el uso del arma extrema de terror, la bomba atómica, ha adquirido una legitimidad reconocida. Esto sin duda influirá en las actitudes y decisiones de los principales políticos y jefes militares de las superpotencias.

Intencionalmente, evito usar con demasiada frecuencia la expresión “esforzarse por la paz”. El anhelo de paz está arraigado en el corazón de todos los hombres. Pero este esfuerzo, que en la actualidad se ha vuelto tan insistente, no puede pretender alcanzar la paz eterna ni resolver todas las disputas entre las naciones. Las raíces económicas y políticas de los conflictos son demasiado profundas. Tampoco puede pretender crear un estado duradero de entendimiento armonioso entre los hombres. Nuestro objetivo inmediato debe ser más modesto: prevenir esa que hoy es la mayor amenaza para la supervivencia de la humanidad, la amenaza de las armas nucleares.

Quisiera destacar, en primer lugar, que me complace especialmente que en esta ocasión el premio se otorgue a dos ciudadanos de naciones desnuclearizadas y no aliadas. Los medios de comunicación rara vez mencionan este hecho, pues se centran en la rivalidad entre las dos superpotencias. Al fin y al cabo, existen muchos otros países en el mundo, y la mayoría se ha negado a ser rehenes de las superpotencias.

Quizás debería añadir —y espero que esto no suene a presunción— que somos dos delegados que hemos demostrado en las negociaciones de desarme y en las Naciones Unidas que la retórica no basta. Hemos abogado por un mayor énfasis en el análisis y la constructividad.

Es necesario hacer más en términos concretos para promover la causa del desarme. García Robles ha diseñado y buscado con tenacidad dar seguimiento al Tratado de Tlatelolco, con el objetivo de convertir a toda Latinoamérica en una zona desnuclearizada. De hecho, logró que las potencias nucleares firmaran acuerdos vinculantes para abstenerse de atacar con armas nucleares a las naciones que se han unido a una zona libre de armas nucleares.

Por mi parte, junto con algunos colegas, he presentado numerosas propuestas concretas y bien elaboradas. En ocasiones hemos tenido cierto éxito, aunque con menos frecuencia en cuestiones importantes. Por ejemplo, logré que el presupuesto del gobierno sueco cubra los costos del SIPRI (Instituto Sueco Internacional de Investigación para la Paz) y de la menos conocida estación sismológica de Hagfors. Esto nos permite monitorear de forma independiente y sistemática incluso las pruebas nucleares subterráneas más pequeñas, utilizando equipos modernos, y publicar los resultados sin obstáculos políticos. Más recientemente, hemos trabajado para crear una red internacional que verifique las explosiones de pruebas nucleares.

Estos esfuerzos de nuestros dos países son ejemplos de las oportunidades que existen para refutar objetivamente tantos intentos de las potencias nucleares por ocultar o dar explicaciones falsas de los hechos reales. O al menos sus intentos de retrasar que la verdad salga a la luz. Las naciones pequeñas pueden, de hecho, ejercer mayor influencia en las negociaciones de desarme de la que han ejercido hasta ahora. Pero debemos esforzarnos por romper el muro de silencio que, por desgracia, las grandes potencias han erigido para impedir la influencia de las potencias pequeñas en el debate internacional.

Es de suma importancia que las personas y los gobiernos de muchos más países que el nuestro comprendan que es más peligroso tener acceso a armas nucleares que no poseerlas. Sin armas nucleares, corremos menos riesgo de caer en la órbita de las grandes potencias, con sus tan peligrosas armas. Y, después de todo, no existe defensa contra ellas.

En términos generales, el mundo se encamina hacia un rumbo cada vez más devastador, con el absurdo objetivo del exterminio. La angustiosa situación de nuestra época, que recuerda el destino que le sobrevino a Roma, surge de una idea errónea: que el uso de armas, la violencia, puede conducir a la victoria.

¿Cómo sería posible, incluso a un costo inmenso, inaugurar una nueva y feliz era para el mundo sobre las ruinas de otro que estaría casi destruido? La idea errónea de que una victoria puede valer su precio se ha convertido, en la era nuclear, en una completa ilusión.

No cabe duda de que lo que las superpotencias están planeando, y en lo que invierten miles de millones, es precisamente la preparación para la guerra. Los nuevos sistemas de armas supertecnológicos, puestos al servicio de nuevas estrategias, apuntan a la guerra y a una supuesta “victoria”.

Los nuevos misiles intercontinentales no modifican la base de la estrategia, sino que la perpetúan. Esto no altera el hecho de que ambas superpotencias poseían, desde cerca de 1960, capacidad para asestar un golpe decisivo en los territorios continentales de la otra. En aquellos años, podría decirse que existía un llamado “equilibrio del terror”. Como yo y muchos otros hemos señalado, las dos grandes potencias ya contaban entonces con la capacidad suficiente para disuadirse mutuamente de lanzar un ataque nuclear.

Poco después de que Kennedy fuera elegido presidente, el general Taylor le aconsejó en 1960 que entre 100 y 200 misiles de largo alcance serían suficientes; y desde entonces, muchos expertos han realizado evaluaciones similares. Algunos científicos han llegado a afirmar que un misil por bando bastaría (así lo han hecho, por ejemplo, McGeorge Bundy y Herbert York).1 Sin embargo, a medida que avanzaba la carrera armamentística, los expertos han llegado a la conclusión de que el objetivo para una disuasión suficiente implicaría unos 400 misiles intercontinentales. Todos los desarrollos que superaran esta cifra solo son un paso más hacia una mayor inestabilidad. Son innecesarios.

Mucho se ha hablado y escrito sobre qué es un equilibrio suficiente y qué significan realmente los conceptos de “equilibrio” y “disuasión”. Y a pesar de que los expertos dicen la verdad, se propaga la idea errónea de que se necesita más.

Después de leer y escribir extensamente sobre este tema sin obtener respuesta, empiezo a sentirme un tanto agotada. Pero es necesario recalcar la verdad una y otra vez. Esto es lo que he hecho recientemente en el prefacio a la tercera edición de mi libro El juego del desarme, que hasta ahora solo estaba disponible en inglés. Justo hoy se publica una traducción al sueco en la revista Tiden.

Que el argumento se centre en los misiles intercontinentales de largo alcance no significa que otras armas nucleares no estén sujetas al mismo razonamiento. Seguiré repitiendo la verdad hasta que los políticos entiendan que, cuando se tiene suficiente, no se necesita más.

La conclusión sobre adónde nos lleva la rivalidad entre las superpotencias es terrible y realista. En estos momentos, el proceso está pasando de la disuasión a la capacidad de librar una guerra real. Esto se describe en una gran cantidad de libros nuevos, sobre todo en Estados Unidos. Aquí quisiera citar solo una frase del respetado, y para nada radical, diario The Washington Post del 13 de abril de 1982:

Hace mucho tiempo se llegó a un punto en el que tanto Estados Unidos como la Unión Soviética poseían arsenales tan monstruosos que cualquier aumento posterior se volvía absurdo. Han sido 37 años de locura, de idiotas compitiendo contra imbéciles, de naciones civilizadas tambaleándose a ciegas hacia una meta de peligro indescriptible. La necesidad inmediata es declarar una tregua para detener el aumento del arsenal nuclear por cualquiera de las partes.

Coincido con muchos en que congelar todo tipo de sistemas de armas es un primer paso hacia una política de desarme realista. Ojalá las autoridades comprenden que la fuerza que las impulsa en la carrera armamentística es completamente desquiciada. Yo lo comprendí con más claridad desde que estuve en contacto con la campaña internacional de médicos contra las armas nucleares, tanto en Boston como en Estocolmo. Hoy cuentan con 38 mil miembros, especialistas tanto de Oriente como de Occidente. De hecho, en este momento están celebrando una reunión en Estocolmo.

Los médicos han explicado cómo reaccionan los seres humanos ante la amenaza de las armas nucleares. Por un lado, simplemente cerrando los ojos, lo cual, de hecho, ha sido durante mucho tiempo la reacción del “hombre común”. Y, por otro lado, mediante una especie de paranoia nacionalista. Como lo dicen sin rodeos los expertos: una manía persecutoria. Existe una constante magnificación del enemigo, una exageración de la amenaza que representa, convenciendo a la gente de que es “el enemigo absoluto”, dispuesto a devorarlos. Y así, según este razonamiento, se necesitan más armas. Pero eso es una locura cuando sabemos que ambas superpotencias ya poseen mucho más de lo “suficiente”.

Los médicos también han demostrado cuán insuficientes que son nuestros recursos para atender a los heridos, incluso en países muy desarrollados, si ocurriese un ataque con armas nucleares.

La manía persecutoria, alimentada por lo que Eisenhower denominó el complejo militar-industrial, es lo que ahora motiva a los principales políticos a embarcarse en una carrera armamentística sin límites. Surge del nacionalismo que se desata en cualquier conflicto de intereses entre Estados. Pero va más allá de los límites del patriotismo natural, que se basa en el amor a la propia patria y sus tradiciones culturales. Recientemente hemos visto ejemplos de este nacionalismo distorsionado en el conflicto entre Gran Bretaña y Argentina.

Un poderoso movimiento de protesta, que alza la voz con sentido común en cada vez más países, hace frente a quienes participan en la carrera armamentista y la militarización del mundo. Por ahora, ese movimiento ha cobrado una fuerza notable en los Países Bajos y Noruega, pero también en Alemania Occidental y Estados Unidos. Vive asimismo en el corazón de la gente del Este, aunque allí resulta mucho más difícil hacerse oír.

En este nuevo movimiento popular de protesta contra las armas nucleares, las mujeres y, cada vez más, las iglesias y organizaciones profesionales juegan un papel protagónico. Lamentablemente, no tengo tiempo para describir en detalle esta poderosa oleada contra la aceptación de las armas nucleares. Pero con sinceridad creo que quienes ostentan el poder político mundial se verán obligados, tarde o temprano, a ceder ante el sentido común y la voluntad del pueblo.

Violencia y tecnología

La guerra es asesinato. Y los preparativos militares que se están llevando a cabo para un posible enfrentamiento de gran envergadura tienen como objetivo el asesinato colectivo. En la era nuclear, las víctimas se contarían por millones.

Hay que afrontar esta cruda verdad. La época en que vivimos solo puede describirse como una de barbarie. Nuestra civilización no solo se está militarizando, sino que también se está brutalizando.

Dos características principales definen esta tendencia sin sentido. Permítanme referirme brevemente a ellas como rivalidad y violencia. La rivalidad por el poder de explotar el vertiginoso avance tecnológico atenta contra la cooperación. El resultado es una mayor violencia, con el uso de armas cada vez más sofisticadas. Esto es lo que caracteriza nuestra época como una de barbarie y brutalización. Debería haber llegado el momento de la verdad. Sé que son palabras fuertes y también sé que hay fuerzas buenas trabajando para frenar este desafortunado giro de los acontecimientos.

¿Me permiten hacer una confesión personal? Siempre he considerado el desarrollo global como una lucha entre las fuerzas del bien y del mal. No se trata de una lucha simplista entre Jesús y Satanás, pues no creo que este proceso se limite a nuestra esfera cultural. Más bien, en términos generales, se puede simbolizar como una lucha entre Ormuzd, el bien, y Ahriman, el mal. Mi filosofía de vida se basa en la ética.

Me parece que las fuerzas del mal han concentrado cada vez más poder en sus manos. ¿Nos atrevemos a creer que los líderes de las grandes naciones del mundo despertarán, verán el precipicio hacia el que se dirigen y cambiarán de rumbo?

La fuerza motriz del desarrollo de nuestra civilización, al menos desde el Renacimiento, ha sido, sin duda, el progreso tecnológico. Pero la tecnología tiene dos caras: puede ser explotada tanto para el bien como para el mal. Y los seres humanos no parecemos haber tomado una decisión del todo consciente, ni saber cómo afrontar las consecuencias.

En este sistema, que requiere la contabilidad por partida doble, el crédito debe reflejar, naturalmente, el enorme progreso que ha contribuido a superar tanta miseria y a elevar el nivel de vida de millones de personas. Los inventos y los grandes descubrimientos han abierto continentes enteros a la comunicación y el intercambio recíprocos, siempre que estemos dispuestos a ello. Las innovaciones, sobre todo en el campo de la medicina, y muchas otras, deben atribuirse, por supuesto, a la tecnología.

Pero, por otro lado, los triunfos de las fuerzas del mal son visibles en numerosos ámbitos. Me limitaré aquí a lo que conozco, que es también el desarrollo más ominoso: el creciente papel que desempeñan las armas. Las armas ante todo son herramientas al servicio de naciones rivales, lo que apunta a la posibilidad de una guerra futura. La guerra y los preparativos para la guerra han adquirido una especie de legitimidad. La proliferación de armas, a través de su producción y exportación, las ha puesto al alcance de casi todos, desde pistolas hasta estiletes. El culto a la violencia ha permeado de tal modo la relación entre las personas que nos vemos obligados a presenciar un aumento de la violencia cotidiana, en las calles y los hogares. Este es el modelo que les presentamos a nuestros jóvenes. No es casualidad. La ciencia revela que casi la mitad de los recursos intelectuales se movilizan con fines asesinos. En la posguerra hemos visto un desarrollo que abarca desde la sencilla bomba de Hiroshima hasta todo tipo de dispositivos avanzados. Como ejemplo, podría mencionar los aviones invisibles o la cada vez más feroz competencia que se libra en los océanos del mundo: la guerra antisubmarina.

He dicho que el armamento promueve —aunque no causa— la violencia militar colectiva. Pero no debemos olvidar su conexión con el hecho de que la violencia personal antes mencionada, los crímenes violentos cometidos en nuestras ciudades, son en gran medida consecuencia de la proliferación de armas. ¿Acaso no es de gran importancia que las armas estén tan fácilmente disponibles?

Esto debería estudiarse. ¿Con qué frecuencia y con qué armas se cometen homicidios, tanto en la sociedad como en el seno familiar, que parece ser el escenario más común de la delincuencia violenta? ¿De dónde vienen esas armas de bajo coste que son el instrumento de las amenazas en los atracos a bancos, o las granadas de mano utilizadas por los terroristas? ¿Cómo es posible que se permita su venta e importación?

El hecho de que la guerra, a pesar de las ordenanzas emitidas por las Naciones Unidas, reciba cada vez más una especie de “aceptación” como ejercicio natural de la fuerza por parte de diversas naciones, juega, en mi opinión, un rol más oscuro en el mantenimiento de lo que he llamado el culto a las armas y la violencia de nuestra época.

La militarización no solo se produce mediante actos de guerra y la compra de armas. También se fomenta —sobre todo entre los jóvenes— a través del entrenamiento militar, los manuales de defensa, etc. Los ejercicios y los juegos de guerra erosionan los valores éticos fundamentales que contiene el mandamiento “no matarás”. De hecho, toleramos cada vez más lo contrario de lo que intentan inculcarnos las religiones y el derecho internacional sobre la guerra.

Es alarmante el aumento de los actos terroristas, que incluso han llegado a países pacíficos como el nuestro. Y como “solución”, se crean cada vez más fuerzas de seguridad para proteger la vida de los ciudadanos. La vida de un político se torna cada día más peligrosa. ¿Dónde terminará esta espiral de violencia y represión?

Muchos países persiguen a sus propios ciudadanos y los internan en prisiones o campos de concentración. La opresión se convierte cada vez más en parte de los sistemas. Los sufrimientos de Lech Wałęsa pueden servir como símbolo de cómo se están pisoteando los derechos humanos, país tras país.

Un factor cultural que fomenta la violencia y que hoy resulta indudablemente eficaz son los medios de comunicación. En particular, todo lo que llega a nuestras mentes a través de los medios visuales. Se han realizado y publicado muchas investigaciones sobre este tema. Algunos programas tienden a tener un efecto momentáneo, pero otros confirman efectos de adoctrinamiento permanentes.

La violencia que se muestra en los medios también tiene un efecto diferenciado, ya que la violencia cometida por los “buenos” se graba más profundamente en nuestra percepción que la cometida por los “malos”.

También sabemos que los niños y los jóvenes son más propensos a aceptar patrones de acción brutales. Esta incapacidad para filtrar o seleccionar las impresiones que nos marcan tiene efectos en el ámbito internacional: la moral y las costumbres del mundo occidental se transmiten al Tercer Mundo a través de la exportación de películas y noticias, que van de la mano con la exportación de armas, y que, en cualquier caso, difícilmente funcionan en sentido contrario. Estas son señales de que algo anda muy mal en nuestra sociedad.

Finalmente, quisiera retomar brevemente el tema de la tecnología y la paz. Lo hago para presentar una propuesta práctica. En este sentido, quisiera mencionar a Nobel, un hombre que quizás mejor que nadie simboliza la naturaleza ambivalente de la tecnología. Nobel fue un auténtico defensor de la paz. Incluso llegó a creer que había inventado un arma de destrucción, la dinamita, que haría la guerra tan absurda que se volvería imposible. Estaba equivocado.

Pero, al igual que ocurre con la tecnología en general, sus inventos y los de otros pueden uarse tanto para el bien como para el mal. La nitroglicerina es un buen ejemplo, como él mismo dijo. Es capaz de aliviar los dolores cardíacos, puede utilizarse para abrir puertos, así como para acabar con vidas humanas. El propio Nobel impulsó una gran industria bélica.

En el pecho de aquel hombre, como suele ocurrir con los seres humanos, habitaban dos almas. Sin embargo, la psicología está empezando a desvelar los laberintos de nuestra personalidad.

Quisiera citar un fragmento del testamento de Nobel que, a mi juicio, se ha ignorado, y que tiene un valor práctico directo. Nobel afirma, entre otras cosas, que el propósito del fondo es apoyar “la celebración y promoción de congresos de paz”.

Hasta donde sé, no se han celebrado congresos de paz en los casi cien años de vigencia del testamento. Me gustaría sugerir un cambio de política para los próximos años, considerando a los organizadores de congresos de paz como candidatos al Premio Nobel. Estas conferencias podrían brindar excelentes oportunidades para someter cuestiones importantes a un análisis y debate dinámicos, fundamentados. El poderoso movimiento popular contra la carrera armamentística, que ahora cobra fuerza, facilitará y, al mismo tiempo, exigirá un estímulo así para contribuir a la construcción de nuestro futuro.

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1 El general Maxwell Taylor se convirtió en asesor militar del presidente John F. Kennedy en 1961 y fue jefe del Estado Mayor Conjunto en 1962. McGeorge Bundy fue asistente especial para asuntos de seguridad nacional de los presidentes Kennedy y Lyndon B. Johnson. Herbert York fue director de investigación e ingeniería de defensa en el Departamento de Defensa bajo los presidentes Dwight Eisenhower y Kennedy.

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