Referentes │ Malala Yousafzai: “¿Por qué dar armas es tan fácil y dar libros tan difícil?”
Malala Yousafzai ha dedicado su vida a defender el derecho de las niñas a la educación. Por su activismo recibió en 2014 el Premio Nobel de la Paz.
A finales de 2008 los talibanes ocuparon el pueblo de Swat, en el noroeste de Pakistán. Prohibieron la televisión, la música, la educación de las niñas, y limitaron la libertad de movimiento de las mujeres. Mataban a quienes se opusieran a sus órdenes y colgaban los cuerpos como escarmiento en las plazas. Malala Yousafzai tenía entonces once años y estudiaba el séptimo grado. Con la anuencia de su padre, comenzó a escribir un blog para la web de la BBC, donde denunció la violencia y la prohibición del derecho de las niñas a estudiar. Así comenzó su activismo.
Cuatro años después, los talibanes intentaron asesinarla mientras viajaba en un autobús escolar. Le dispararon varias veces en la cabeza y el cuello. Malala sobrevivió y tras una difícil recuperación continuó su activismo desde Inglaterra. Como explicó en 2014, al recibir el Premio Nobel de la Paz: “Tenía dos opciones. Una era callar y esperar a que me mataran. Y la segunda era hablar y que me mataran. Elegí la segunda.”
¿Por qué dar armas es tan fácil y dar libros tan difícil?
Bismillah hir rahman ir rahim.
Majestades, Altezas Reales, distinguidos miembros del Comité Noruego del Nobel,
Queridos hermanos y hermanas, hoy es un día de gran felicidad para mí. Me siento honrada de que el Comité Nobel me haya seleccionado para este preciado premio. Gracias a todos por su continuo apoyo y cariño. Gracias por las cartas y tarjetas que sigo recibiendo de todo el mundo. Sus amables y alentadoras palabras me fortalecen e inspiran.
Quiero agradecer a mis padres por su amor incondicional. Gracias a mi padre por no cortarme las alas y dejarme volar. Gracias a mi madre por inspirarme a ser paciente y a decir siempre la verdad, que creemos firmemente que es el verdadero mensaje del Islam. Y también gracias a todos mis maravillosos maestros, quienes me inspiraron a creer en mí misma y a ser valiente.
Estoy orgullosa. De hecho, estoy muy orgullosa por ser la primera pastún, la primera pakistaní y la persona más joven en recibir este premio. Además, estoy bastante segura de que también soy la primera ganadora del Premio Nobel de la Paz que aún lucha con sus hermanos menores. Quiero que haya paz en todas partes, pero mis hermanos y yo seguimos trabajando para lograrlo.
También me siento honrada de recibir este premio junto con Kailash Satyarthi, quien ha defendido los derechos de la infancia durante tanto tiempo, el doble de los años que he vivido. Me enorgullece que podamos trabajar juntos y demostrar al mundo que un indio y una pakistaní pueden colaborar y lograr sus objetivos en materia de derechos de la infancia.
Decidí hablar
Queridos hermanos y hermanas, mi nombre proviene de la inspiradora Malalai de Maiwand, la Juana de Arco pastún. La palabra Malala significa “afligida”, “triste”, pero para darle un toque de alegría, mi abuelo siempre me llamaba Malala: “La niña más feliz del mundo”. Hoy me alegra mucho que luchemos juntos por una causa importante.
Este premio no es solo para mí. Es para esos niños olvidados que anhelan educación. Es para esos niños asustados que anhelan la paz. Es para esos niños sin voz que anhelan un cambio. Estoy aquí para defender sus derechos, para alzar su voz... no es momento de compadecerlos. Es momento de actuar para que sea la última vez que veamos a un niño privado de educación.
He descubierto que la gente me describe de muchas maneras. Algunas personas me llaman la chica a la que dispararon los talibanes. Y algunas, la niña que luchó por sus derechos. Ahora también me llaman “Premio Nobel”. Sin embargo, mis hermanos todavía me llaman “la hermana mandona y molesta”. Que yo sepa, solo soy una persona comprometida, e incluso testaruda, que quiere que todos los niños reciban una educación de calidad, que las mujeres tengan los mismos derechos y que anhela la paz en todos los rincones del mundo.
La educación es una de las bendiciones de la vida, y una de sus necesidades. Esa ha sido mi experiencia durante mis 17 años de vida. En mi hogar paradisíaco, Swat, siempre me encantó aprender y descubrir cosas nuevas. Recuerdo cuando mis amigos y yo nos decorábamos las manos con henna en ocasiones especiales. Y en lugar de dibujar flores y patrones, nos pintábamos las manos con fórmulas y ecuaciones matemáticas.
Teníamos sed de aprender, sed de educación, porque nuestro futuro estaba ahí mismo, en ese aula. Nos sentábamos, aprendíamos y leíamos juntos. Nos encantaba llevar nuestros uniformes escolares impecables y nos sentábamos allí con grandes sueños en la mirada. Queríamos enorgullecer a nuestros padres y demostrar que también podíamos destacar en nuestros estudios y alcanzar esas metas, que algunos creen que solo los chicos pueden lograr.
“Tenía dos opciones. Una era callar y esperar a que me mataran. Y la segunda era hablar y que me mataran. Elegí la segunda.”
Pero las cosas no siguieron igual. Swat, que era un lugar turístico y hermoso, de repente se convirtió en un lugar de terrorismo. Tenía solo diez años cuando más de 400 escuelas fueron destruidas. Las mujeres fueron azotadas; la gente, asesinada. Y nuestros hermosos sueños se convirtieron en pesadillas. La educación pasó de ser un derecho a ser un delito. A las niñas se les prohibió ir a la escuela.
Cuando mi mundo cambió de repente, mis prioridades también cambiaron. Tenía dos opciones. Una era callar y esperar a que me mataran. Y la segunda era hablar y que me mataran. Elegí la segunda. Decidí hablar.
No podíamos quedarnos de brazos cruzados ante las injusticias de los terroristas que negaban nuestros derechos, asesinaban sin piedad y usaban indebidamente el nombre del Islam. Decidimos alzar la voz y decirles: ¿Acaso no han aprendido que en el Sagrado Corán Alá dice: “Si matas a una persona, es como si mataras a toda la humanidad”? ¿No saben que Muhammad, la paz sea con él, el profeta de la misericordia, dice: “No te hagas daño a ti mismo ni a los demás”? ¿Y no saben que la primera palabra del Sagrado Corán es “Iqra”, que significa “leer”?
Los terroristas intentaron detenernos y nos atacaron a mí y a mis amigas, que estamos aquí hoy, en nuestro autobús escolar en 2012, pero ni sus ideas ni sus balas pudieron ganar. Sobrevivimos. Y desde ese día, nuestras voces se han vuelto cada vez más fuertes.
No soy una voz solitaria, soy muchas

Cuento mi historia, no porque sea única, sino porque no lo es. Es la historia de muchas chicas. Hoy también cuento sus historias. He traído conmigo a algunas de mis hermanas de Pakistán, Nigeria y Siria, que comparten esta historia. Mis valientes hermanas Shazia y Kainat, a quienes también les dispararon ese día en nuestro autobús escolar. Pero no han dejado de aprender. Y mi valiente hermana Kainat Soomro, quien sufrió graves abusos y violencia extrema; incluso su hermano fue asesinado, pero ella no sucumbió.
También mis hermanas aquí, a quienes conocí durante mi campaña del Fondo Malala. Mi valiente hermana Mezon, de 16 años, de Siria, que ahora vive en Jordania como refugiada y va de tienda en tienda animando a niñas y niños a aprender. Y mi hermana Amina, del norte de Nigeria, donde Boko Haram amenaza, detiene e incluso secuestra a niñas, solo por querer ir a la escuela.
Aunque parezco solo una chica, una persona que mide 1.57 metros, si se cuentan mis tacones altos (pues solo mido 1.52 metros), no soy una voz solitaria, soy muchas. Soy Malala. Pero también soy Shazia. Soy Kainat Soomro. Soy Mezon. Soy Amina. Soy esas 66 millones de niñas privadas de educación. Y hoy la voz que alzo no es solo mi voz, es la voz de esas 66 millones de niñas.
A veces me preguntan por qué las niñas deberían ir a la escuela, por qué es importante para ellas. Pero creo que la pregunta más importante es por qué no deberían, por qué no deberían tener este derecho a ir a la escuela.
Queridos hermanos y hermanas, hoy, en medio mundo, vemos un rápido progreso y desarrollo. Sin embargo, hay muchos países donde millones de personas aún sufren los antiguos problemas de la guerra, la pobreza y la injusticia. Seguimos viendo conflictos en los que personas inocentes pierden la vida y niños quedan huérfanos. Vemos a muchas personas refugiadas en Siria, Gaza e Irak. En Afganistán, vemos cómo familias mueren en atentados suicidas y explosiones de bombas.
Muchos niños en África no tienen acceso a la educación debido a la pobreza. Y, como dije, aún vemos niñas que no tienen libertad para ir a la escuela en el norte de Nigeria. Muchos niños en países como Pakistán y la India, como mencionó Kailash Satyarthi, se ven privados de su derecho a la educación debido a tabúes sociales, o se les obliga a contraer matrimonio infantil o a trabajar.
Una muy buena amiga del colegio, de mi misma edad, que siempre fue una chica valiente y segura de sí misma, soñaba con ser médica. Pero su sueño se quedó en eso. A los 12 años se vio obligada a casarse. Y al poco tiempo tuvo un hijo, un hijo cuando ella misma era aún una niña, con solo 14 años. Sé que podría haber sido una muy buena médica. Pero no pudo... porque era una niña. Su historia es la razón por la que dedico el dinero del Premio Nobel de la Paz al Fondo Malala, para ayudar a brindar educación de calidad a las niñas en todas partes del mundo y para que alcen sus voces. El primer destino de estos fondos será donde está mi corazón: construir escuelas en Pakistán, especialmente en mi hogar de Swat y Shangla.
En mi pueblo aún no hay escuela secundaria para niñas. Y es mi deseo, mi compromiso y ahora también mi reto, construir una escuela para que mis amigas y hermanas puedan asistir, recibir una educación de calidad y tener la oportunidad de cumplir sus sueños. Ahí es donde empezaré, pero no me detendré ahí. Continuaré esta lucha hasta ver a cada niño en la escuela.
Es hora de que el mundo piense en grande

Queridos hermanos y hermanas, grandes personas que impulsaron el cambio, como Martin Luther King y Nelson Mandela, la Madre Teresa y Aung San Suu Kyi, estuvieron en este escenario. Espero que los pasos que Kailash Satyarthi y yo hemos dado hasta ahora, y que daremos en este camino, también traigan un cambio duradero.
Mi gran esperanza es que esta sea la última vez que tengamos que luchar por la educación. Resolvamos esto de una vez por todas. Ya hemos dado muchos pasos. Ahora es el momento de dar el salto.
No es momento de decirles a los líderes mundiales que se den cuenta de la importancia de la educación. Ellos ya lo saben; sus propios hijos asisten a buenas escuelas. Es el momento de instarlos a actuar por el resto de los niños del mundo. Pedimos a los líderes mundiales que se unan y hagan de la educación su máxima prioridad.
Hace quince años, los líderes mundiales acordaron un conjunto de objetivos globales: los Objetivos de Desarrollo del Milenio. En los años siguientes, hemos visto algunos avances. La cantidad de niños sin escolarizar se ha reducido a la mitad, como afirmó Kailash Satyarthi. Sin embargo, el mundo se centró únicamente en la educación primaria, y el progreso no llegó a todos.
En 2015, representantes de todo el mundo se reunirán en las Naciones Unidas para establecer el próximo conjunto de objetivos: los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Estos definirán la ambición mundial para las próximas generaciones.
El mundo ya no puede aceptar que la educación básica sea suficiente. ¿Por qué los líderes aceptan que para los niños de los países en desarrollo solo basta la alfabetización, cuando sus propios hijos hacen tareas de álgebra, matemáticas, ciencias y física?
Los dirigentes deben aprovechar esta oportunidad para garantizar una educación primaria y secundaria gratuita y de calidad para todos los niños. Algunos dirán que es poco práctico, demasiado caro o demasiado difícil. O quizás incluso imposible. Pero es hora de que el mundo piense en grande.
Queridos hermanos y hermanas, el llamado mundo de los adultos quizá lo entienda, pero nosotros, los niños, no. ¿Por qué los países que consideramos fuertes son tan poderosos creando guerras, pero tan débiles para traer la paz? ¿Por qué dar armas es tan fácil, y dar libros tan difícil? ¿Por qué construir tanques es tan fácil, y construir escuelas tan difícil?
Vivimos en la era moderna y creemos que nada es imposible. Llegamos a la luna hace 45 años y quizás pronto lleguemos a Marte. En este siglo XXI, debemos brindar a todos los niños una educación de calidad.
Queridos hermanos y hermanas, queridos hijos, debemos trabajar... no esperar. No solo los políticos y los líderes mundiales, todos debemos contribuir. Yo. Ustedes. Nosotros. Es nuestro deber.
Seamos la primera generación que decida ser la última que ve aulas vacías, infancias perdidas y potenciales desperdiciados. Que esta sea la última vez que una niña o un niño pasa su infancia en una fábrica. Que sea la última vez que una niña se ve obligada a contraer matrimonio. La última vez que un niño pierde su vida en la guerra. Que esta sea la última vez que vemos a un niño sin acceso al estudio. Que esto termine con nosotros.
Comencemos este final… juntos… hoy… aquí y ahora. Comencemos ya.
Muchas gracias.
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