Francesca Woodman hizo del cuerpo femenino y de la fugacidad los ejes de una búsqueda estética y conceptual que medio siglo después sigue siendo novedosa.
La pintura de Sita Gómez hace del cuerpo femenino un espacio de tensión entre los discursos que intentan reducirlo: la identidad, la historia y la moral.
Araceli Gilbert tardó años en recibir el reconocimiento que merecía, pero su genio y su tenacidad hicieron de ella un símbolo del arte en Latinoamérica.
Huérfana, vendida como concubina a los catorce años, superviviente en los márgenes de la sociedad y exiliada, Pan Yuliang hizo del arte una manera de vivir.
En la tensión entre forma y sistema, entre visibilidad e invisibilidad, residen la potencia y la actualidad de la obra de Loló Soldevilla.
Relegada durante años, María Blanchard fue una pintora de primer orden, pionera del cubismo y dueña de una sensibilidad única dentro de la vanguardia europea.
En su pintura, Paula Modersohn-Becker exploró la figura y la identidad femeninas con una franqueza y una originalidad sorprendentes.
Sin aspaviento ni concesiones, la obra de Zilia Sánchez ofrece uno de los aportes más incisivos al pensamiento de la forma en el arte contemporáneo.
Considerada la primera pintora surrealista de México, Sofía Bassi fue una artista inimitable que abrió su propio camino lejos de las normas y las modas.
Julie Hart Beers creó un estilo personal dentro del paisajismo americano, convirtiéndose en una de las pocas mujeres artistas profesionales de su tiempo.