Historia y memoria en Gloria Rolando

La obra cinematográfica de Gloria Rolando es un documento imprescindible para comprender las complejas dinámicas culturales de Cuba y el Caribe.

| Ensayo | Opinión | 26/01/2026
Gloria Rolando (La Habana, 1953), cineasta cubana.
Gloria Rolando (La Habana, 1953), cineasta cubana.

La literatura oral, las historias personales de nuestro pueblo,
son las referencias obligadas para adentrarse
en este universo inagotable de la memoria colectiva.
Gloria Rolando Casamayor

Gloria Rolando Casamayor es no sólo la cineasta más importante de la isla, sino que también está considerada como una figura destacada dentro del grupo de documentalistas latinoamericanas y caribeñas de hoy. Tiene a su haber más de una decena de obras en las que se incluye un corto de ficción. A pesar de sus múltiples premios internacionales en Estados Unidos, Europa y el Caribe, entre los que destaca la Medalla Federico Fellini en el año 2009 (entregada entre otros a Gerard Depardieu, Vanessa Redgrave y Clint Eastwood), o su nombramiento como miembro de la Academia de Cine de Estados Unidos, las instituciones en Cuba apenas han difundido su obra.

Rolando es conocida y valorada en América Latina, especialmente en Brasil, donde sus documentales se han exhibido en festivales de cine acompañados de mesas de discusión integradas por importantes especialistas. Su membresía como parte de la Red de Mujeres Afrolatinas y Afrocaribeñas, tanto como su importante trabajo como difusora de la cultura caribeña, la diáspora africana, la música y la historia no oficial de las islas donde incluye a Cuba, no han valido para que sus textos fílmicos hayan sido exhibidos en la isla.

Tampoco se ha tenido en cuenta el hecho de que fuera la primera mujer cineasta cubana en formar parte, desde 2019, de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficos de los Estados Unidos. Solo en el año 2024 el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) la incluyó en el grupo de personas a los que se le otorgó la Medalla “Alejo Carpentier”, nada más. El mismo Instituto que nunca la ha apoyado en ninguno de sus proyectos ni en la realización de su obra. Gloria Rolando es, definitivamente, una cineasta incómoda. Como en su tiempo lo fue también Sara Gómez.

Años de formación

Rolando Casamayor comenzó su aprendizaje por la música. Graduada de copista del Conservatorio Municipal de Música “Amadeo Roldán” de la capital cubana, continuó estudios en la Universidad de La Habana en la licenciatura en Historia del Arte. Ese período coincidió con los difíciles tiempos del mal llamado “quinquenio gris”, un flagelo cultural que no estuvo ajeno a las aulas universitarias: expulsiones, persecución a homosexuales, problemas ideológicos muchas veces inventados para salir de estudiantes que incomodaban por su formación e intereses, fueron una muestra de cómo la “política cultural” inundaba también los predios universitarios.

A Gloria Rolando la enviaron a trabajar al macizo montañoso del Escambray con otros estudiantes de la Facultad de Artes y Letras igualmente tachados como problemáticos. Formaron parte de ese grupo, entre otros, Luis Álvarez, Margarita Mateo, Marcelo Fajardo y Jesús Barquet, que hoy son nombres de valía para la cultura cubana. ¿Dónde están los nombres de los represores? Muy fácil la respuesta: en parte alguna. Rolando ha dicho que ese fue un tiempo muy triste y que extrañaba mucho a su familia.

En 1976, después de haber concluido la carrera de Historia del Arte, entró a trabajar en el ICAIC. No tenía formación como cineasta. No sabía lo que eran las técnicas de cine, pero se percató de inmediato de la necesidad de aprender y trabajar. Y se percató también de cómo todo se definía para un filme en el cuarto de edición.

Rolando aprovechó su labor con creadores de experiencia como Santiago Villafuerte. Este cineasta fue quien le enseñó la importancia de la presencia haitiana en Cuba, al encargarle el trabajo de investigación para el documental Tumba francesa. Esa constituyó la primera mirada profesional de la futura realizadora al mundo del Caribe a través de la música, los cafetales, la esclavitud y las migraciones haitianas a Cuba.

El interés de Rolando por el Caribe la condujo a crear vínculos con el Departamento del Caribe, entonces dirigido por George Lamming y Nancy Morejón, y con la Casa de las Américas en general. Conocer y mostrar la multiculturalidad que el Caribe ha dado a Cuba ha sido, desde entonces, una de las claves esenciales de su filmografía.

Inicios de Gloria Rolando en el cine documental

Gloria Rolando en una filmación.
Gloria Rolando en una filmación.

En 1991 después de años como guionista, investigadora y asistente de dirección Gloria Rolando decidió comenzar su trabajo en solitario. Las burocracias del ICAIC, los conflictos laborales generados por el hecho de que se le negaba una y otra vez la categoría de directora asistente, la llevaron a buscar otros rumbos en el movimiento de videastas que comenzaba a emerger. Presentó sus guiones sobre Lázaro Ross y Sara Gómez en una convocatoria lanzada por esa institución, pero no fueron aprobados. La verdad es que parece que no fueron bien vistos. Ese fue el golpe de gracia para que ella decidiera comenzar su carrera como documentalista.

No conoció a Sara Gómez, quien ya había fallecido cuando Rolando entró al ICAIC. Pero el contacto con su obra le mostró una realidad totalmente diferente a la que había visto hasta el momento en los realizadores del ICAIC. El que no le aprobaran el guion sobre Gómez no impidió que se pusiera en contacto con amigos cercanos a la cineasta. Lo cual resultó de un valor incalculable para comprender mucho mejor su obra. Rolando ha afirmado al respecto:

Yo no pude hacer el documental sobre Sara, pero me ayudó mucho tener contacto con la gente que la conoció, apreciar su obra, analizarla, profundizar en ella, descubrir toda una serie de cosas que me abrieron los ojos. Ese fue el mejor regalo. Me dije que había pensado antes que estaba sola, pero la obra de Sara me demostraba que no se estaban cuestionando allí solamente problemas de raza, sino también de género. Y cuando vi Mi aporte me dije: ¡claro! Mi primer encuentro con Sara fue cuando nos pusieron De cierta manera y nunca olvidaré a Jorge Fraga,1 dijo que se trataba de un filme que reflejaba la estética de lo feo, distinto, una cosa muy rara. Yo la vi y no me pasó nada, la vi como a distancia. Fue después cuando empecé a plantearme lo que yo quería hacer.2

La no aprobación de estos proyectos de guiones no fue sino una manifestación del ejercicio de la censura por parte de los directivos de la institución de cine. Era asistente de dirección desde hacía algún tiempo y no se le había considerado para pasar a la categoría superior de directora asistente. Otras mujeres de su grupo, algunas con menos experiencia y rigor, ya ostentaban esa categoría.

La censura sistemática del cine en Cuba

La futura directora aprovechó todo el tiempo posible para el estudio no sólo del cine, sino también de otras vertientes culturales, en especial, del Caribe. Por tanto, su trabajo ―aun el que no había realizado― sufrió el freno y la censura de una institución que ejercía ese “derecho” de las más diversas maneras. La académica e investigadora brasileña Mariana Villaça ha caracterizado esa censura agudamente:

La censura no acostumbraba a ser directa, pero podía ocurrir de forma muy variada: conforme el caso, había prohibición total o condicional del guion, cancelación de fondos, restricciones de producción, exigencia de alteración del argumento central, fijación de solo corto tiempo en cartelera, condena previa o difamación por la crítica de cierta obra o cineasta, silenciamiento de los medios de comunicación en relación con el estreno, interferencia en el proceso de edición, en fin, estrategias que estaban dirigidas a dificultar y entorpecer la realización del filme o el acceso del público a la obra.3

Al hablar de su obra desde hoy Gloria Rolando ha afirmado que:

Yo misma me sorprendo de cómo pude empezar y cómo he podido continuar. Cuando yo presenté el guion para hacer el documental sobre Lázaro Ross que era Oggun: eterno presente y Sarita. Lo hice porque era parte de una convocatoria que oficialmente hizo el ICAIC de documentales de diez minutos que no llevaran muchos recursos, incluso, nada de iluminación. Tenía que ser algo extremadamente simple. Yo me arriesgué a ilusionarme. Arriesgarse a la ilusión de que por ser dos figuras tan importantes podían ser escogidos los temas. Pero no fue así.4

Oggun, un eterno presente

Oggun, un eterno presente se filmó en 1990. Los temas musicales corrieron a cargo de Pablo Milanés. No tuvo ningún tipo de colaboración del ICAIC para filmar este documental. Ni siquiera, una vez terminado, la institución se interesó por su estreno. Todavía hoy sigue sin estrenarse en los circuitos de cine de la isla. Lo realizó con el grupo Videoamérica. Era un homenaje a Lázaro Ross, el cantante mayor del Conjunto Folclórico Nacional.

Sara Gómez fue la primera en filmar a Lázaro Ross en sus inicios, para una de las tomas de su documental de etnografía musical Y… tenemos sabor. Gloria Rolando fue la otra realizadora en mostrar interés por este hombre que era portador de la historia de la cultura yoruba en Cuba y un griot. Hasta donde conozco, nunca otros realizadores se interesaron en registrar sus aportes a la cultura insular. En una entrevista sobre los orígenes de este texto su directora afirmó:

El proyecto vino de un guion que yo tenía desde el año 88-89. Yo tengo un amigo muy querido que vive en España, Pedrito Betancourt, que era Jefe de Escena del Conjunto Folclórico Nacional. Él me hizo interesarme en la figura de Lázaro Ross. Ross era una voz especial para la cultura cubana, y para el mundo de la religión yoruba. Él me dijo: ¿por qué no haces un material sobre Lázaro Ross? Y así, sin tener muchos recursos, iniciamos ese proyecto.5

El escenario en que Ross cuenta la historia de Oggun es la naturaleza viva donde este orisha desarrolla su historia. Sentado debajo de una ceiba, Ross habla. Rolando convierte en imágenes las palabras de este griot antillano. Así, se devela el erotismo de estos orishas. Rolando no se detiene solo en el espacio de la naturaleza, sino que a su vez lo muestra como parte de esa cultura del subalterno que se manifiesta a través de los márgenes sociales. La cámara se detiene en contrapicados que exponen el movimiento de los pies, las piernas semiflexionadas y la cadencia de los cuerpos.

La cineasta ha ido de la leyenda a la realidad donde esta historia permanece viva. No utiliza la escena teatral, sino el espacio interior donde quedan registrados con la autenticidad plural de una cultura que pertenece al legado patrimonial de la nación. Negros y blancos se mezclan en una espiritualidad danzaría que cada uno de ellos expresa a través del cuerpo, el rostro y la interacción entre canto, percusión e historia.

Insisto: es el subalterno, el negro y el blanco, no hay distinciones, resultado de una poscolonialidad que mantiene vivas sus expresiones culturales al margen de los espacios de poder. La ensayista cubana Yisel Arce se ha referido a esta problemática de la poscolonialidad para el mundo cultural de la isla:

Las categorías que rigen la vida política de la mayor de las islas de las Antillas gravitan —todavía hoy— en torno a la fuerza simbólica de la Revolución Cubana de 1959. Las narrativas y conceptualizaciones que configuran el corpus analítico sobre este hecho histórico reifican sistemáticamente los imaginarios de un Estado-nación con un carácter excepcional en pleno centro del territorio del Caribe. Intentar producir una conjunción entre la condición poscolonial y los relatos de la postrevolución en Cuba supone el desafío de construir perspectivas críticas con respecto a la historiografía hegemónica que enfatiza y exacerba la gesta revolucionaria de 1959 como punto de ruptura absoluta con nuestro pasado colonial. Estos actos fundantes —y la Historia provee innumerables ejemplos— hacen de la escritura de sus memorias una práctica de borramiento. Una política de higienización que precisa de emborronar, esconder, silenciar sus zonas de tensión, sus conflictos y, por supuesto, los sujetos en disciplinamiento. La opacidad de este régimen de narración no admite fisuras ni contingencias que empañen la linealidad y, por paradójico que parezca, la nitidez con la que anhela proyectar sus propuestas discursivas.6

Tales reflexiones de Arce nos llevan a comprender, todavía más, por qué el éxito de Oggun, un eterno presente no podía tener como escenario a Cuba, sino otras latitudes como la de los Estados Unidos. Las puertas de muchas universidades norteamericanas se abrieron para mostrar este texto fílmico y conversar con su realizadora. Rolando, a partir de aquí, comienza a trabajar otras vertientes en las que se hacían presentes las diversas migraciones del Caribe a Cuba y cómo la historia de la isla ha sido construida a partir de identidades diversas.

El Caribe en la obra de Gloria Rolando

Gloria Rolando con su hermana y su abuela Inocencia, a quien evoca en el documental "Diálogo con mi abuela".
Gloria Rolando con su hermana y su abuela Inocencia, a quien evoca en el documental "Diálogo con mi abuela".

Gloria Rolando se dispuso de inmediato a preparar su segundo documental: Los hijos de Baraguá. El Caribe es esencialmente un espacio de continuas migraciones. El hombre del Caribe es viajero por excelencia y Cuba no estuvo al margen de esta situación. Hacia allí dirigió su interés Rolando en este documental. El investigador y profesor Julio Ramos caracterizó esta vertiente creadora de la realizadora al afirmar:

En las márgenes afroantillanas de la historia insular, Gloria Rolando escucha atentamente los acentos, las historias, la música de inmigrantes provenientes de otras Antillas: Islas Caimán, Barbados, Haití, Monserrat o Jamaica, quienes a su vez recuerdan conexiones afectivas en Panamá o los Estados Unidos. Estos actos de la memoria no solo componen “historias” sobre el pasado, sino que establecen las condiciones realizativas de asociaciones y comunidades nuevas. A la vez, los testimonios que con frecuencia cuentan historias de fracturas y separaciones son inherentes a los paisajes sonoros que operan en los documentales como una especie de correlato acústico, una geografía afectiva conjura la distancia en las complejas rutas de las migraciones antillanas.7

Esta vez, la directora de Diálogo con mi abuela, filmó con su propio grupo al que llamó Imágenes del Caribe. El colectivo de creadores estaba integrado por amigos y familiares. Carecían de financiamiento institucional. El ICAIC nunca le dio el más mínimo apoyo. Aprendieron a buscar los recursos por sí mismos y estuvieron juntos a pesar de que la remuneración por el trabajo realizado era poca. Pero nada los detuvo.

Gloria Rolando ya se acercaba a lo que exactamente quería dejar registrado en sus obras. El Caribe, ese inmenso mediterráneo americano, mucho tenía que decir y mostrar a través de sus historias. Y, por otra parte, Gloria partió del criterio de que, en efecto, Cuba es Caribe aunque los cubanos no siempre lo reconozcan. La isla en peso de Virgilio Piñera y su afirmación lírica de cómo esa tierra está condicionada por “la maldita circunstancia del agua por todas partes” es uno de nuestros libros mayores que definen lo caribeño insular del cubano. Hacia ese destino se encaminó Gloria Rolando.

Para Rolando llegó el momento, pues, de mostrar cómo los metarrelatos imperiales se dispersaron por las islas y algunos de ellos tuvieron en Cuba su destino definitivo. Para los hombres y mujeres que arribaron a la isla, a lo largo de oleadas migratorias republicanas, Cuba era una suerte de tierra prometida. Ese fue el punto de partida para la realizadora. Además de su contacto con un Caribe que le había sido mostrado por George Lamming, Nicolás Guillén y Rex Nettlrford, a quienes dedica este documental.

La filmación se llevó a cabo en medio de las tensas condiciones del llamado “período especial” en Cuba. Sin luz, sin transporte y sin recursos, marchó Gloria Rolando al central azucarero Baraguá, en la provincia de Ciego de Ávila. La acompañaron tres hombres y una cámara que le prestaron desde Estados Unidos. Solo contaban con dos micrófonos y carecieron todo el tiempo de luces para realizar las filmaciones. Por tanto, todo parecía condenado al fracaso. Pero, como ella ha dicho en más de una ocasión, “a mí me ha movido el destino, los dioses, Dios, no sé”.

La identidad caribeña: migraciones y memoria

La historia oficial, al definir componentes identitarios de Cuba, solo señalan al negro, al blanco y al chino. Pero donde muy pocos se detienen es en añadir que, detrás de cada uno de ellos, hay una pluralidad cultural que es la que le imprime un sello peculiar a la cultura insular. Cuba, me atrevo a afirmarlo a sabiendas del riesgo que corro, es un espacio de confluencias culturales diversas. Esas huellas son las que marcan las diferencias de la geografía humana entre la Cuba A y la Cuba B de la que habló ese gran historiador y demógrafo cubano que fue Juan Pérez de la Riva.

Todavía hoy, a pesar de la enorme crisis humanitaria que atraviesa nuestra isla, las diferencias culturales pueden advertirse en ella. Gloria Rolando lo sabe y es uno de los problemas que ha tenido en cuenta en sus investigaciones: “Cuando uno viaja de Camagüey para allá es otra idiosincrasia, otras costumbres y eso forma parte, de alguna manera, de la historia de la industria azucarera. Las historias que allí se cuentan son muy valiosas también”.8

Baraguá fue uno de los mayores productores de azúcar que tuvo Cuba. Allí hubo una serie de asentamientos poblacionales como resultado de los movimientos migratorios de las islas del Caribe. A este lugar llegaron hombres y mujeres procedentes de Barbados, Jamaica, Trinidad y Tobago, Monserrat, Guadalupe y otras islas. Algunos de ellos habían trabajado en las obras del Canal de Panamá, ahora trataban de insertarse en Cuba, especialmente en la industria azucarera, porque habían oído de la importancia que este rubro económico tenía en aquel tiempo para la isla.

Las migraciones en esta zona suelen ser políticas, económicas o simples traslados en busca de aventuras. También estaban las migraciones internas, ya fuera por huir de la justicia o por buscar otras tierras o lugares donde la explotación de los recursos fuera mejor. Y, por supuesto, no sólo se movían en el Caribe, sino también a las metrópolis como señalan Margarita Mateo y Luis Álvarez en su libro El Caribe en su discurso literario.

La cineasta ya conoce de la existencia de las varias generaciones de estos inmigrantes. ¿Cómo han sido sus vidas? ¿Mantuvieron sus costumbres y tradiciones hasta hoy? No se está frente a un documental antropológico. El interés de Rolando es otro, indiscutiblemente. Digamos que la cineasta tiene la intención, cosa que logra, de mostrar cómo la memoria y las historias de estos inmigrantes se mantiene, a pesar de la dura situación económica que ahora enfrentan en Cuba, de generación en generación. Muestra, pues, un abanico de múltiples factores que han caracterizado a estos grupos humanos en Baraguá.

No es casual que Gloria Rolando haya comenzado su documental preguntando a una anciana procedente de Barbados, y a otra de Jamaica, que comían en aquellas islas. En ese hurgar en la memoria, especialmente en la culinaria, hay una intención cultural.

En el siglo XVIII, Jean Anthelme Brillant-Savarin en su libro Fisiología del gusto o Gastronomía trascendental había dado a conocer una serie de aforismos sobre este tema y uno de los más famosos que llega hasta hoy es “Somos lo que comemos”. En efecto, el cocinar y el comer son actos que están condicionados culturalmente y tienen una carga comunicativa muy fuerte. En resumen, son parte de una determinada identidad cultural. Hacia eso apuntan no sólo las preguntas, sino las lacónicas respuestas. Se dice más con el silencio y las pausas que con muchas palabras.

Gloria Rolando: ¿Qué comía en Barbados?
Anciana barbadense: Cou-cou y pescado volador.
Gloria Rolando: ¿Le gustaría volver a Barbados?
Anciana: ¡Ahora mismo!

La anciana, al declarar que ese era uno de sus platos preferidos, evidencia su extracción social. El Cou-Cou es una comida barbadense que caracteriza la alimentación del subalterno y que tiene, además, raíces africanas muy fuertes. Es un alimento que se hace a base de harina de maíz y quimbombó y se puede hacer en grandes cantidades por las familias numerosas. El pescado volador hoy es el plato nacional de Barbados. Lo que dice cómo las fronteras entre el subalterno y las élites del poder son permeables.

En el caso de la anciana procedente de Jamaica, el diálogo es muy similar:

Gloria Rolando: ¿Qué comían los jamaicanos?
Anciana: Mucho ñame, les gusta mucho el ñame con bistec. La comida favorita de los jamaicanos es plátano y el ñame.
Gloria Rolando: ¿Le gustaba el arroz con coco?
Anciana: Es mi plato preferido y también me gusta el stew peas.
Gloria Rolando: ¿Usted se siente jamaicana o cubana?
Anciana: Yo nací en Jamaica, pero me gusta estar aquí.

La comida del subalterno en Jamaica es también una herencia africana. Prefieren los alimentos que son fruto de la tierra, como dice la anciana: el ñame, la yuca, la fruta del pan —en otro momento del documental se hace referencia a este fruto y se muestra un “árbol del pan”—. El stew peas es un plato que tiene como base los frijoles colorados, en ocasiones puede llevar la carne salada, en fin. Rolando filma a familias reunidas alrededor de la mesa para comer. El arroz con coco está presente al lado de otros platos ya propiamente cubanos.

Es curioso, porque estos hombres y mujeres se fueron mezclando desde un primer momento. Pero ese mestizaje funcionaba como un acto de defensa para mantener vivas sus costumbres y tradiciones. Eran vistos, dicen los entrevistados, como súbditos ingleses. Algunos conservan todavía viejos pasaportes. Acuden a la iglesia que mantienen y escuchan el culto en inglés. Visten la mejor ropa para ir al recinto religioso, porque así ha sido siempre. Al ver a estas personas camino de la iglesia parece como si la moda se hubiera detenido y el tiempo con ellos.

Emigración y transculturación

Es importante tener en cuenta cómo estos hombres y mujeres luchan a toda costa por mantener vivos su pasado y su cultura. Pero esas experiencias forman parte de una historia que se va desdibujando en el presente que habitan en este momento. Margarita Mateo y Luis Álvarez han escrito al respecto:

Las nuevas vivencias del sujeto en un espacio ajeno propician el surgimiento de una mirada diferente sobre el país natal: la rememoración, la nostalgia, la idealización del paisaje evocado, la recuperación del pasado a través de la memoria son tópicos reiterados […] de la emigración. La estancia prolongada en tierras extranjeras acentúa la búsqueda de una identidad amenazada al perderse el contacto con el espacio cultural que los nutría.9

Hablan el inglés y dominan también el español. Algunos dicen preferir escribir y comunicarse en inglés. Pero los más niños suelen hablar ya solo el español. Esa preferencia por el idioma de sus mayores está condicionada por la educación. Todavía ellos alcanzaron a ser educados por escuelas que, en Baraguá, tenían los programas de estudios de la metrópoli.

Rolando nos descubre la existencia de sujetos poscoloniales dentro de un espacio otro que no corresponde a su mundo colonial. No se trata de España, sino de Inglaterra, Holanda y otras metrópolis insertadas en el mundo poscolonial hispano. Pero estos colonizados hablan dos idiomas. Ocurre, pues, lo que Françoise Vérges ha señalado en su estudio sobre la poscolonialidad en Aimé Cesaire:

El colonizado habla siempre, al menos, dos lenguas, conoce siempre, al menos, dos culturas; por eso nadie lo considera una riqueza, ya que una de las dos lenguas, una de las dos culturas no cuenta nada, está marginada, ignorada, despreciada. Sin embargo, hay que volver a apropiarse de esa riqueza. La multiculturalidad, la plurirreligiosidad, el mestizaje, la hibridación es la experiencia del colonizado.10

La música y la danza no pueden faltar. Rolando se detiene en las diferentes manifestaciones de ambas expresiones culturales. Todos danzan y disfrutan esa música que caracteriza a un Caribe como espacio polifónico. Los cuerpos que danzan parecen liberarse de las angustias del presente como una forma de preservar el pasado histórico a toda costa.

Por otra parte, lo que la cineasta filmó es un acontecimiento bailable que ya está transculturado. Esa es una característica no sólo de las danzas, sino también de la música de estos sujetos portadores del Caribe. Se produce, pues, un acontecimiento que nadie de otra latitud geográfica puede comprender ni repetir a cabalidad: “Movimiento, contorsiones, ritmo, ondulación: lenguaje del cuerpo que habla con su gestualidad rítmica en un idioma humano universal”.11

Gloria Rolando y la riqueza cultural caribeña

Gloria Rolando, cineasta cubana.
Gloria Rolando, cineasta cubana.

No es posible abordar todo el documental, como tampoco toda la obra de Rolando en este espacio. Oggun: el eterno presente y Los hijos de Baraguá fueron sus cartas de presentación. En efecto, la realizadora dejaba definidos sus ejes temáticos en la creación artística. Así nacieron Diálogo con mi abuela, Reembarque, Nosotros y el jazz, tanto como esas otras dos pequeñas joyas que son El Alacrán y Los marqueses de Atarés.

Su profundo interés por develar la historia oculta por los centros de poder y la intelectualidad vinculada a estos, la llevó a filmar su trilogía 1912. Voces para un silencio. El único documento histórico que trata la masacre, no solo contra negros y mulatos —como bien ha advertido la historiadora cubana María de los Ángeles Meriño—, sino contra un subalterno que solo pedía un lugar en la patria de la que formaba parte.12

Gloria Rolando ha continuado su trabajo en condiciones difíciles. Nada la ha detenido. Nada la detiene, pues, para continuar salvando la memoria y la historia de los hombres y mujeres que habitan estas tierras. Especialmente de aquellos que, desde el silencio, han sido pilares de la construcción identitaria de una de las regiones más difíciles y ricas del continente.

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1 Jorge Fraga (1935-2012) fue un cineasta cubano. Estuvo entre los primeros directores de cine del ICAIC. Se desempeñó también como pedagogo e impartió en la Universidad de la Habana las asignaturas de Estética e Historia del Cine. Trabajó en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Murió en el exilio en Bogotá.

2 Dánae Diéguez: “Gloria Rolando: he seguido mi camino superando barreras y prejuicios”, en: El cine es cortar. Lo mejor del audiovisual y el cine cubano, noviembre 12, 2016.

3 Mariana Martins Villaça: “Los limites contestarios en el cine documental cubano: la obra de Nicolás Guillén Landrián”, en: Revista Electrónica de la Anphlac, no. 6, p. 28.

4 Mensaje de voz de Gloria Rolando a Olga García el 15 de enero de 2025.

5 Sarah Quesada: “Gloria Rolando: revalorizando la memoria a través de los protagonistas de la historia”, en: Nuevo texto crítico. Universidad de Stanford, vol. 24-25, no. 47-48, 2011-2012, p. 188.

6 Yisel Arce Padrón: “Voces (des)centradas del audiovisual en Cuba. Rutas críticas desde el pensamiento poscolonial caribeño”, en: Versión. Estudios de comunicación y política. No. 38, abril-octubre, 2017, http://version.xoc.uam.mx, p. 62.

7 Julio Ramos: “Conversación con Gloria Rolando en La Habana Vieja”, en: Cuadernos de Literatura. Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia. Vol XVIII, no. 35, enero-junio, 2014, p. 287.

8 Entrevista a la realizadora Gloria Rolando realizada para la serie documental Cubanos No 2 del SEMlac-Cuba.

9 Margarita Mateo y Luis Álvarez: El Caribe en su discurso literario. Ed. Siglo XXI, México, 2004, p. 162.

10 Françoise Vergés: “Para una lectura poscolonial de Cesaire”, en: Aimée Cesaire: negro soy, negro me quedo. Ed. La Vorágine, Santander, España, 2020, p. 85.

11 Margarita Mateo y Luis Álvarez: El Caribe en su discurso literario. p. 183.

12 Cfr. María de los Ángeles Meriño: Una vuelta necesaria a mayo de 1912. El alzamiento de los Independientes de Color. Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 2006.

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