Arte │ Nell Blaine: el ritmo del color y la luz
La vida y la obra de Nell Blaine son un testimonio de resiliencia y de búsqueda constante en el mundo de las artes visuales.
Nell Blaine (Richmond, 1922 - Nueva York, 1996) nació con graves problemas de la vista: padecía estrabismo, astigmatismo y una miopía extrema que sus padres no notaron hasta que cumplió los dos años. Cuando finalmente le pusieron gafas, Nell se asombró de la belleza del mundo. Empezó a correr de un lado a otro señalando cada objeto y gritando feliz sus nombres. Ella misma recordaría mucho después ese momento como una “epifanía” que la llevó a desarrollar esa apreciación casi extática por el color y la forma y que hizo de ella una artista.
A pesar de las gafas, o precisamente por ellas, su estrabismo se convirtió para Nell en un problema serio. En su escuela los niños la acosaban con bromas pesadas y burlas constantes. Pero a los 13 años, gracias a la ayuda económica de unos familiares, pudo someterse a varias operaciones y, tras meses de recuperación con los ojos vendados, su visión mejoró enormemente, lo que reforzó su deseo de dedicarse al arte.
De la abstracción al realismo lírico

Blaine comenzó su carrera en la Nueva York de los años 40 bajo la tutela de Hans Hofmann. En esa primera etapa, su obra fue casi exclusivamente abstracta, centrada en el ritmo y la geometría de las formas. Sin embargo, tras un viaje por Francia e Italia, su perspectiva cambió y decidió que no quería elegir entre la técnica moderna y la belleza del mundo natural, sino fundirlas en un mismo estilo.
El resultado fue una manera única de expresión pictórica: paisajes, bodegones e interiores que, aunque reconocibles, destacaban a través de la pincelada libre del expresionismo abstracto, más que la forma de los objetos, su energía, la vibración de la luz sobre ellos.
Recordada hoy como una “pintora de pintores” por el impacto que su obra produjo en otros artistas visuales, Nell Blaine elevó los espacios domésticos a la categoría de lo mágico. Sus cuadros tienen una armonía interna que deshace la frontera entre abstracción y figuración. Su capacidad para encontrar belleza en aquello que otros pasaban por alto, como los tejados de la ciudad y las escenas más cotidianas, hicieron de ella una de las personalidades más influyentes del arte en Nueva York, logrando que el realismo volviera a ser una respuesta válida a la creciente cultura de consumo que se impuso tras la Segunda Guerra Mundial.
En 1959, durante un viaje a Grecia, Blaine contrajo una poliomielitis que la dejó parapléjica. Lejos de abandonar el arte, adaptó su técnica. Aprendió a pintar con la mano izquierda y modificó su proceso para trabajar desde una silla de ruedas. En 1986 recibió el Premio Caucus por la obra de su vida.
Vea a continuación una galería con once de sus obras más relevantes.
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