Mujeres obligadas a parir a oscuras en hospitales cubanos
Apagones en el Hospital González Coro obligan a continuar cesáreas sin respaldo eléctrico ni equipos con batería funcional; especialistas reconocen que madre y bebé quedan en riesgo.
En el Hospital Ramón González Coro, uno de los principales centros obstétricos de La Habana, los apagones eléctricos han obligado en repetidas ocasiones al personal médico a continuar cirugías en la oscuridad, alumbrándose con teléfonos celulares. La situación, documentada por la propia jefa de la unidad quirúrgica del centro, Yudmila Rodríguez Verdecia, en declaraciones recogidas por perfiles oficialistas como Naturaleza Secreta expone una vulnerabilidad que va más allá de un fallo técnico puntual.
Los equipos sin baterías funcionales, infraestructura eléctrica sin respaldo y décadas de testimonios de pacientes que vivieron escenas similares en distintos hospitales del país.
La falta de baterías funcionales, la ausencia de respaldo eléctrico y numerosos testimonios de pacientes que vivieron escenas similares en distintos hospitales del país, dibujan un patrón de deterioro estructural que pone en riesgo la vida de madres y recién nacidos en el momento más crítico del proceso reproductivo.
Una sala donde nada puede fallar, y todo falla
La doctora Yudmila Rodríguez Verdecia reconoce saber cuáles equipos no funcionan cuando se va la luz. Las cunas de reanimación neonatal. Las lámparas quirúrgicas. La máquina de anestesia, fabricada en 1995, lleva más años en uso que algunos de los médicos que la operan. Ninguno tiene batería de respaldo funcional. Tras años sin reposición, las baterías simplemente dejaron de servir.
“Hay que continuar la cirugía porque el acto quirúrgico no se puede detener. Hemos tenido que continuar operando con la luz de los celulares”, afirma.
El acto quirúrgico no se detiene. La luz, sí.
La doctora Rodríguez describe que el quirófano queda en penumbra total. La monitorización desaparece. El recién nacido, si ya fue extraído, pierde la cuna que regula su temperatura y hay que envolverlo en mantas. Y el médico que tiene las manos dentro del abdomen de una paciente no puede simplemente esperar a que vuelva la corriente.
Sin monitorización, el control del paciente vuelve a lo más elemental: observar si el tórax sube y baja, palpar, escuchar, confiar en el criterio clínico acumulado durante años.
“Volvemos a lo manual, a tomar los parámetros vitales como se hacía la anestesia hace muchos años”, explica la especialista.
No es una metáfora. Es lo que ocurre, en 2025, en un quirófano de maternidad de la capital cubana. Aunque varias personas en la publicación elogian la actitud médica, en otros comentarios se comprueba que no se trata solo de la última crisis de combustible, sino de un patrón que se repite desde hace años.
No es una metáfora. Es lo que ocurre, en 2025, en un quirófano de maternidad de la capital cubana.
Cuando se le pregunta si en esos momentos se pone en riesgo la vida de madre e hijo, la doctora Rodríguez responde:
“En ese momento se pone en riesgo la vida de la madre y del bebé porque no tienen toda la seguridad que se necesita para la intervención. Especialmente, se pone a prueba el corazón del personal de salud. Uno da el todo porque todo salga bien, pero obviamente sí, ponemos en peligro la vida de los dos”.
Hasta ahora no ha muerto nadie en estas circunstancias, refiere la doctora. Pero eso no es un indicador de que el sistema funciona: es una señal de que el Estado no garantiza al personal médico los recursos mínimos necesarios.
Tres décadas de apagones, tres generaciones de mujeres que los vivieron

Aunque actualmente Cuba vive una crisis energética sin precedentes, en la misma publicación se demuestra que más que una situación puntual, es una realidad estructural. Lo que los testimonios de otras pacientes revelan es que este no es un problema reciente ni aislado a un hospital. Es una constante que atraviesa décadas y que, lejos de resolverse, se ha agravado.
En 1972, a Adriana Veloso le practicaron una cesárea de urgencia en el materno de Guanabacoa cuando se fue la corriente:
“El 6 de abril de 1972 se fue la corriente mientras me practicaban mi primera cesárea de urgencia en el hospital materno de Guanabacoa, La Fátima. Siempre han quitado la corriente. Sucede que en aquel entonces las plantas eléctricas funcionaban. Ahora todas están rotas porque a nadie se le ocurrió mandarlas a reparar en su momento.”
Treinta y cinco años después, en 2007, Dalis Castillo especifica que llegó al González Coro con un embarazo de trillizos en semana 36:
“En 2007 en ese hospital me realizaron cesárea de urgencia con 36,2 semanas de un embarazo múltiple de trillizos. Durante la cirugía se fue la corriente y tuvieron que continuar con una lámpara recargable ya que hace 18 años no todos contaban con celulares como ahora. El equipo médico mostró ecuanimidad y profesionalidad con dominio del difícil momento. Gracias a eso todo terminó siendo felicidad.”
Once años más tarde, en 2018, Dany García dio a luz en otro hospital habanero, Maternidad Obrera con el foco del salón sin funcionar, y comenta en la publicación:
“En el 2018 parí en el hospital Maternidad obrera aún no había apagones , simplemente el foco del salón no funcionaba por que el de mantenimiento no había arreglado el toma corriente , una enfermera y el padre de mi hija asistieron a la doctora con los celulares , y para más decepción mía del sistema de salud pública de este país , a las 12 de la noche quitaban el agua y en el salón de partos igual , no había agua para ir al baño ni para lavarse las manos tan siquiera.”
Aumento de la tasa de mortalidad infantil
Al cierre del año 2025 el Ministerio de Salud Pública en Cuba informó que la tasa de mortalidad infantil de Cuba aumentó 2,6 puntos en un año y cerró el 2025 en 9,7 por cada 1 000 nacidos vivos.
Los factores e indicadores para analizar estas cifras son variados, pero las condiciones hospitalarias descritas forman parte del contexto sanitario que debe ser evaluado al analizar estas cifras.
El heroísmo no puede ser la política sanitaria de un país
El régimen cubano ha construido durante décadas un relato de excelencia médica que el mundo repitió durante años. Lo que los quirófanos del González Coro muestran hoy es otra cara de ese relato.
La respuesta institucional ha sido culpabilizar al embargo estadounidense y entrenar al personal para que sepa qué hacer cuando todo falla.
Las plantas eléctricas están rotas. Las baterías no se reponen. Los equipos tienen treinta años en uso. Y la respuesta institucional ha sido culpabilizar al embargo estadounidense y entrenar al personal para que sepa qué hacer cuando todo falla, en lugar de garantizar que no falle.
Que una cirugía obstétrica de alto riesgo dependa del porcentaje de batería de un teléfono móvil no es una demostración de adaptación ni de resiliencia. Es la evidencia de un sistema que ha trasladado su propia responsabilidad a los hombros de quienes juran salvar vidas, y que les exige hacerlo incluso a oscuras.
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