“Cuba, una isla que se apaga”: el colapso que el régimen no puede ocultar

Carolina Amoroso documentó clandestinamente una Habana marcada por la pobreza, los apagones, las ruinas y una población que solo sueña con un cambio.

| Opinión | 22/05/2026
Carolina Amoroso, periodista argentina, en su documental "Cuba, la isla que se apaga" (2026).
Carolina Amoroso, periodista argentina, en su documental "Cuba, la isla que se apaga" (2026).

La periodista argentina Carolina Amoroso, reconocida internacionalmente por sus crónicas de la guerra en Ucrania y sus coberturas sobre migraciones y crisis humanitarias, estuvo hace muy poco en La Habana. Así, de esa estancia clandestina, apareció su breve documental Cuba, una isla que se apaga. Sus días en la capital de la isla fueron posibles gracias a su visa de turismo. Amoroso afirmó que no podía ser de otra forma porque, conocedora de la represión de la tiranía contra los periodistas extranjeros, estaba segura de que sería estrechamente controlada. Fue, pues, una decisión deliberada.

La acompañó en ese riesgoso recorrido el camarógrafo Juan Pablo Cháves. El guion fue de la propia periodista y de Ricardo Ravenelli. Pero la realidad que encontraron superó con creces al guion previsto. La periodista, en voz en off, afirma en los primeros momentos: “Aunque la opresión se siente, la crudeza de la realidad se impone con más fuerza. Un país a oscuras en medio de su mayor crisis económica y social en décadas. Apagones diarios, basura acumulada, escasez y edificios que se derrumban”.

El texto fílmico comienza con una suerte de obertura en la que aparecen una serie de personas, como el exparamédico que, ante la pregunta de Amoroso “¿Cómo está la vida en Cuba?”, no vacila en contestar: “De difícil a imposible”; el anciano que solo come un pan al día porque es el que le corresponde por la libreta de abastecimientos, y la mujer que afirma desde el dolor: “Vivimos como los payasos; por fuera nos estamos riendo, pero por dentro estamos demasiado tristes. Demasiado sin vida”. Lo que viene después es algo que nunca imaginamos que veríamos. Como me afirmó una amiga en la distancia: “Lo que acabo de mirar duele, pero duele demasiado”.

Testimonios de la pobreza en el cine cubano

La filmografía de Sara Gómez y Nicolás Guillén Landrián ya había dejado testimonio de zonas muy sensibles de la pobreza en Cuba. No solo en La Habana, sino también en otras partes de la isla. Sus obras contaron con la agudeza de una mirada antropológica y sociológica. Lo hicieron a partir del conocimiento de la historia y la cultura insular en su gran espectro. Eso es Barrio viejo, de Guillén Landrián, quien se detiene, como Sara Gómez, no solo en el contexto de la pobreza, sino también en los rostros, las miradas y el comportamiento humano de aquella Habana vieja. Sara Gómez, por su parte, fue mucho más allá a partir de su formación y conocimiento cabal de la antropología y la investigación social. Por supuesto, su único filme, De cierta manera, mantiene un diálogo profundo con la realidad cubana actual.

Fernando Pérez ha diseccionado el cuerpo social de esa Habana que agoniza en sus complejos espacios. La oscuridad, la miseria, el esfuerzo no solo por vivir, sino por sobrevivir, recorren su filmografía. Ernesto Daranas es otro de los creadores que ha tocado hondo. La ciudad para Daranas recoge todas las heridas no sanadas a lo largo de los años, que hacen que un Yarini proxeneta se mantenga vivo en la mentalidad contemporánea y que nadie pueda escapar de su destino y condición social. No es fatalismo; al contrario, es daño antropológico que cobra forma también en Conducta.

La cultura de la pobreza

Fotograma del documental "Cuba, la isla que se apaga" (2026), de Carolina Amoroso.
Fotograma del documental "Cuba, la isla que se apaga" (2026), de Carolina Amoroso.

No sé si Amoroso conocía estos antecedentes fílmicos, pero tampoco importa. Ella quiere mostrar una ciudad que no es la que enseñan a los turistas. Mas su Habana profunda es ya el país en su totalidad. Un país en el que nadie quiere vivir y que es “una isla suspendida en el tiempo. Un lugar donde vivir es subsistir y donde el sueño de casi todos es huir”. La periodista filma el resultado del desastre mantenido en agonía y desesperación que fue visto por los cineastas anteriores. Solo que ese desastre no es ficción, como no lo fue nunca, sino la resultante de la más terrible de las dictaduras del Caribe y Latinoamérica, que ahora está atrapada en sus propios hilos. Pero aun así quiere arrastrar en su caída a lo que queda de un pueblo al que siempre despreció.

El documental, sin intenciones esteticistas, se adentra en la oscuridad de las calles laberínticas de una Habana que estremece no solo por la pobreza, sino por la miseria. El hombre, la anciana o el niño que busca en los basureros algo que comer o vender ya habían sido advertidos por el artista de la plástica cubana Franklin Álvarez en su desgarradora serie Los buzos. Toda esa realidad estaba allí, pero a la dictadura nunca le importó y ha convertido la isla en ese espanto de pobreza y miseria.

El antropólogo Oscar Lewis, fundador de la antropología de la pobreza, estuvo en Cuba y realizó estudios de este tipo. Fue expulsado del país por la Seguridad del Estado y sus archivos confiscados. Lewis advertía cómo: “La pobreza sugiere antagonismos de clases, problemas sociales y necesidades de cambio; frecuentemente es interpretada de esta forma por los mismos sujetos de estudio. La pobreza viene de la cultura nacional creando una subcultura por sí misma. Uno puede hablar de la cultura de la pobreza, ya que tiene sus propias modalidades y consecuencias distintivas sociales y psicológicas para sus miembros”.

Por eso, cuando la periodista pregunta a estos hombres y mujeres qué es lo que sueñan para Cuba, la respuesta es: un cambio. Para todos y cada uno de ellos se precisan cambios en la sociedad, en la vida cotidiana, en la manera de vivir, en la necesidad de poder tener luz, tener un techo seguro, dormir sin miedo a morir aplastados y poder hacer más de una comida al día.

Un país que se derrumba y espera

Fotograma del documental "Cuba, la isla que se apaga" (2026), de Carolina Amoroso.
Fotograma del documental "Cuba, la isla que se apaga" (2026), de Carolina Amoroso.

La Habana es hoy una ciudad que parece salida de un escenario de guerra. Y, en efecto, es la guerra diaria por la sobrevivencia la que lleva a sus habitantes a caminar de un lado a otro en la búsqueda de asideros. Ni siquiera es ya un sitio para vivir porque lo que muestra la cámara es una ciudad devastada totalmente, donde “los edificios derruidos por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento han convertido a ciertas calles de La Habana casi en postal de un lugar de guerra. Los riesgos de derrumbes son como fantasmas con los que conviven a diario muchas familias”.

Escaleras de mármol destruidas, rejerías, mosaicos y azulejos de alto valor patrimonial totalmente perdidos. No hay sentido del valor ni de la pertenencia a una cultura, a un espacio. Los Castro han destruido totalmente la historia y el pasado de la nación. La entrada a un solar y el cartel con el rostro “sonriente” de Castro y su frase de “unidos venceremos” resultan realmente vomitivos.

La ciudad es captada en sus diferentes dimensiones: los jugadores de dominó en una esquina. ¿Juegan como resultado del ocio? ¿Lo hacen para olvidar lo que les rodea? ¿El juego es indiferencia? Ese es otro daño sociológico acusado desde el siglo XIX en Cuba por José Antonio Saco.

Por otro lado, personas que bailan en medio de la oscuridad; niños que juegan en calles por las cuales apenas hay transeúntes, pero tampoco transporte. ¿Qué vida es esta? ¿Qué generación está delante de nosotros que no puede ir a la escuela por carencia de luz y recursos? Todo esto se paga muy caro en la historia no solo de las mentalidades, sino también en la dimensión cultural y económica de un país.

Las personas filmadas en las calles o en sus casas están pobremente vestidas. Algunos de ellos, sucios y carentes de dientes, y nadie ríe. De pronto, La Habana es la ciudad-país donde se ha borrado la risa. Las calles totalmente sucias y los vertederos de basura por doquier, al punto de que hay zonas por las cuales ya es imposible transitar por estos desechos.

Las enfermedades y la carencia de medicinas, unidas a la desilusión, son captadas con precisión por la periodista argentina. Un momento estremecedor es la mujer enferma que afirma, ante la pregunta de qué sueña para su país: “Que cambie todo esto y que podamos estar como las personas. Pero esto no se acaba”. La mujer llora y, con ella, Carolina Amoroso.

El documental es la crónica que pone al descubierto la realidad espantosamente infrahumana de un país. Carolina Amoroso sintió el desgarramiento, la violencia, el miedo, el hambre; todo lo que acontece y parece no tener salida. Ella cerró su trabajo de una forma estremecedora:

“Cuba se está apagando y ya no hay relato que la engañe. Esta es la historia de un país que se derrumba. Pero también es la historia de un pueblo en busca de la esperanza y la dignidad perdidas”.

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