Narrativa danesa │ Tove Ditlevsen: “El gato”
Los cuentos de Tove Ditlevsen resaltan por su estilo directo y su capacidad para construir una imagen compleja y descarnada de la mujer en el mundo actual.
Iban en el vagón, sentados frente a frente, y ninguno de los dos tenía nada de especial. No eran de esas personas que uno se queda mirando, harto ya de contemplar cómo el paisaje de siempre sale al encuentro del tren desde la distancia y se detiene un segundo para componer una imagen apacible de suaves curvas verdes y casitas con jardines de follaje tembloroso y agrisado por el humo que ondea tras los vagones como un largo estandarte vaporoso. Nadie mataba el tiempo intentando adivinar si estaban o no casados, si tendrían hijos, cuál sería su edad, a qué se dedicarían, etcétera. En sus miradas inexpresivas se leían las palabras matrimonio y oficina. Él ocultaba la cara tras el periódico y ella parecía dormida.
Así iban cada mañana y cada tarde a las horas en que oficinistas y comerciantes salen de casa y vuelven a ella. A menudo en el mismo asiento del último vagón. Aunque en los últimos tiempos ella había faltado algunos días, tal vez hubiese estado enferma. Él había ido solo y, a ojos de los demás, no había habido grandes diferencias. Había abierto el periódico, lo había leído con atención, había vuelto a doblarlo con mucho cuidado y lo había dejado en el asiento al apearse. Un oficinista de treinta y tantos años común y corriente. Ya había llegado el frío, así que la mujer quizá tuviese la gripe.
Le tocó la rodilla con suavidad.
—Ya llegamos —anunció.
No hacía ninguna falta, porque ella, en realidad, no estaba dormida. Se levantó, cogió el bolso de la red portaequipajes, se colocó bien el sombrero y bajó del tren delante de él. Él la observó de perfil cuando iban camino de casa. Se la veía cansada, como de costumbre. No tenía problema alguno ni más faena que otras mujeres que cuidaban de su casa y trabajaban; si acaso menos, porque ellos no tenían hijos. Pero había adoptado la expresión de quien lleva a cuestas todas las cargas del mundo. Al menos así lo veía él, y eso le molestaba. De un tiempo a esta parte se molestaba con facilidad.
Apretó los labios en una fina línea y se aclaró la voz:
—¿Sigue el gato en casa? —preguntó.
—Supongo que sí —contestó ella—, no he querido echarlo con este frío.
Él frunció el ceño y guardó silencio. El animal había ido infiltrándose en sus vidas lentamente. Una tarde, al volver a casa juntos, se lo encontraron maullando junto a la puerta. Ella le dio un poco de leche y lo dejó ir. A la mañana siguiente, el animal se presentó allí de nuevo y él le tiró una piedra cuando se marchaban, pero por la noche ella lo dejó pasar, porque estaba helando y al parecer el minino no tenía adónde ir. Por la mañana, la casa entera apestaba a porquería de gato, ni siquiera era un bicho medianamente limpio. Se restregó por sus piernas ronroneando a modo de disculpa y ella corrió por la casa limpiándolo todo y tratando de quitar el olor con amoniaco.
Así comenzó el conflicto del gato. Él lo echaba a la calle y ella otra vez lo dejaba entrar. Cuando estaban en la cama por las noches, oían su débil maullido al otro lado de la puerta y ella se levantaba a darle algo de comer, y mientras tanto, dentro del hombre iba creciendo y creciendo un resentimiento difícil de comprender.
“¡No dejes que entre!”, gritaba. Pero por la mañana el gato volvía a amanecer en el salón y se subía a las rodillas de su mujer con un salto elegante. Ella lo mimaba: “Ay, gatito, ojalá fueses más limpio”. Hasta ella palidecía cuando tomaban café en medio de aquella peste.
Mientras estuvo ingresada en el hospital, el marido logró deshacerse del gato. Cada vez que lo veía rondando la casa le arrojaba piedras y se lamentaba de no acertar nunca. Pero cuando ella volvió lo primero que hizo fue preguntar por el gato. Se quedó junto a la puerta y lo llamó: “Ven, gatito; mamá está otra vez en casa”. Y él acudió a su llamada como si nunca se hubiese alejado. Retiró la nieve del escalón de la entrada y metió al animal en el cálido salón. Con la mejilla apoyada contra su pelaje, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. “Cosita preciosa”, susurró.
Él odiaba los sentimentalismos y también la suciedad y el desorden. Que malgastara energías y cuidados en otras cosas si quería. En el fondo se alegraba de que hubiese tenido un aborto. Ese niño habría dado al traste con una vida que en sus seis años de matrimonio no había hecho sino progresar. Tenían una casa en propiedad y un mobiliario precioso, amistades adecuadas y el jefe iba a cenar con ellos una vez al mes.
Un niño habría supuesto que su mujer dejase de trabajar, habría empeorado su nivel de vida, habría arruinado su posición social. Él lo entendía como una desgracia y quería que ella también entrase en razón, pero iba por ahí envuelta en una dulce expectación y vivía en un mundo de ensueños donde no tenían cabida los áridos números y las cuentas. “Un niño de carne y hueso, un niño nuestro —decía extasiada—. ¿La casa? Si solo es una cosa muerta.”
Él tenía la sensación de que ella traicionaba el esfuerzo de ambos, que se alejaba de él para quedarse a solas con aquel cuerpo extraño y desconocido. La encontraba cada vez más joven y más guapa por su culpa y sentía algo cercano a los celos por no ser capaz de participar de su dicha. En el hogar de su infancia habían sido seis hermanos y él lo recordaba como un eterno lloriquear y pelearse por la falta de dinero. Los hijos empobrecen a la gente.
¿Cuándo había llegado el gato? Debió de ser al poco de descubrir que ella estaba embarazada, aunque esa era toda la relación que guardaban ambos hechos. Una mañana amaneció indispuesta y la llevaron al hospital a toda prisa, solamente fue cosa de unos días y él enseguida se sintió aliviado. Al fin y al cabo, no había sido culpa suya; también habrían salido adelante si hubiese nacido el niño, pero era mejor así.
Fue al hospital a buscarla con unas flores compradas con la vaga sensación de que había que consolarla. Pero ella ignoró el ramo y lo llevó en un abrazo convulsivo y desmañado todo el camino en el coche. Permitió que le diera unas palmaditas en la mano, que descansaba en la de él como algo extraño, muerto. “No irás a decirme que has echado al gato”, le soltó, y a él le pareció una frase rara, aunque ya se sabía que las mujeres no tienen ningún sentido de la proporción.
Por espacio de unos días fue muy considerado y aguantó carros y carretas. La ayudó con los cacharros por las noches y soportó la presencia del gato. En una ocasión incluso llegó a limpiar él mismo los excrementos. Pero en vista de que su mujer no parecía reparar en todos sus desvelos, lo dejó y volvió a comportarse como antes. Solo una vez, sentada con el gato en las rodillas, ella le dijo: “Qué, estarás contento, ¿no?”
Él se defendió, muy ofendido, y no tardó en convencerse de que en realidad era él quien había querido el niño y el único que lamentaba que se hubiese malogrado. Claro, como se había malogrado, podía permitirse lamentarlo. Ella con tener su gato ya estaba feliz. Pero ya se encargaría él de acabar con todo eso. Con su eterna porquería.
El olor salió a su encuentro en cuanto entraron por la puerta. Abrió de par en par todas las ventanas con muchos aspavientos, decidido a echar de allí a ese bicho. Aprovechando que su mujer estaba en la cocina, lo sacó de una patada de debajo del sillón, y el animal salió disparado en busca de ella.
La oyó parlotear y ponerle un poco de leche en un plato. Estaba tumbado en el diván cuando su mujer entró con el cubo, el amoniaco y el pelo recogido con un pañuelo. Fregona, pensó furioso. Pero al verla allí agachada, la flexible espalda doblada, lo invadió un calor repentino que hasta a él lo sorprendió. Hacía ya mucho tiempo.
—Grete —la llamó.
—¿Qué pasa? —Ella no se dio la vuelta.
—Ven aquí un momento.
Se levantó del diván y se quedó en silencio, avergonzado ante la mirada clara e interrogante de ella. Qué demonios, pensó perplejo, si estamos casados. Pero ella pasó de largo sobre sus sensatos tacones bajos y de pronto le resultó tan irracionalmente extraña como si nunca la hubiese tenido entre sus brazos. Si no ha sido culpa mía, pensó con una rabia sorda, impotente, ¿qué podía hacer yo para que no se fuese al garete?
Se quedó mirando la puerta cerrada y reparó entonces en el gato, que lo seguía con ojos de fiera desde debajo del escritorio. Aguardaba en la postura en que se acecha a un ratón, en una tensión inmóvil y paciente. Él estaba muy quieto en el centro de la sala con la misma alerta acechante en todos los sentidos. Avanzó un solo paso hacia el animal, que arqueó el lomo y bufó con suavidad. Buscó con la mirada algo que arrojarle, pero en el instante en que apartó la vista, el gato saltó por una de las ventanas abiertas.
Las cerró una tras otra en las tres habitaciones y luego fue a comprobar si la puerta principal y la de atrás también estaban bien cerradas. Apoyado en la encimera, observó a su mujer. Ponía un poco de carne en la picadora, la atrapaba con los dedos al salir y la llevaba hacia un cuenco a medida que caía por los pequeños agujeros reptando como gusanos largos y claros.
—¿Dónde se ha metido el gato? —No apartó la vista de la carne.
Él se encogió de hombros.
—¿Cómo quieres que lo sepa?
Ella se apresuró a levantar la vista.
—Lo has echado a la calle —dijo. La ira hacía que le temblara un poco la voz.
—Ah, ese gato te tiene medio loca —replicó él, intentando reír.
Ella se lavó las manos y se las secó a conciencia, dedo por dedo, con un gesto parecido al de ponerse unos guantes.
—Encuéntralo —ordenó con calma.
Él apartó la mirada. Quería hablar. Tenía un nudo en la garganta, como si fuese a llorar. Pero ¿qué es lo que pasa? Me mira casi con odio, pensó. Con aire desvalido, pasó a su lado y salió de la cocina.
—Gatito —llamó—; ven, gatito.
Si vuelve, se dijo, aún podría arreglarse todo. Pero el gato no aparecía por ninguna parte. Mientras lo buscaba por el jardín, toda su rabia desapareció, para dar paso a algo desconocido y abrumador a lo que no sabía dar nombre. Rebuscó entre los árboles y por la hierba cubierta de nieve, trataba de encontrar a un gatito que no traía más que disgustos, nunca alegrías; no tenía ningún sentido.
Era un hombre que siempre se había dejado guiar por la razón y a causa de esa razón había ido progresando en la vida. Jamás había sentido la necesidad de hacer algo absurdo. Se había casado con una chica bonita de buena familia. En apenas unos años le darían un ascenso y tal vez pudieran permitirse tener un hijo. Grete podría dejar de trabajar.
—Gatito, minino… —suplicaba como si le fuese la vida en ello sin saber por qué.
Tenía miedo. Se adentraba en un terreno ignoto, ya no sabía quién era esa mujer de la cocina que le exigía que volviese con un gato sucio y roñoso. La quería como antes, quería poder hablarle de cosas normales, quería cogerla en sus brazos y volver a sentir el gozo de la posesión. Quizá pudiera comprarla con ese gato.
El animal estaba en una esquina del cobertizo y le bufó al verlo acercarse.
—Gatito —susurró con dulzura—, no tengas miedo, vamos con mamá, ven.
El animal se escabulló entre sus piernas y se coló de un salto por la puerta abierta de la cocina. Cuando él entró, la encontró con el gato en brazos. Le había bañado el pelaje en lágrimas. Lo besaba en la cabeza, lo besaba por las patas, le succionaba con los labios por detrás de las orejas.
Advirtió que le temblaba todo el cuerpo.
—Grete —la llamó asustado.
Ella soltó al gato con tanta brusquedad como si despertase de un profundo sueño. Después se observó largo rato las manos que lo habían acariciado con tanta pasión. Levantó la vista, dio un paso inseguro hacia su marido y luego se detuvo y se restregó la frente con el dorso de la mano.
—Bueno —dijo—, voy a ver si termino de hacer la cena.
Él sintió que la ternura brotaba en su ánimo y quiso acercarse y aferrarla por los hombros, hacer algún tipo de aproximación. Tal vez ella lo esperase, tal vez lo necesitase. Pero entonces, de repente, se preguntó si los vecinos lo habrían visto reptar entre los arbustos dando maullidos.
Se colocó la corbata y volvió al salón. El gato lo siguió sin perderlo de vista. Y aunque él fingió ignorarlo, fue consciente de su presencia todo el tiempo.

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La extensa obra narrativa de Tove Ditlevsen (1917-1976) se distingue por su estilo directo y su capacidad para transformar los traumas de su vida personal en una literatura de alta intensidad emocional. Sus novelas y cuentos se apoyan en la autoficción para construir una imagen compleja y descarnada de la condición de la mujer en las sociedades occidentales modernas. La pobreza, el aborto, el divorcio, la locura y las adicciones, fueron algunos de los temas recurrentes. Ditlevsen fue también poeta y autora de libros para niños. A su muerte era ya reconocida como una de las escritoras más célebres de Dinamarca.
Se ilustra este cuento de Tove Ditlevsen con dos obras de la artista danesa Lene Adler Petersen. Nacida en Aarhus, en 1944, Adler se distingue en el panorama del arte europeo contemporáneo por una experimentación constante con diversas técnicas que van desde la pintura, el grabado, la fotografía y el collage hasta la cerámica, las instalaciones y el cine. Es reconocida principalmente por sus provocadores performances y su activismo feminista durante las décadas de 1960 y 1970, con piezas emblemáticas como El Cristo Femenino (1969) y Las cosas, tu historia (1976).
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