Narrativa mexicana │ Laura Esquivel: “¡Sea por Dios y venga más!”
La escritura de Laura Esquivel se distingue por esa mezcla de humor y sensibilidad con que explora el mundo íntimo de la mujer.
Toda la culpa de mis desgracias la tiene la Chole. Apolonio es inocente, digan lo que digan. Lo que pasa es que nadie lo comprende. Si de vez en cuando me pegaba era porque yo lo hacía desesperar y no porque fuera mala persona. Él siempre me quiso. A su manera, pero me quiso. Nadie me va a convencer de que no. Si tanto hizo para que aceptara a su amante, era porque me quería.
Él no tenía ninguna necesidad de habérmelo dicho. Bien la podía haber tenido a escondidas, pero dice que le dio miedo que yo me enterará por ahí de sus andanzas y que lo fuera a dejar. Él no soportaba la idea de perderme porque yo era la única que lo comprendía. Mis vecinas pueden decir misa, pero a ver, ¿quiénes de sus maridos les cuentan la bola de amantes que tienen regadas por ahí? ¡Ninguno! No, si el único honesto es mi Apolonio. El único que me cuida. El único que se preocupa por mí. Con esto del sida, es bien peligroso que los maridos anden de cuzcos, por eso, en lugar de andar con muchas decidió sacrificarse y tener sólo una amante de planta. Así no me arriesgaba al contagio de la enfermedad. ¡Eso es amor y no chingaderas! ¡Pero ellas qué van a saber!
Bueno, tengo que reconocer que al principio a mi también me costo trabajo entenderlo. Es más, por primera vez le dije que no. Adela, la hija de mi comadre era mucho más joven que yo y me daba mucho miedo que Apolonio la fuera a preferir a ella. Pero mi Apo me convenció de que eso nunca pasaría, que Adela realmente no le importaba. Lo que pasaba era que necesitaba aprovechar sus últimos años de macho activo, porque luego ya no iba a tener chance. Yo le pregunté que porque no lo aprovechaba conmigo, y él me explicó hasta que lo entendí, que no podía, que ese era uno de los problemas de los hombres que las mujeres no alcanzamos a entender. Acostarse conmigo no tenía ningún chiste, yo era su esposa y me tenía a la hora que quisiera. Lo que le hacia falta era confirmar que podía conquistar a muchachitas. Si no lo hacía, se iba a traumar, se iba a acomplejar y entonces sí, ya ni a mí me iba a poder cumplir. Eso sí que me asustó.
Le dije que estaba bien, que aceptaba que tuviera su amante. Entonces me llevo a Adela para que hablará con ella, porque Adelita, que me conocía desde niña, se sentía muy apenada y quería oír de mi propia boca que yo le daba permiso de ser la amante de Apolonio. Me explicó que ella no iba a quedarse con él. Lo único que quería era ayudar en nuestro matrimonio y que era preferible que Apolonio anduviera con ella y no con otra cualquiera que sí tuviera interés en quitármelo. Yo le agradecí sus sentimientos y me parece que hasta la bendije. La verdad, yo estaba más que agradecida porque ella también se estaba sacrificando por mí.
Adela, con su juventud, bien podría casarse y tener hijos y en lugar de eso estaba dispuesta a ser la amante de planta de Apolonio, nomás por buena gente.
Bueno, el caso es que el día que vino hablamos un buen rato y dejamos todo aclarado. Los horarios, los día de visita, etc. Se supone que con esto yo debería de esta muy tranquila. Todo había quedado bajo control. Apolonio se iba a apaciguar y todos contentos y felices. Pero no sé por qué yo andaba triste.
Cuando sabía que Apolonio estaba con Adela no podía dormir. Toda la noche me la pasaba imaginando lo que estarían haciendo. Bueno, no necesitaba tener mucha imaginación para saberlo. Lo sabía y punto. Y no podía dejar de sentirme atormentada. Lo peor era que tenía que hacerme la dormida pues no quería mortificar a mi Apo.
Él no se merecía eso. Así me lo hizo ver un día en que llegó y me encontró despierta. Se puso furioso. Me dijo que era una chantajista, que no lo dejaba gozar en paz, que él no podía darme más pruebas de su amor y yo en pago me dedicaba a espiarlo, a atormentarlo con mis ojos llorosos y mis miedos de que nunca fuera a regresar. ¿Que acaso alguna vez me había faltado? Y era cierto, llegaba a las cinco o a las seis de la mañana, pero siempre regresaba.
Yo no tenía por qué preocuparme. Debería estar más feliz que nunca y ¡sabe Dios por qué no lo estaba! Es más, me empecé a enfermar de los colerones que me encajaba el canijo Apolonio. Daba mucho coraje ver que le compraba a Adela cosas que a mí nunca me compró. Que la llevaba a bailar, cuando a mí nunca me llevó. Bueno, ¡ni siquiera el día de mi cumpleaños cuando cantó Celia Cruz y yo le supliqué que me llevara! De puritita rabia, los ojos se me empezaron a poner amarillos, el hígado se me hinchó, el aliento se me envenenó, los ojos se me disgustaron, la piel se me manchó y ahí fue cuando la Chole me dijo que el mejor remedio en esos casos era poner en un litro de tequila un puño de té de boldo compuesto y tomarse una copita en ayunas. El tequila con boldo recoge la bilis y saca los corajes del cuerpo. Ni tarda ni perezosa fue al estanquillo de la esquina, le compré a Don Pedro una botella de tequila y la preparé con su boldo. A la mañana siguiente me lo tomé y funcionó muy bien.
No sólo me sentía aliviada por dentro, sino bien alegre y feliz, como hacía muchos días no me sentía. Con el paso del tiempo, los efectos del remedio me fueron mejorando. Apolonio, al verme sonriente y tranquila, empezó a salir cada vez más con Adela y yo a tomarme una copita cada vez que esto pasaba, fuera en ayunas o no, para que no me hiciera daño la bilis. Mis visitas a la tienda de Don Pedro fueron cada vez más necesarias. Si al principio una botella de tequila me duraba un mes, llegó el momento en que me duraba un día. ¡Eso sí, estaba segura de que no tenía ni una gota de bilis en mi cuerpo! Me sentía tan bien, que hasta llegué a pensar que el tequila con boldo era casi milagroso. Bajaba por mi garganta limpiando, animando, sanando, reconfortando y calentado todo mi cuerpo, haciéndolo sentir vivo, vivo, ¡vivo!
El día en que Don Pedro me dijo que ya no me podía fiar ni una botella más creí que me iba a morir. Yo ya no era capaz de vivir un solo día sin mi tequila. Le supliqué. Al verme tan desesperada se compadeció de mí y aceptó que le pagara de otra manera. Al fin que siempre me había traído ganas el condenado. Yo la mera verdad, con tanto calor en mi cuerpo también estaba de lo más ganosa y ahí sobre el mostrador fue que Apolonio nos encontró dando rienda suelta a las ganas.
Apolonio me dejó por borracha y puta. Ahora vive con Adela. Y yo estoy tirada a la perdición. ¡Y todo por culpa de la pinche Chole y sus remedios!

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Reconocida como una de las narradoras más notables de la literatura mexicana de fines del siglo XX, Laura Esquivel es célebre sobre todo por su novela Como agua para chocolate (1989). Su obra ha sido inscrita dentro del llamado “Postboom femenino hispanoamericano”, junto a autoras como Isabel Allende, Ángeles Mastretta y Giannina Braschi. Una de las características que la distinguen es esa mezcla de humor y sensibilidad con que explora el mundo íntimo de la mujer, sus conflictos afectivos y su búsqueda de independencia en una sociedad de arraigadas tradiciones y prejuicios machistas. “Escribir te obliga a hacer un viaje interno”, ha dicho Esquivel sobre su propia manera de asumir la escritura: “Uno aborda sus propias obsesiones, sus fantasmas, y habla de ellos, los explora. Al final, la literatura le sana a uno, y si también puede sanar a los demás, qué maravilla”.
Se ilustra este cuento de Laura Esquivel con dos pinturas de la artista mexicana Cordelia Urueta. Nacida en Coyoacán, en 1908, Urueta ingresó a los 11 años en la Escuela de Pintura al Aire Libre del muralista mexicano Alfredo Ramos y comenzó a exponer su obra en 1936, con una muestra en la Galería de Arte Mexicano. Su estilo pasó por diferentes etapas, desde el indigenismo hasta el simbolismo onírico y la abstracción. Celebrada como una de las artistas mexicanas más importantes del siglo XX, recibió entre otros reconocimientos el Premio Nacional de Pintura en 1968 y la Medalla Bellas Artes en 1988.
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