Narrativa suiza │ Adelheid Duvanel: “Poeta”
La obra de Adelheid Duvanel, casi desconocida durante su vida, despierta hoy un interés creciente entre los jóvenes artistas y escritores europeos.
Hace algunos meses todavía me esforzaba por ser sociable. Atraía hasta mi casa a gente desconocida; como flores sangrientas brillaba el vino en las copas que les ofrecía. En la madrugada, los ojos de hombres y mujeres jóvenes se derramaban, les goteaban cálidos por el cuello, les rozaban las clavículas y seguían bajando. Pero yo, seria como el celofán, me sentaba en una silla raída a lado de la calefacción y observaba sus bailes; se despegaban de las paredes a las que se habían agarrado y se movían como la hiedra en el viento.
De niña había intentado conectar con otras personas mediante gestos sutiles y palabras alusivas, pero ellos amaban el hablar alto y claro, algo que yo aborrecía. No podían comprenderme. Mi hermana mayor y yo crecimos sin madre. Recuerdo que nuestro padre amaba las palabras “templanza” y “sacrificio”: pertenecía a una secta abstrusa, a la que también teníamos que pertenecer nosotras. Sin embargo, cuando llegué a los dieciséis años, dejé de asistir a aquellas reuniones de culto que me provocaban dolor de estómago. Si me daba sed durante la comida, mi padre decía: “¡Come lechuga!”; beber, incluso agua, era una aberración ante sus ojos; nuestro paladar y nuestro corazón tenían que permanecer secos.
Mi hermana abandonó al viejo antes que yo, pero incluso cuando salí del frío de la casa paterna al frío del mundo, aún no podía volar con mis propias alas. Me desvié del camino, quedé atascada, recibí más patadas que un juguete y caí tan hondo que incluso estuve a punto de casarme. Hoy, a la deriva en un témpano de hielo, me voy alejando cada vez más de aquella orilla, que se dibuja plana y triste en la lejanía sin desaparecer de mi vista. A mi alrededor el silencio está tenso de miedo, hinchado como una nube gigantesca.
Todos los días paseo por el suburbio con mi perro, que cojea igual que yo (sé cuán ridículo es nuestro aspecto); cuando me detengo, el animal también interrumpe el paso y me mira. Fue durante uno de esos paseos que me convertí en poeta: a un lado de la calle había un coche que la escarcha debía de querer hacer invisible, pues parecía envuelto en un fino papel de seda blanco. También el cielo, entre los tejados blancos, estaba gris.
Cuando casi había llegado al coche, vi que el dedo de un niño había intentado sacarlo de su escondite dibujando letras sobre el hielo, pero ese gesto lo había transformado por completo; su significado de coche, que ya la envoltura blanca hacía dudoso, desapareció definitivamente. Había algo escrito en el capó, una palabra que despertó mi interés; al pasar cerca, la descifré: IRA. Me sentí conmocionada, extrañamente agitada, como si el rostro desnudo de una novia con velo blanco me dijera algo, como si pudiera leer en su expresión un mensaje que nada tenía que ver con su condición de novia.
Desde ese momento me he preguntado si, por encima del gran vacío, del abismo en que ha caído mi vida, las palabras podrían crear un mundo nuevo. Ahora escribo palabras día y noche, pinto con su sonido las inundaciones del cielo que arrastran a un pez enloquecido junto a mi ventana; construyo torres y puentes, dejo que el sol barra las sombras de las profundidades con su escoba centelleante, y niego con la cabeza cuando el viento que describo lee periódicos viejos en un rincón, como un vagabundo: los hojea de prisa, con curiosidad risible, y pasa las páginas.

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Publicados a lo largo de las décadas de 1980 y 1990, los relatos de Adelheid Duvanel, fueron casi desconocidos. Con un estilo a veces cercano al surrealismo y otras brutalmente realista en su descripción psicológica, los breves textos de Duvanel exponen la extrañeza y la soledad del individuo en las situaciones más cotidianas; situaciones que, sin embargo, se vuelven insólitas a través de su mirada de eterna outsider. Tras una vida marcada por el maltrato infantil, un matrimonio fallido con un hombre autoritario, los trastornos mentales y el deseo casi siempre trágico de pertenecer, la singular literatura de Adelheid Duvanel volvió a reeditarse en 1997, un año después de su muerte, y se ha convertido desde entonces en obra de culto tanto en alemán como en francés.
Los dibujos y pinturas de Duvanel corrieron una suerte similar. Reconocidos dentro de la corriente estética del Brut Art, han sido expuestos en galerías y museos de varios países, despertando el creciente interés de la crítica y las jóvenes generaciones de artistas desde que en 1997 el Museo de Arte de Soleura hiciera la primera muestra retrospectiva de su obra.
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