Arte │ Anna Ancher y la belleza silenciosa de lo cotidiano
Relegada durante años por la crítica, Anna Ancher es reconocida hoy entre los grandes pintores europeos por su maestría en la representación de la luz.
En el pequeño pueblo pesquero de Skagen, en la punta más septentrional de Dinamarca, nació en 1859 una de las pintoras más importantes del arte escandinavo del siglo XIX. Anna Ancher creció rodeada de artistas: su padre era el dueño de la posada local, que se convirtió en punto de encuentro de un grupo de pintores conocidos como Skagensmalerne, los pintores de Skagen. Ese ambiente marcó sus inicios en el arte, aunque pronto demostraría que no era una simple imitadora, sino un talento excepcional.
Anna Ancher, la luz interior
A diferencia de muchas mujeres de su época, Anna pudo desarrollar una carrera artística reconocida en vida. Estudió en Copenhague y más tarde en París, donde absorbió las influencias del impresionismo, aunque nunca abandonó su personal estilo. En 1880 se casó con el también pintor Michael Ancher, y juntos formaron uno de los matrimonios artísticos más célebres de la historia danesa.
Lo que distingue a Anna Ancher del resto de los pintores de Skagen es su mirada hacia adentro, en todos los sentidos de la palabra. Mientras ellos ―todos hombres con la excepción de Marie Krøyery y la propia Anna―, tendían a representar el mar, las tormentas y la vida exterior, las obras más características de Anna Ancher son escenas de interiores: mujeres cosiendo junto a una ventana, niños jugando en habitaciones inundadas de sol, figuras silenciosas absortas en tareas cotidianas...
Uno de los elementos más llamativos en su pintura de interiores es precisamente la iluminación: Ancher estudió con obsesión cómo la luz natural penetra en los espacios cerrados, cómo se filtra a través de cortinas, cómo cae sobre una pared o suaviza un rostro, y esa investigación pictórica la situó entre los grandes maestros de la luz en la historia del arte occidental.
Su paleta es cálida, íntima y contenida, pero nunca monótona. Obras como Luz del sol en el cuarto azul (1891) revelan una capacidad extraordinaria para capturar momentos de quietud sin caer en la frialdad ni en la sentimentalidad fácil. Hay en sus pinturas una dignidad serena, una convicción de que lo doméstico y lo femenino merecen la misma atención artística que cualquier tema considerado elevado o heroico.
Durante décadas, como ocurrió con tantas artistas, el nombre de Anna Ancher quedó ensombrecido por el de su esposo y fue ignorado por los relatos canónicos del arte. Sin embargo, la crítica contemporánea ha reivindicado con fuerza su lugar en la historia: hoy se la considera no sólo la artista más importante del grupo de Skagen, sino una de las grandes pintoras europeas del siglo XIX. Su rostro aparece en el billete de cincuenta coronas danesas, un reconocimiento popular que refleja el lugar que ocupa en la identidad cultural de su país.
Anna Ancher murió en 1935, a los setenta y seis años, en el mismo pueblo donde había nacido. Vivió y trabajó casi toda su vida en Skagen, pero su obra trasciende ese rincón del mundo para hablar de algo universal: la belleza silenciosa de lo cotidiano y la luz que lo transforma en algo único.
Vea a continuación una galería con once de sus obras más relevantes.
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