Arte │ Rosario de Velasco y su retorno a un orden siempre actual
La pintura Rosario de Velasco no era una negación de la necesidad de cambios, sino una forma de dar permanencia a lo humano frente a la fugacidad del tiempo.
Tras el torbellino de las primeras vanguardias, Europa experimentó en los años 20 y 30 del siglo XX un fenómeno bautizado como “Retorno al Orden”. Se buscaba recuperar la claridad, el volumen y la línea frente a la descomposición de la forma; y en este contexto, artistas como Rosario de Velasco no miraban tanto al futuro incierto como a las certidumbres del pasado como una vía para encontrar equilibrio. Sus obras tienen una rotundidad casi pétrea, heredera del espíritu de un Mantegna o un Piero della Francesca, pero con una sensibilidad que, a pesar de haber sido en muchos sentidos conservadora, era también intensamente contemporánea.
En sus años de juventud, de Velasco compartió espacios con las llamadas Sinsombrero, mujeres intelectuales y artistas de la Generación del 27, que se distinguían por el afán de liberación femenina y la ruptura con los preceptos morales que hasta entonces les habían impuesto los roles de madre y esposa, y les impedían la participación en la esfera pública. Pero mientras muchas de sus colegas derivaron hacia el surrealismo o el compromiso político de izquierdas, y ―como Maruja Mallo y Remedios Varo― se vieron forzadas a partir al exilio, ella permaneció en España, donde mantuvo una postura estética vinculada a un humanismo clásico y, luego, a una esfera ideológica más conservadora.
Su cercanía a la Sección Femenina y su entorno católico hicieron que, durante la Transición y las décadas posteriores, la obra de Rosario de Velasco fuera vista con recelo e indiferencia. Se tendía a pensar entonces que, si un artista no fue rebelde en lo político, su arte carecía de la condición de “vanguardia” que desde el punto de vista sociológico la legitimaba.
Esa lectura reduccionista castigó a de Velasco con un exilio interior injusto. La crítica pasó por alto que su pintura nunca fue propaganda, sino una búsqueda de lo absoluto, de lo que trasciende al carácter pasajero de lo inmediato y al ruido sordo de lo tumultuoso. Pues el “orden” que ella buscaba con su pintura no era una negación de la necesidad de cambios ni una renuncia a la libertad, sino una forma de dar permanencia a lo humano frente a la fugacidad del tiempo.
En las décadas posteriores, sin embargo, la calidad de su obra, su maestría indiscutible y su singular sensibilidad, se han abierto camino frente a las lecturas ideológicas que tienden a ver el arte como un apéndice de lo político. La obra de Rosario de Velasco, reivindicada en los últimos años, no es solo el necesario reconocimiento a quien fue una de las pintoras más modernas, técnicas y poderosas de su siglo, sino también una evidencia de la complejidad de la historia cultural y de la capacidad del arte para sobrevivir a las circunstancias que condicionan su creación y su recepción.
Vea a continuación una galería con once de sus obras más relevantes.
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