Arte │ Sofía Bassi: el sueño de la libertad
Considerada la primera pintora surrealista de México, Sofía Bassi fue una artista inimitable que abrió su propio camino lejos de las normas y las modas.
Hay vidas que parecen concebidas para desafiar cualquier intento de clasificación. La de Sofía Bassi —pintora, muralista, escritora, figura inclasificable del arte mexicano del siglo XX— es una de ellas. Nacida en 1913 en Ciudad Camerino Mendoza, un pueblo de Veracruz que lleva el nombre de su tío, héroe de la Revolución Mexicana, Sofía emergió como una artista inimitable que abrió su propio camino, lejos de las normas y las tendencias de moda.
Estudió filosofía en la UNAM, aunque su verdadera vocación siempre fue la pintura. Sin formación académica en artes visuales, aprendió a pintar de manera autodidacta, y lo que comenzó siendo una afición pronto se convirtió en una manera de vivir. Su primera exposición individual, de 45 óleos, presentada en 1965, tuvo un éxito inusual: se vendieron casi todos y la crítica calificó su trabajo como un “lirismo delirante”. En pocos años, sus pinturas circularon por museos y galerías de México, Estados Unidos, Europa y África.
La irrupción de Bassi en el mundo del arte coincidió con una época en que las mujeres artistas mexicanas debían abrirse paso en un ámbito dominado por figuras masculinas. En ese contexto, su condición de autodidacta fue tanto una limitación como una fuente de libertad: no había maestro que encauzara su mirada ni tradición que domesticara su imaginario. Su obra nació de sus intuiciones más profundas y al margen de las corrientes dominantes en el arte mexicano de su tiempo.
En la cárcel

El año 1968 fue crucial para México por razones que la historia no ha olvidado, pero marcó también un quiebre en la vida de Bassi. El 3 de enero de ese año, un suceso trágico ocurrido en Acapulco provocó su autoinculpación y su inmediato envío a la cárcel municipal de esa ciudad. El escándalo cautivó a la prensa y la justicia la condenó a once años de prisión. Sin embargo, amigos y colegas artistas exigieron su libertad y, gracias a su continua labor creativa y filantrópica, solo cumplió cinco años de condena.
Lo que sucedió durante ese encierro es uno de los capítulos más extraordinarios de la historia del arte mexicano. Lejos de interrumpir su carrera, el período carcelario la disparó: Bassi produjo 275 obras firmadas con las siglas “E.L.C.” —En La Cárcel— y gestionó la realización de su primer mural en colaboración con algunos de los grandes nombres de la plástica mexicana de la época: Alberto Gironella, José Luis Cuevas, Rafael Coronel y Francisco Corzas. El mural nació de un pedido desesperado de otros internos y Bassi eligió para su parte en la obra colectiva el tema de “La Calumnia”, porque era justo lo que afectaba su vida en esos días. El mural, conocido como A tres manos, fue luego trasladado al Palacio Municipal de Acapulco.
Lejos de apagar su voz, la prisión la amplificó, y su producción en cautiverio despertó tal atención que le dedicaron una exposición en el Club de Periodistas de la Ciudad de México, reproduciendo su celda en el espacio expositivo y permitiéndole inaugurarla por teléfono desde la cárcel.
El surrealismo de Sofía Bassi

En lo estético, la obra de Bassi pertenece de manera inequívoca al surrealismo, aunque no al surrealismo europeo de Breton y sus manifiestos, sino a una variante más personal, enraizada en el universo onírico y simbólico de la artista. Paisajes flotantes, brumas de irrealidad, figuras que parecen flotar entre la tierra y el cielo, construyen en sus lienzos una historia llena de simbolismo y sugerencias. En ellas Bassi descubre y actualiza un antiguo sentido visionario que también fue central en la obra de pintoras como Remedios Varo y Leonora Carrington, exiliadas en México.
El huevo y el caracol fueron los símbolos predilectos de Bassi. Sobre el primero escribió: “El embrión es mi incógnita. La forma ovoide se repite en mis cuadros de forma alucinante. Yo percibo el germen potencial que se encierra en el huevo como filtración del éxtasis de la creación en la sustancia humana.” No por casualidad se la considera la primera pintora surrealista de su país.
Su aproximación al muralismo —género que en México cargaba el peso titánico de Rivera, Orozco y Siqueiros— fue igualmente singular. Lejos de la épica colectiva y el programa político que definió al muralismo mexicano, Bassi llevó a las paredes su mundo íntimo. Su último mural, Sabiduría es la paz, realizado en 1993 para la biblioteca de la Facultad de Derecho de la UNAM, puso en ese espacio de razón y ley una particular visión del cosmos donde la mujer mexicana, las tradiciones ancestrales y el misterio, contribuyen a definir el sentido de lo humano y lo justo.
Sofía Bassi murió el 11 de septiembre de 1998. Doce años antes de su muerte, había diseñado y pintado el sarcófago ovalado de fibra de vidrio en el que sería enterrada: el Ovosarcófago, fiel a la geometría que la obsesionó durante toda su vida. Incluso en su muerte, Bassi insistió en ser autora de su propia forma.
Vea a continuación una galería con once de sus obras más relevantes.
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