Cámaras en los círculos infantiles: entre la protección y la herida invisible

Las cámaras han documentado casos de maltrato infantil que de otro modo habrían permanecido ocultos. Pero normalizar su uso es un error peligroso.

Cámara de seguridad en una guardería infantil.
Cámara de seguridad en una guardería infantil.

Hay lugares donde el tiempo debería tener la forma de un juego. Espacios donde la luz entra baja, a la altura de los ojos pequeños, y el mundo se aprende tocándolo. Las guarderías y los círculos infantiles nacieron para eso: para custodiar la fragilidad de la infancia mientras crece. Sin embargo, en los últimos años, esos mismos espacios se han ido poblando de ojos electrónicos, de lentes silenciosas que todo lo observan. Cámaras que prometen protección, pero que también introducen una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando el cuidado se confunde con la vigilancia?

En Italia, el debate ha vuelto una y otra vez al centro de la escena pública. Cada vez que emerge un caso de maltrato —como el ocurrido en Povegliano entre 2022 y 2023, donde dos maestras fueron condenadas por dejar a niños solos en la oscuridad y someterlos a castigos humillantes— la sociedad reacciona con una mezcla de indignación y miedo. Miedo a que el lugar que debería ser refugio se transforme en amenaza. Miedo a no saber qué ocurre cuando los niños no pueden contar, cuando aún no tienen palabras para nombrar el dolor.

Las cámaras, el maltrato infantil y la educación

Las cámaras aparecen entonces como una respuesta inmediata, casi instintiva: si miramos todo, nada malo podrá ocurrir. Pero la infancia no es un delito que se previene con vigilancia constante, ni la educación un acto que pueda reducirse a protocolos de control. La Comisión Europea y el Supervisor Europeo de Protección de Datos han sido claros: la videovigilancia solo puede considerarse legítima si es estrictamente necesaria, proporcional y orientada exclusivamente a la protección de los menores. No como rutina, no como sustituto del cuidado humano, no como coartada para una renuncia colectiva a la responsabilidad.

La investigación internacional acompaña esta cautela. Estudios en pedagogía y psicología del desarrollo —realizados en Europa, Estados Unidos y Canadá— muestran que la presencia permanente de cámaras altera el clima educativo. Los educadores, observados de manera continua, tienden a rigidizar sus gestos, a controlar cada movimiento, a enseñar desde el temor a la sanción más que desde la relación. La ansiedad laboral aumenta, y con ella se empobrece la espontaneidad, ese elemento invisible pero esencial que sostiene el vínculo entre adulto y niño. Cuando la educación se siente observada como bajo una lupa, el juego se vuelve actuación y el cuidado, procedimiento.

Italia no es una excepción. En Francia, tras varios escándalos en guarderías privadas, se debatió intensamente el uso de cámaras, optando finalmente por reforzar la formación del personal y los sistemas de inspección presenciales. En Alemania, donde la privacidad es un valor cultural profundamente arraigado, la videovigilancia en contextos educativos infantiles es vista con extrema desconfianza, y solo se autoriza en situaciones muy específicas y temporales. En Estados Unidos, en cambio, algunos estados han promovido sistemas de “live streaming” para padres, una práctica duramente criticada por expertos en infancia, que la consideran una forma de intrusión constante que transforma la escuela en un escenario doméstico ampliado.

Los niños, mientras tanto, hablan con el cuerpo. En Povegliano lo hicieron a través de regresiones, de miedos nocturnos, de la necesidad de mantener siempre la luz encendida. Señales pequeñas, pero elocuentes, de un trauma vivido en silencio. La violencia en los círculos infantiles rara vez es ruidosa; suele ser cotidiana, repetitiva, normalizada. Y por eso mismo es tan difícil de detectar. Las cámaras, en algunos casos, han permitido documentar lo que de otro modo habría permanecido oculto. Negarlo sería injusto. Pero convertirlas en la solución central es un error peligroso.

¿Protección o vigilancia?

La bibliografía internacional sobre ética educativa y tecnologías de la vigilancia advierte de un riesgo mayor: que la infancia se acostumbre demasiado pronto a ser observada. Que crezca bajo la idea de que la protección siempre llega desde afuera, desde un dispositivo, y no desde una relación de confianza. Que normalice la mirada constante como condición de seguridad. En ese escenario, no solo se vigila a los educadores: se educa a los niños en una cultura del control.

La verdadera protección es más compleja y menos visible. Exige inversión en formación continua, selección cuidadosa del personal, equipos educativos estables, espacios de escucha para docentes y familias, y una cultura de denuncia que no castigue al que habla, sino al que daña. Exige presencia humana, tiempo, responsabilidad compartida. Las cámaras, cuando existen, deberían ser el último recurso, no el primero; una herramienta excepcional, no una prótesis permanente del cuidado.

Cada caso de maltrato nos recuerda que detrás de las estadísticas hay biografías que empiezan demasiado pronto a cargar con el peso del miedo. La ley y la tecnología pueden ofrecer marcos y apoyos, pero no reemplazan la ética cotidiana de los adultos. Un círculo infantil no se define por la cantidad de cámaras que lo vigilan, sino por la calidad de las miradas que lo habitan.

La pregunta, entonces, no es solo si las cámaras protegen o vigilan. La pregunta más profunda es qué tipo de infancia estamos dispuestos a construir: una que crezca bajo el signo de la sospecha o una que, sin ingenuidad, siga apostando por la confianza, la responsabilidad y el cuidado como actos profundamente humanos.

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