Operación Resolución Absoluta: una lectura estratégica sobre la extracción de Nicolás Maduro
Indicios, decisiones y preguntas abiertas tras la operación militar que el 3 de enero de 2026 condujo a la captura de Nicolás Maduro en Venezuela.
Hoy mi opinión será una lectura estratégica sobre los acontecimientos que acaban de producirse en Venezuela durante la madrugada del pasado 3 de enero, cuando un comando de acción armada, dirigido desde Washington y observado desde Mar-a-Lago por el presidente Trump y altos miembros de su gobierno, desplegó una logística puntual y minuciosa dirigida a garantizar el éxito de la misión especial Resolución Absoluta. Su objetivo: la extracción del gobernante de Venezuela, Nicolás Maduro. También correré el velo sobre algunas respuestas a los porqués que inundan las redes sociales, graficados desde las trazas que he logrado obtener.
Breve esquema estratégico sobre la extracción de Nicolás Maduro de Venezuela
Desde el momento en que el presidente Trump hizo el encargo de capturar vivo al mandatario, la acción militar requerida debió blindarse con un rigor estratégico que no daba, ni de hecho dio, lugar a ninguna equivocación ni imprecisión. Nada podía fallar y así la ejecutó el comando élite Delta Force, apoyado por 150 aviones, además de otros destacamentos militares de alto nivel que estuvieron desplegados en la zona del Caribe desde el 19 de agosto de 2025, fecha en que Estados Unidos comenzara la lucha sin cuartel y con tolerancia cero contra las lanchas que desarrollaban el tráfico de drogas desde diversos puntos de la geografía latinoamericana hacia Estados Unidos y países de tránsito.
Nicolás Maduro, el dictador que controló desde la muerte de Chávez todos los poderes en Venezuela, llegó a la presidencia de manera fraudulenta en un segundo mandato que garantizaría, conjuntamente con los regímenes de Nicaragua, Cuba y Colombia, la continuidad del comunismo en la región, mediante unas elecciones usurpadas, incluso sin haber cumplido el Acuerdo de Barbados sobre garantías electorales, con una creciente actitud de desprecio a la legalidad y la democracia. Venía movido por la idea de legitimarse internacionalmente para evadir sanciones económicas.
Su modelo de gobierno no es diferente al que preconizan las dictaduras de Cuba y Nicaragua, países donde no solo se demoniza a los opositores, sino que se les reprime, se les amenaza de muerte, se les encarcela y destierra o se les hace desaparecer como medida neutralizadora.
No es mi propósito detallar las irregularidades advertidas en las elecciones, donde Maduro incluso se burló de la presencia de observadores internacionales y del Panel de Expertos Electorales de las Naciones Unidas. Solo destaco que dicho Panel declaró que las elecciones no habían cumplido con las medidas de integridad y transparencia, y que el Centro Carter concluyó que no podían considerarse democráticas. Aun así, y bajo una oleada de protestas populares, se hizo con el poder y juramentó su presidencia el 10 de enero de 2025, supuestamente hasta el año 2031.
En la realidad, su gobierno constituyó un verdadero infierno para los venezolanos, quienes se han visto sumidos en la precariedad y el hambre, viviendo en un país tan rico en recursos e infraestructura. La situación interna, semejante a la de Cuba, ha promovido un éxodo de más de ocho millones de venezolanos, mientras el gobierno se deshizo en pésima gestión, vacuidades y malas prácticas, entre ellas la de negociar y permitir el narcotráfico internacional.
Esta última condición, avivada por los ecos de las protestas internas y el reconocimiento internacional de escándalos de corrupción, puso en alerta a Estados Unidos respecto a la seguridad de la región. Fue entonces cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, ordenó a las Fuerzas Armadas de Estados Unidos comenzar a emplear la fuerza militar contra ciertos cárteles de la droga latinoamericanos, calificándolos de narcoterroristas. El primer aumento significativo se produjo con el despliegue del USS Iwo Jima y su Grupo de Preparación Anfibia en agosto de 2025.
La opinión pública mira de manera espontánea y opina sobre los acontecimientos bajo diferentes matices, pues la política es lo que no se ve, y cada quien le aporta su ápice de subjetividad. Aunque hay algunas cuestiones que no he logrado descifrar, porque aún existen elementos clasificados que no han visto la luz, hay otras que sí descubro, como la siguiente:
Estados Unidos no desea verse inmerso en un aquelarre de opiniones sobre la acción militar que acaba de protagonizar. Es un ejecutor inteligente de su política exterior y no solo ha planeado de manera quirúrgica la extracción de Maduro para que este y su esposa enfrenten los cargos internacionales que se les imputan, sino que no ha dejado nada al azar.
El presidente Trump ha logrado concretar un plan estratégico dirigido a no convertir a Venezuela en un caos. No ha querido someter al país a un vacío de poder que pudiera derivar en guerras internas, derramamiento de sangre inocente y descontrol económico, producto del apresuramiento y la confusión que el propio régimen de Maduro sembró entre sus coterráneos al incentivar la formación de colectivos armados bajo las variables del odio, semejantes a lo que la dictadura cubana ha promovido bajo el nombre de Brigadas de Respuesta Rápida.
Por ello, con un pragmatismo resuelto, no ha difuminado el poder ni la palabra de Delcy Rodríguez, la vicepresidenta. Aún no preciso si ella tuvo algún papel en el operativo; se sabrá. Según Trump, Delcy Rodríguez es un vínculo: está en el juego para la transición en Venezuela y tiene en sus manos la negociación de ese proceso. La transición pacífica es invaluable para Trump, para Venezuela, para la región y para el mundo, y será ejemplo para Cuba de cómo puede suceder.
No se puede empezar una nueva etapa de transición con sangre ni cambiando una Constitución. Hay que unificar muchos factores: en Venezuela están los bancos, el petróleo y los recursos humanos que los mueven, y estos deben ser conducidos con mucha táctica. No se puede sacar a Delcy del juego político; ella está en funciones. Amén de su actuación anterior o ulterior, será útil y necesaria.
Delcy ya se ha comunicado con Trump pidiendo cooperación y respeto, y ha cambiado el tono de los primeros momentos. Solo los ejecutores de este plan tienen todas las respuestas.
María Corina Machado será quien normalice y legitime el cambio; será quien tenga entre sus manos una Venezuela tranquila o, al menos, moderada por las fuerzas externas que ya habrán otorgado confianza a su gobierno desde el ámbito internacional. Ya se han mostrado rotundos los senadores Mario Díaz-Balart y María Elvira Salazar en cuanto a la confianza que le tienen para la misión de capitalizar el cambio necesario.
Lo que queda aún sin responder

A mí también me surgen preguntas:
¿Tiene relación con el operativo el viaje de Delcy a Moscú dos días antes?
¿Por qué durante la extracción no hubo respuesta defensiva por parte de la Fuerza Aérea Venezolana?
¿Acaso hubo ya antes alguna escisión en el poder militar que se decía impoluto?
No tenemos aún todas las respuestas ni podemos escribir la historia antes de que suceda. Aprendí esta afirmación de una persona muy cercana a mí que ya no está en el mundo de los vivos, quien la esgrimía como espada de Excalibur cuando le preguntaban sobre el destino de Cuba tras la muerte de Fidel Castro. Aún hoy esta respuesta vale para ambos países: no se sabe qué sucederá.
Pero algo que no es lo que está instaurado hoy en estos países sobrevendrá definitivamente. Los pueblos no resisten más la presión de las tiranías; el siglo XXI no soporta ya regímenes corruptos y despóticos. Por lo pronto, el caso Cuba viene adelantándose hacia una solución en un tiempo más rápido de lo pensado y, tanto en Cuba como en Venezuela, finalmente reinará la democracia. Tras las transiciones necesarias y la restitución del orden, cuando todo sea normal, sí puedo asegurar que ninguno de estos pueblos sufridos querrá volver al comunismo.
5 de enero de 2026
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